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FIDELIDAD... AL ESPÍRITU DE JESÚS: ¿CÓMO DESCUBRIRLA?

Miércoles 3 Octubre 2018




La Iglesia, cuya historia nunca ha sido tranquila, está viviendo una época de indudable agitación. La insistencia del papa Francisco en la necesidad de huir de esquemas autorreferenciales para ir formando una comunidad eclesial más misionera, más sensible a la injusticia social, más descentralizada, más abierta a todo tipo de personas, con un mayor protagonismo de la mujer y más atenta a toda clase de excluidos y de heridos (el famoso “hospital de campaña” del que tantas veces ha hablado) no gusta a todo el mundo. La oposición a sus reformas, a sus gestos, a su mensaje, a la dirección que ha ido imprimiendo al mundo católico, está organizada y (digámoslo sin eufemismos) en pie de guerra. Es una oposición abierta y tenaz, más fuerte en algunos países que en otros (muy enérgica en los EE.UU. y en Italia, por ejemplo) encabezada y alentada por jerarcas de mucho peso (así como los hay, de mucho peso también, al lado de Francisco). En algunos medios católicos de corte inmovilista los ataques al papa son el pan de cada día. Como respuesta, en otros medios, de corte más progresista, sus columnistas se sienten obligados a salir a diario en defensa del obispo de Roma.

Lo primero que queremos subrayar es que esta tensión no tiene por qué ser mala. Pone de manifiesto la humanidad de la Iglesia, su realidad política, le quita el manto de impasibilidad y de “no ser de este mundo” con el que a veces se había querido vestir (o disfrazar, pues las tensiones han existido siempre). En el mejor de los casos es una tensión que puede propiciar que se dialogue más a todos los niveles. Si cardenales y nuncios discrepan abiertamente entre ellos, ¡y con el mismísimo papa!, ¿por qué no deberíamos mostrar también nuestras discrepancias los que no llevamos birreta roja, los laicos, los sacerdotes, todos? Tal vez la exposición franca de nuestras divergencias nos ayudará a encontrar más salidas que la pretensión de que la Iglesia es una balsa de aceite.

En segundo lugar, queríamos llamar la atención sobre el hecho de que quizá detractores y paladines del papa se equivocan por igual al centrar el debate en la persona de Francisco. Los personalismos nunca son buenos: adular al líder porque me siento identificado con él puede ser tan infantil como denostarlo porque su mensaje me incomoda. Y plantear los conflictos que sacuden la Iglesia en términos de fidelidad o animadversión hacia el pontífice distorsiona la verdadera naturaleza de la crisis. Quienes centran el debate en la persona del papa corren el riesgo de convertir el problema en una discusión sobre las virtudes o defectos particulares de Francisco, y, en consecuencia, pueden perder de vista lo que realmente está en juego. Los temas de fondo van mucho más allá de la persona que hoy ocupa la silla de Pedro en Roma.

Lo que está en juego, por supuesto, es la fidelidad de la comunidad eclesial al Espíritu Santo. ¿Está la Iglesia, en su conjunto (encabezada por el papa, eso sí), siendo dócil al Espíritu o resistiéndosele? Y puesto que en la Iglesia hay corrientes contrapuestas, la cuestión de fondo es la fidelidad de cada una de ellas al Espíritu.

Dejemos al papa tranquilo, por decirlo así, dejemos de centrarnos tanto en examinar cada palabra y cada declaración suya (algo que Francisco tal vez agradecería) y centrémonos en lo que, como cristianos, debería importarnos más: ¿Quién, en la situación que estamos viviendo, está siendo más fiel al Espíritu de Jesús? ¿Quién se está dejando llevar, sin miedos, por el Espíritu Santo que en Pentecostés se derramó sobre los discípulos y así engendró la Iglesia?

Es obvio que si planteáramos esta pregunta a unos y a otros todos responderían: «Nosotros». Un tradicionalista asustado por la mentalidad de Francisco y un liberal enamorado del papa asegurarían, con idéntico fervor (y muy probablemente con igual sinceridad): «A nosotros solo nos mueve la fidelidad al Espíritu».

Por desgracia, todavía no existe un «fidelidamómetro» que nos permita evaluar la fidelidad de personas y colectivos, como si de un termómetro para saber la temperatura se tratara. ¿Cómo responder, entonces, a la pregunta sobre la fidelidad al Espíritu? ¿Cómo descubrirla? Sugerimos un modo de hacerlo.

El Espíritu, y de eso no nos puede caber duda, es entregado, generoso y nunca busca el propio bien. Partiendo de esta base, quizá una manera de examinar la fidelidad que cada uno practica al soplo del Espíritu sería haciéndonos la antigua pregunta latina que conoce todo buen lector de novelas policíacas: ¿Cui bono? ¿A quién beneficia la polémica? ¿Quién está protegiendo sus intereses? ¿Quién está defendiendo su posición?

Y las preguntas opuestas, que en este caso señalarían quien, al no buscar su propio bien, estaría siendo más fiel al Espíritu: ¿Quién se está arriesgando más? ¿Quién está anteponiendo las necesidades de las personas a las de la institución? ¿Quién, en verdad, se busca dolores de cabeza?

No parecería, ciertamente, que arriesgan mucho ni pierden nada los que se atrincheran en posturas inmovilistas, autocomplacientes, muy seguros de sí mismos, y aseguran que la solución a los problemas que afectan a la Iglesia pasa por frenar cualquier posibilidad de reforma y regresar a los esquemas rígidos de ayer.

Y, por otro lado, no parecería que sean los que (empezando por el papa) apuestan por una Iglesia en salida, «accidentada, herida y manchada por salir a la calle»[1] quienes están defendiendo su posición, quienes buscan la placidez que otorgaría no plantear preguntas incómodas, quienes tratan de mirar hacia el otro lado para no tener que enfrentar las faltas de la propia institución. Su esfuerzo por librar la Iglesia de automatismos autoritarios y de despojarla de clericalismos caducos, de hecho, les está complicando la vida.

La prueba del ¿Cui Bono?, en definitiva, deja muy pocas dudas acerca de quién se está dejando guiar por el Espíritu.


[1] Papa Francisco. Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 49


 

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