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RECONCILIACIÓN: ABRAZOS Y BESOS EN LA BIBLIA

Miércoles 20 Marzo 2019


 


Aquellos que se toman un tiempo para leerla suelen descubrir que la Biblia está llena de relatos que reflejan todo tipo de experiencias humanas, unas más dulces, y otras de sabor amargo: hay pocas situaciones resultantes de la convivencia familiar o social que no encuentren un eco en los personajes y relatos bíblicos. Leemos historias de conflictos entre pueblos, entre los miembros de un mismo pueblo, y también entre miembros de una misma familia. Algunas acaban de forma violenta, en otras sus protagonistas deciden establecer una sana y prudente distancia entre sí, y finalmente, en algunas ocasiones, escuchamos cómo se llega a producir una verdadera reconciliación entre las partes enfrentadas.

Aunque esta última posibilidad es la menos frecuente, la Escritura sí nos ofrece, tanto en el antiguo como en el nuevo testamento, el testimonio de algunas experiencias de reconciliación entre personas separadas entre sí por un agravio histórico o por una injusticia cometida con anterioridad por alguna de ellas. Sabemos que hay una diferencia importante entre perdonar a un adversario – pues se trata de un acto unilateral, en el que la persona agraviada se libera de cualquier deseo de venganza o de restitución por parte de su contrario – y llegar a alcanzar una verdadera reconciliación, cuando las personas enfrentadas consiguen reemprender un camino de amistad, enterrando sus diferencias.

Un ejemplo de reconciliación muy temprano en la Biblia lo encontramos en la historia de dos hermanos gemelos, Esaú y Jacob, narrada en el libro del Génesis: el segundo estafa en su juventud al primero y le arrebata sus derechos de primogénito, para huir a continuación a una tierra lejana, en la actual Siria, donde desarrolla su vida a una distancia segura del alcance de la ira de su hermano. Finalmente, cuando después de veinte años decide regresar a la tierra prometida a sus antepasados, sigue temeroso del rencor de Esaú, por lo que diseña una estrategia para ganarse su favor: ofrecerle abundantes ofrendas de animales en la esperanza de que su codicia sea mayor que su sed de venganza.

Sin embargo, después de un enigmático encuentro con Dios, descrito en el capítulo 32 del Génesis, Jacob cambia de actitud y decide pedirle perdón con humildad a Esaú, lo que le demuestra al postrarse siete veces frente al hermano al que engañó para ganarse la bendición de su padre, Isaac, y desposeerlo de su futuro. La reacción de éste es conmovedora: “Esaú corrió a su encuentro, lo abrazó, se echó a su cuello y lo besó, y los dos se pusieron a llorar” (Génesis 33,4).

Jacob arriesga todo lo que tiene con la intención de reconciliarse con su hermano, y lo consigue. Esaú, por su parte, posiblemente se había cansado ya de tramar venganza, y, en todo caso, reconoce el deseo sincero de su hermano de enterrar su pasado de estafas y de engaños, y poder así recuperar el vínculo familiar que los unía.

Por otro lado, en el nuevo testamento, se nos ofrece una enseñanza, conocida como la parábola del hijo pródigo, que también relata una historia de reconciliación entre dos personas, en este caso, entre un padre y su hijo menor. El muchacho ofende hasta límites inadmisibles a su padre, al exigirle el pago de su herencia antes de su muerte y malgastar a continuación ese dinero de la forma más ruin. Cuando regresa, humillado por el hambre y el fracaso de sus proyectos alocados, nada permite anticipar el desenlace de este nuevo drama familiar. Jesús parece tener en mente la historia de Jacob y de Esaú cuando nos describe los gestos con los que el hijo es recibido por su padre: “cuando aún estaba lejos, su padre lo vio, y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos.” (Lucas 15, 20).

¿Cómo entender las condiciones bajo las que, tan solo en ocasiones, se puede alcanzar la reconciliación entre personas antagonizadas por los avatares de la vida? Humanamente, es indispensable el arrepentimiento sincero, y la humildad, para poderse acercar con mucha prudencia a la persona agraviada, como hace Jacob. Sin embargo, Jesús nos sorprende con una historia de reconciliación con el Padre sin premisas ni condiciones, libre y gratuita, motivada por el puro placer de recuperar a quien “estaba perdido y ha sido encontrado”.

Una vez más, Jesús describe la diferencia radical entre el amor humano, proporcionado y temeroso, y el amor de Dios, siempre arriesgado y dispuesto a tomar la iniciativa. Es este último el que propone como paradigma del amor, como escuela para sanar nuestras torpes relaciones humanas.


 

Mas sobre el tema: pablo cirujeda
Comentarios
  1. Santiago Santomá ( 20/03/2019 09:09:03 )
    Me ha gustado mucho este comentario. Merece la pena escudriñar mas en los textos de la Biblia y en general en otros textos que nos muestren cuales son las caracteristicas y condiciones que hacen posible una reconcilianción sincera. Creo que es la clave del mensaje de la Vida plasmado de forma especial en la Biblia, la Antigua Alianza y de forma todavia mas especial en Jesús con su nueva alianza basada en la gratuidad y el perdón que viene y lleva al amor.
    Seria muy enriquecedor hacer como San Ignacio en sus ejercicios, una visualización de las situaciones de conflicto, empatizando con las personas y grupos que los viven, y vivir la experiencia humana y divina que nos impulsa a buscar la reconciliación, la recuperación del otro desesperadamente porque lo vemos como un gran valor, como consustancial a nuestra existencia
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