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COMUNICAR EL MIEDO, O LA ESPERANZA

Martes 4 Septiembre 2018



Han pasado varios siglos desde que Spinoza propusiera que las dos emociones básicas del ser humano son el miedo y la esperanza. Para este pensador, ambas emociones se complementan, pues no se puede experimentar la una sin equilibrarla con la otra. Vivir dominados por completo por una de las dos, sin la presencia de la otra, nos llevaría, o bien al bloqueo emocional, o bien al desenfreno.
 
En la tradición cristiana, muy anterior a Spinoza, ya se mencionan estas dos actitudes opuestas que desarrollamos frente a los acontecimientos de la vida: los discípulos de Jesús, después de su muerte, se encontraban “reunidos con las puertas cerradas por miedo a los judíos” (Juan 20,19), paralizados y encerrados. Sin embargo, Jesús calma su ansiedad con su presencia: “Ánimo, soy yo. No teman”. Y Pedro exhorta a los discípulos a estar “siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que les pida explicaciones”, a la vez que les invita a que “no teman las amenazas ni se asusten” (1 Pedro 3, 14-15).
 
En un contexto muy diferente, el de la antropología arqueológica, encontramos la siguiente afirmación: “El temor y la esperanza son los padres de los dioses, se ha dicho con gran verdad. El hombre, colocado ante la naturaleza, que le asombra y anonada, al sentir su propia pequeñez ante fuerzas que no entiende ni puede dominar, pero cuyos efectos dañosos o propicios sufre, proyecta su asombro, su temor y su esperanza fuera de su alma y, como no puede entender ni mandar, teme y ama, es decir, adora” (Alfonso Caso, El pueblo del Sol, 1953).

¿Temer, o esperar? Cada ser humano, a lo largo de su historia, acaba enfrentándose a esta disyuntiva. Si para los pueblos antiguos el temor y la esperanza se experimentaban sobre todo frente a los hechos vitales, como las fuerzas de la naturaleza y su capacidad de destrucción o de otorgar fertilidad y vida, o frente a la salud y la enfermedad del propio cuerpo, hoy la incertidumbre abarca aspectos más elaborados: el bienestar y el crecimiento económico, la estabilidad y el progreso social, el deterioro del medio ambiente, etc., son las áreas que más preocupan a los integrantes de las sociedades modernas, y ante las cuales, o bien se teme, o bien se alberga esperanza.
 
Los líderes sociales conocen bien los temores y las esperanzas de los hombres y mujeres de hoy. Frente a los mismos, pueden presentarse con dos propuestas radicalmente distintas: hablar de los peligros que acechan por doquier, o bien decir, con esperanza: “No teman”. Como hemos visto, ambos mensajes, el del miedo, y el de la esperanza, conectan con nuestras emociones más básicas, experimentadas desde los albores de la humanidad. Sin embargo, es importante señalar que el miedo es más primitivo y más irreflexivo, pues anida en la parte más animal de nuestro cerebro, y condiciona de forma poderosa nuestras respuestas. El miedo es fácil de vender, pues es suficiente una imagen o un mensaje impactante para que se active en nosotros este mecanismo de defensa, que nos lleva, como está bien descrito hoy, a tres posibles respuestas automáticas: huir, atacar, o quedarnos bloqueados.
 
En contraste, la esperanza requiere de mayor valor y compromiso y, como bien indica Pedro en su carta, necesita ser razonada y explicada. De forma muy gráfica, Jesús describe esta diferencia ante los retos que muchas veces plantean los acontecimientos de la historia: “los hombres se morirán de miedo, al ver esa conmoción del universo. (…) Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza”. Para sus seguidores propone la tarea, más arriesgada, de la esperanza: “Fíjense en la higuera y los demás árboles. Cuando echan brotes, ustedes, al verlos, saben que se acerca el verano” (Lucas 21, 26-30).
 
El miedo al futuro, al cambio, a los demás, a la pluralidad, a la pérdida de identidad, están cada vez más presentes en los discursos sociales, y se está hablando de nuevo del poder del miedo como arma política. Sabemos que el miedo se siente en las entrañas y no necesita explicaciones; comunicar la esperanza, en cambio, requiere de convicción, valentía, y la capacidad de leer los signos, todavía incipientes, del cambio que está por llegar si nos comprometemos a cuidarlo desde hoy.



 

Mas sobre el tema: pablo cirujeda , reflexión
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