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EL ÉXITO, UN ENGAÑO NARCISISTA

Martes 14 Agosto 2018


Llamados a dar fruto

 


Los logros individuales son siempre un motivo de celebración y de fiesta –sea en el campo deportivo, académico, o social, aplaudimos con admiración a las personas de nuestro entorno que consiguen destacarse gracias a su empeño, empezando por nuestros niños y niñas en sus etapas formativas y de crecimiento. Celebrar nuestros logros, hoy lo sabemos bien, fortalece nuestra autoestima y la confianza en nuestras capacidades.
 
Éxito (success) es una palabra de moda que usamos, por lo tanto, con la mejor de las intenciones, cuando con frecuencia le deseamos “mucho éxito” en sus proyectos a nuestros seres queridos: queremos que alcancen sus sueños y sus metas. Sin embargo, el “éxito” es una palabra que también encierra una trampa peligrosa: apunta directamente a los logros individuales, basados en las capacidades de la persona por sí misma, y conseguidos a partir de su esfuerzo y tenacidad. El éxito apenas contempla a los demás, pues se trata de una conquista personal. Peor todavía, engendra un sentido del mérito, es decir, de un premio que he ganado y que me pertenece por derecho. ¿Qué deportista está dispuesto a entregarle su trofeo o su medalla a otro que no ha realizado su gesta? ¿Quién ofrece a sus compañeros una promoción laboral que se ha ganado con su trabajo y perseverancia?
 
La espiritualidad cristiana reconoce con claridad lo importante que es poner a trabajar nuestras capacidades y nuestros talentos, y asegurar así que se multipliquen. No hay excusa para ser indiferentes o tibios, o para enterrar nuestro potencial y vivir una vida apática, a mínimos. En varias ocasiones, Jesús anima a sus seguidores a llenar el mundo “de obras buenas” (Mateo 5, 16), y espera de ellos una vida de compromiso, siguiendo las pautas que ofrecen las bienaventuranzas.
 
Pero Jesús no desea a sus discípulos que tengan éxito, sino que den fruto (Juan 15, 8), un logro que explica de forma gráfica mediante esta imagen del campo: a partir de estar injertados en la vid, y de participar de un proyecto común, serán capaces de generar frutos para ofrecerlos a aquellos que los rodean. El individuo, en el proyecto del reinado de Dios que presenta Jesús, es plenamente consciente de formar parte de una red que lo sostiene y lo alimenta, para, a su vez, poder compartir con los demás aquello que ha recibido. “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada”, dice Jesús.
 
¿Trabajamos para tener éxito, o para dar fruto? La propuesta del evangelio nos ayuda a evitar un protagonismo individual desmesurado, y a sabernos parte de una historia que siempre es más amplia que la propia, en la que solamente somos capaces de alcanzar nuestras metas porque previamente otros nos han sostenido, han creído en nosotros, y han potenciado nuestras capacidades. En la comunidad cristiana nadie se atribuye mérito alguno: Jesús solamente realiza “las obras de mi padre” (Juan 10, 37-38), y sus discípulos buscan ser “imitadores de Cristo” (1 Corintios 11,1).
 
Como seguidores de Jesús, injertados en su savia que nos alimenta, no aspiramos a tener éxito, sino a dar fruto abundante, sabiendo que "el fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo" (Gálatas, 5 22-23).


 

Mas sobre el tema: pablo cirujeda , reflexión
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