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SIGNOS DE LOS TIEMPOS: ¿SIGNOS DE ESPERANZA, HOY?

Martes 8 Agosto 2017


El Papa Juan XXIII, en su esfuerzo por actualizar la acción evangelizadora de la Iglesia, acuñó hace más de 50 años el término “signos de los tiempos”, en referencia a las realidades presentes en el mundo secular que nos rodea que él identificaba como motivos de esperanza. En el documento de convocatoria del concilio Vaticano II (1961), el papa afirmaba: “Siguiendo los consejos de Cristo el Señor que nos exhorta a reconocer los signos de los tiempos (Mt 16, 3), en medio de tinieblas tan sombrías, percibimos numerosos indicios que parecen auspiciar un tiempo mejor para la humanidad y para la Iglesia”. De hecho, mencionaba varios de estos signos de esperanza que observaba en un mundo sin duda complejo y lleno de amenazas, como por ejemplo el deseo de colaboración amistosa entre las naciones para construir la paz, o el progreso de las técnicas y las ciencias.
 
En su carta encíclica escrita meses antes de su muerte (1963), Pacem in Terris, Juan XXIII volvió sobre el tema, enumerando tres “signos de los tiempos” característicos de la época moderna: el avance económico y social de las clases trabajadoras, la presencia de la mujer en la vida pública, y la emancipación de los pueblos.
 
El reto que planteaba, por tanto, era el de saber identificar señales esperanzadoras en el mundo contemporáneo, nunca exento de amenazas, y evitar caer en el análisis negativo o pesimista de la realidad. De hecho, llegó a llamar a aquellos que se centran en dichas amenazas como “profetas de desventuras”, calificación doblemente sorprendente en boca de quien había vivido ¡dos guerras mundiales en persona, y se enfrentaba a la amenaza nuclear de la guerra fría!
 
Saber identificar los signos de los tiempos, para un cristiano, no es por lo tanto saber realizar un simple análisis FODA de la realidad, como lo plantea la metodología moderna utilizada para la planeación estratégica de cualquier proyecto humano (Fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Amenazas). Se trata más bien de llegar a descifrar los signos de esperanza en los que se manifiesta la voluntad de Dios en la historia del momento, saber identificar los retos, que no los peligros, que nos ofrecen el mundo, la sociedad civil, la ciencia, etc., y llegar a entenderlos como oportunidades, más que como amenazas.
 
Cincuenta años más tarde, en un mundo que ha cambiado enormemente desde los ya lejanos años 60 del siglo XX, vale la pena pensar en cuáles son los signos de los tiempos de nuestra época. Es demasiado fácil y evidente señalar las dificultades de nuestro mundo globalizado, las tensiones sociopolíticas y regionales que se están desarrollando, las crisis migratorias y ecológicas… sin embargo, la mirada cristiana nos reta a volver a nombrar las oportunidades que se asoman “en medio de tinieblas tan sombrías”, desde el optimismo evangélico que nos debería caracterizar.

Me permito señalar, a sabiendas de que se tratará de una lista incompleta, algunas realidades que pueden ofrecer esperanza y oportunidades para que el mensaje del Evangelio pueda arraigarse más y mejor en el mundo en el que estamos insertados:
 
  • La urbanización masiva: hoy, más de la mitad de la humanidad vive en grandes urbes, lo que ofrece un espacio privilegiado para la interacción humana y el desarrollo cultural.
  • La conciencia ecológica y la responsabilidad transnacional sobre el clima: la comunidad internacional ya considera la protección del planeta como una responsabilidad global, que no se puede reducir a la sensibilidad particular de algunas naciones.
  • La comunicación universal e instantánea global: sin duda uno de los grandes signos de los tiempos actuales, Internet y sus posibilidades ofrecen enormes oportunidades para la evangelización.
  • La inteligencia artificial, que facilita la resolución de conflictos, una mejor planeación social y científica, empleo que ofrezca mayor dignidad a la persona, etc.
  • La superación de las fronteras raciales, que abre la puerta a un futuro de mayor integración como humanidad globalizada, superando los prejuicios y separaciones del pasado. 

La lista, sin duda, se puede alargar, pero es bueno recordar que la mirada cristiana sobre el mundo nos compromete a identificar signos de esperanza y de oportunidades para la evangelización en todo momento histórico, huyendo del derrotismo desesperanzado. No se trata de ser ingenuos –Juan XXIII no lo fue– sino de perseverar en la evangelización desde la realidad histórica en la que estamos insertados.

 

Mas sobre el tema: pablo cirujeda , reflexión
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