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UN CRISTIANISMO SIN CRISTIANDAD

Martes 5 Febrero 2019



En los años 50 del siglo pasado, en pleno auge de la Modernidad, el pensador francés Emmanuel Mounier defendía la necesidad de “reintroducir el cristianismo en la Cristiandad”, y así denunciaba la enorme brecha que observaba entre los postulados del evangelio, por un lado, y la vida y doctrina de la Iglesia de su tiempo, por el otro. No alcanzaba a vislumbrar el padre del Personalismo que era la propia Cristiandad, un maridaje fraguado durante siglos entre cristianismo y sociedad, la que se dirigía, ya entonces, hacia su progresiva desaparición. Los restos de dicha Cristiandad que todavía podemos observar a principios del siglo XXI en algunos países tradicionalmente católicos, aplaudidos por los inevitables nostálgicos que quisieran detener la secularización imparable de las sociedades occidentales, no consiguen esconder una realidad irreversible: el cristianismo, hoy, se tiene que sostener cada vez más sobre sí mismo, en medio de sociedades plurales y seculares que han dejado de arroparlo.

Desconcertado, el cristianismo no siempre ha sabido cómo adaptarse ante esta pérdida de prestigio social, reaccionando principalmente de dos formas, ambas inadecuadas: en ocasiones, la Iglesia se ha situado a la defensiva, culpando a la misma sociedad de su desamparo y reclamándole que vuelva a brindarle el apoyo institucional que le ofrecía en el pasado. En otras instancias, han sido los mismos líderes cristianos quienes han querido acomodarse a los nuevos tiempos, asumiendo los postulados del secularismo como propios, para así poderse presentar como una alternativa moderna y actual en el mercado ideológico, incorporando a su vida y funcionamiento criterios más propios del mundo empresarial que del Evangelio como son la planeación estratégica, la gestión del cambio, etc., sin darse cuenta de que estaban renunciando a sus valores más genuinos: la defensa de los débiles, la espiritualidad del servicio, y el abandono de toda avaricia que busque el beneficio propio a costa del prójimo o de la creación.

La Iglesia tiene que ser contracultural, o habrá dejado de cumplir con su misión, porque el Evangelio que la inspira es contracultural en su propia esencia: postula un humanismo que es incompatible tanto con los sistemas económicos neoliberales como con los totalitarismos de cualquier color político, así como con un consumismo que conlleva una explotación insostenible de los recursos naturales del planeta. El anuncio del mensaje de Jesús, cuando se ha propuesto en su integridad, siempre ha entrado en conflicto con cualquier modelo social que no ofrezca espacios dignos a los pequeños, a los improductivos, a los débiles, y a los fracasados, así como exige que sea respetuoso con el entorno en el que se sustenta la vida humana.

El reto de la Iglesia del siglo XXI es, sin duda, lograr introducir el cristianismo, no ya en una Cristiandad caduca, sino en la sociedad secular, para volver a ser “levadura en la masa” (Mateo 13, 33), una presencia invisible y transformadora capaz de humanizar cualquier cultura. Se trata de una oportunidad histórica para que el cristianismo, desnudo y desprovisto del sostén de las estructuras sociales que arropaban a la Iglesia en una peligrosa connivencia con los mismos sistemas políticos y económicos que pretendía cuestionar, se encuentre consigo mismo y se tenga que confrontar con los valores propios del Evangelio, para así poder recuperar la esencia de su misión.

“Mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20), dijo Jesús a los que pudieran percibir esta misión como imposible. El cristianismo del siglo XXI, un cristianismo sin Cristiandad, devuelve a los seguidores de Jesús al lugar que él mismo ocupó: insertados dentro de una sociedad específica, a la vez que en sus márgenes, actuando como un fermento transformador de los valores que la sustentan, y comprometidos en la defensa de la dignidad de cada uno de sus miembros.


 

Mas sobre el tema: reflexión , pablo cirujeda
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