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Miércoles 17 Julio 2019
 


La parroquia de San Juan Pablo II, situada en la zona sur de la ciudad de Milwaukee (EE. UU.), es el producto de tres parroquias tradicionalmente de origen polaco. Hoy en día, a la comunidad de origen polaco se le añade una creciente comunidad hispana, y es una bonita experiencia ver como ambas comunidades, separadas por lenguas y culturas distintas, intentan, sin embargo, sentirse una sola parroquia. No es un reto fácil, pero los prejuicios se van rompiendo de un lado y de otro cada vez que se establece una relación personal y de amistad, cada vez que un angloparlante disfruta con un taco al pastor o reza a la Virgen de Guadalupe (y no tiene reparo en intentar pronunciar su nombre); cuando los nacidos en el país conocen a familias de inmigrantes, y van a sus casas, celebran juntos, y aprecian y se emocionan cuando escuchan las situaciones por las que han pasado muchas familias y se admiran de la capacidad y  la ética de trabajo que ha llevado a estos recién llegados a no desfallecer.
 
También experimentamos la realidad de la integración cuando un mexicano celebra la fiesta del 4 de julio y pone, orgulloso, la bandera de los EE. UU. en su casa, porque a pesar de penurias y dificultades sabe reconocer que aquí ha tenido una nueva oportunidad. O cuando se entusiasma por ser miembro de un nuevo grupo parroquial porque se siente cómodo y sabe que será escuchado.  Son pequeños signos, pasos que apuntan a la integración y a la solidaridad mutua, que no aparecerá ni en estadísticas, ni en leyes, ni en políticas migratorias. Pero lo cierto es que, no solo en Milwaukee sino en todos los Estados Unidos, las parroquias se convierten, por su propia naturaleza y misión, en un espacio privilegiado para la integración.
 
Ojalá que esta oportunidad, esta realidad que aquí vivimos a escala comunitaria y parroquial, sea vivida en otras iglesias, en otros centros e instituciones y que sepan transcender el mundo de los prejuicios y de los mitos, para abrazar el mundo real de las personas.


 

Martes 9 Julio 2019

La Comunidad de San Pablo sigue con su proyecto de letrinización en Independencia, Bolivia
 

 


Hace diez meses empezamos un nuevo reto en la zona rural de Independencia (Cochabamba, Bolivia): construcción de baños sencillos pero dignos para las familias de las comunidades campesinas.
 
La población campesina vive en casas construidas de forma tradicional con adobe, madera y piedra con los techos de paja. Los vecinos de estas comunidades no tienen baños ni letrinas, van al campo a hacer sus necesidades y tienen problemas de salud, entre otros, por la contaminación de las fuentes de agua potable.
 
Los baños que estamos empezando a construir son de 2m x 1,5m, constan de una taza, una ducha y con un grifo afuera del baño para coger el agua y echar en la taza y para lavarse las manos. Son básicos, pero permiten que las familias no deban ir al aire libre a hacer sus necesidades. También vimos la importancia de la ducha, ya que después de hacer entrevistas a las familias casa por casa nos dimos cuenta de que no tienen un espacio privado donde lavarse y la mayoría de ellos se bañan solo ¡una vez al mes! Hay que tener en cuenta, eso sí, que estamos a 3.500 msnm, en una región de frío intenso.
 
Actualmente 24 viviendas de la comunidad campesina de Totorani y 15 de Chulpani ya cuentan con un baño digno para poder ducharse con agua caliente y hacer sus necesidades fisiológicas con privacidad y sin contaminar el medioambiente.
 
En todo el proceso de la implementación de los baños están participando activamente las familias beneficiarias, tanto en la elección de la opción tecnológica y de materiales como en las condiciones y compromisos por parte de ellos. Quedando al final la actual elección definitiva consensuada entre todos. Además, se ha desarrollado un taller de higiene y saneamiento básico con las familias para tratar temas como salud, higiene individual y doméstica, prácticas amigables con el ambiente, uso racional del agua y cuidado y uso del baño. De esta manera se hace hincapié sobre todo para lograr una mejora de los hábitos higiénicos y asegurar la sostenibilidad y uso adecuado de los baños en los hogares.
 
Las 39 familias que ya cuentan con su baño en su vivienda están muy contentas y ven con entusiasmo la posibilidad que sus hijos se enfermen menos de diarrea y estén más limpios. Son conscientes que al usar los baños su entorno mejora, además han ganado en dignidad y han demostrado que organizándose y trabajando juntos todo el mundo gana.
 
Y nosotros seguiremos con más baños a medida que podamos… pues en total hay 105 familias que desean tener un baño en su hogar y mejorar.


 

Lunes 8 Julio 2019
 
 

Si alguien preguntara si creemos que la sinceridad es una virtud, seguramente la gran mayoría de nosotros responderíamos que sí sin dudarlo ni por un momento. ¡Por supuesto! La sinceridad, la ausencia de doblez, decir lo que pensamos y no recurrir a la mentira, es justamente lo que identifica a las personas nobles. ¿La sinceridad, una virtud? Claro que sí, siempre.
 
Y, sin embargo, quizá habría que matizar esta premisa: a veces, la sinceridad, que casi siempre es encomiable, porque casi siempre es condición necesaria para un diálogo fecundo, puede convertirse, paradójicamente, en el mayor obstáculo para la comunicación.
 
Pensemos en la sinceridad de los fanáticos. A menudo, personas sumamente intransigentes e incapaces de escuchar opiniones opuestas a las suyas hacen alarde de su sinceridad.
 
—Tendré otros errores, pero yo nunca miento. Yo no engaño a nadie. En mí, lo que ves es lo que hay. Soy transparente como el agua cristalina, y no te quepa duda de que creo a pies juntillas en lo que digo.
 
Y tienen toda la razón, en ellas no hay hipocresía. Pero esta transparencia no es, como esas personas proclaman a los cuatro vientos, una virtud: porque lo único que prueba es que han logrado convencerse a sí mismas de su verdad, cerrándose por completo a la posibilidad de que estén equivocadas y de que quienes los contradicen puedan tener ni siquiera un atisbo de razón.
 
Su sinceridad, que personas así exhiben como prueba irrefutable de su bondad, solo demuestra su arrogancia.
 
El asunto de fondo es, por supuesto, que no deberíamos confundir sinceridad con acierto, como si «ser sincero» fuera sinónimo de «tener razón», cuando es evidente son dos cosas completamente distintas: por muy sinceramente que yo crea en un error, mi falta de doblez y mi transparencia no harán que mi error deje de serlo. El grado de sinceridad con que hablo no afecta ni positiva ni negativamente la naturaleza (falsa o verdadera) de lo que digo: puedo afirmar con toda sinceridad que la tierra es plana, como un día lo afirmaron sinceramente miles de personas; ello no hará que el planeta deje de ser redondo. Inversamente, puedo ser hipócrita al elogiar (digamos que para quedar bien) los talentos de un adversario en los que, de hecho, no creo: mi falta de sinceridad no hará que desaparezcan los talentos que aquella persona, en efecto, posee.
 
Es indudable que bajo la bandera de la sinceridad se han cometido a lo largo de la historia enormes atrocidades. La inmensa mayoría de los inquisidores creían sin asomo de duda que mandar herejes a la hoguera era lo más correcto, lo mejor que podían hacer; muchos traficantes de esclavos creían sin rebozo que los africanos que encadenaban en las bodegas de sus barcos pertenecían a una raza inferior; en nuestros tiempos, los terroristas que estrellaron los aviones contra las Torres Gemelas creían de todo corazón en su causa. En todos estos casos, su sinceridad fue criminal: no era virtud, sino prueba de una delirante arrogancia.
 
Es muy improbable que algún lector de estas líneas trate habitualmente con inquisidores capaces de enviar a la hoguera a sus enemigos, con despiadados traficantes de esclavos o con yihadistas fanatizados; sin embargo, todos, de vez en cuando, nos topamos con alguien que ha cruzado ese particular Rubicón más allá del cual las personas ya no saben escuchar opiniones diversas a las suyas, ni reconocer sus errores, ni ver sombras o falencias en sus propias creencias. Cuando alguien así nos asegure y prometa que es sincero, para convencernos de la bondad de sus argumentos, haremos bien de levantar el dedo y objetar:
 
―Te creo, pero tu sinceridad no prueba que tengas razón. Y si no aprendes a dialogar, a escuchar a los demás y a sopesar opiniones opuestas a las tuyas, entonces tu sinceridad solo servirá para probar tu arrogancia.
 
Seamos cuidadosos, sobre todo, de no presentar nuestra sinceridad como prueba de que tenemos razón. El convencimiento con el que ofrecemos nuestros argumentos no tiene nada que ver con la verdad o falsedad de lo que defendemos.


 



 

Martes 25 Junio 2019
 
El domingo 23 de junio La Sagrada Familia, la parroquia de Sabana Yegua (República Dominicana) donde la Comunidad de San Pablo ha estado presente desde 2003, recibió al Obispo José Grullón para celebrar la despedida de Juan Manuel Camacho, que ha completado sus 7 años de servicio sacerdotal en este lugar. La Eucaristía fue presidida por el obispo, seguida de una celebración y recepción. El Obispo también aprovechó la misa para dar la bienvenida a Michael Wolfe, quien de ahora en adelante será el párroco de La Sagrada Familia, trabajando junto con el grupo de misioneros laicos de la Comunidad de San Pablo que están allí. A partir de este verano, Juan Manuel trabajará como vicario de las parroquias de St. Patrick, St. Richard y St. Edward en Racine, Wisconsin (EE. UU.).

 

Martes 18 Junio 2019



Hoy es de todos bien sabido que la infancia es una época decisiva en el desarrollo de nuestra personalidad, un tiempo en el que se configuran en gran medida las capacidades que desarrollaremos cuando seamos adultos. Los expertos afirman que en el crecimiento y educación de los niños intervienen de forma definitiva dos ámbitos: la familia y la escuela.
 
Me gustaría destacar la importancia de la escuela y, sobre todo, examinar cómo podemos aprovechar el ámbito escolar para conseguir una mejora real en las condiciones de vida de los niños.
 
En Meki (Etiopía) estamos llevando a cabo un programa de educación sobre prevención de enfermedades en tres escuelas rurales de la zona. Damos clases semanales a cada curso, desde el primer nivel hasta el octavo. Los profesores nos han hecho un hueco en sus apretados programas porque consideran muy importante que los niños y las niñas aprendan hábitos saludables como son lavarse las manos con jabón, cuidado de la higiene personal, y también lecciones sobre salud medioambiental: uso de papeleras, reciclaje…
 
Algunas de las cosas que enseñamos tienen una aplicación inmediata: desatascar aguas encharcadas para evitar que los mosquitos transmisores de la malaria pongan sus huevos en ellas, lavarse las manos con jabón, purificar de forma sencilla el agua para beber y almacenarla en recipientes limpios y tapados, para que no se contamine de polvo o bacterias que luego causarán diarrea… Son acciones que, en su sencillez, pueden tener efectos muy importantes.
 
Otras veces parece que les enseñamos demasiado, como cuando hablamos de la limpieza del medio ambiente y el uso de papeleras, realidades que quedan muy lejos del contexto cotidiano de estos niños. En Meki no existen sistemas de alcantarillado, ni lugares de desguace, menos de reciclaje. Allí lo inservible solo tiene dos destinos posibles: o se quema, o se tira en el suelo.
 
Sin embargo, insistimos en todos estos contenidos con la convicción de que el conocimiento no ocupa lugar, y que, aunque ahora nuestros estudiantes no dispongan de muchos medios, quizás sí los tendrán en el futuro, y entonces se acordarán de lo que hoy están aprendiendo en la escuela. ¡Qué gran logro sería que, poco a poco, los niños y jóvenes de Meki fueran adquiriendo una fuerte conciencia medioambiental! Los frutos de una buena educación práctica son verdaderamente impredecibles.


 

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