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Recientemente, las mujeres que aprendieron a coser con máquinas industriales en el centro de desarrollo comunitario Casa Garavito de la CSP en Bogotá han conseguido un nuevo contrato de trabajo. Cada semana deben producir 250 batas desechables para el personal de una empresa de salud, para los agentes que realizan pruebas de Covid en la capital colombiana. En medio de las innumerables dificultades y sufrimiento que la pandemia está causando a tantas personas, este contrato es un alivio para las mujeres de nuestro centro y para sus familias, además de ser un modo concreto de colaborar en la lucha contra el coronavirus. Lo explicamos en el siguiente video.

https://www.youtube.com/watch?v=lEJsqIjJwRg&feature=youtu.be


 

“LA TRISTEZA DEL ZELOTA”
Jueves 12 Noviembre 2020 - 20:07

Una nueva novela de Martí Colom

 


Recientemente la Editorial San Pablo de Madrid ha publicado una novela de Martí Colom, miembro de nuestra comunidad. Se titula “La tristeza del zelota”, y se trata de una ficción ambientada en el siglo I. La trama gira alrededor de la carta de Pablo de Tarso a Filemón: como es bien sabido, en esta carta, la más breve de las epístolas paulinas, el apóstol de los gentiles intercede ante Filemón por Onésimo, un esclavo huido a quien Pablo ha conocido en la cárcel. De lo que no tenemos ninguna constancia histórica es de lo que sucedió con la epístola una vez Pablo la dictó y algún escriba la consignó en el papiro. ¿Llegó a manos de Filemón? Si fue así, ¿obedeció éste la recomendación de Pablo, y perdonó a Onésimo? ¿O tal vez ignoró la carta y castigó a Onésimo, como mandaba la ley? ¿Qué papel jugaron en la historia los otros destinatarios de la carta, Apia y Arquipo?
 
Partiendo de estos interrogantes, Martí Colom construye un relato ágil y absorbente en el que plantea cómo, desde el mismo inicio de la iglesia, el evangelio ha sido para algunas personas liberador y fuente de vida, mientras que para otras se convertía en un pretexto para la intransigencia y el fanatismo. Así lo expresa en un momento de la novela Pablo de Tarso: «—Hay personas capaces de convertir las ideas más hermosas en una roca pesada, las verdades más aladas en un fardo insoportable. En sus manos, como si fueran alfareros torpes y ciegos, el barro más suave y puro, destinado a dar la más bella de las jarras, se deforma y acaba produciendo una piltrafa inservible».

https://libreria.sanpablo.es/libro/la-tristeza-del-zelota_206834



 


LOS JORNALEROS DE LA VIÑA
Miércoles 23 Septiembre 2020 - 16:31
 


Compartimos esta reflexión de Pablo Cirujeda sobre el evangelio del pasado domingo (Mateo 20, 1-16).

Esta sorprendente parábola de Jesús presenta una escena a todas luces inesperada, por no decir absurda: el propietario de una viña decide pagar con el mismo jornal a aquellos trabajadores que apenas se incorporaron al trabajo en la última hora, como a los que trabajaron media jornada, y a los que se emplearon a fondo de sol a sol. La indignación es previsible y lógica, pues el actuar del propietario de la viña es manifiestamente injusto.

Esta parábola, como pocas, manifiesta la naturaleza amorosa y misericordiosa de Dios, que solamente nos ha sido revelada en toda su radicalidad por el mismo Jesús, por sus enseñanzas, y por su obrar. ¡Dios no es justo! Sino misericordioso…es decir, ante su presencia, no hay méritos ni logros que valgan, y nadie puede exigir ni arrogarse derechos adquiridos frente al Dios que es Amor.

Lo único que valora Dios de sus hijos e hijas es que, tarde o temprano, con prontitud o a deshora, hayan querido sumarse a la obra de su Reinado, y se hayan incorporado al trabajo de la viña, es decir, al cuidado de su creación, en especial de los seres humanos, que son sus criaturas preferidas.

Como menciona Isaías en la primera lectura, los pensamientos de Dios no son los nuestros. Con frecuencia, nuestra tendencia es acomodar a Dios a nuestra medida, en vez de configurar nuestra vida a la medida de Dios. Pero Jesús presenta el pensamiento de Dios nítidamente: los últimos serán los primeros.

¿Está mi vida dedicada al cuidado de la obra divina? ¿Siento que ya es tarde, o que yo no merezco formar parte de este proyecto? ¿He pensado que podría no ser bien recibido entre aquellos que reconoce como hijos suyos?

Para Dios, nunca es tarde, y nada es poco. Dios nos espera, hasta el último suspiro. A cada uno de nosotros.


 

SETENTA VECES SIETE: DEL ACTO A LA ACTITUD
Miércoles 16 Septiembre 2020 - 16:00
Este pasado domingo leímos en las eucaristías el pasaje del evangelio de Mateo en el que Pedro pregunta a Jesús si hay que perdonar siete veces a quien nos ha ofendido (Mt 18, 21-35). Hay estudios sobre la Palestina del siglo I que nos explican que, en aquella época, algunos maestros de la fe judía sugerían que un buen israelita debía perdonar tres veces a quien lo hubiese injuriado. Pedro intuyó que, a Jesús, siempre interesado en la misericordia y la reconciliación, eso de las tres veces le parecería muy poco, insuficiente. De modo que se adelanta, toma la palabra, y sugiere algo que, a su modo de ver, le valdrá el elogio del Señor: doblar las tres veces recomendadas y, por si acaso, añadir una más: siete. A buen seguro que Jesús le responderá: «¡Muy bien, Pedro querido! ¡Claro que sí, siete veces! ¡Tú sí me entiendes!»
 
Todos conocemos la réplica de Jesús, que sin duda dejó patidifuso al bueno de Pedro: «No te digo siete, sino setenta veces siete».
 
¿Cuál es la diferencia entre la mentalidad expresada por Pedro y la de Jesús? Para el primero, el perdón era un acto puntual. Un acto que podía repetirse, pero que, por mucho que se llevase a cabo varias veces, todavía se podía contar (este es el sentido de las siete veces de Pedro). La respuesta de Jesús indica que el perdón debería ser, en nosotros, no un acto, sino una actitud: las setenta veces siete (es decir, siempre). O sea, nuestra forma normal de reaccionar ante la ofensa recibida.
 
Esta diferencia no es menor, porque un acto puntual no nos define. Yo puedo mentir una vez, y eso no me convertirá en un mentiroso. O puedo haber tenido una buena idea un día, y ello no me convertirá en un genio. Una actitud, en cambio, sí define qué clase de persona somos. Alguien que se levanta todos los días con una nueva idea original en la cabeza es un genio, y alguien que miente cada dos por tres es un mentiroso. Lo que Jesús nos propone, en definitiva, es que la capacidad para perdonar a los demás sea aquello que nos defina. Que el perdón sea, por decirlo así, nuestro documento de identidad, la expresión más genuina de nuestro carácter.
 
A nivel espiritual hay, por supuesto, una razón de peso para intentar que, en nosotros, perdonar no sea un acto (puntual) sino una actitud: y es que, quien no sepa hacer un hábito del perdón, no entenderá a Dios. A quien viva instalado en el resentimiento, en el agravio, en el rencor, el Padre Misericordioso de Jesús le parecerá un sinsentido, un Dios in-creíble (en el que, literalmente, no se puede creer), un ser ridículo y debilucho. Inversamente, aprender a perdonar es, con toda certeza, lo que más puede acercarnos a una mejor comprensión del Padre bondadoso que Jesús nos anunció.


 


EL COVID-19 Y EL GRAN ABRAZO DE NANCY
Miércoles 29 Abril 2020 - 21:28

 

Aquí en República Dominicana somos mucho de abrazar, y desde que se impuso el estado de emergencia hace un mes y medio, con las medidas de distanciamiento e higiene, el cierre de los negocios y el toque de queda, muy pocos abrazos ha habido.
 
Tras la declaración del estado de emergencia, vimos avecinarse no solo la crisis sanitaria del COVID-19 (a 24 de abril ha habido 5.749 casos confirmados y 267 fallecidos en República Dominicana) en un país con un sistema de salud muy débil, sino también la crisis económica y alimentaria subsiguiente. El gobierno propuso un paquete de medidas, entre ellas el aumento de los fondos en las tarjetas de solidaridad de los más vulnerables (tarjetas por las que pueden comprar productos básicos), así como el reparto de comida. Curiosamente en nuestra provincia de Azua propusieron que la comida fuera repartida por las iglesias. Esta fue una idea controvertida, porque, por una parte, si la comida viene del gobierno, lo normal sería que éste la repartiera como más juiciosamente supiera y con sus medios, a través de la policía y el ejército, y con el equipamiento adecuado, en especial en esta pandemia en la que tanto el que reparte como el que recibe se pone en riesgo de contagio. Por otro lado, la medida propuesta habla bien de las iglesias como entidades que gozan de la confianza de la gente, y que saben quiénes son los que más necesitan la comida… y habla mal del gobierno, con una pésima tradición de clientelismo desde hace décadas.
 
Sea como sea, tras repartir nosotros en nuestra parroquia bolsas de comida del gobierno a un listado de los más vulnerables que conocemos, yendo casa por casa, con guantes, mascarilla y contacto mínimo, ya el gobierno utilizó sus efectivos para otros repartos de alimentos, y parece que en nuestra zona por ahora ahí se quedó la cosa.
 
Por nuestra parte, decidimos colaborar de manera más asidua con los 100 ancianos de nuestro patronato de personas de la tercera edad. Durante el año y con distintas colaboraciones locales les hacemos llegar una entrega de comida al mes. En medio de esta crisis estamos repartiendo estos mismos lotes de comida, con doble ración, cada quince días.
 
También hemos iniciado el reparto quincenal de comida a los 180 niños de nuestros tres centros infantiles, que permanecen cerrados. Hemos promovido la confección de mascarillas entre las costureras de nuestros cursos y nuestra cooperativa. Desde sus casas cada una va cosiendo. Algunas regalan mascarillas y otras las venden, según si están desahogadas económicamente o con el cinturón más apretado.
 
La cárcel del Km.15, dentro de nuestra demarcación parroquial, sufre también los estragos de esta crisis. Todavía no ha habido ningún caso declarado de Covid19, pero los reclusos sufren ansiedad y tristeza por no poder recibir visitas y echan de menos los productos de primera necesidad que sus familias les traían. En vistas de esto, reconvertimos una programada actividad de higiene bucal con unos cepillos y dentífricos donados en unos kits completos de higiene para los presos, añadiendo el imprescindible jabón.
 
Nuestro centro de salud también ha tenido que encarar la problemática de servir y protegerse. Actualmente la farmacia sigue abierta todos los días, con medidas de distancia, y el médico y el laboratorio atienden dos días a la semana, en un momento en que se han reducido notablemente las visitas a centros de salud, incluso al hospital público, por miedo al contagio.
 
Volviendo al reparto de comida, esta actividad tan necesaria no nos da mucho margen para interactuar, para saludar con calma a uno y a otro, para preguntar cómo están. Con distancia, deprisa para poder abarcar más, con calor, chorreando tras la mascarilla y con los guantes empapados de sudor ejecutamos esta actividad “aséptica” y quizás algo fría en la que máximo se cruzan dos o tres frases: «¡Agarrados de Dios!» «¡Trancados!» «¡Se le agradece!» (con una gran sonrisa cuando no se la tapa la mascarilla).
 
Pero el premio se lo lleva Nancy. Es la pequeña de una familia haitiana que llevo en mi corazón. Una familia que sufre y lucha. Son diez, y hace un par de años tuvieron la inmensa suerte de que con una donación se les construyera una casa nueva en un barrio apartado y pudieron salir de la choza precaria donde vivían hasta entonces. La casa no les sacó de la pobreza, pero viven con mayor dignidad. ¡Y avanzan! El hijo mayor ya es bachiller, ha terminado la secundaria. Y avanzan también porque, siendo haitianos, son bien aceptados por la población dominicana. A pesar de eso es difícil liberarse de la pobreza. Y, porque lo sé, llego allí con la donación de comida. Rápidamente, sin aviso, Nancy, la pequeña de tres años, esa niña que prácticamente he visto nacer, a quien he guardado algún vestidito de recién nacida de aquellos que me regalan, se abalanza para darme un gran abrazo. Yo tan alta y Nancy tan chiquita, es un gran abrazo a mis piernas, ¡qué hermoso! Su madre, Mileidi, se apresura a disculparse: «¡Ella no sabe!» Y, separándome, triste por no poder gozar más del momento, me despido diciéndole: «¡Nancy, cuando pase todo esto, te prometo que nos daremos muchos abrazos!»


 


Uno de los grandes protagonistas de la fiesta del Domingo de Ramos es la multitud, las multitudes. No sabemos si eran dos multitudes distintas, unas que gritaban Hosana, y otra que gritaba Crucifícalo; el caso es que las multitudes son, por un lado, manipulables, como comprobamos en los casos de regímenes populistas que les dan pan y circo, acallando su voz crítica, sometiendo su voluntad. Y, por otro lado, las multitudes tienen una gran influencia en el desarrollo de una sociedad, como en el caso de las revoluciones populares.

Hoy, cualquier referencia a las multitudes tiene que ver obligadamente con la pandemia del coronavirus. En este caso, lo que haga la “multitud” puede determinar el desarrollo (o no), de una enfermedad mortal. Y es importante darse cuenta de que las acciones de la multitud dependen de cada uno de nosotros como individuos. Para ello es indispensable que cada uno de nosotros actuemos con responsabilidad.  

Uno de los grandes manipuladores de multitudes es la desinformación. Vivimos en la época en la que es fácil sentirse abrumados y deprimidos por la cantidad de información que nos llega, hasta el punto de que uno no puede distinguir ya qué noticias son fiables, y cuáles no. 

Recibimos información sobre remedios caseros para la cura del virus, o sobre la fiebre del papel higiénico, o sobre explicaciones de tipo político o argumentos religiosos sobre el fin del mundo. Todo se mezcla en este enjambre de información. Podemos culpar, seguramente con razón, a los intereses particulares de los medios de comunicación, pero eso no significa que estemos exentos de nuestra responsabilidad de estar bien informados. Tradicionalmente se distingue entre la ignorancia inevitable que emana de nuestras propias limitaciones personales, y la ignorancia culpable, aquella por la cual nos conviene no saber y dejarnos llevar por la multitud. En estos días tendríamos que luchar contra ésta última de la misma manera que tan tenazmente estamos luchando contra el coronavirus.

 


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