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Jueves 14 Enero 2021



La institución Club de Leones de Bolivia organizó hace unas semanas el concurso “Cartel de La Paz” en todo el país, para llegar en especial a todos los niños y niñas. Con este concurso tenían interés en llegar a los niños institucionalizados, privados del cuidado parental, que residen en centros de acogida, víctimas de violencia, abandono y situación de calle. Uno de los objetivos era que estos niños recibieran un mensaje de paz, amor y esperanza, que les generase resiliencia para superar las circunstancias tan adversas que han sufrido en su vida.
 
Los adolescentes de nuestra Casa San José participaron en el concurso realizado a nivel de Cochabamba para una posterior selección a nivel nacional. Las educadoras del centro les ayudaron y acompañaron a que desarrollaran sus habilidades artísticas en dibujo y pintura y así pudieran expresar lo que significa para ellos la paz.
 
Tuvimos una grata sorpresa cuando supimos que los dibujos de nuestros adolescentes fueron seleccionados para una representación en toda Bolivia. De esta manera, y con eventos como este, se van reforzando las diferentes aptitudes y habilidades artísticas de todos los niños y adolescentes acogidos en Casa San José, y ellos descubren, maravillados, muchas destrezas que tal vez debido al tipo de convivencia con sus familias hasta ahora no habían sido estimuladas. Y, claro, fueron premiados por su arte y su creatividad. ¡Nos alegramos con ellos!


 

Miércoles 6 Enero 2021


Compartimos una poesía para celebrar, hoy, la fiesta de la Epifanía, el día de Reyes.
 
Aquellos personajes
con aire estrafalario
(no niegues que lo pensaste),
polvorientos, bondadosos,
faz quemada del desierto,
marcado acento extranjero
(a ti te pareció hermoso),
gestos solemnes de oriente,
más bien desproporcionados
(estabais en un establo),
os dejaron
(nunca lo ibais a saber)
otro regalo.
El cuarto,
el mejor.
 
Recibiste en tus manos suspicaces
el oro, el incienso y la mirra.
El niño dormitaba.
María, estupefacta.
Y tú balbuceas, perplejo,
—Gracias, qué sorpresa, gracias.
 
Y se fueron.
 
Al dejaros,
se les quebró la inocencia.
Reconocieron la noche
que reptaba en el palacio.
Y, pícaros y contentos,
regresaron a su tierra
por un camino distinto.
Su cambio de corazón
fue su presente mejor.
 
Sin él,
quién sabe qué
hubiese sido
de vosotros.

Y del mundo.

 

Viernes 25 Diciembre 2020


 

Creo que hay algo inherentemente sensiblero acerca de la Navidad. Creo que es porque cualquier cosa que tenga que ver con bebés nos enternece y de alguna forma nos hace vulnerables. Y pienso que está muy bien, no solo es normal, sino también deseable. Se podrían dar muchos argumentos sobre cómo la sociedad ha desfigurado y estropeado esta fiesta, y cómo la ha convertido en otra oportunidad para consumir. Y sin embargo está bien celebrar la sensiblería de vez en cuando. Está bien gastar dinero comprando regalos para otros, y cantar canciones cursis ininterrumpidamente. Es un recordatorio del blandengue que todos llevamos dentro, y de cómo tendríamos que dejarlo salir más a menudo. La verdad es que la vista de un bebé es única. Los recién nacidos tienen la capacidad de enternecernos de infundir en nosotros sentimientos de compasión, alegría, ternura y esperanza. Posiblemente despiertan lo mejor de nosotros. Y es que en general los bebés transmiten fragilidad e inocencia. Al nacer, los bebés ya cumplen todas nuestras expectativas: no mienten, no fingen, no amenazan. Por un lado, el bebé pone toda su confianza en nosotros y por otro lado nosotros ponemos toda nuestra confianza en él.

Quizás sea por eso por lo que la Navidad es una fiesta tan popular, porque a todos nos gusta la experiencia de la inocencia, la ternura y la confianza, y queremos poder experimentar estas emociones cuanto más mejor. Celebremos pues Navidad como recuerdo constante de que todos tenemos la capacidad de ser como bebés y la capacidad de tratar a los demás como si fueran bebés, siendo un poco sensibleros. No está escrito en ningún sitio que ser adulto signifique ser grosero, insensible, ofensivo o cruel, o sea que…   

¡Felices (y blandengues) fiestas de Navidad!


 

Jueves 10 Diciembre 2020
 


Mientras dejamos atrás las fiesta de Acción de Gracias, tan popular aquí en los EE. UU. (que se celebró hace unas pocas semanas), me gustaría ofrecer una breve reflexión sobre los posibles peligros de no entender bien la gratitud. Es bien sabido que ser agradecidos es una virtud que nos aporta una saludable dosis de realismo y de humildad, que nos hace mejores ciudadanos, más propensos a la generosidad y la solidaridad. En el caso de que alguien no esté interesado en las virtudes sociales y la civilidad, tendría que intentar ser agradecido de todas formas, aunque sea por los beneficios de carácter puramente egocéntricos, que no son nada despreciables: contribuye a nuestra tranquilidad emocional y psicológica, modera nuestra frustración y rencor y regula nuestros niveles de envidias y recelos.
 
Pero no debemos confundirnos. Por algún tipo de mecanismo de deformación cultural, quizás debido a nuestra persistente mentalidad mercantil, hemos confundido estar agradecidos con estar en deuda.
 
Estar agradecido no implica ni supone estar en deuda moral, emocional o de cualquier otro tipo. Podemos estar agradecidos a todos aquellos que nos han ayudado de forma especial en nuestro caminar y haremos bien en mostrarles nuestro aprecio y agradecimiento. Pero para nada estamos en deuda con ellos por lo que nos han dado y para nada pueden ellos reclamar nada por aquello que en su día nos ayudó de forma excepcional, aun marcando para bien, y por siempre, nuestra vida.
 
Cuando confundimos agradecimiento con deuda, abrirmos una suerte de cuenta emocional donde los gestos solidarios y generosos tanto ajenos como propios se cuentan como ingresos o egresos. Dar o recibir las gracias pueden convertirse entonces en un peligroso juego de chantaje emocional donde listamos todo lo que yo he hecho por ti, todo lo que me debes, o todo lo que debo a los demás.
 
La ausencia de agradecimiento es signo de egocentrismo y narcisismo, pero el derroche excesivo de agradecimiento puede convertirse en servilismo y baja autoestima. Tenemos que ser gente agradecida, por supuesto, pero por ello no debemos sentirnos en deuda con nadie, ni nadie en deuda con nosotros.
 
¡Gracias!


 

Miércoles 2 Diciembre 2020
 

Pablo Cirujeda, desde la Ciudad de México, nos ofrece un pequeño resumen de las lecturas de los cuatro domingos del tiempo de Adviento, que acabamos de iniciar. Profundicemos en el mensaje de los próximos domingos, para irnos preparando para celebrar el nacimiento de Jesús.
 

Con el primero domingo de Adviento iniciamos el tiempo propio de la Esperanza en la venida definitiva de Dios, quien tiene la última palabra en la Historia. Una virtud, la Esperanza, que no es estar o vivir “a la espera”, de quien espera a ver qué ocurre, sino de una espera vigilante y activa de quien construye el futuro deseado por Dios.
 
El Adviento es también un tiempo de búsqueda: la búsqueda del Dios pequeño, humano, sencillo, quien está entre nosotros, pero a quien a duras penas reconocemos. Y una búsqueda para llegar a entender el lenguaje de Dios, tan diferente del nuestro.
 
En el primer domingo de Adviento (ciclo B) se anuncia la razón de nuestra Esperanza: Dios es Fiel (1Cor.). La confianza en que Dios cumple su promesa y “rasga los cielos” para hacerse presente en la historia del ser humano (Isaías) es la razón de nuestra vigilancia, pues él es “nuestro padre, nosotros el barro y tú el alfarero, somos hechura de sus manos” (Isaías). Esta convicción nos mantiene alertas y esperanzados, en vigilancia permanente para descubrir al Dios-con-nosotros en nuestros hermanos y en nuestro entorno, seguros de que va a cumplir sus promesas.
 
En el segundo domingo de Adviento se desarrolla el contenido de la Esperanza: los cristianos esperan en modo activo, con “santidad y entrega” (2ª Carta de Pedro), preparando el camino del Señor, construyéndole una calzada (Isaías) para salvar los obstáculos que nos separan de su presencia (valles y colinas). El reto es saber esperar sin descanso, creando las condiciones necesarias para el encuentro que está por suceder. La convicción de que Dios llegará a su debido tiempo obliga a una vida de compromiso y de trabajo apostólico, poniendo las bases ahora para el reinado de Dios que está por cumplirse.
 
Pasando al tercer domingo de Adviento, el foco se centra ahora en el fruto de la Esperanza: la Alegría. No se trata de una emoción primaria, ni de un sentimiento, sino de una Virtud de vida cristiana. “Vivan siempre alegres, den gracias en toda ocasión” (Carta a los Tesalonicenses), es una llamada a practicar la alegría en medio de las adversidades de la vida, y de las circunstancias cambiantes que hay que afrontar. La alegría es contagiosa y da testimonio de la esperanza cristiana, y se adquiere solamente a base a practicarla.
 
Finalmente, el cuarto domingo de Adviento del ciclo B se centra en la frase “El Señor está contigo”, mencionada por el profeta Natán, y de nuevo por Gabriel a María. Dios-con-nosotros es el contenido de la Navidad, pero también de cualquier camino de vida cristiana: llegar a la realización plena de la presencia de Dios en cada ser humano (“Te buscaba fuera de mí, y estabas dentro de mí”, de San Agustín; “Quien a Dios tiene, nada le falta”, de Santa Teresa). El anuncio del ángel está dirigido a toda la comunidad creyente, y a cada bautizado: “Alégrate, el Señor está contigo”. Dios puede realizar su voluntad en cada uno de nosotros si le damos oportunidad, poniendo nuestra voluntad en un segundo lugar. “Soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” es la respuesta de la Iglesia creyente, a partir de la cual Dios se puede volver a encarnar, una y mil veces, a lo largo de la historia.
 
¡Feliz tiempo de Adviento!


 

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