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LA ESPERANZA, UNA VIRTUD TRANSFORMADORA

Miércoles 6 Septiembre 2017


Partiendo de la primera carta de San Pablo a los Corintios (1Cor 13,13), en la tradición cristiana se definen tres virtudes como las más significativas o relevantes para el crecimiento espiritual de la persona, llamadas virtudes teologales: la Fe, la Esperanza y el Amor. Como es conocido, esta carta resalta el Amor como la principal entre las tres, y hace hincapié en practicar la virtud del Amor en toda actividad y función comunitaria, recordándonos que las virtudes no son dones innatos o con los que una persona ha sido agraciada, sino que para adquirirlas ¡necesitan ser practicadas! En su famoso Canto al Amor (1Cor 13,1-8), Pablo propone una guía para practicar el Amor en la vida diaria, mediante la paciencia, el perdón, la amabilidad, la generosidad, etc.
 
De la misma manera, podemos pensar en la necesidad de aprender a practicar también las otras dos virtudes teologales, la Fe y la Esperanza, pues no se trata de cualidades que posean algunas personas en exclusiva, sino de virtudes que todos podemos desarrollar. Tanto la Fe como la Esperanza implican una profunda confianza en los caminos de la vida, en los que Dios va manifestando su voluntad, y una visión positiva sobre los acontecimientos de la misma. Practicar la Esperanza implica apostar por un futuro mejor, y no anclarse en las dificultades o contradicciones del presente.
 
Si quisiéramos escribir un Canto a la Esperanza, pienso que debería contener esa visión del mañana de Dios:
 
“La Esperanza cree en el mañana, confía en el futuro y en sus posibilidades.
La Esperanza no se cansa, no renuncia, no claudica, y ofrece oportunidades sin fin.
La Esperanza transforma el futuro en el que confía.”
 
Pues quien practica la Esperanza, a su vez sienta las propias bases para el cambio, para la transformación del entorno y de las personas. Al confiar en el mañana de Dios, también nos disponemos a contemplar la realidad con otra mirada, que busca descubrir las semillas de un futuro mejor, todavía oculto, pero cierto. Vivir la Esperanza es uno de los grandes retos cristianos, no permitiendo que el ahora y el aquí nos nublen la vista y nos arrastren hacia la desesperación.
 
En el antiguo Testamento, el pueblo de Israel, en su largo caminar por el desierto (una analogía de la vida de cualquier ser humano y de cualquier comunidad), se vio sometido precisamente a la tentación de la falta de Esperanza: en Meribá, cuando la sed les hizo dudar de Dios, éste se reveló como la fuerza que supera las adversidades del presente (Ex 17,1-7). De esta manera, tuvieron que aprender a esperar contra toda esperanza, a confiar en el mañana de Dios más allá de lo que indica el ahora y aquí.
 
Vivir la Esperanza, pues, es confiar en el futuro, que pertenece a Dios, a la vez que implicarse en la construcción del mismo. Significa practicar una virtud transformadora, que se compromete con el cambio con el que sueña, y que se adelanta a aquello que todavía está por llegar.


 

Mas sobre el tema: pablo cirujeda , reflexión
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