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AMAR, AL REVÉS

Miércoles 7 Noviembre 2018



Hablar –o escribir– sobre el amor es tan tentador como complicado, porque la experiencia del amor humano es tan variable como contradictoria. Aun a riesgo de simplificar, pienso que, a lo largo de nuestra vida, los seres humanos intentamos colmar el anhelo universal de toda persona –amar y ser amados– principalmente de forma activa: busco amar a quien yo elijo, de quien yo me enamoro, para alcanzar el placer de la experiencia amorosa. En esta búsqueda del amor, la parte de la ecuación que habitualmente subrayamos es la primera –amar– para llegar a cumplimentar nuestros deseos, mientras que la que nos suele generar mayores sufrimientos es la segunda –ser amados– especialmente cuando no logramos ser correspondidos según nuestras expectativas.

En la revelación cristiana, el amor es la esencia de Dios, pues Dios es amor, afirma la primera carta de Juan (1 Juan, 4, 8). No hay duda de que el amor es el tema central alrededor del cual gira toda la vida de Jesús, y que él resume al final de la misma con estas palabras: “os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan 13, 34). Vemos que el reto que nos plantea la Escritura es que, antes de intentar amar a otros, vivamos la experiencia de ser amados. La ecuación del “amar y ser amados” queda invertida de la siguiente manera: primero hay que haber sido amados, para poder llegar a amar.

En el antiguo testamento, ya muchos de los profetas afirmaron que el amor de Dios es un don que se recibe lejos de todo mérito y de todo mercadeo, y que es previo e independiente a la respuesta recibida. Encontramos con frecuencia afirmaciones como las siguientes: “yo los amaré gratuitamente, pues ha cesado mi ira” (Oseas 14, 2-10); “con amor eterno te amo, por eso te mantengo mi favor” (Jeremías 31, 3). En la Biblia, el amor de Dios es previo, gratuito, y no se gana: sólo se puede agradecer.

De hecho, también la psicología afirma que cualquier ser humano, para poder amar, primero tiene que haber experimentado el amor hacia su persona, especialmente durante su infancia y juventud. Podemos llegar a afirmar, por lo tanto, que solamente puede amar quien reconoce haber sido amado, la persona que ha vivido la experiencia de un amor pasivo, en el que se haya descubierto amada de forma gratuita, sin que ese amor lo haya logrado o conquistado por sí misma.

Han pasado varios siglos desde que los grandes místicos del Carmelo (Teresa de Jesús y Juan de la Cruz) dejaran su testimonio escrito de esa experiencia del sentirse amados, no amantes: su éxtasis nacía del saberse amados. “Nosotros podemos amar, porque él nos amó primero”, señala con claridad la primera carta de Juan (1 Juan 4, 19). Porque quien se sabe amado, se apasiona, y desea responder al don recibido. El mandamiento de Jesús, “amaros como yo os he amado”, nos invierte la ecuación del amor, y nos reta a amar al revés: buscar y agradecer primero el amor recibido, para entonces compartir ese amor de la misma manera en la que lo hemos recibido: gratis.

Amar al revés, en respuesta al amor recibido, es renunciar a ser protagonistas en el amor, para llegar a vivir el amor desde la libertad de un don recibido. Volviendo a Jesús: “gratis lo habéis recibido, dadlo gratis” (Mateo 10, 8).


 

Mas sobre el tema: reflexión , pablo cirujeda
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