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LA FE: ¿CASTILLO O CAMINO?

Miércoles 27 Febrero 2019





A las personas no creyentes que, a pesar de declararse agnósticas o ateas, observan con interés el fenómeno religioso y las vidas y comportamientos de los creyentes, les puede resultar sorprendente, y hasta incomprensible, la diversidad de actitudes que descubren entre los que nos llamamos practicantes. Puede resultarles extraño, para ser más precisos, el hecho de que las mismas creencias produzcan frutos tan dispares: no es raro que vean con cierto asombro cómo hay creyentes con una visión altamente negativa de la sociedad contemporánea (los que subrayan que el reino de Dios “no es de este mundo”), y otros que, al contrario, viven su fe como una llamada al optimismo sobre el presente y futuro de la humanidad (los que enfatizan que “el reino de Dios ya está entre vosotros”); los que a resultas de su religiosidad adoptan posturas intransigentes, y los que como consecuencia de su fe parecen crecer cada día en el ejercicio de la tolerancia; a unos, su confesión los vuelve rígidos, escrupulosos e inquisitoriales, muy pendientes de sus pecados y de los pecados de los demás, mientras que a otros la misma confesión les empuja a ser comprensivos con las miserias propias y ajenas; unos, empapados de su Dios, se sienten llamados a dialogar con todo el mundo; otros, dicen que inspirados por el mismo evangelio, devienen huraños centinelas de la moral y la ortodoxia. Incluso se diría que, a unos, lo que creen les ayuda a saber reír con más soltura mientras que otros se olvidan de sonreír debido a su religión.
 
¿Cómo explicar estas diferencias?
 
Parece bastante obvio que parte de la respuesta habría que buscarla en la psicología de cada cual, en unas disposiciones psíquicas previas a la opción religiosa, que determinan cómo ella será vivida. En la fe de alguien que tienda a la melancolía y a una visión pesimista de la realidad, por ejemplo, es probable que el pecado tenga un peso muy importante. Alguien que, al contrario, tienda “por naturaleza” (es decir, por las disposiciones psíquicas previas a la opción religiosa de las que estamos hablando) al entusiasmo y al optimismo, seguramente se centrará más en la gracia y la misericordia de Dios.
 
Ahora bien, más allá de la influencia de nuestras tendencias psicológicas profundas, que poco o nada podemos hacer para modificar (y de las que no siempre somos conscientes), tal vez habría un aspecto más racional del asunto que nos ocupa, en el que sí podríamos incidir: la comprensión que cada uno tiene de la fe en sí misma. Nos referimos a las expectativas que todos tenemos acerca del papel que ella jugará en nuestra vida. Estas expectativas son independientes del contenido de la fe que profesamos, y las tiene todo creyente (no solo el cristiano, o la persona religiosa, sino cualquiera que se adhiera a un credo determinado). Independientemente del contenido doctrinal de aquello en lo que creemos (para unos será el evangelio de Jesús, para otros las revelaciones de Alá a Mahoma, para otros puede ser la fe en una doctrina política o económica), todos albergamos esperanzas sobre lo que nuestra fe pueda reportarnos: en estas esperanzas está implícito siempre un modelo de qué es (y de para qué sirve) la fe.
 
Pues bien, entre la variedad de modelos que existen nos parece que hay dos que en gran medida pueden explicar los frutos dispares que la fe (cualquier fe) produce en sus fieles: entenderla como castillo o entenderla como camino.
 
Los que siguen el primer modelo entienden sus creencias como una fortaleza cuyo cometido es proporcionarles seguridad. Se sienten protegidos dentro de las paredes de su credo. A estos les importará, por encima de todo, la solidez y estabilidad de los muros (de las verdades) en que se amparan; les interesará subrayar la firmeza e inmutabilidad de los cimientos en los que se sostiene su visión del mundo. Una consecuencia de este modelo será una clara delimitación de quién está dentro y quién queda afuera del círculo creyente. La expectativa fundamental de los creyentes que ven la fe como un castillo es sentirse amparados, a resguardo de las incertidumbres que la vida comporta.
 
Los que entienden su fe como un camino, en cambio, subrayan el carácter evolutivo de su vida espiritual, porque se sienten “en marcha”, siempre de viaje. A estos les importará saber de dónde vienen (reflexionar sobre la historia y el pasado de su confesión) y hacia dónde van (qué horizontes tienen enfrente). Una consecuencia del modelo “fe como camino” será que sus seguidores se abrirán de forma natural al encuentro con nuevos compañeros de viaje, con personas que tal vez vengan de puntos de partida muy distintos a los suyos, pero que, al menos durante un tramo, avanzan codo con codo con ellos. Puede que la expectativa fundamental de estas personas no sea tanto el punto final hacia el que se encaminan como la esperanza de ir encontrando a Dios en el mismo hecho de estar en continuo desplazamiento, en una senda de crecimiento permanente.
 
Obviamente, como se puede deducir de la breve descripción que hemos ofrecido en los dos párrafos anteriores, no pensamos que ambos modelos sean igualmente válidos, por mucho que ambos puedan tener virtudes y defectos. Nos parece que la fe estática, vivida como castillo, suele impedir el crecimiento de sus partidarios. Tiende, además, a producir frutos de intolerancia y división, y por sus mismas dinámicas promueve que se recele del diálogo con el otro, con los que habitan en otros castillos.
 
La fe como camino es, a nuestro modo de ver, más saludable, y también más realista. Fomenta en quienes la practican la toma de conciencia de su identidad narrativa: esos entienden que el viaje los transforma, que los paisajes y las etapas que han recorrido en la vida van cambiando su mirada y su misma identidad. Es un modelo que tiende al respeto hacia los demás, sea cual sea su credo, pues los ve igualmente “en marcha”. Finalmente, este modelo suele ser más propenso a buscar el diálogo con extraños: en la mentalidad de sus seguidores hay implícita la convicción de no poseer todavía la plenitud de la verdad (es precisamente para irla descubriendo que siguen en camino), de modo que acogen con agrado la posibilidad de contrastar sus luces con las de otros, mediante una conversación entre iguales.
 
Sería recomendable, probablemente, que los creyentes meditáramos más a menudo sobre el modelo que subyace en nuestra vivencia de la fe, preguntándonos cómo la vemos: ¿Como un castillo o como un camino?

 


 

 

Mas sobre el tema: fe , martí colom
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