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31/10/2019 - MES DE MISIONES EN CIUDAD DE MÉXICO
 


Con motivo del mes extraordinario de misiones convocado por el Papa Francisco para octubre de 2019 la Arquidiócesis Primada de México propuso que todas las parroquias se sumaran a esta iniciativa mediante una “megamisión” para salir al encuentro de las personas más necesitadas de alegría y de esperanza en el propio entorno de esta gran ciudad.
 
En la Rectoría de Nuestra Señora del Rosario, que dirige Pablo Cirujeda, de la Comunidad de San Pablo, todos los grupos parroquiales participamos con un fin de semana dedicado a los enfermos y adultos mayores confinados a sus hogares por sus padecimientos crónicos. Tantos los cerca de setenta niños y niñas del programa de catequesis infantil, sus catequistas y papás, como otros agentes pastorales miembros de los grupos de liturgia, pastoral familiar y pastoral popular nos pusimos a caminar por las calles de las colonias que forman parte del territorio parroquial, visitando a unas cuarenta personas que recibieron con sorpresa que la comunidad parroquial se acercara a su situación particular para poderlos escuchar, acompañar, y en algunos casos asistir en sus necesidades, como limpiarles la casa o conseguirles ropa de abrigo.
 
Como fruto de esta iniciativa vamos a asumir el compromiso de seguir visitando a aquellas personas que así lo han solicitado, para ofrecerles compañía, llevarles la comunión, y darles la oportunidad de seguir formando parte de la parroquia a pesar de las limitaciones impuestas por sus enfermedades.
 
Todos disfrutamos de este fin de semana de misión parroquial, pero en especial los más jóvenes junto a los más mayores, al descubrir un modo de convivir a pesar de sus diferencias y la distancia que hay entre generaciones.


 

17/09/2019 - NUEVO PROYECTO PASTORAL DE LA COMUNIDAD DE SAN PABLO EN MÉXICO
 

La CSP está presente en la Ciudad de México mediante dos proyectos pastorales distintos: por un lado, en el sur de la ciudad coordinamos el Centro Comunitario de Desarrollo Infantil “San José”, en el que 122 niños y niñas menores de 6 años de un asentamiento irregular reciben a diario una atención integral en la etapa crucial de la primera infancia, y, por otro lado, en el poniente de la gran urbe apoyamos el trabajo pastoral y social en un barrio popular de población trabajadora.
 
Después de haber trabajado durante cinco años como vicario parroquial en esta segunda zona pastoral de la arquidiócesis, Pablo Cirujeda fue recientemente nombrado rector de la Rectoría Nuestra Señora del Rosario. Como responsable de esta parroquia atenderá una población de unas seis mil personas, en su mayoría familias humildes y de escasos recursos. Junto con la coordinación de los diferentes programas pastorales (catequesis infantil, pastoral de los enfermos, pastoral sacramental, etc.) también está abriendo espacios para el desarrollo comunitario, como talleres de artesanías para niños y jóvenes, activación física para adultos mayores, y un centro de escucha terapéutica, y se está integrando con otras instituciones y agentes sociales de la zona para iniciar un programa de capacitación laboral para jóvenes.
 
Este nuevo reto pastoral se suma a los esfuerzos que la CSP realiza para que sus compromisos aborden una evangelización integral de la persona, entendiendo la pastoral como un camino que abarca todas las dimensiones personales, familiares, y sociales del ser humano.


 

23/07/2019 - IDENTIDAD Y PERTENENCIA: UN DEBATE SIN CONCLUIR



Después de la larga pugna vivida durante milenios por el dominio de unas naciones sobre otras, que alcanzó su auge en los afanes colonialistas del siglo XIX, y la posterior reivindicación en el siglo XX de las naciones sometidas frente a las que las habían sometido hasta que se consiguió configurar una comunidad global de naciones, en el siglo XXI estamos siendo testigos de una nueva etapa de la historia moderna: la desaparición progresiva de los límites que definen y separan a unas naciones de otras. Los flujos migratorios sin precedentes, así como los efectos culturales de la globalización, están mezclando velozmente las poblaciones a nivel mundial, y han vuelto a avivar el debate alrededor de los conceptos de identidad y pertenencia.

No cabe duda de que toda persona necesita enraizarse en un colectivo humano definido para poder adquirir una identidad grupal, equivalente a los antiguos clanes o tribus: no se puede ser un individuo suelto en medio de la humanidad global, sin haber vivido antes un proceso de identificación con un grupo específico que nos define dentro de una cultura, tradiciones y valores. Hay que reconocer, hoy, que los defensores de la globalización y del concepto de la “aldea global” ignoraron esta necesidad de pertenencia local, y a la que están dando respuesta de alguna manera muchos de los nuevos nacionalismos. Hoy podemos afirmar, con claridad, que no se puede construir una sociedad global eliminando las identidades particulares: para cada uno de nosotros es indispensable la pertenencia a comunidades reales y tangibles, como también poder formar parte de comunidades más amplias como lo son las naciones, los partidos políticos, o los seguidores de un club deportivo, magistralmente descritas por Harari en su ya clásico “Sapiens”.

Estas pertenencias, reales o imaginarias, ayudan a superar las enormes diferencias que plantea la inabarcable diversidad individual presente en cualquier comunidad humana, y que sería imposible de gestionar sin aglutinar a las personas primero en colectivos abarcables y homogéneos. Esa es, sin duda, una de las funciones que desempeñan las culturas: tienden a normalizar y a generar patrones predecibles dentro de un colectivo humano. Debemos aceptar que las identidades grupales (asociaciones, regionalismos, partidos políticos, etc.), son indispensables para poder superar los retos que conlleva la diversidad individual, y así dar respuesta a la necesidad de pertenencia a un colectivo definido que experimenta todo ser humano.

Por otro lado, en el encuentro de unas culturas con otras, que hoy experimentamos en unas dimensiones antes jamás conocidas, surge el reto de descubrir en el otro, en la persona ajena y diferente, a un semejante, alguien que es capaz, como lo somos nosotros, de trascender su pertenencia a un colectivo definido para vincularse, ahora sí, con la humanidad global. Nuestras identidades de origen, indispensables para habernos podido desarrollar como individuos insertados en una sociedad, se convierten a su vez en instrumentos para podernos vincular con aquellos que se gestaron en otras sociedades, y, en ese encuentro enriquecedor, transformar nuestras propias culturas, que solamente permanecen vivas si son capaces de crecer y de modificarse en un intercambio permanente con lo diferente. La identidad de una persona, así como la identidad de la sociedad en la que está enraizada, es una dimensión viva y dinámica de la misma, siempre abierta al cambio y al desarrollo.

Desde el punto de vista de la fe, el cristianismo fue un paso más allá, al invitar a todos los seguidores de Jesús a sumarse a una identidad capaz de reconciliar toda la diversidad social y cultural conocida del momento: “Ya no hay diferencia entre judío y griego, entre esclavo y hombre libre, entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3, 28). La unión y la fusión con el otro, con el diferente, es el único camino para generar nuevos proyectos de síntesis y de fraternidad más allá de nuestra diversidad, y seguir creciendo en nuestra identidad común como seres humanos, hijos e hijas de Dios.


 

15/05/2019 - DE EMOCIONES Y SENTIMIENTOS: LA INTELIGENCIA EMOCIONAL CRISTIANA


 

Hemos celebrado hace poco la fiesta cristiana de la Pascua, que abarca tres días de vivencias profundamente conmovedoras, y en los que hemos acompañado a los discípulos de Jesús a través de todo tipo de experiencias y de emociones, algunas desgarradoras, y otras de gran consolación. Tuvieron que transitar por el miedo, la decepción, la frustración y la impotencia para, después de cruzar un desierto de soledad, alcanzar el júbilo y la alegría del reencuentro.
 
Como ocurre en la vida de cualquiera de nosotros, esta tormenta emocional impidió que los discípulos pudieran encontrar en su momento las respuestas adecuadas para enfrentar cada una de las situaciones cambiantes a las que se vieron sometidos. Paralizados, acabaron encerrados en una casa, y finalmente regresaron a sus oficios en Galilea sin un proyecto de futuro. Lo vivido en Jerusalén los dejó agotados y confundidos, a pesar de la feliz noticia de la resurrección de Jesús.
 
Como menciona Marc Brackett (profesor de la Universidad de Yale), una emoción “es una respuesta corta, mayormente automática, a un estímulo que causa cambios en nuestro pensamiento, fisiología, y comportamiento”. Por lo tanto, reconocemos que el control consciente que podamos llegar a ejercer sobre nuestras emociones es mínimo, pues éstas ocurren con independencia de nuestra voluntad, y también sabemos que, por su propia naturaleza, se agotan en un plazo más o menos breve de tiempo.
 
Muy diferentes son los sentimientos, que, a diferencia de las emociones (involuntarias y temporales), son estables y fruto de nuestra voluntad. “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús (Filipenses 2, 5)”, pide San Pablo en una de sus cartas, y se refiere al modo de pensar o la actitud consciente que asumió Jesús ante los hechos de la vida. Podemos cultivar nuestros sentimientos cuando unimos nuestro pensamiento a las emociones que hemos experimentado. De esta forma, a medida que los discípulos se liberaron del efecto de las emociones que experimentaron en el encuentro con Jesús resucitado y reflexionaron sobre ellas, pudieron adquirir un sentimiento de verdadera felicidad y confianza, serena y consciente.
 
¿Cuáles son, pues, los sentimientos de Cristo Jesús? Mas allá de las emociones que el mismo Jesús experimentó a lo largo de su vida, y que fueron las mismas que las nuestras (alegría, enfado, etc.), la compasión es el sentimiento propio de Jesús más mencionado en los evangelios, y que él cultivó en su oración, un sentimiento que nacía a partir del encuentro con los sufrientes y los necesitados, y de sentir indignación y tristeza ante su situación de abandono. No se trata de un puro estado emocional: Jesús vivió la compasión como un sentimiento consciente que definió su vida y sus acciones hasta el final, compadeciéndose incluso de los crucificados a su lado en el Gólgota.
 
Mucho se habla hoy de la inteligencia emocional, que es el proceso que llevamos a cabo cuando aprendemos a reconocer e identificar los estados emocionales propios o ajenos por los que transitamos cada día, y al entenderlos y nombrarlos los convertimos en aquellos sentimientos que libremente queramos que crezcan dentro de nosotros. Podemos afirmar que, después del encuentro con Jesús resucitado, los discípulos de Jesús supieron desarrollar una verdadera inteligencia emocional cristiana, convirtiendo las emociones de la Pascua en vidas marcadas por los sentimientos de Cristo, capaces de ofrecer su esperanza a un mundo cambiante y desafiante.
 
Jamás nos libraremos de la posibilidad de vernos sacudidos por el miedo, la tristeza, o la alegría. Sin embargo, al cultivar en nosotros los sentimientos de Cristo, en especial la compasión, podremos serenar nuestros corazones y construir el reinado de Dios con auténtica inteligencia emocional cristiana.


 

20/03/2019 - RECONCILIACIÓN: ABRAZOS Y BESOS EN LA BIBLIA
 


Aquellos que se toman un tiempo para leerla suelen descubrir que la Biblia está llena de relatos que reflejan todo tipo de experiencias humanas, unas más dulces, y otras de sabor amargo: hay pocas situaciones resultantes de la convivencia familiar o social que no encuentren un eco en los personajes y relatos bíblicos. Leemos historias de conflictos entre pueblos, entre los miembros de un mismo pueblo, y también entre miembros de una misma familia. Algunas acaban de forma violenta, en otras sus protagonistas deciden establecer una sana y prudente distancia entre sí, y finalmente, en algunas ocasiones, escuchamos cómo se llega a producir una verdadera reconciliación entre las partes enfrentadas.

Aunque esta última posibilidad es la menos frecuente, la Escritura sí nos ofrece, tanto en el antiguo como en el nuevo testamento, el testimonio de algunas experiencias de reconciliación entre personas separadas entre sí por un agravio histórico o por una injusticia cometida con anterioridad por alguna de ellas. Sabemos que hay una diferencia importante entre perdonar a un adversario – pues se trata de un acto unilateral, en el que la persona agraviada se libera de cualquier deseo de venganza o de restitución por parte de su contrario – y llegar a alcanzar una verdadera reconciliación, cuando las personas enfrentadas consiguen reemprender un camino de amistad, enterrando sus diferencias.

Un ejemplo de reconciliación muy temprano en la Biblia lo encontramos en la historia de dos hermanos gemelos, Esaú y Jacob, narrada en el libro del Génesis: el segundo estafa en su juventud al primero y le arrebata sus derechos de primogénito, para huir a continuación a una tierra lejana, en la actual Siria, donde desarrolla su vida a una distancia segura del alcance de la ira de su hermano. Finalmente, cuando después de veinte años decide regresar a la tierra prometida a sus antepasados, sigue temeroso del rencor de Esaú, por lo que diseña una estrategia para ganarse su favor: ofrecerle abundantes ofrendas de animales en la esperanza de que su codicia sea mayor que su sed de venganza.

Sin embargo, después de un enigmático encuentro con Dios, descrito en el capítulo 32 del Génesis, Jacob cambia de actitud y decide pedirle perdón con humildad a Esaú, lo que le demuestra al postrarse siete veces frente al hermano al que engañó para ganarse la bendición de su padre, Isaac, y desposeerlo de su futuro. La reacción de éste es conmovedora: “Esaú corrió a su encuentro, lo abrazó, se echó a su cuello y lo besó, y los dos se pusieron a llorar” (Génesis 33,4).

Jacob arriesga todo lo que tiene con la intención de reconciliarse con su hermano, y lo consigue. Esaú, por su parte, posiblemente se había cansado ya de tramar venganza, y, en todo caso, reconoce el deseo sincero de su hermano de enterrar su pasado de estafas y de engaños, y poder así recuperar el vínculo familiar que los unía.

Por otro lado, en el nuevo testamento, se nos ofrece una enseñanza, conocida como la parábola del hijo pródigo, que también relata una historia de reconciliación entre dos personas, en este caso, entre un padre y su hijo menor. El muchacho ofende hasta límites inadmisibles a su padre, al exigirle el pago de su herencia antes de su muerte y malgastar a continuación ese dinero de la forma más ruin. Cuando regresa, humillado por el hambre y el fracaso de sus proyectos alocados, nada permite anticipar el desenlace de este nuevo drama familiar. Jesús parece tener en mente la historia de Jacob y de Esaú cuando nos describe los gestos con los que el hijo es recibido por su padre: “cuando aún estaba lejos, su padre lo vio, y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos.” (Lucas 15, 20).

¿Cómo entender las condiciones bajo las que, tan solo en ocasiones, se puede alcanzar la reconciliación entre personas antagonizadas por los avatares de la vida? Humanamente, es indispensable el arrepentimiento sincero, y la humildad, para poderse acercar con mucha prudencia a la persona agraviada, como hace Jacob. Sin embargo, Jesús nos sorprende con una historia de reconciliación con el Padre sin premisas ni condiciones, libre y gratuita, motivada por el puro placer de recuperar a quien “estaba perdido y ha sido encontrado”.

Una vez más, Jesús describe la diferencia radical entre el amor humano, proporcionado y temeroso, y el amor de Dios, siempre arriesgado y dispuesto a tomar la iniciativa. Es este último el que propone como paradigma del amor, como escuela para sanar nuestras torpes relaciones humanas.


 

05/02/2019 - UN CRISTIANISMO SIN CRISTIANDAD

En los años 50 del siglo pasado, en pleno auge de la Modernidad, el pensador francés Emmanuel Mounier defendía la necesidad de “reintroducir el cristianismo en la Cristiandad”, y así denunciaba la enorme brecha que observaba entre los postulados del evangelio, por un lado, y la vida y doctrina de la Iglesia de su tiempo, por el otro. No alcanzaba a vislumbrar el padre del Personalismo que era la propia Cristiandad, un maridaje fraguado durante siglos entre cristianismo y sociedad, la que se dirigía, ya entonces, hacia su progresiva desaparición. Los restos de dicha Cristiandad que todavía podemos observar a principios del siglo XXI en algunos países tradicionalmente católicos, aplaudidos por los inevitables nostálgicos que quisieran detener la secularización imparable de las sociedades occidentales, no consiguen esconder una realidad irreversible: el cristianismo, hoy, se tiene que sostener cada vez más sobre sí mismo, en medio de sociedades plurales y seculares que han dejado de arroparlo.

Desconcertado, el cristianismo no siempre ha sabido cómo adaptarse ante esta pérdida de prestigio social, reaccionando principalmente de dos formas, ambas inadecuadas: en ocasiones, la Iglesia se ha situado a la defensiva, culpando a la misma sociedad de su desamparo y reclamándole que vuelva a brindarle el apoyo institucional que le ofrecía en el pasado. En otras instancias, han sido los mismos líderes cristianos quienes han querido acomodarse a los nuevos tiempos, asumiendo los postulados del secularismo como propios, para así poderse presentar como una alternativa moderna y actual en el mercado ideológico, incorporando a su vida y funcionamiento criterios más propios del mundo empresarial que del Evangelio como son la planeación estratégica, la gestión del cambio, etc., sin darse cuenta de que estaban renunciando a sus valores más genuinos: la defensa de los débiles, la espiritualidad del servicio, y el abandono de toda avaricia que busque el beneficio propio a costa del prójimo o de la creación.

La Iglesia tiene que ser contracultural, o habrá dejado de cumplir con su misión, porque el Evangelio que la inspira es contracultural en su propia esencia: postula un humanismo que es incompatible tanto con los sistemas económicos neoliberales como con los totalitarismos de cualquier color político, así como con un consumismo que conlleva una explotación insostenible de los recursos naturales del planeta. El anuncio del mensaje de Jesús, cuando se ha propuesto en su integridad, siempre ha entrado en conflicto con cualquier modelo social que no ofrezca espacios dignos a los pequeños, a los improductivos, a los débiles, y a los fracasados, así como exige que sea respetuoso con el entorno en el que se sustenta la vida humana.

El reto de la Iglesia del siglo XXI es, sin duda, lograr introducir el cristianismo, no ya en una Cristiandad caduca, sino en la sociedad secular, para volver a ser “levadura en la masa” (Mateo 13, 33), una presencia invisible y transformadora capaz de humanizar cualquier cultura. Se trata de una oportunidad histórica para que el cristianismo, desnudo y desprovisto del sostén de las estructuras sociales que arropaban a la Iglesia en una peligrosa connivencia con los mismos sistemas políticos y económicos que pretendía cuestionar, se encuentre consigo mismo y se tenga que confrontar con los valores propios del Evangelio, para así poder recuperar la esencia de su misión.

“Mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20), dijo Jesús a los que pudieran percibir esta misión como imposible. El cristianismo del siglo XXI, un cristianismo sin Cristiandad, devuelve a los seguidores de Jesús al lugar que él mismo ocupó: insertados dentro de una sociedad específica, a la vez que en sus márgenes, actuando como un fermento transformador de los valores que la sustentan, y comprometidos en la defensa de la dignidad de cada uno de sus miembros.


 

07/11/2018 - AMAR, AL REVÉS

Hablar –o escribir– sobre el amor es tan tentador como complicado, porque la experiencia del amor humano es tan variable como contradictoria. Aun a riesgo de simplificar, pienso que, a lo largo de nuestra vida, los seres humanos intentamos colmar el anhelo universal de toda persona –amar y ser amados– principalmente de forma activa: busco amar a quien yo elijo, de quien yo me enamoro, para alcanzar el placer de la experiencia amorosa. En esta búsqueda del amor, la parte de la ecuación que habitualmente subrayamos es la primera –amar– para llegar a cumplimentar nuestros deseos, mientras que la que nos suele generar mayores sufrimientos es la segunda –ser amados– especialmente cuando no logramos ser correspondidos según nuestras expectativas.

En la revelación cristiana, el amor es la esencia de Dios, pues Dios es amor, afirma la primera carta de Juan (1 Juan, 4, 8). No hay duda de que el amor es el tema central alrededor del cual gira toda la vida de Jesús, y que él resume al final de la misma con estas palabras: “os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan 13, 34). Vemos que el reto que nos plantea la Escritura es que, antes de intentar amar a otros, vivamos la experiencia de ser amados. La ecuación del “amar y ser amados” queda invertida de la siguiente manera: primero hay que haber sido amados, para poder llegar a amar.

En el antiguo testamento, ya muchos de los profetas afirmaron que el amor de Dios es un don que se recibe lejos de todo mérito y de todo mercadeo, y que es previo e independiente a la respuesta recibida. Encontramos con frecuencia afirmaciones como las siguientes: “yo los amaré gratuitamente, pues ha cesado mi ira” (Oseas 14, 2-10); “con amor eterno te amo, por eso te mantengo mi favor” (Jeremías 31, 3). En la Biblia, el amor de Dios es previo, gratuito, y no se gana: sólo se puede agradecer.

De hecho, también la psicología afirma que cualquier ser humano, para poder amar, primero tiene que haber experimentado el amor hacia su persona, especialmente durante su infancia y juventud. Podemos llegar a afirmar, por lo tanto, que solamente puede amar quien reconoce haber sido amado, la persona que ha vivido la experiencia de un amor pasivo, en el que se haya descubierto amada de forma gratuita, sin que ese amor lo haya logrado o conquistado por sí misma.

Han pasado varios siglos desde que los grandes místicos del Carmelo (Teresa de Jesús y Juan de la Cruz) dejaran su testimonio escrito de esa experiencia del sentirse amados, no amantes: su éxtasis nacía del saberse amados. “Nosotros podemos amar, porque él nos amó primero”, señala con claridad la primera carta de Juan (1 Juan 4, 19). Porque quien se sabe amado, se apasiona, y desea responder al don recibido. El mandamiento de Jesús, “amaros como yo os he amado”, nos invierte la ecuación del amor, y nos reta a amar al revés: buscar y agradecer primero el amor recibido, para entonces compartir ese amor de la misma manera en la que lo hemos recibido: gratis.

Amar al revés, en respuesta al amor recibido, es renunciar a ser protagonistas en el amor, para llegar a vivir el amor desde la libertad de un don recibido. Volviendo a Jesús: “gratis lo habéis recibido, dadlo gratis” (Mateo 10, 8).


 

04/09/2018 - COMUNICAR EL MIEDO, O LA ESPERANZA

Han pasado varios siglos desde que Spinoza propusiera que las dos emociones básicas del ser humano son el miedo y la esperanza. Para este pensador, ambas emociones se complementan, pues no se puede experimentar la una sin equilibrarla con la otra. Vivir dominados por completo por una de las dos, sin la presencia de la otra, nos llevaría, o bien al bloqueo emocional, o bien al desenfreno.
 
En la tradición cristiana, muy anterior a Spinoza, ya se mencionan estas dos actitudes opuestas que desarrollamos frente a los acontecimientos de la vida: los discípulos de Jesús, después de su muerte, se encontraban “reunidos con las puertas cerradas por miedo a los judíos” (Juan 20,19), paralizados y encerrados. Sin embargo, Jesús calma su ansiedad con su presencia: “Ánimo, soy yo. No teman”. Y Pedro exhorta a los discípulos a estar “siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que les pida explicaciones”, a la vez que les invita a que “no teman las amenazas ni se asusten” (1 Pedro 3, 14-15).
 
En un contexto muy diferente, el de la antropología arqueológica, encontramos la siguiente afirmación: “El temor y la esperanza son los padres de los dioses, se ha dicho con gran verdad. El hombre, colocado ante la naturaleza, que le asombra y anonada, al sentir su propia pequeñez ante fuerzas que no entiende ni puede dominar, pero cuyos efectos dañosos o propicios sufre, proyecta su asombro, su temor y su esperanza fuera de su alma y, como no puede entender ni mandar, teme y ama, es decir, adora” (Alfonso Caso, El pueblo del Sol, 1953).

¿Temer, o esperar? Cada ser humano, a lo largo de su historia, acaba enfrentándose a esta disyuntiva. Si para los pueblos antiguos el temor y la esperanza se experimentaban sobre todo frente a los hechos vitales, como las fuerzas de la naturaleza y su capacidad de destrucción o de otorgar fertilidad y vida, o frente a la salud y la enfermedad del propio cuerpo, hoy la incertidumbre abarca aspectos más elaborados: el bienestar y el crecimiento económico, la estabilidad y el progreso social, el deterioro del medio ambiente, etc., son las áreas que más preocupan a los integrantes de las sociedades modernas, y ante las cuales, o bien se teme, o bien se alberga esperanza.
 
Los líderes sociales conocen bien los temores y las esperanzas de los hombres y mujeres de hoy. Frente a los mismos, pueden presentarse con dos propuestas radicalmente distintas: hablar de los peligros que acechan por doquier, o bien decir, con esperanza: “No teman”. Como hemos visto, ambos mensajes, el del miedo, y el de la esperanza, conectan con nuestras emociones más básicas, experimentadas desde los albores de la humanidad. Sin embargo, es importante señalar que el miedo es más primitivo y más irreflexivo, pues anida en la parte más animal de nuestro cerebro, y condiciona de forma poderosa nuestras respuestas. El miedo es fácil de vender, pues es suficiente una imagen o un mensaje impactante para que se active en nosotros este mecanismo de defensa, que nos lleva, como está bien descrito hoy, a tres posibles respuestas automáticas: huir, atacar, o quedarnos bloqueados.
 
En contraste, la esperanza requiere de mayor valor y compromiso y, como bien indica Pedro en su carta, necesita ser razonada y explicada. De forma muy gráfica, Jesús describe esta diferencia ante los retos que muchas veces plantean los acontecimientos de la historia: “los hombres se morirán de miedo, al ver esa conmoción del universo. (…) Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza”. Para sus seguidores propone la tarea, más arriesgada, de la esperanza: “Fíjense en la higuera y los demás árboles. Cuando echan brotes, ustedes, al verlos, saben que se acerca el verano” (Lucas 21, 26-30).
 
El miedo al futuro, al cambio, a los demás, a la pluralidad, a la pérdida de identidad, están cada vez más presentes en los discursos sociales, y se está hablando de nuevo del poder del miedo como arma política. Sabemos que el miedo se siente en las entrañas y no necesita explicaciones; comunicar la esperanza, en cambio, requiere de convicción, valentía, y la capacidad de leer los signos, todavía incipientes, del cambio que está por llegar si nos comprometemos a cuidarlo desde hoy.



 

14/08/2018 - EL ÉXITO, UN ENGAÑO NARCISISTA

Llamados a dar fruto

 


Los logros individuales son siempre un motivo de celebración y de fiesta –sea en el campo deportivo, académico, o social, aplaudimos con admiración a las personas de nuestro entorno que consiguen destacarse gracias a su empeño, empezando por nuestros niños y niñas en sus etapas formativas y de crecimiento. Celebrar nuestros logros, hoy lo sabemos bien, fortalece nuestra autoestima y la confianza en nuestras capacidades.
 
Éxito (success) es una palabra de moda que usamos, por lo tanto, con la mejor de las intenciones, cuando con frecuencia le deseamos “mucho éxito” en sus proyectos a nuestros seres queridos: queremos que alcancen sus sueños y sus metas. Sin embargo, el “éxito” es una palabra que también encierra una trampa peligrosa: apunta directamente a los logros individuales, basados en las capacidades de la persona por sí misma, y conseguidos a partir de su esfuerzo y tenacidad. El éxito apenas contempla a los demás, pues se trata de una conquista personal. Peor todavía, engendra un sentido del mérito, es decir, de un premio que he ganado y que me pertenece por derecho. ¿Qué deportista está dispuesto a entregarle su trofeo o su medalla a otro que no ha realizado su gesta? ¿Quién ofrece a sus compañeros una promoción laboral que se ha ganado con su trabajo y perseverancia?
 
La espiritualidad cristiana reconoce con claridad lo importante que es poner a trabajar nuestras capacidades y nuestros talentos, y asegurar así que se multipliquen. No hay excusa para ser indiferentes o tibios, o para enterrar nuestro potencial y vivir una vida apática, a mínimos. En varias ocasiones, Jesús anima a sus seguidores a llenar el mundo “de obras buenas” (Mateo 5, 16), y espera de ellos una vida de compromiso, siguiendo las pautas que ofrecen las bienaventuranzas.
 
Pero Jesús no desea a sus discípulos que tengan éxito, sino que den fruto (Juan 15, 8), un logro que explica de forma gráfica mediante esta imagen del campo: a partir de estar injertados en la vid, y de participar de un proyecto común, serán capaces de generar frutos para ofrecerlos a aquellos que los rodean. El individuo, en el proyecto del reinado de Dios que presenta Jesús, es plenamente consciente de formar parte de una red que lo sostiene y lo alimenta, para, a su vez, poder compartir con los demás aquello que ha recibido. “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada”, dice Jesús.
 
¿Trabajamos para tener éxito, o para dar fruto? La propuesta del evangelio nos ayuda a evitar un protagonismo individual desmesurado, y a sabernos parte de una historia que siempre es más amplia que la propia, en la que solamente somos capaces de alcanzar nuestras metas porque previamente otros nos han sostenido, han creído en nosotros, y han potenciado nuestras capacidades. En la comunidad cristiana nadie se atribuye mérito alguno: Jesús solamente realiza “las obras de mi padre” (Juan 10, 37-38), y sus discípulos buscan ser “imitadores de Cristo” (1 Corintios 11,1).
 
Como seguidores de Jesús, injertados en su savia que nos alimenta, no aspiramos a tener éxito, sino a dar fruto abundante, sabiendo que "el fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo" (Gálatas, 5 22-23).


 

19/06/2018 - EL ARTE DE PERDER

Los ejemplos de Abraham y de Jesús
 


Nadie duda hoy en día de que la vida entera implica un proceso de aprendizaje continuado, más allá de la educación que recibimos en la infancia y en la juventud. En cualquier arte u oficio estamos necesitados, cuanto menos, de actualizar nuestros conocimientos, y la formación permanente ya forma parte del lenguaje habitual de las empresas y de la sociedad.
 
No es distinto, por supuesto, en la vida espiritual, o en lo que podríamos llamar el arte de vivir. Una vez hemos asentado a través de nuestras opciones y elecciones una vocación personal o familiar y un proyecto de vida, no nos podemos cruzar de brazos para, simplemente, ver el resto de la vida pasar, como si se tratara de un fruto que acabará desarrollándose y madurando por sí mismo.
 
A medida que vamos construyendo nuestro itinerario vital, que es el resultado tanto de nuestra voluntad como de las circunstancias en las que nos movemos, y que vamos alcanzando las metas propuestas, vamos también descubriendo que muchas veces nos falta la capacidad de afrontar su reto más importante: saber deconstruir aquello que habíamos alcanzado previamente, a renunciar a nuestros logros; en definitiva, a ejercitarnos en el arte de perder.
 
Una vez que ya sabemos cómo avanzar, construir, y luchar para lograr nuestros objetivos, llega el momento de practicar este arte de vida tan necesario. Para ello, la biblia nos presenta como modelos a dos grandes personajes que llegaron a dominarlo de forma destacada: Abraham y Jesús. El antiguo testamento muestra el ejemplo de Abraham, quien estuvo dispuesto a renunciar a su único hijo Isaac, ofreciéndoselo a Dios, cerrando así cualquier posibilidad humana de perpetuarse en el linaje que tanto había anhelado. En el último momento, Dios interviene y premia su entrega incondicional con la descendencia soñada.
 
En el nuevo testamento, también Jesús se mostró dispuesto a perder todo aquello por lo que había luchado durante su vida. Mas allá de las circunstancias históricas en las que fue rechazado su proyecto religioso, Jesús supo renunciar tanto a sus amigos y discípulos, como también a su liderazgo, a su reputación, a su futuro, y hasta a su vida… y lo hizo desde una profunda confianza en los caminos de Dios, sin querer ser el protagonista de su propia historia. A pesar de que Jesús también tuvo sus momentos de éxito, como cuando las multitudes lo aclamaban, llenas de entusiasmo, o en las amistades que fue tejiendo entre sus seguidores, al final de su vida fue capaz de optar por el fracaso humano, simbolizado para siempre en la Cruz. Y, de nuevo, Dios le correspondió con una nueva vida.
 
No todas las renuncias son tan trascendentes como las de Abraham o de Jesús, ni tienen el mismo final – es importante señalar que Abraham no llega a perder a su hijo, aunque sí está dispuesto a ello. Pero la clave de la espiritualidad cristiana está en llegar a entender que cada renuncia, cada pérdida, engendra una nueva vida, una pequeña resurrección, a veces tangible, otras veces diferida. Ese es el verdadero arte de perder: estar preparados para renunciar y no exigir nada, para llegar así a saborear la vida como un don gratuito, una resurrección continuada, un regalo de Gracia.
 
En palabras del maestro en el arte de perder: “Quien intente preservar su vida, la perderá, pero quien la pierda, la conservará” (Lucas 17, 33).


 


17/04/2018 - EL RENCOR, UN VENENO SOCIAL

El pozo de José
 

 
El libro del Génesis, ese antiquísimo tratado sobre la condición humana, se puede leer como una obra dramática que describe con fino detalle las dinámicas de las personas y de la sociedad. En sus protagonistas y en sus historias vemos que estas dinámicas no han cambiado mucho en los últimos milenios, más allá del contexto cultural e histórico en el que nos encontramos hoy.
 
Una de ellas es la vida apasionante de José, el penúltimo de los doce hijos de Jacob. Como favorito de su padre no tardó en atraer sentimientos de envidia sobre su persona, de tal forma que todos sus hermanos se pusieron de acuerdo en eliminarlo, como había hecho Caín anteriormente con su hermano Abel. ¡Parece que recurrir a la violencia como forma de solucionar los conflictos de la convivencia ha seducido a la humanidad desde antiguo! En este caso, aunque primero decidieron matar a José, finalmente “le quitaron su túnica, lo agarraron y lo echaron en un pozo. Era un pozo seco en el que no había agua. Después se sentaron a comer.” (capítulo 37)
 
Pensemos, por un momento, en ese José, desnudo y maltratado, sentado en el fondo de un pozo, despojado de toda esperanza. Sin duda, le acompañarían en el pozo infinidad de sentimientos: dolor, rabia, impotencia, tristeza, frustración…todos los ingredientes necesarios para generar en su interior odio y rencor ante la flagrante injusticia sufrida por parte de sus hermanos.
 
Seguidamente resolvieron venderlo como esclavo (a su fechoría se añade el deseo de lucrarse), así que “sacaron a José del pozo, lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata, y éstos se lo llevaron a Egipto”. Conocemos el resto de la historia, que se resuelve con el reencuentro feliz de José y sus hermanos en Egipto, a los que acabará socorriendo en sus necesidades.
 
El pozo de José es el pozo del agravio y de la injusticia, el pozo al que somos arrojados cada vez que nos convertimos en víctimas del mal, y nos sentimos solos y abrumados. ¡Cuántas personas se encuentran hoy en ese pozo! ¡Cuántas personas han sido sacadas de él, solamente para prolongar su dolor en el rechazo de los suyos!
 
Sin embargo, José sorprende por su capacidad de dejar, en el fondo de ese pozo, cualquier sed de venganza, o de querer procurar la justicia. Su dolor no se acompaña de odio ni de rencor, como demuestra el desenlace de la historia. José viajó a Egipto cargado de dolor, pero libre del veneno del rencor.
 
El pozo de José, las experiencias del dolor, de la injusticia, o del rechazo, paradójicamente, también pueden llegar a ser lugares en los que uno aprende a liberarse del odio (y del rencor que nace de él), y a valorar la vida por las oportunidades, limitadas pero reales, que sigue ofreciendo.
 
Nelson Mandela dijo, al salir de la cárcel tras veintisiete años de reclusión: “Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo un prisionero”.
 
El hombre libre, y, por lo tanto, capaz de llegar a ser verdaderamente feliz, es también aquel que aprende a renunciar a ciertos actos de compensación y de justicia, que por otro lado lo alejarían para siempre de sus hermanos. Escribió Unamuno en La agonía del cristianismo, hace ya muchos años: “¿Qué es justicia? En moral, algo; en religión, nada.” Practicar la religión – religar – es aprender a valorar aquello que nos une, no lo que nos separa, aprendizaje que, trágicamente, muchas veces solamente realizamos en el fondo del pozo de José.



 

14/02/2018 - EXHIBICIONISMO SOLIDARIO: UN PELIGRO REAL
Hoy, Miércoles de Ceniza, empezamos la Cuaresma, y empezamos escuchando una llamada que describe de forma clara y contundente el ideal de Jesús en lo referente a la solidaridad con los necesitados: “cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.” (Mateo 6,4)
 
La cercanía a los pobres y el compromiso ante el sufrimiento humano para poderlo aliviar forma parte de la esencia del pensamiento cristiano, como el papa Francisco está volviendo a subrayar con sus palabras y con sus gestos de cercanía a los últimos, los descartados por la sociedad del éxito en la que vivimos. Este compromiso necesita concretarse en acciones tangibles y reales en favor de nuestro prójimo, de las personas que sufren de carencias materiales o espirituales en nuestro entorno y en el mundo entero, para ir más allá de un discurso teórico de buenas intenciones.
 
Desde hace años, en la Comunidad de San Pablo promovemos tanto obras de voluntariado como las necesarias donaciones en dinero y en especie, para poder llevar a cabo los proyectos de ayuda al desarrollo con los que estamos comprometidos, en países como Bolivia, Colombia, México, República Dominicana y Etiopía. Recibimos constantemente donativos y donaciones, así como a grupos de voluntarios que vienen a colaborar con nosotros de diversas formas: unos, con sus capacidades profesionales, como médicos, oftalmólogos y educadores; otros, aportando bienes materiales que comparten con quienes menos tienen en este mundo en el que la brecha social entre pobres y ricos sigue ensanchándose año tras año.
 
Sin embargo, es necesario recordarnos a todos una y otra vez la máxima de Jesús: “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”. En un mundo tan mediático, tan pendiente de las redes de comunicación social, y de la medición de resultados, tanto personas como instituciones benefactoras caen con frecuencia bajo la presión de poder exhibir los logros alcanzados mediante su colaboración o su donativo. La exhibición de fotos, testimonios y datos relacionados con una acción solidaria genera la satisfacción de haber podido contribuir al cambio, a veces de forma irreal, y logra calmar las conciencias heridas ante las flagrantes injusticias sociales de las que somos testigos.
 
Empezando la Cuaresma, Jesús nos reta a hacer el bien –pero en silencio, de forma discreta, incluso anónima, sin la necesidad de mostrarle a nadie los resultados obtenidos–. La ayuda gratuita, desinteresada, no solo beneficia a las personas a quienes asistimos en la medida de nuestras posibilidades. También nos enseña a vivir los valores de la humildad y de la discreción, y a alejarnos de todo protagonismo frente a un mundo acostumbrado a mostrar y a reconocer cada acción emprendida, incluyendo las iniciativas solidarias. Pensemos en el desafío que Jesús nos plantea hoy: ¿es capaz de vivir mi mano derecha sin saber lo que hace la izquierda?


 

16/01/2018 - MÉXICO: LA BANALIDAD DE LOS ABUSOS
Pablo Cirujeda, sacerdote de la Comunidad de San Pablo reflexiona en este artículo publicado en El País sobre la lacra de la violencia en México y el reto de no resignarse y contrarrestarla en el trabajo educativo con padres e hijos.

https://elpais.com/elpais/2017/12/01/planeta_futuro/1512129634_844944.html

 


 

03/12/2017 - ADVIENTO: PREPARARNOS CON ALEGRÍA
Un año más, emprendemos de nuevo el camino del Adviento, un camino de esperanza, pero sobre todo de alegría contenida por la fiesta que está por llegar. A diferencia de la Cuaresma, el Adviento no es un tiempo de penitencia, sino de preparación para el primer gran evento que celebra la Iglesia en su calendario anual de celebraciones: la fiesta de la cercanía de Dios, quien se abaja para abrazar la condición humana en la historia, ofrecerle su solidaridad, y elevarla a su misma dignidad.
 
Como haríamos ante cualquier otro gran acontecimiento en nuestras vidas, no podemos sentarnos y simplemente esperar, cruzados de brazos, a ver qué va a ocurrir. El Adviento es un tiempo de preparación activa, que exige nuestro compromiso y requiere de nosotros despejar cualquier obstáculo para que la fiesta pueda celebrarse en las mejores condiciones posibles. Escucharemos estos días a los profetas hablar de la necesidad de “rellenar los valles y abajar las colinas” y así preparar los caminos al Señor.
 
“El que espera, desespera” es la lógica del mundo, de quien se limita a recibir, resignado, lo que la vida le pueda ofrecer, pero sin implicarse en los acontecimientos que suceden a su alrededor. En cambio, la esperanza cristiana se traduce en salir a transformar el mundo para que el advenimiento de Dios nos encuentre preparados y despiertos, anhelantes de un mundo mejor.
 
La Comunidad de San Pablo, aun siendo pequeña, se suma a la labor que realiza la Iglesia en todo el mundo, transformando como la levadura en la masa el entorno social e incluso económico, incidiendo en los campos del desarrollo, la educación, la salud, los derechos humanos y la dignidad de las personas, especialmente de los que sufren pobreza y exclusión, para ir despejando, uno a uno, los obstáculos que nos separan del proyecto de Dios para la humanidad.
 
Con la alegría y la fuerza renovados de quienes sabemos que un futuro mejor está por llegar, nos proponemos seguir trabajando para derribar muros, construir puentes y sanar heridas en un mundo todavía lleno de divisiones, y a invitar a todos nuestros lectores y amigos a sumarse a este proyecto de Adviento, en el que no nos resignarnos a aceptar, sin más, los “valles y las colinas” de la historia que nos rodean.


 

06/09/2017 - LA ESPERANZA, UNA VIRTUD TRANSFORMADORA
Partiendo de la primera carta de San Pablo a los Corintios (1Cor 13,13), en la tradición cristiana se definen tres virtudes como las más significativas o relevantes para el crecimiento espiritual de la persona, llamadas virtudes teologales: la Fe, la Esperanza y el Amor. Como es conocido, esta carta resalta el Amor como la principal entre las tres, y hace hincapié en practicar la virtud del Amor en toda actividad y función comunitaria, recordándonos que las virtudes no son dones innatos o con los que una persona ha sido agraciada, sino que para adquirirlas ¡necesitan ser practicadas! En su famoso Canto al Amor (1Cor 13,1-8), Pablo propone una guía para practicar el Amor en la vida diaria, mediante la paciencia, el perdón, la amabilidad, la generosidad, etc.
 
De la misma manera, podemos pensar en la necesidad de aprender a practicar también las otras dos virtudes teologales, la Fe y la Esperanza, pues no se trata de cualidades que posean algunas personas en exclusiva, sino de virtudes que todos podemos desarrollar. Tanto la Fe como la Esperanza implican una profunda confianza en los caminos de la vida, en los que Dios va manifestando su voluntad, y una visión positiva sobre los acontecimientos de la misma. Practicar la Esperanza implica apostar por un futuro mejor, y no anclarse en las dificultades o contradicciones del presente.
 
Si quisiéramos escribir un Canto a la Esperanza, pienso que debería contener esa visión del mañana de Dios:
 
“La Esperanza cree en el mañana, confía en el futuro y en sus posibilidades.
La Esperanza no se cansa, no renuncia, no claudica, y ofrece oportunidades sin fin.
La Esperanza transforma el futuro en el que confía.”
 
Pues quien practica la Esperanza, a su vez sienta las propias bases para el cambio, para la transformación del entorno y de las personas. Al confiar en el mañana de Dios, también nos disponemos a contemplar la realidad con otra mirada, que busca descubrir las semillas de un futuro mejor, todavía oculto, pero cierto. Vivir la Esperanza es uno de los grandes retos cristianos, no permitiendo que el ahora y el aquí nos nublen la vista y nos arrastren hacia la desesperación.
 
En el antiguo Testamento, el pueblo de Israel, en su largo caminar por el desierto (una analogía de la vida de cualquier ser humano y de cualquier comunidad), se vio sometido precisamente a la tentación de la falta de Esperanza: en Meribá, cuando la sed les hizo dudar de Dios, éste se reveló como la fuerza que supera las adversidades del presente (Ex 17,1-7). De esta manera, tuvieron que aprender a esperar contra toda esperanza, a confiar en el mañana de Dios más allá de lo que indica el ahora y aquí.
 
Vivir la Esperanza, pues, es confiar en el futuro, que pertenece a Dios, a la vez que implicarse en la construcción del mismo. Significa practicar una virtud transformadora, que se compromete con el cambio con el que sueña, y que se adelanta a aquello que todavía está por llegar.


 

08/08/2017 - SIGNOS DE LOS TIEMPOS: ¿SIGNOS DE ESPERANZA, HOY?
El Papa Juan XXIII, en su esfuerzo por actualizar la acción evangelizadora de la Iglesia, acuñó hace más de 50 años el término “signos de los tiempos”, en referencia a las realidades presentes en el mundo secular que nos rodea que él identificaba como motivos de esperanza. En el documento de convocatoria del concilio Vaticano II (1961), el papa afirmaba: “Siguiendo los consejos de Cristo el Señor que nos exhorta a reconocer los signos de los tiempos (Mt 16, 3), en medio de tinieblas tan sombrías, percibimos numerosos indicios que parecen auspiciar un tiempo mejor para la humanidad y para la Iglesia”. De hecho, mencionaba varios de estos signos de esperanza que observaba en un mundo sin duda complejo y lleno de amenazas, como por ejemplo el deseo de colaboración amistosa entre las naciones para construir la paz, o el progreso de las técnicas y las ciencias.
 
En su carta encíclica escrita meses antes de su muerte (1963), Pacem in Terris, Juan XXIII volvió sobre el tema, enumerando tres “signos de los tiempos” característicos de la época moderna: el avance económico y social de las clases trabajadoras, la presencia de la mujer en la vida pública, y la emancipación de los pueblos.
 
El reto que planteaba, por tanto, era el de saber identificar señales esperanzadoras en el mundo contemporáneo, nunca exento de amenazas, y evitar caer en el análisis negativo o pesimista de la realidad. De hecho, llegó a llamar a aquellos que se centran en dichas amenazas como “profetas de desventuras”, calificación doblemente sorprendente en boca de quien había vivido ¡dos guerras mundiales en persona, y se enfrentaba a la amenaza nuclear de la guerra fría!
 
Saber identificar los signos de los tiempos, para un cristiano, no es por lo tanto saber realizar un simple análisis FODA de la realidad, como lo plantea la metodología moderna utilizada para la planeación estratégica de cualquier proyecto humano (Fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Amenazas). Se trata más bien de llegar a descifrar los signos de esperanza en los que se manifiesta la voluntad de Dios en la historia del momento, saber identificar los retos, que no los peligros, que nos ofrecen el mundo, la sociedad civil, la ciencia, etc., y llegar a entenderlos como oportunidades, más que como amenazas.
 
Cincuenta años más tarde, en un mundo que ha cambiado enormemente desde los ya lejanos años 60 del siglo XX, vale la pena pensar en cuáles son los signos de los tiempos de nuestra época. Es demasiado fácil y evidente señalar las dificultades de nuestro mundo globalizado, las tensiones sociopolíticas y regionales que se están desarrollando, las crisis migratorias y ecológicas… sin embargo, la mirada cristiana nos reta a volver a nombrar las oportunidades que se asoman “en medio de tinieblas tan sombrías”, desde el optimismo evangélico que nos debería caracterizar.

Me permito señalar, a sabiendas de que se tratará de una lista incompleta, algunas realidades que pueden ofrecer esperanza y oportunidades para que el mensaje del Evangelio pueda arraigarse más y mejor en el mundo en el que estamos insertados:
 
  • La urbanización masiva: hoy, más de la mitad de la humanidad vive en grandes urbes, lo que ofrece un espacio privilegiado para la interacción humana y el desarrollo cultural.
  • La conciencia ecológica y la responsabilidad transnacional sobre el clima: la comunidad internacional ya considera la protección del planeta como una responsabilidad global, que no se puede reducir a la sensibilidad particular de algunas naciones.
  • La comunicación universal e instantánea global: sin duda uno de los grandes signos de los tiempos actuales, Internet y sus posibilidades ofrecen enormes oportunidades para la evangelización.
  • La inteligencia artificial, que facilita la resolución de conflictos, una mejor planeación social y científica, empleo que ofrezca mayor dignidad a la persona, etc.
  • La superación de las fronteras raciales, que abre la puerta a un futuro de mayor integración como humanidad globalizada, superando los prejuicios y separaciones del pasado. 

La lista, sin duda, se puede alargar, pero es bueno recordar que la mirada cristiana sobre el mundo nos compromete a identificar signos de esperanza y de oportunidades para la evangelización en todo momento histórico, huyendo del derrotismo desesperanzado. No se trata de ser ingenuos –Juan XXIII no lo fue– sino de perseverar en la evangelización desde la realidad histórica en la que estamos insertados.

 

27/06/2017 - CON LOS OJOS DE LA FE
El camino de la vida – lo sabemos muy bien – está jalonado de acontecimientos y circunstancias que nuestra naturaleza humana intenta comprender, a medida que suceden, para poderlos asumir y seguir avanzando por el itinerario vital. Se trata de vivencias y aprendizajes de diferentes sabores e intensidades, pero que vamos acumulando de forma inevitable, y que van moldeando nuestra personalidad.
 
Podemos distinguir tres formas o miradas diferentes que comúnmente empleamos a la hora de valorar una experiencia significativa, sea ésta más positiva y deseada, fruto de nuestro esfuerzo, o trátese de un evento fortuito o incluso indeseado que nos sorprende o golpea de forma imprevista.
 
En primer lugar, solemos mirar la vida desde la Razón, buscando responder a los “cómo” de un acontecimiento: ¿cómo se ha producido, qué motivos han propiciado que hayamos llegado a la situación actual? Pareciera que entender los procesos que han desencadenado un evento nos produjera un cierto alivio, adquiriendo la certeza de, al menos, haber podido comprender.
 
En segundo lugar, está la mirada sobre la realidad que nos plantean nuestros sentimientos o emociones, y que se centran en los “por qué” de los eventos de la vida: ¿por qué en este momento, por qué de esta manera? Intentamos asumir la carga emocional derivada de los acontecimientos, así como las consecuencias que éstos acarrean sobre nuestras vidas. La comprensión emocional del camino de la vida es tan importante como la racional, y también nos ayuda a aquietarnos y a ir integrando los sucesos que la van configurando.
 
Finalmente, la Fe nos propone una tercera mirada sobre la vida, distinta de las dos anteriores. Renunciando a los “cómo” y a los “por qué”, busca más bien responder a los “para qué” de los sucesos, para llegar a abarcar su finalidad. La Fe busca el sentido último de los acontecimientos intentando responder a las siguientes preguntas: ¿Para qué han sucedido las cosas que me sitúan ante esta situación, estas personas, estas circunstancias? ¿Qué actitud demandan de mí? ¿Qué puedo hacer yo para responder a esta nueva realidad?
 
Estamos poco acostumbrados a contemplar la vida y sus eventos con los ojos de la Fe. Nuestra forma de pensar occidental nos mueve a emplear más una mirada analítica, que nos aleja de una comprensión finalista de nuestra vida. Queremos comprender los sucesos por lo que son, y no tanto por lo que pueden llegar a significar. Sin embargo, llegar a comprender los “qué” y los “cómo” de los acontecimientos no siempre significa encontrar respuestas con las que poder avanzar y construir un camino que dé sentido a la vida.
 
En el evangelio, Jesús nos propone un camino de vida centrado en el significado que le podamos dar a la misma, especialmente al compartirla con los demás, y que se aleja del querer buscar respuestas al “por qué” de las cosas. La voluntad de Dios a la que Jesús se encomienda no es tanto un secreto oculto que haya que descubrir para poder comprender el sentido de la vida, sino un compromiso personal para contemplar, con los ojos de la Fe, cada reto y cada oportunidad que la vida nos presenta, e intentar formular una respuesta positiva ante ellos.


 

30/05/2017 - EL DIOS DE LA LIBERTAD

En los pueblos prehispánicos de Mesoamérica, la relación de los humanos con el ámbito divino se plasmó en muchas ocasiones en unos rituales religiosos basados sobre todo en atender a las necesidades de los Dioses, encargados de mover las fuerzas de la naturaleza: había dioses para la lluvia, la siembra, la cosecha, el día, la noche... Los distintos rituales de sacrificios, en especial los sacrificios humanos, deseaban otorgar a estos dioses la energía y el alimento necesarios para garantizar a cambio unas condiciones favorables para el desarrollo de la vida humana: asegurarse de que salga el sol cada mañana, que llueva a tiempo para poder sembrar, etc. El miedo inherente a estas prácticas religiosas, siempre presente, era el peligro de que los Dioses se pudieran desentender de los humanos, y la vida o el mundo se detuviera o entrase en colapso.
 
Esta mentalidad religiosa está muy bien descrita en el museo del Templo Mayor de la Ciudad de México, ante los restos arqueológicos de un enterramiento ritual tras un sacrificio humano:
 
“El sacrificio para el mexica simbolizaba la incursión del hombre en el ámbito de lo divino. El individuo destinado a esta muerte ritual representaba la justa retribución al sacrificio perpetuado por los dioses para la creación del quinto sol. El Corazón y la Sangre, símbolos de la vida, se convertían en fuerza cósmica y divina; servían para alimentar al dios del sol y de la tierra. Morir en sacrificio confería a la víctima el mayor honor después de la muerte: acompañar al sol en su recorrido diario para alumbrar la tierra.”
 

Quinientos años después de la caída del imperio mexica, esa religión ancestral y sus rituales aparentemente han desaparecido, y el pueblo mexicano manifiesta su fe con formas predominantemente cristianas. Su calendario está plagado de fiestas patronales, peregrinaciones y tradiciones religiosas desarrolladas a partir de la evangelización del siglo XVI. Sin embargo, no podemos dejar de observar una mentalidad que en ocasiones sigue reflejando los valores religiosos de antaño: querer cumplimentar a la fuerza divina mediante ritos, rituales y tradiciones con los cuales poder obtener los favores anhelados.
 
El Evangelio de Jesús nos presenta a un Dios muy distinto: Jesús define la relación entre Dios y los humanos como una relación libre, confiada, basada en la premisa de una bondad connatural por parte del Creador para con sus criaturas. Jesús no promueve una religiosidad que quiera complacer a Dios mediante rituales, sacrificios o privaciones, sino enfocada en desarrollar una respuesta agradecida y tangible de quien se sabe amado por Dios, y libremente desea compartir esa bendición con los demás: “Alumbre también vuestra luz a los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo” (Mateo 5, 16).
 
Todo testimonio, toda predicación cristiana está llamada a reflejar a ese Dios de la libertad, bondadoso y misericordioso, y promover su culto mediante la práctica del bien a nuestro prójimo, si no quiere caer de nuevo en una relación de sometimiento y miedo frente a un Dios que necesita ser aplacado con nuestros sacrificios. 


 

25/04/2017 - EL CAMINO DE LAS PARADOJAS CRISTIANAS
Muchos de los dichos de Jesús, recogidos en los Evangelios, proponen un camino espiritual basado en paradojas o contravalores con respecto a los valores comúnmente aceptados por la sociedad. Estos dichos de Jesús, que nos han llegado a partir de la memoria atesorada por sus primeros discípulos sobre la forma en la que él fue comunicando su propuesta de vida, plantean las bases para la implementación de su proyecto, lo que él denominó el Reinado de Dios. Junto con las abundantes parábolas que encontramos en los cuatro Evangelios, las paradojas de Jesús nos acercan a su predicación original, y son, por lo tanto, un elemento fundamental de su mensaje.
 
Tan solo en el Evangelio de Marcos escuchamos, entre otras, los siguientes ejemplos de paradojas en boca de Jesús:
 
“Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por la buena noticia, la salvará.” (Mc 8, 35)
 
“Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.” (Mc 9, 35)
 
 “Hay muchos primeros que serán últimos, y muchos últimos que serán primeros.” (Mc 10, 31)
 
Hay que reconocer que también Isaías y algunos profetas del Antiguo Testamento habían mencionado ya algunas de las paradojas de Dios, sobre todo ante las adversidades sufridas por el pueblo de Israel: “Canta de gozo, la estéril, que no dabas a luz (…) porque la abandonada tendrá más hijos que la casada – dice el Señor.” (Is 54, 1). Y San Pablo, años después de la predicación de Jesús, seguiría recordando a sus comunidades las paradojas de la vida cristiana: “porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios más potente que los hombres.” (1Cor 1, 25)
 
Jesús planteó el camino de la fe como un itinerario lleno de contradicciones, a través de las cuales se llega a alcanzar la alegría que él ofrece. Solo quien esté dispuesto a recorrer ese camino, en el que perder es ganar, dar es recibir, y descender es elevarse, puede llegar a saborear los frutos que ofrece este itinerario espiritual, que Jesús promete como el “ciento por uno”.
 
Posiblemente, éste sea el mayor reto de la propuesta cristiana. Los Evangelios nos relatan cómo los primeros discípulos de Jesús tuvieron grandes dificultades en asumir este camino plagado de obstáculos, y anhelaban un camino más lineal y ascendente, conforme a sus expectativas. Discutían entre sí sobre quién iba a ser el más grande, y quiénes se iban a sentar a la derecha y a la izquierda de Jesús en su Reino.
 
A nadie le atrae, de entrada, un camino que requiere de renuncias como condición indispensable para poder avanzar hacia las promesas ofrecidas. Pero Jesús fue claro y contundente en señalar las aparentes pérdidas que implica el camino cristiano como requisitos ineludibles para poder alcanzar la ganancia ulterior. Las paradojas cristianas son un camino de aprendizaje espiritual, un dintel que hay que cruzar para podernos asomar, llenos de alegría, a una nueva realidad, la de los que se saben ciudadanos del Reinado de Dios.


 

01/03/2017 - LA CONTINGENCIA, FUENTE DE LIBERTAD
Iniciamos hoy el camino de la Cuaresma: cuarenta días enfocados en la tarea de prepararnos para la fiesta anual de la Pascua cristiana. En el día de hoy, conocido como “miércoles de ceniza”, recibimos además un símbolo sobre nuestra frente: un poco de ceniza que nos recuerda, según el antiquísimo relato del Génesis, que “eres polvo y al polvo volverás” (Génesis 3, 19).

Esta frase puede sonar algo triste o derrotista, e incluso anticuada. Recuerda el castigo bíblico al que fueron condenados Adán y Eva tras atreverse a comer del fruto del árbol del Bien y del Mal. Reconozcámoslo: a nadie nos gusta que nos recuerden que, tarde o temprano, regresaremos a la tierra de la que nacimos, y que ese es un destino inevitable para todo ser humano.

Sin embargo, la ceremonia de hoy contiene también un mensaje positivo. Al reconocer que no somos eternos, que no podemos evitar el destino final de nuestras vidas, reconocemos nuestra contingencia ante Dios, el único absoluto. A pesar de nuestros logros, conocimientos o ambiciones, tomamos conciencia de nuestra finitud. Y eso nos hace libres, pues no estamos sujetos a un tiempo infinito, sino llamados a afrontar la vida como una oportunidad irrepetible en la que establecer vínculos positivos y comunicar lo mejor que hay en nosotros.

Todo ser humano tiende a “absolutizar” algo o a alguien: a veces nos absolutizamos a nosotros mismos, otras veces a otras personas, absolutizamos nuestro rol social, nuestras actividades…hoy recordamos que somos criaturas finitas, creadas por un Dios infinito. La ceniza sobre nuestras cabezas nos ayuda a evitar caer en el pensamiento narcisista de que nada ni nadie me puede limitar, que voy a ser eterno.

“Eres polvo, y al polvo volverás”: Dios le recuerda a Adán y Eva que ellos – nosotros – somos criaturas finitas, que no somos Dioses. No es una mala noticia, pues el reconocimiento de nuestra finitud nos libera para vivir con alegría el presente, el ahora, en vez de hipotecarnos en un futuro tantas veces imaginario, para el cual a veces estamos dispuestos a sacrificar el presente, en vez de valorar el hoy y aquí como un regalo irrepetible que merece ser vivido intensamente, con plena alegría y libertad.

 

 

07/02/2017 - FE Y RELIGIÓN: ¿PREGUNTAS O RESPUESTAS?

El hecho religioso forma parte ineludible de la historia de la humanidad: desde antiguo, los seres humanos hemos buscado entender la divinidad de diversos modos, apoyados muchas veces en imágenes del poder de la naturaleza, como el rayo y el trueno, o del cosmos, como el sol y las estrellas, en un intento de comprender aquello que nos supera y de establecer algún vínculo entre nuestra propia existencia y el misterio que nos trasciende.
 
Los descubrimientos modernos sobre el hombre prehistórico nos van aportando más y más datos sobre esta búsqueda del sentido religioso de la vida, que hace medio millón de años ya se manifestaba, por ejemplo, en prácticas primitivas de enterramientos humanos. Poco sabemos de sus rituales, pero podemos intuir que nuestros antecesores ya expresaban su deseo de relacionarse de algún modo con la vida más allá de la muerte de un individuo.
 
Entendidas de esta manera, las religiones buscan establecer una relación que deviene necesaria entre el ser humano – efímero – con lo Absoluto, llámese Dios, energía, cosmos, naturaleza, o de cualquier otra manera. Toda sociedad y todo ser humano desarrolla, de un modo u otro, esta dimensión religiosa que nos ayuda a responder a las grandes preguntas de la existencia humana.
 
Si observamos las diferentes religiones más elaboradas de nuestro mundo actual, y que han ritualizado su relación con lo trascendente mediante prácticas religiosas, podríamos distinguir entre aquellas que ofrecen respuestas a todas las preguntas que se plantea una persona en relación a su existencia, en contraste con aquellas otras que proponen caminos de búsqueda para ir descubriendo, una a una, las respuestas a nuestros anhelos a lo largo del camino de la vida.
 
No podemos negar que es más fácil adherirse a una religión que afirma con certeza tener las respuestas a todas nuestras preguntas, que formar parte de una comunidad de Fe, que se encuentra en una búsqueda permanente de esas mismas respuestas. Entre las segundas se encuentra la Fe Cristiana, que ciertamente es un camino, como lo llamaban los primeros seguidores de Jesús, pero un camino que no se recorre a oscuras, sino de la mano de la figura de Jesús de Nazaret.
 
Jesus de Nazaret se ofrece de guía en un itinerario hacia la divinidad a través de su persona y sus enseñanzas: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, afirma. Y añade: “Nadie viene al Padre si no es por mí” (Juan 14, 6). La vivencia de la fe cristiana se convierte así en un auténtico caminar en búsqueda de Dios, apoyados en el ejemplo de los que ya han recorrido ese camino, y descubriendo el sentido de cada paso a medida que los vamos dando.
 
La Fe Cristiana, a través de los siglos, ha devenido en una Religión, pero no debemos olvidar que es, en su esencia, un Camino, a lo largo del cual no dejamos de plantearnos preguntas en nuestra búsqueda permanente de la verdad. Los que recorremos este camino tenemos que vigilar para no generar un sistema cerrado o ideológico que pretenda tener ya formuladas todas las respuestas, pues el camino de la fe significa atrevernos, cada día, a responder nuevamente a las preguntas de la vida de la mano de aquel que vino a mostrarnos el camino hacia el Padre.



 

24/01/2017 - LA GENERACIÓN DE LOS EMOTICONOS

De la revolución de las ideas, a la revolución de los sentimientos

 

Qué duda cabe de que uno de los mayores logros de la humanidad, en la época moderna, ha sido el triunfo de la razón sobre el comportamiento caprichoso o subjetivo propio de otros tiempos. Sea en los campos de la ciencia o de la política, o en otros ámbitos de la sociedad, entendemos que las decisiones humanas y sociales se toman con referencia a parámetros objetivos, como son las leyes, los derechos de las personas o la experiencia adquirida y verificada con el paso del tiempo.

Es difícil imaginarse que hoy sea socialmente aceptable practicar una medicina basada en intuiciones, o, lo que es peor, en presuntas revelaciones personales recibidas por un curandero. Tampoco entenderíamos que un juez administrara justicia basándose en gustos personales o en el azar mediante un sorteo aleatorio de sentencias condenatorias o absolutorias.

La razón rige, de diferentes modos, el devenir de nuestras sociedades. Sin embargo, sería falso reducir al ser humano a un ser meramente racional: las personas integramos dentro de nosotros tanto ideas como sentimientos, y ambos condicionan nuestro comportamiento y nuestro actuar. Los sentimientos, tales como la ira, la alegría, la frustración o el placer, fueron poco valorados por el racionalismo occidental, que entronizó el pensar como la actividad más elevada de la que somos capaces. Nuestra dimensión emocional estuvo considerada durante mucho tiempo como propia de un nivel inferior de humanidad, y muchas sociedades siguen censurando hasta nuestros días la manifestación pública de ciertos sentimientos.

Es interesante observar cómo, en estos momentos, se está produciendo una revalorización importante de las emociones humanas. En las redes sociales tenemos la oportunidad de valorar con emoticonos aquello que leemos y vemos, representaciones gráficas que expresan la gran variedad de emociones humanas que se generan en nosotros. No respondemos ante la noticia, publicación o imagen que vemos con un comentario meditado, sino que compartimos primero la emoción que nos suscita. Por primera vez desde la irrupción del racionalismo, las emociones han superado a las ideas.

Ya no es suficiente que el médico tenga una trayectoria profesional impecable: queremos que nos comunique empatía y cercanía. Deseamos que los profesores de nuestros hijos sean simpáticos, antes que preocuparnos por los valores y conocimientos que les puedan transmitir. Un político que no sea capaz de entusiasmar, motivar y generar sentimientos de apego a su persona, aunque presente el ideario más adecuado a las necesidades de su comunidad, probablemente fracasará en su intento de ser elegido para el cargo al que se presenta.

Hoy, las emociones rigen tanto como las ideas, y ya no podemos despreciarlas como antaño. Ellas forman parte de nuestra personalidad, se equilibran con la razón, y han vuelto para quedarse entre nosotros. En el trato con los demás es importante tenerlas en cuenta, buscando entender no sólo lo que piensan, sino también lo que sienten. Tener en cuenta los sentimientos de nuestro prójimo hará más completa la comunicación entre nosotros, asomándonos al otro en su globalidad, tanto a su mente como a su corazón.

 

22/11/2016 - ÉTICA Y ESPÍRITU, UNA RELACIÓN NECESARIA
Pablo Cirujeda

Los comportamientos libres propios de las personas y de las sociedades han sido desde antiguo objeto de estudios y de reflexiones con el propósito de entender los motivos e intenciones que esconden tras de sí, tanto si son de tipo altruista o egoísta, enfocados al presente o al futuro, más o menos condicionados, etc. Hay muchos elementos, tanto desde la cultura como desde la historia individual de la persona, que intervienen en el comportamiento y en las decisiones humanas, pero un elemento clave para entender nuestras acciones es, sin duda, el conjunto de valores que profesamos, es decir, nuestra ética personal y colectiva.
 
Para algunos, la ética es tan solo “un tipo de saber que pretende orientar la acción humana en un sentido racional; es decir, pretende que obremos racionalmente” (Adela Cortina, en Ética de la empresa, Madrid 1998). Pienso que es ésta una definición muy reducida, pues la sola razón no logra explicar la enorme variedad de comportamientos humanos que podemos observar ante una misma situación, como por ejemplo ante un familiar enfermo o un indigente que necesiten de nuestra ayuda.
 
En las acciones humanas, en nuestros gestos y decisiones, no nos guiamos únicamente por la razón, sino que manifestamos visiblemente nuestras convicciones más profundas. Este conjunto de valores incuestionables y trascendentes, que bien podríamos llamar nuestra espiritualidad, se van adquiriendo a lo largo de la vida, y determinan en gran manera nuestro comportamiento, aunque éste pueda parecer espontáneo o casual.
 
Gabriel Magalhaes postula que, sin una espiritualidad de base, no puede haber una ética. “Creo que no es posible una moral sin algún tipo de dimensión metafísica. (…) La moral es algo de que sólo somos capaces si la sentimos como un reflejo en nosotros de la música secreta del universo: entonces sí que somos capaces de todo” (Los Españoles, Barcelona 2016).
 
Dicha espiritualidad puede tener un sabor más laico o más religioso, pero es importante ser conscientes de su necesidad, pues sin espiritualidad la ética carece de su fundamento y corre el riesgo de degenerar en relativismo, convirtiendo al individuo en su propio referente moral. Se impone, pues, la tarea de promover una sana espiritualidad entre las personas y en las sociedades, independientemente de si ésta sea más o menos religiosa, mientras esté abierta a unos valores trascendentes que tengan valor en sí mismos, más allá de los intereses y las circunstancias cambiantes del individuo.
 
La ética es el regulador de la libertad, que a su vez es su condición previa, pues la ética presupone la libertad. Como dice el Concilio Vaticano II, “la orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la libertad” (Gaudim et Spes 17). Vemos, por otro lado, que la ética se alimenta de la espiritualidad: sin espiritualidad, sin referencia a lo que nos supera, no hay base para poder desarrollar una ética que regule el ejercicio de nuestra libertad. La ética requiere, por tanto, de la libertad como premisa, así como de una espiritualidad como sustrato necesario.
 
La sociedad contemporánea, tan ávida en defender la libertad individual, no puede olvidar la necesidad de promover una espiritualidad que capacite a las personas para poder desarrollar una ética que regule dicha libertad, y la dirija hacia un bien común que trascienda al individuo y le ayude a proyectarse más allá de sí mismo.


 

13/09/2016 - PENSAR COMO DIOS
Pablo Cirujeda

​Pensar en Dios, en sí mismo, es un reto a priori imposible. A Dios nadie lo ha visto, nos recuerda el evangelio de Juan, y cualquier intento de concebir a Dios está irremediablemente condicionado y limitado por las imágenes humanas o de la naturaleza a las que tenemos que recurrir para llegar a imaginarnos a Dios de alguna forma, sea cual sea la religión que profesemos.

El profeta Isaías, quien gusta especialmente de las imágenes humanas de un Dios compasivo, maternal y paternal, lento a la ira y rico en misericordia, nos plantea un reto diferente y, si cabe, más difícil todavía: pensar como Dios. En Dios, usando la analogía humana, habría una mente, una forma de pensar propia y distinta. Así lo formula Isaías:

“Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos - oráculo de Yahveh -. Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros.” (Isaías 55, 8-9)

Para el profeta, aprender a pensar como Dios sería la gran tarea encomendada al ser humano. Llegar a asemejar mis ideas, mis conceptos y mis pensamientos a los de Dios, a su manera de pensar… De hecho, también Jesús, en los evangelios, exhorta a sus discípulos a pensar como Dios:

“Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mí vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.» (Marcos 8, 33)”

¿Qué piensa Dios sobre la vida, la amistad, el amor, el trabajo, la venganza, la justicia, la felicidad…? Para el cristiano, Jesús es quien mejor nos acerca a esa “mente” divina, que él denomina el Padre. Porque en la Biblia, Dios no es ese gran desconocido, imprevisible y errático Ser que gobierna sobre los designios y acontecimientos de la vida, y ante el cual es mejor mantener una distancia prudencial. Tampoco es un poder frío y distante, indiferente a nuestras vidas efímeras y a sus avatares. Y mucho menos es un Dios justiciero a quien haya que aplacar mediante sacrificios y renuncias para eludir su castigo eterno…

El “pensar” de Dios en la revelación cristiana es claro: Dios es Amor, piensa con Amor y actúa con Amor. Su presencia tierna y cercana a cada ser humano se mueve en consonancia con su propia “lógica del Amor”. Los pensamientos de Dios – tan distintos de los nuestros – no son, sin embargo, un misterio ni un secreto, porque Dios es previsible en su Amor. No nos va a sorprender jamás con aquello que sea contrario al Amor.

El papa Francisco menciona con frecuencia la “lógica del Evangelio”, o la lógica de Jesús. Hay una lógica, una coherencia interna en su modo de pensar. Conociendo el evangelio de Jesús, sus propuestas y sus enseñanzas, podemos aprender a pensar como Dios, a adivinar sus respuestas, sus gestos, su modo de actuar. Podemos hacer nuestra su lógica del Amor, que es el pensar de Dios.


 

26/07/2016 - NOTENTIENDO
Pablo Cirujeda
 
Es de sobras conocido y estudiado el proceso de mestizaje que se inició hace más de 500 años en el continente americano a raíz de su descubrimiento, y que está en el origen de las actuales sociedades americanas. Por un lado, se llevó a cabo un mestizaje cultural, una mezcla o síntesis de valores y tradiciones que abarcan desde la cultura política hasta la gastronomía, pasando por otros ámbitos de la vida como el trabajo o los modelos familiares. Es también notorio el mestizaje racial que se generó a partir de la convivencia entre los tres principales grupos étnicos presentes a lo largo del proceso de colonización: los indígenas, los europeos y los africanos.

Tres siglos más tarde, las sociedades americanas, especialmente en la Nueva España y en el Perú, donde este mestizaje fue de mayor intensidad, hicieron un intento de sistematizar lo que se vino a denominar como las castas coloniales, en consonancia con el fervor científico característico de la época, en la que se empezaba a describir los fenómenos naturales y biológicos con metodología científica. Según los distintos autores, en las sociedades virreinales se llegaron a catalogar hasta 16 castas diferentes según el tipo y grado de mestizaje, o incluso más. Los nombres no parecían agotarse en una lista interminable de categorías raciales: español, mulato, mestizo, morisco, castizo, lobo, cambujo, coyote, albarazado… No se puede ignorar que este intento de clasificación tenía como objetivo principal reivindicar la superioridad por parte de los descendientes directos de los españoles respecto a las demás castas presentes en los virreinatos.

Varios artistas de la época incluso desarrollaron un género pictórico con las pinturas de castas, que alcanzó su máxima expresión en el pintor novohispano Miguel Cabrera en el siglo XVIII. En uno de estos cuadros, hoy expuesto en el Museo Nacional del Virreinato en Tepotzotlan, México, podemos observar esas 16 castas diferentes, dibujadas en forma de viñetas. Llama la atención la penúltima categoría (número 15), que dice: Tente en el Aire con Mulata: Notentiendo.

Es difícil dejar de esbozar una sonrisa estando frente al cuadro, al ver esta categoría que pareciera estar llevando el intento de clasificación sistemática del mestizaje al absurdo: ¡Notentiendo! Solo podemos imaginarnos las entrevistas que realizaría el pintor con los modelos dibujados en sus cuadros, intentando conocer con precisión matemática todos los antecedentes del mestizaje de los mismos, y cómo, habiendo avanzado hasta esta penúltima categoría, quizás plasmara, con cierta frustración, lo imposible de su proyecto con la elección del término “notentiendo”.

Dos siglos más tarde, sin embargo, el debate sobre la identidad racial y cultural de los pueblos y de las personas no parece haber sido superado todavía. Persisten las tensiones en muchas de nuestras sociedades alrededor de los hechos que distinguen a los diferentes representantes de nuestro género humano, y desgraciadamente no hemos sabido renunciar todavía al proyecto de clasificar, muchas veces en orden jerárquico, a las personas en función de sus orígenes. En ocasiones incluso se sigue postulando la existencia de razas originarias, propias del lugar, y con pretendidos derechos adquiridos que los distinguen de los demás. Nuestra miopía histórica nos hace olvidar los siglos y milenios de mestizaje vividos en todos los grupos humanos. Un claro ejemplo son las sociedades mediterráneas, crisol de civilizaciones y razas desde antes que existiera memoria histórica, en las que se integraron civilizaciones tan diversas como los romanos, fenicios, griegos, árabes, íberos, germánicos, egipcios, etc.

La ciencia moderna, además, ha verificado recientemente lo que hasta hace poco era tan solo una teoría: nuestra especie, el Homo sapiens (en Asia y en Europa), contiene en sus cromosomas hasta un 3% de ADN que provienen de un mestizaje llevado a cabo con el Hombre de Neandertal… ¡hace 100.000 años!

Vamos descubriendo, poco a poco, que el origen de “Notentiendo” es seguramente todavía mucho más remoto y complejo de lo que pensábamos y sabemos. Ante lo absurdo de las clasificaciones, distinciones e intentos ilusorios de catalogar a los seres humanos solamente cabe una posible respuesta: reivindicar con fuerza que los seres humanos somos miembros de la única familia de los Notentiendo, una familia ricamente diversa, de la que todos tenemos derecho a formar parte en condiciones de igualdad.

 
 

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