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05/02/2019 - UN CRISTIANISMO SIN CRISTIANDAD

En los años 50 del siglo pasado, en pleno auge de la Modernidad, el pensador francés Emmanuel Mounier defendía la necesidad de “reintroducir el cristianismo en la Cristiandad”, y así denunciaba la enorme brecha que observaba entre los postulados del evangelio, por un lado, y la vida y doctrina de la Iglesia de su tiempo, por el otro. No alcanzaba a vislumbrar el padre del Personalismo que era la propia Cristiandad, un maridaje fraguado durante siglos entre cristianismo y sociedad, la que se dirigía, ya entonces, hacia su progresiva desaparición. Los restos de dicha Cristiandad que todavía podemos observar a principios del siglo XXI en algunos países tradicionalmente católicos, aplaudidos por los inevitables nostálgicos que quisieran detener la secularización imparable de las sociedades occidentales, no consiguen esconder una realidad irreversible: el cristianismo, hoy, se tiene que sostener cada vez más sobre sí mismo, en medio de sociedades plurales y seculares que han dejado de arroparlo.

Desconcertado, el cristianismo no siempre ha sabido cómo adaptarse ante esta pérdida de prestigio social, reaccionando principalmente de dos formas, ambas inadecuadas: en ocasiones, la Iglesia se ha situado a la defensiva, culpando a la misma sociedad de su desamparo y reclamándole que vuelva a brindarle el apoyo institucional que le ofrecía en el pasado. En otras instancias, han sido los mismos líderes cristianos quienes han querido acomodarse a los nuevos tiempos, asumiendo los postulados del secularismo como propios, para así poderse presentar como una alternativa moderna y actual en el mercado ideológico, incorporando a su vida y funcionamiento criterios más propios del mundo empresarial que del Evangelio como son la planeación estratégica, la gestión del cambio, etc., sin darse cuenta de que estaban renunciando a sus valores más genuinos: la defensa de los débiles, la espiritualidad del servicio, y el abandono de toda avaricia que busque el beneficio propio a costa del prójimo o de la creación.

La Iglesia tiene que ser contracultural, o habrá dejado de cumplir con su misión, porque el Evangelio que la inspira es contracultural en su propia esencia: postula un humanismo que es incompatible tanto con los sistemas económicos neoliberales como con los totalitarismos de cualquier color político, así como con un consumismo que conlleva una explotación insostenible de los recursos naturales del planeta. El anuncio del mensaje de Jesús, cuando se ha propuesto en su integridad, siempre ha entrado en conflicto con cualquier modelo social que no ofrezca espacios dignos a los pequeños, a los improductivos, a los débiles, y a los fracasados, así como exige que sea respetuoso con el entorno en el que se sustenta la vida humana.

El reto de la Iglesia del siglo XXI es, sin duda, lograr introducir el cristianismo, no ya en una Cristiandad caduca, sino en la sociedad secular, para volver a ser “levadura en la masa” (Mateo 13, 33), una presencia invisible y transformadora capaz de humanizar cualquier cultura. Se trata de una oportunidad histórica para que el cristianismo, desnudo y desprovisto del sostén de las estructuras sociales que arropaban a la Iglesia en una peligrosa connivencia con los mismos sistemas políticos y económicos que pretendía cuestionar, se encuentre consigo mismo y se tenga que confrontar con los valores propios del Evangelio, para así poder recuperar la esencia de su misión.

“Mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20), dijo Jesús a los que pudieran percibir esta misión como imposible. El cristianismo del siglo XXI, un cristianismo sin Cristiandad, devuelve a los seguidores de Jesús al lugar que él mismo ocupó: insertados dentro de una sociedad específica, a la vez que en sus márgenes, actuando como un fermento transformador de los valores que la sustentan, y comprometidos en la defensa de la dignidad de cada uno de sus miembros.


 

25/12/2018 - ​UN DIOS DE CARNE Y HUESO
La Encarnación es, posiblemente, uno de los acontecimientos más retadores de todas las historias contenidas en la Biblia y, sin duda, aquella que más desafía nuestra razón y nuestra imaginación. Ninguna otra tradición religiosa se ha aventurado a proponer una paradoja semejante: Dios, aquel que representa lo eterno y todopoderoso, nace en Belén en forma de una de sus criaturas humanas, limitado y caduco.

En estas fechas navideñas somos testigos, un año más, de cómo el arte y la religiosidad popular se han prodigado en intentar representar a ese niño Jesús en su pesebre, humano a la vez que divino, acompañado de sus padres terrenales, de los pastores y de sus animales, pero también de los ángeles del cielo. Se trata de un niño que es, de forma sorpresiva, un Dios hecho carne y hueso.

Sin embargo, la Iglesia ha ido entendiendo que al acercarnos al pesebre de Belén no encontraremos a un Dios humanizado, o a un hombre divinizado, sino que en su persona se presenta una novedad que supera la tradicional oposición entre dos realidades excluyentes: entre el Creador y las criaturas, entre lo efímero y lo permanente. Jesús es, en verdad, la reconciliación perfecta entre dos opuestos. Las dos naturalezas de Cristo, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, nos indican que Jesús no es un término medio, o una quimera (como en el mítico “hombre lobo”, mitad hombre, mitad lobo). Jesús es ambas cosas a la vez, y ambas en su totalidad: consigue unir en un solo proyecto aquello que parecía incompatible.

En Navidad celebramos el nacimiento de Jesús, quien nos muestra un camino de síntesis ante cualquier dualismo excluyente: él es la afirmación de que en el mundo se encuentra la salvación; en lo humano, lo divino; en la acción, la contemplación. Jesús rompe toda división dualista, y su resurrección superará incluso el abismo entre la vida y la muerte. Navidad nos manifiesta que el encuentro del hombre con Dios se realiza en su propia naturaleza, al asumir él su cuerpo, su razón, su sexualidad, y sus sentidos.
Aun así, reconocemos que el dualismo es, seguramente, la herejía que mejor ha arraigado en el pensamiento cristiano occidental. La vida cristiana, a lo largo de los siglos, ha sufrido sus consecuencias, al oponer de nuevo acción vs. contemplación, vida terrena vs. vida del cielo, oración vs. trabajo, gracia vs. pecado, divino vs. humano, sagrado vs. profano, secular vs. religioso. Todas estas dicotomías han nacido de una falsa comprensión de la encarnación, el acontecimiento de salvación que superó para siempre los opuestos.

Reconocemos, también, que en nuestro mundo siguen prevaleciendo antiguos y nuevos antagonismos que nos dividen y nos enfrentan: hombres vs. mujeres, introvertidos vs. extrovertidos, derechas vs. izquierdas, espirituales vs. materiales, etc. Del nacimiento de Jesús aprendemos precisamente a integrar los opuestos, sin rechazar ni excluir, pues la espiritualidad cristiana nacida en Belén nos mueve a abrazar la totalidad de la experiencia humana.

Celebrar la encarnación nos llevará siempre a la proximidad física y a la cercanía con lo distinto, imitando al Dios que se ha personado en la historia humana en Jesús. La Navidad es la gran fiesta en la que reconciliamos las diferencias que parecía imposible superar, y nos unimos al proyecto unificador del Dios hecho carne y hueso.

 

 

17/12/2018 - ¿DÓNDE ESTÁ HOY LA CUEVA DE BELÉN? ¿QUÉ REGALOS LLEVAREMOS?


Leía el siguiente verso en el poema de Benjamín González Buelta titulado “Futuro tan presente”: Ya no te preguntaré cuándo seremos numerosos, sino dónde está hoy la cueva de Belén.
 
Me gustó la idea de centrarnos en dónde está hoy esa cueva para nosotros; no dónde está el éxito, ni siquiera de un mundo evangelizado, ni de una iglesia llena, ni incluso de un mundo mejor y feliz, sino de dónde hay un núcleo de amor a nuestro alrededor. Esa cueva puede estar en nuestra familia, con nuestra pareja, con nuestros mejores amigos: ese lugar íntimo, agradable, protegido, lleno de cariño, ternura y honestidad.
 
Y una vez hayamos logrado reconocer dónde está hoy la cueva de Belén para nosotros, pensemos qué regalos llevaremos a esa cueva. Se acercan las fechas de la fiebre de los regalos. A la cueva de Belén llegaron los presentes sencillos que los pastores podían ofrecer, y también los necesarios para ese momento.
 
Un regalo puede ser, sin duda, unos días dedicados a los nuestros, quizá otro sea alguna dosis de cariño, unos kilos de diálogo, o unos galones de “pasarlo bien”. Incluso nuestro propio regalo —¿por qué no autorregalarnos algo, como parte que somos de esa cueva?— puede consistir en un tiempo para no hacer nada, para estar, para meditar, para respirar, para rezar; un regalo vacío, un regalo lleno de nada para desprendernos de todo aquello que importa poco y ocupa mucho espacio y tiempo… ¡Qué regalos mejores que estos para nuestra cueva de Belén en esta Navidad!


 

07/11/2018 - AMAR, AL REVÉS

Hablar –o escribir– sobre el amor es tan tentador como complicado, porque la experiencia del amor humano es tan variable como contradictoria. Aun a riesgo de simplificar, pienso que, a lo largo de nuestra vida, los seres humanos intentamos colmar el anhelo universal de toda persona –amar y ser amados– principalmente de forma activa: busco amar a quien yo elijo, de quien yo me enamoro, para alcanzar el placer de la experiencia amorosa. En esta búsqueda del amor, la parte de la ecuación que habitualmente subrayamos es la primera –amar– para llegar a cumplimentar nuestros deseos, mientras que la que nos suele generar mayores sufrimientos es la segunda –ser amados– especialmente cuando no logramos ser correspondidos según nuestras expectativas.

En la revelación cristiana, el amor es la esencia de Dios, pues Dios es amor, afirma la primera carta de Juan (1 Juan, 4, 8). No hay duda de que el amor es el tema central alrededor del cual gira toda la vida de Jesús, y que él resume al final de la misma con estas palabras: “os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan 13, 34). Vemos que el reto que nos plantea la Escritura es que, antes de intentar amar a otros, vivamos la experiencia de ser amados. La ecuación del “amar y ser amados” queda invertida de la siguiente manera: primero hay que haber sido amados, para poder llegar a amar.

En el antiguo testamento, ya muchos de los profetas afirmaron que el amor de Dios es un don que se recibe lejos de todo mérito y de todo mercadeo, y que es previo e independiente a la respuesta recibida. Encontramos con frecuencia afirmaciones como las siguientes: “yo los amaré gratuitamente, pues ha cesado mi ira” (Oseas 14, 2-10); “con amor eterno te amo, por eso te mantengo mi favor” (Jeremías 31, 3). En la Biblia, el amor de Dios es previo, gratuito, y no se gana: sólo se puede agradecer.

De hecho, también la psicología afirma que cualquier ser humano, para poder amar, primero tiene que haber experimentado el amor hacia su persona, especialmente durante su infancia y juventud. Podemos llegar a afirmar, por lo tanto, que solamente puede amar quien reconoce haber sido amado, la persona que ha vivido la experiencia de un amor pasivo, en el que se haya descubierto amada de forma gratuita, sin que ese amor lo haya logrado o conquistado por sí misma.

Han pasado varios siglos desde que los grandes místicos del Carmelo (Teresa de Jesús y Juan de la Cruz) dejaran su testimonio escrito de esa experiencia del sentirse amados, no amantes: su éxtasis nacía del saberse amados. “Nosotros podemos amar, porque él nos amó primero”, señala con claridad la primera carta de Juan (1 Juan 4, 19). Porque quien se sabe amado, se apasiona, y desea responder al don recibido. El mandamiento de Jesús, “amaros como yo os he amado”, nos invierte la ecuación del amor, y nos reta a amar al revés: buscar y agradecer primero el amor recibido, para entonces compartir ese amor de la misma manera en la que lo hemos recibido: gratis.

Amar al revés, en respuesta al amor recibido, es renunciar a ser protagonistas en el amor, para llegar a vivir el amor desde la libertad de un don recibido. Volviendo a Jesús: “gratis lo habéis recibido, dadlo gratis” (Mateo 10, 8).


 

04/09/2018 - COMUNICAR EL MIEDO, O LA ESPERANZA

Han pasado varios siglos desde que Spinoza propusiera que las dos emociones básicas del ser humano son el miedo y la esperanza. Para este pensador, ambas emociones se complementan, pues no se puede experimentar la una sin equilibrarla con la otra. Vivir dominados por completo por una de las dos, sin la presencia de la otra, nos llevaría, o bien al bloqueo emocional, o bien al desenfreno.
 
En la tradición cristiana, muy anterior a Spinoza, ya se mencionan estas dos actitudes opuestas que desarrollamos frente a los acontecimientos de la vida: los discípulos de Jesús, después de su muerte, se encontraban “reunidos con las puertas cerradas por miedo a los judíos” (Juan 20,19), paralizados y encerrados. Sin embargo, Jesús calma su ansiedad con su presencia: “Ánimo, soy yo. No teman”. Y Pedro exhorta a los discípulos a estar “siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que les pida explicaciones”, a la vez que les invita a que “no teman las amenazas ni se asusten” (1 Pedro 3, 14-15).
 
En un contexto muy diferente, el de la antropología arqueológica, encontramos la siguiente afirmación: “El temor y la esperanza son los padres de los dioses, se ha dicho con gran verdad. El hombre, colocado ante la naturaleza, que le asombra y anonada, al sentir su propia pequeñez ante fuerzas que no entiende ni puede dominar, pero cuyos efectos dañosos o propicios sufre, proyecta su asombro, su temor y su esperanza fuera de su alma y, como no puede entender ni mandar, teme y ama, es decir, adora” (Alfonso Caso, El pueblo del Sol, 1953).

¿Temer, o esperar? Cada ser humano, a lo largo de su historia, acaba enfrentándose a esta disyuntiva. Si para los pueblos antiguos el temor y la esperanza se experimentaban sobre todo frente a los hechos vitales, como las fuerzas de la naturaleza y su capacidad de destrucción o de otorgar fertilidad y vida, o frente a la salud y la enfermedad del propio cuerpo, hoy la incertidumbre abarca aspectos más elaborados: el bienestar y el crecimiento económico, la estabilidad y el progreso social, el deterioro del medio ambiente, etc., son las áreas que más preocupan a los integrantes de las sociedades modernas, y ante las cuales, o bien se teme, o bien se alberga esperanza.
 
Los líderes sociales conocen bien los temores y las esperanzas de los hombres y mujeres de hoy. Frente a los mismos, pueden presentarse con dos propuestas radicalmente distintas: hablar de los peligros que acechan por doquier, o bien decir, con esperanza: “No teman”. Como hemos visto, ambos mensajes, el del miedo, y el de la esperanza, conectan con nuestras emociones más básicas, experimentadas desde los albores de la humanidad. Sin embargo, es importante señalar que el miedo es más primitivo y más irreflexivo, pues anida en la parte más animal de nuestro cerebro, y condiciona de forma poderosa nuestras respuestas. El miedo es fácil de vender, pues es suficiente una imagen o un mensaje impactante para que se active en nosotros este mecanismo de defensa, que nos lleva, como está bien descrito hoy, a tres posibles respuestas automáticas: huir, atacar, o quedarnos bloqueados.
 
En contraste, la esperanza requiere de mayor valor y compromiso y, como bien indica Pedro en su carta, necesita ser razonada y explicada. De forma muy gráfica, Jesús describe esta diferencia ante los retos que muchas veces plantean los acontecimientos de la historia: “los hombres se morirán de miedo, al ver esa conmoción del universo. (…) Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza”. Para sus seguidores propone la tarea, más arriesgada, de la esperanza: “Fíjense en la higuera y los demás árboles. Cuando echan brotes, ustedes, al verlos, saben que se acerca el verano” (Lucas 21, 26-30).
 
El miedo al futuro, al cambio, a los demás, a la pluralidad, a la pérdida de identidad, están cada vez más presentes en los discursos sociales, y se está hablando de nuevo del poder del miedo como arma política. Sabemos que el miedo se siente en las entrañas y no necesita explicaciones; comunicar la esperanza, en cambio, requiere de convicción, valentía, y la capacidad de leer los signos, todavía incipientes, del cambio que está por llegar si nos comprometemos a cuidarlo desde hoy.



 

14/08/2018 - EL ÉXITO, UN ENGAÑO NARCISISTA

Llamados a dar fruto

 


Los logros individuales son siempre un motivo de celebración y de fiesta –sea en el campo deportivo, académico, o social, aplaudimos con admiración a las personas de nuestro entorno que consiguen destacarse gracias a su empeño, empezando por nuestros niños y niñas en sus etapas formativas y de crecimiento. Celebrar nuestros logros, hoy lo sabemos bien, fortalece nuestra autoestima y la confianza en nuestras capacidades.
 
Éxito (success) es una palabra de moda que usamos, por lo tanto, con la mejor de las intenciones, cuando con frecuencia le deseamos “mucho éxito” en sus proyectos a nuestros seres queridos: queremos que alcancen sus sueños y sus metas. Sin embargo, el “éxito” es una palabra que también encierra una trampa peligrosa: apunta directamente a los logros individuales, basados en las capacidades de la persona por sí misma, y conseguidos a partir de su esfuerzo y tenacidad. El éxito apenas contempla a los demás, pues se trata de una conquista personal. Peor todavía, engendra un sentido del mérito, es decir, de un premio que he ganado y que me pertenece por derecho. ¿Qué deportista está dispuesto a entregarle su trofeo o su medalla a otro que no ha realizado su gesta? ¿Quién ofrece a sus compañeros una promoción laboral que se ha ganado con su trabajo y perseverancia?
 
La espiritualidad cristiana reconoce con claridad lo importante que es poner a trabajar nuestras capacidades y nuestros talentos, y asegurar así que se multipliquen. No hay excusa para ser indiferentes o tibios, o para enterrar nuestro potencial y vivir una vida apática, a mínimos. En varias ocasiones, Jesús anima a sus seguidores a llenar el mundo “de obras buenas” (Mateo 5, 16), y espera de ellos una vida de compromiso, siguiendo las pautas que ofrecen las bienaventuranzas.
 
Pero Jesús no desea a sus discípulos que tengan éxito, sino que den fruto (Juan 15, 8), un logro que explica de forma gráfica mediante esta imagen del campo: a partir de estar injertados en la vid, y de participar de un proyecto común, serán capaces de generar frutos para ofrecerlos a aquellos que los rodean. El individuo, en el proyecto del reinado de Dios que presenta Jesús, es plenamente consciente de formar parte de una red que lo sostiene y lo alimenta, para, a su vez, poder compartir con los demás aquello que ha recibido. “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada”, dice Jesús.
 
¿Trabajamos para tener éxito, o para dar fruto? La propuesta del evangelio nos ayuda a evitar un protagonismo individual desmesurado, y a sabernos parte de una historia que siempre es más amplia que la propia, en la que solamente somos capaces de alcanzar nuestras metas porque previamente otros nos han sostenido, han creído en nosotros, y han potenciado nuestras capacidades. En la comunidad cristiana nadie se atribuye mérito alguno: Jesús solamente realiza “las obras de mi padre” (Juan 10, 37-38), y sus discípulos buscan ser “imitadores de Cristo” (1 Corintios 11,1).
 
Como seguidores de Jesús, injertados en su savia que nos alimenta, no aspiramos a tener éxito, sino a dar fruto abundante, sabiendo que "el fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo" (Gálatas, 5 22-23).


 

24/07/2018 - ¿POR QUÉ PERMITIMOS QUE NOS MIENTAN?

La posverdad, Mark Twain y nuestros miedos

 
En teoría vivimos en un mundo que valora positivamente la verdad, y si nos preguntaran qué virtudes esperamos encontrar en nuestros líderes políticos (y también en intelectuales y académicos, en la gente del mundo de la cultura, en los profesionales del periodismo…) seguramente muchos mencionaríamos la integridad y la honradez, sin tenerlo que pensar demasiado. Queremos creer que nuestra sociedad aplaude a aquellos que dicen la verdad y repudia a los que mienten.
 
Ahora bien, ¿es así? ¿Hasta qué punto nos importa realmente que los políticos a quien votamos, los analistas a quien escuchamos y los autores a quien leemos sean veraces?
 
Es pertinente formularnos estas preguntas porque, de hecho, la evidencia sugiere que el debate público actual está infestado de mentiras y mentirosos: líderes políticos de todo signo se plantan a diario ante los micrófonos y sin que les tiemble la voz nos dicen medias verdades, tergiversan los hechos, omiten información, aseguran cosas que no saben… tanto es así, que hasta hemos acuñado un término, el eufemístico “posverdad”, para hablar de esta vitalidad de la mentira.
 
Pero seguramente este no es el principal asunto: siempre han existido personajes que han pensado que el engaño era la vía más rápida hacia el poder. La cuestión que nos interesa explorar es otra: nos queremos preguntar hasta qué punto vivimos en la era de la posverdad porque nosotros (los ciudadanos de a pie) lo permitimos. ¿Por qué permitimos que nos mientan?
 
En esta breve reflexión quisiéramos sugerir, en efecto, que el problema no está tanto en el líder que ofrece un discurso en el que falsea la realidad, sino en la población que lo aplaude a pesar de sus mentiras. Tal vez lo que ocurre es que (en contra de lo que nos decimos a nosotros mismos) no buscamos por encima de todo líderes cuyo compromiso con la verdad sea incuestionable. Quizá lo que buscamos en nuestros líderes son otras cosas, y estamos más que dispuestos a renunciar a la verdad si este es el precio que toca pagar para conseguirlas.
 
La normalización de la mentira
Sin que la siguiente afirmación pretenda ser un dictamen absoluto (no quisiéramos negar la existencia de líderes actuales comprometidos con la verdad), digamos, como punto de partida, que la falsedad no es extraña, ni siquiera excepcional, en la boca de las figuras públicas que a diario se asoman a nuestras pantallas, noticieros y periódicos. Se trata de un fenómeno global: en el norte y en el sur, en países grandes y en naciones pequeñas, en democracias y en dictaduras, hay autoridades que mienten, y que mienten descaradamente. Se trata de un hecho tan común que ya no escandaliza a nadie. No faltan, afortunadamente, medios de comunicación más o menos independientes que se empeñan en poner de relieve la falta de integridad de las figuras públicas: ya va siendo frecuente, por ejemplo, que la prensa analice la veracidad de las afirmaciones de los participantes en un debate electoral, una vez el debate ha concluido. Nos informan: «El candidato 1 tergiversó la realidad en tal afirmación; el candidato 2 no tiene pruebas factuales que apoyen lo que dijo en respuesta al candidato 3; las cifras económicas que ofreció el candidato 3 son cuestionables». Nos informan… y después no pasa nada. Y eso es lo grave.
 
Lo preocupante, insistimos, no es que haya políticos que mientan: lo grave es que los ejercicios de desenmascaramiento a través de los cuales se ponen de manifiesto sus mentiras no afecten negativamente sus carreras; lo grave es que ellos mientan, nosotros lo sepamos y, sin embargo, los sigamos votando. Como si no nos importara mucho que unos personajes que están pidiendo nuestro voto, o que ya dirigen nuestros gobiernos, dejen caer, aquí y allá, inexactitudes, mentirijillas y calumnias. Parece, como apuntábamos, que hayamos aceptado que en el juego político la mentira es inevitable.
 
Que los hechos no estropeen una buena historia
Tal vez haya algo de cierto en la idea de que la mentira no se puede evitar, porque la falsedad en la que caen con tanta facilidad nuestros líderes es, en parte, consecuencia del momento que vivimos: en nuestro mundo digitalizado, acelerado e hiperconectado, donde nadie parece tener tiempo para detenerse a examinar la complejidad de las cosas, solo funcionan bien los mensajes simples. Nuestros líderes han entendido que sus discursos deben ser directos, despojados de matices, y por lo tanto se ven empujados a simplificar realidades muy complejas. Es decir, que muchas veces la mentira no empieza como tal: empieza como un intento de reducir problemáticas complicadas a esquemas fáciles de explicar. Para lograrlo, un día se ignora un elemento del problema («hoy no hay tiempo de entrar en eso»); otro día se magnifica el aspecto del asunto que nos conviene resaltar («todo lo demás es secundario»); otro día se sacan de contexto las declaraciones de un rival; y muy pronto, después de dar varios pasos en este sentido (simplificar, simplificar, simplificar…) lo que se está comunicando ya es una falsedad pura y dura.
 
Daría la impresión, en definitiva, de que nuestros líderes han decidido seguir al pie de la letra aquella irónica máxima que se atribuye a Mark Twain: «No dejes que los hechos estropeen una buena historia». Los hechos son un fastidio para quien busca el aplauso de una sociedad que nunca tiene tiempo para examinar a fondo ninguna cuestión. Eso es lo que han comprendido los líderes de hoy, y se diría que más de uno ha convertido el “consejo” del autor de Tom Sawyer en su divisa más sagrada. Con un tweet es más fácil explicar una buena historia en blanco y negro que describir los tonos grises y las ambigüedades que la vida nos presenta. Eso sí, para lograr que nuestra historia sea buena, a menudo tendremos que obviar hechos incómodos y contradictorios. Muchos políticos, instalados en esta lógica, dejan de ser cuidadosos analistas de la realidad para convertirse en excelentes fabuladores: lo que importa ya no es examinar con rigor la totalidad de los datos disponibles, sus paradojas y sus ambivalencias; lo que interesa es elaborar una narrativa coherente y atractiva que todo el mundo pueda entender, aunque para lograrlo haya que descartar algunos hechos (los que echarían a perder la nitidez del relato).
 
 Mark Twain describió irónicamente los mecanismos de lo que hoy llamamos “posverdad”.
 
Vivimos inmersos en un gigantesco mercado global de información: en este mercado, donde la oferta de mensajes es vastísima, los emisores (aquellos que creen tener algo que decir) compiten entre ellos con uñas y dientes por conseguir la atención de un número significativo de receptores; se desata la lucha para lograr que mi mensaje sea escuchado por más personas que el tuyo, el combate para asegurar que mi opinión no desaparezca en pocos segundos arrollada por la catarata constante de opiniones de otra gente. En esta lucha sin cuartel por conseguir ni que sean unos pocos instantes de relevancia, los mensajes simples (las «buenas historias» que, para serlo, deben ignorar los hechos que las estropearían) tienen muchas más posibilidades de sobrevivir que los mensajes complejos, matizados, necesariamente extensos y farragosos, que exponen la ambigüedad de los asuntos tratados. Dicho crudamente: si quieres que te escuchen, miente.
 
¿Por qué permitimos que nos mientan?
Lo dicho hasta aquí tal vez explique por qué el compromiso de tantas figuras públicas con la verdad es, en el mejor de los casos, tenue. Nuestros líderes buscan la relevancia, les aterra quedar fuera de los focos, y piensan que si simplifican su discurso (y tarde o temprano eso los lleva a mentir) podrán mantenerse en la cresta de la ola y seguirán siendo relevantes. Pero ¿por qué les funciona la táctica? En otras palabras, la pregunta que queda pendiente es la que nos hacíamos al iniciar esta reflexión: ¿Por qué seguimos votando, escuchando y aplaudiendo a gente que falsea la verdad? ¿Por qué no reprobamos al mentiroso? ¿Por qué permitimos que nos mientan?
 
Aunque es probable que no exista una respuesta universal a esta cuestión, sí nos parece interesante apuntar en la siguiente dirección: quizá a menudo toleramos que nos mientan (y a veces hasta lo exigimos) porque deseamos una casa; anhelamos con todo el corazón tener una casa ideológica, una comunidad de pensamiento y sensibilidades que podamos llamar “hogar”, en la cual nos sintamos cómodos y seguros. Queremos mapas bien definidos del territorio moral en el que nos movemos, y queremos estar muy seguros de quién está de nuestra parte. Necesitamos saber con quién sentirnos en familia. Este anhelo tiene un miedo correlativo: el terror a la intemperie, a vivir sin hogar, a no pertenecer a ningún bando, a ser lo que podríamos llamar unos “sintecho ideológicos”. Es este miedo, combinado con aquel anhelo, el que nos lleva a tolerar las tergiversaciones de nuestros líderes: porque en realidad lo que esperamos de ellos no es un discurso verídico y factualmente irreprochable sino un discurso que confirme nuestras posturas, que certifique que estamos en el bando correcto, que ratifique nuestras sensibilidades, que corrobore lo que ya sabíamos. No queremos cuestionar a los líderes, cuando dicen medias verdades o cuando mienten sin rubor, porque cuestionarlos nos empujaría a la periferia del grupo y, de allí, quizá, a la indigencia, a la intemperie, a convertirnos en aquellos sintecho ideológicos que nos aterra llegar a ser.
 
En definitiva, a nuestros líderes les toleramos las falsedades precisamente porque son los nuestros, los que nos ofrecen aquella casa ideológica que anhelamos, los que nos dicen que tenemos la razón.
 
¿Es posible corregir esta lógica y recuperar la centralidad de la verdad, para que ella nos ayude a entender mejor el mundo y a buscar soluciones duraderas a nuestros conflictos y retos? Creemos que sí: para lograrlo, lo principal es perder el miedo a la intemperie, y comprender, por decirlo de alguna manera, que las estrellas se ven mejor desde un descampado que desde el centro de la ciudad. Liberados del miedo a quedarnos sin casa ideológica podremos atrevernos a ser un poco más críticos con nuestros líderes; a reconocer lo que haya de razonable en la postura de nuestros rivales; podremos arriesgarnos a examinar las paradojas, complejidades y contradicciones de cada situación. Y podremos dejar de sacrificar los hechos en aras de lograr una buena historia. Mejor aún: por fin entenderemos que la mejor historia es aquella que no excluye ningún hecho. Mark Twain, en el fondo, lo sabía muy bien.


 

19/06/2018 - EL ARTE DE PERDER

Los ejemplos de Abraham y de Jesús
 


Nadie duda hoy en día de que la vida entera implica un proceso de aprendizaje continuado, más allá de la educación que recibimos en la infancia y en la juventud. En cualquier arte u oficio estamos necesitados, cuanto menos, de actualizar nuestros conocimientos, y la formación permanente ya forma parte del lenguaje habitual de las empresas y de la sociedad.
 
No es distinto, por supuesto, en la vida espiritual, o en lo que podríamos llamar el arte de vivir. Una vez hemos asentado a través de nuestras opciones y elecciones una vocación personal o familiar y un proyecto de vida, no nos podemos cruzar de brazos para, simplemente, ver el resto de la vida pasar, como si se tratara de un fruto que acabará desarrollándose y madurando por sí mismo.
 
A medida que vamos construyendo nuestro itinerario vital, que es el resultado tanto de nuestra voluntad como de las circunstancias en las que nos movemos, y que vamos alcanzando las metas propuestas, vamos también descubriendo que muchas veces nos falta la capacidad de afrontar su reto más importante: saber deconstruir aquello que habíamos alcanzado previamente, a renunciar a nuestros logros; en definitiva, a ejercitarnos en el arte de perder.
 
Una vez que ya sabemos cómo avanzar, construir, y luchar para lograr nuestros objetivos, llega el momento de practicar este arte de vida tan necesario. Para ello, la biblia nos presenta como modelos a dos grandes personajes que llegaron a dominarlo de forma destacada: Abraham y Jesús. El antiguo testamento muestra el ejemplo de Abraham, quien estuvo dispuesto a renunciar a su único hijo Isaac, ofreciéndoselo a Dios, cerrando así cualquier posibilidad humana de perpetuarse en el linaje que tanto había anhelado. En el último momento, Dios interviene y premia su entrega incondicional con la descendencia soñada.
 
En el nuevo testamento, también Jesús se mostró dispuesto a perder todo aquello por lo que había luchado durante su vida. Mas allá de las circunstancias históricas en las que fue rechazado su proyecto religioso, Jesús supo renunciar tanto a sus amigos y discípulos, como también a su liderazgo, a su reputación, a su futuro, y hasta a su vida… y lo hizo desde una profunda confianza en los caminos de Dios, sin querer ser el protagonista de su propia historia. A pesar de que Jesús también tuvo sus momentos de éxito, como cuando las multitudes lo aclamaban, llenas de entusiasmo, o en las amistades que fue tejiendo entre sus seguidores, al final de su vida fue capaz de optar por el fracaso humano, simbolizado para siempre en la Cruz. Y, de nuevo, Dios le correspondió con una nueva vida.
 
No todas las renuncias son tan trascendentes como las de Abraham o de Jesús, ni tienen el mismo final – es importante señalar que Abraham no llega a perder a su hijo, aunque sí está dispuesto a ello. Pero la clave de la espiritualidad cristiana está en llegar a entender que cada renuncia, cada pérdida, engendra una nueva vida, una pequeña resurrección, a veces tangible, otras veces diferida. Ese es el verdadero arte de perder: estar preparados para renunciar y no exigir nada, para llegar así a saborear la vida como un don gratuito, una resurrección continuada, un regalo de Gracia.
 
En palabras del maestro en el arte de perder: “Quien intente preservar su vida, la perderá, pero quien la pierda, la conservará” (Lucas 17, 33).


 


05/06/2018 - TOMÁS: LA AMBIVALENCIA DEL “MELLIZO” (II)

Nos referimos en un anterior escrito a la valentía de Tomás en el evangelio de Juan (“Tomás: La valiente necesidad de la experiencia”), así como a su modernidad en tanto que se muestra necesitado de tener “experiencia” del Resucitado (de hecho, hay quien le ha considerado por ello “patrono de la Ilustración”[1]). Intentaremos ahora centrarnos en el significado de su nombre. ¿Por qué el autor de este evangelio insiste cada vez que aparece nuestro personaje en aclarar que “Tomás” significa “mellizo” (en griego, “dídimo”)?. ¡Lo hace hasta en cuatro ocasiones!
 
Una primera aproximación nos llevaría a considerar la ambivalencia del personaje –en el mundo romano, el dios Janus Geminus (“gemelo”) era representado con dos caras. Tomás se mueve en dicha ambivalencia, con un polo positivo y otro negativo, en todos los pasajes en que aparece:
 
- Jn 11,7-16: En el contexto de la muerte de Lázaro, cuando Jesús propone subir a Judea, por un lado a Tomás le puede la fuerza del compañerismo, y no duda en proponer subir a Jerusalén -como un “doble” del propio Señor- para acompañarle hasta la muerte: “vamos también nosotros a morir con Él” (v. 16). Pero por otro lado no ve que haya nada más allá: la muerte es el final. 

-Jn 14,1-6: En el contexto de la última cena, cuando Jesús dice a sus discípulos que ya saben el camino a donde va, Tomás manifiesta no saber dónde se dirige (v. 5): “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (de hecho está siguiendo lo afirmado por Pedro - de quien ahora parece ser un “doble”- poco antes, en 13,36: “Señor ¿adónde vas?”). Tomás sigue con su falta de fe en la resurrección. Pero, aunque es cierto que no entiende qué quiere decir Jesús -en eso no se diferencia de los demás-, a diferencia de ellos, se atreve a preguntar, y con esa pregunta posibilita una de las intervenciones de Jesús en términos –divinos- de “yo soy”: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (v. 6). 

-Jn 20,24-29: En el contexto de la aparición del Resucitado a sus discípulos, Tomás, en su pasaje más conocido, sigue con su falta de fe en la resurrección -no falta de fe en el Señor, precisemos; en todo caso falta de fe en el testimonio de sus compañeros-, pero de manera inmediata, sin titubear, manifiesta la divinidad de Jesús: es el único personaje que lo afirma en todo el evangelio de Juan, al decir “Señor mío y Dios mío” (v. 28). 

-Jn 21, 2-14: En el último capítulo del evangelio, y última aparición del Resucitado –capítulo que sin duda no figuraba en una primera redacción del mismo-, Tomás se encuentra entre el grupo de los siete discípulos que tras la resurrección de Jesús ponen de manifiesto no haber acabado de comprender el mensaje: se vuelven atrás a su antiguo oficio de pescar (una vez más sigue a Pedro en su cerrazón, como hemos dicho al referirnos a Jn 14,5). Pero por otra parte, en positivo, ese grupito es el que manifiesta iniciativa, y además con una incipiente visión universal del mensaje del Señor, reflejada en el número siete, símbolo de universalidad (aunque de Tomás se nos recuerda que es también “uno de los Doce”, algo que en Juan sólo se afirma asimismo de Judas, en Jn 6,71, con una connotación más que probablemente negativa en ambos casos). Recordemos finalmente, también en positivo, que uno de esos siete es el “discípulo amado” de Jesús, ese personaje tan sugestivo y enigmático a un tiempo. 
 
Como vemos, Tomás es el personaje que se mueve siempre en la ambivalencia, con valores positivos –valentía, adhesión a la persona de Jesús, capacidad de decir lo que piensa y tomar iniciativas- a la vez que se muestra su falta de comprensión, específicamente su falta de creencia en la resurrección: cree en el Jesús terreno, en el hombre; hasta que no le vea Resucitado no creerá (de hecho, al final, a pesar de haber manifestado que le hacía falta tocar para creer, le bastará con verle).
 
Una vez más, qué cercano se nos hace este discípulo: ¿No estamos nosotros siempre, los que queremos seguir a Jesús, en esa tensión entre nuestra adhesión a Él, y nuestra falta de comprensión en la práctica –debido a nuestros miedos, inseguridades, y tantas otras cosas- de todo aquello que ser amigo de Jesús implica? ¿No nos aferramos a lo material como si no hubiera otra vida –al mejor estilo de Tomás?
 
Incluso para toda persona, creyente o no, ¿no nos sentiríamos identificados con este Tomás, vital, animoso, que a veces habla sin haberlo pensado demasiado, pero que duda, en su individualidad diferenciada de los demás? En el mundo de hoy si algo se valora es la manifestación de la propia personalidad, característica que unida a la amistad configuran dos valores con los que se identificarían la mayoría de nuestros contemporáneos en el mundo occidental. La existencia de un personaje como Tomás en el evangelio, nos anima en los momentos en que la tensión interior propia de la ambivalencia que llevamos siempre con nosotros -en mayor o menor medida-, tiende a hacerse insoportable.
 
Esperamos haber señalado nuevos matices de este rico personaje evangélico (ya decíamos en nuestra anterior entrega que no se trata para nada de un personaje “plano”). Pero, ¿podemos entresacar algo más de su ser “mellizo”? A ello pensamos dedicar una tercera y última entrega.

 
 
[1] Cf. Jaroslav Pelikan, Jesús a través de los siglos. Su lugar en la historia de la cultura. Herder, Barcelona, 1989, p. 248.

 

20/05/2018 - PENTECOSTÉS: EL ESPÍRITU, QUE NO SABE DE JERARQUÍAS, SE DERRAMA SOBRE LA COMUNIDAD

En el relato de Pentecostés que nos ofrece Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2, 1-11) llama la atención la absoluta liberalidad con que el Espíritu Santo se desparrama sobre los discípulos. Sobre todos los discípulos. El Espíritu es, en efecto, abundante y espléndido. El texto afirma que las lenguas de fuego «se repartían posándose encima de cada uno» (es decir, sin evitar ni esquivar a nadie), y acto seguido insiste: «Todos se llenaron del Espíritu Santo».
 
El Espíritu no es tacaño, no es selectivo, no es elitista. El Espíritu desconoce las jerarquías, enseñándonos, de paso, que estas siempre son una construcción humana.
 
Imaginemos, por un momento, un texto alternativo:
 
«El día de Pentecostés estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que empezaron a revolotear por encima de los discípulos buscando a los más capaces, a los que llevaban la batuta del grupo, a los más listos, a los mejores, y se posaron sobre ellos. Los tres o cuatro agraciados se llenaron del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, mientras los demás les felicitaban, un poco contrariados y secretamente envidiosos, porque a ellos no les había tocado lengua de fuego».
 
Este texto ficticio, que Lucas no escribió, nos hablaría de un Espíritu que reconfirmaría las jerarquías humanas, que solo se donaría, con mucha cautela, a unos pocos; tal vez a los que habrían dado muestras de que sabrían aprovechar el don recibido.
 
Pero no, no es este el texto que nos dejó Lucas. En el suyo, el auténtico, las lenguas se posan sobre todos y cada uno de los presentes y el Espíritu los inspira a todos sin excepción. Podemos suponer que habría en aquella sala discípulos valientes y discípulos temerosos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, discípulos avispados y otros menos brillantes, habladores y taciturnos, audaces y dubitativos, vigorosos y cansados… como en cualquier grupo humano. Y a todos se acercó el Espíritu, y todos se llenaron de él.
 
Nuestras categorías humanas (aquellas con las que nos miramos unos a otros, valorando los aciertos de algunos y subrayando los errores de los demás, aplaudiendo éxitos y señalando fracasos, buscando aptitudes y marginando a quienes sospechamos plagados de defectos) nunca deberían opacar el hecho de que, en Pentecostés, el Espíritu no se dejó engañar por ningún elitismo de este tipo, ni por jerarquización alguna, y se dio, con confianza y libertad, a todos los que estaban reunidos.
 
Es asombroso, en verdad, que una Iglesia que nació de esta manera terminase tan preocupada, en su historia posterior, por consolidar un modelo fuertemente jerárquico, imitando así a la inmensa mayoría de las instituciones humanas. Es este un hecho que habla más de nuestras resistencias al soplo del Espíritu que de nuestra dócil adhesión a su impulso. Parecería que, a veces, la Iglesia se ha esforzado más por reflejar algo parecido al texto ficticio que hemos imaginado que por vivir la realidad del texto auténtico.
 
La comunidad querida por el Espíritu, en definitiva, no es aquella en la que unos pocos se otorgan el derecho de hablar en nombre de Dios, y en la que a los demás les toca callar, escuchar y asentir. La Iglesia que nace en Pentecostés es la que celebra que el Espíritu de Dios se ha posado encima de cada uno de sus miembros, sin discriminar a nadie, inspirándolos a todos. Es la comunidad en la que «todos empezaron a hablar, cada uno en la lengua que el Espíritu les sugería». Es la Iglesia que celebra con alegría la audaz generosidad de Dios.


 

08/05/2018 - TOMÁS: LA VALIENTE NECESIDAD DE LA EXPERIENCIA (I)
Cada año, al llegar el tiempo pascual nos encontramos en los pasajes bíblicos que se nos presentan con personajes que prácticamente pasan desapercibidos durante el resto del año litúrgico. Uno de ellos es Tomás.
 
Poco sabemos de este discípulo que en los Sinópticos únicamente aparece mencionado en las listas de los Doce, sin información adicional alguna. Es Juan quien nos proporciona datos valiosos: aparece en cuatro escenas -Jn 11,7-16; 14,1-31; 20,24-29; 21,1-14-, y en todas ellas se nos recuerda que se le llamaba “Dídimo” (Mellizo)[1]. Aparece pues como un discípulo sin nombre propio aparente: el vocablo “tomás” –que no parece ser un nombre de persona al uso ni en griego ni hebreo ni latín- sonaría en la lengua helena como “mellizo” en arameo. Sin duda debe encerrar algún significado, al que pensamos dedicar un próximo comentario; contentémonos hoy con empezar por aquello que ha pasado a nuestra memoria colectiva: este apóstol es considerado alguien sin fe, que duda (doubting Thomas, le llaman en inglés). ¿Es eso todo lo que podemos saber de él?
 
Veamos qué podemos sacar en claro acudiendo hoy únicamente al pasaje del II Domingo de Pascua (Jn 20,19-31). En primer lugar, Tomás no es tan distinto de los demás apóstoles que se hallaban reunidos, que sólo se han alegrado al “ver” las manos y el costado de Jesús (v. 20). ¿Qué es lo que objetivamente le diferencia? Dos cosas: que Tomás no está reunido con los demás, y que quiere tocar el cuerpo del Resucitado.
 
Del primer aspecto podemos inducir que se trataba de un personaje valiente y abierto: recordemos que en Jn 11,16 es Tomás quien ha movilizado al grupo para subir a Jerusalén “a morir con” Jesús (si bien, con la cortedad de miras de ver en ese sacrificio el final de todo). Y en el momento que nos ocupa, los otros diez están encerrados por miedo a los judíos. Están “encerrados” en sus miedos, y paralizados para la acción –no ofrecen precisamente un ideal a imitar. En cambio, el valeroso Tomás se halla fuera. Es más, en la segunda ocasión, cuando ya está reunido con los demás (v. 26), éstos siguen con la puerta cerrada, pero el evangelista omite que ello fuera “por miedo a los judíos”. Con Tomás el miedo desaparece del grupo.
 
Su falta de miedo se materializa asimismo en tratarse de un personaje que no se corta a la hora de expresar sus opiniones, aunque sean contrarias al sentir del grupo, ¡o del propio Jesús! Tomás tiene opiniones propias (equivocadas e imprudentes o no).
 
El profesor norteamericano Dennis Sylva –de quien hemos tomado alguna de las consideraciones previas-[2] nos lo presenta como un hombre-frontera u hombre-umbral, es decir, alguien que no se sitúa fuera de la comunidad, pero tampoco en su centro; vive justo en el margen (umbral, linde). Eso es lo que precisamente lo convierte en alguien más abierto con el exterior, que contribuye a que el grupo no caiga en tentaciones sectarias (recordemos la gran tentación del gnosticismo[3] en las primeras generaciones cristianas), para lo cual es necesario poner en práctica, sin duda, una crítica saludable, incluso del punto de vista del líder.
 
Es más, como última nota, el camino para reconocer la Resurrección pasa por tocar a Jesús (el segundo rasgo “tomasino” que hemos señalado hoy): Tomás necesita tener la experiencia del Resucitado, no le basta con el testimonio de los demás (Jesús, por cierto, no le desautoriza por ello, sólo señala otro posible camino mejor; v. 29). En esto Tomás se manifiesta como un personaje muy moderno: en el momento histórico que nos ha tocado vivir, ¿quién de nosotros no quiere pruebas científicas de todo? Tomás representa una determinada tendencia dentro de los discípulos, que, nos atrevemos a decir, nos representa a todos nosotros hoy, y nos da esperanza –especialmente a los necesitados de “pruebas”-, nos indica el camino para conocer a Jesús: la experiencia del Resucitado pasa por la experiencia de su humanidad, y de su humanidad sufriente, hace falta tocar las llagas (de importante significado también en los inicios del cristianismo ante el peligro del docetismo[4]). Se revela en ese momento la gran importancia que el evangelista concede a este discípulo: hecha la experiencia, Tomás es el único que proclama a Jesús “mi Señor y mi Dios” (v. 28).
 
Tomás nos muestra el camino para llegar a tener la experiencia del Resucitado: expresando con valentía las propias convicciones, desde una crítica saludable, al tiempo que necesitando el contacto físico con la humanidad sufriente. Ambas cosas -personalidad crítica y valiente, y contacto profundo con el sufrimiento de la humanidad, la injusticia del mundo- van de la mano, y son una buena receta de madurez cristiana… y humana.
 
Tomás no es, pues, un personaje “plano” (flat) en el evangelio de Juan, sino que tiene mucho relieve. Espero que estas breves pinceladas enciendan en el lector las ganas de hurgar más en este -a veces minusvalorado o poco comprendido- discípulo de Jesús. En próximas ocasiones esperamos poder analizar otras dimensiones del personaje, que sin duda las tiene.


 
[1] Las cuatro veces únicamente en el Códice Beza; en los demás manuscritos, en tres.
[2] SYLVA, Dennis, Thomas – Love as strong as death. Faith and commitment in the Fourth Gospel. Bloomsbury T&T Clark, Library of New Testament Studies 434, London/New York, 2013.
[3] Los gnósticos, en breve, y para lo que nos interesa aquí, debido a creerse poseedores de revelaciones especiales, acababan encerrándose en grupos que se creían superiores (tentación sectaria que no empieza con el cristianismo: siempre ha existido).
[4] Fundamentalmente, se trata de poner énfasis en la divinidad de Jesús, que, en realidad, sólo habría sufrido en la cruz “en apariencia” (podemos imaginar la deriva espiritualista que ello genera).


 

17/04/2018 - EL RENCOR, UN VENENO SOCIAL

El pozo de José
 

 
El libro del Génesis, ese antiquísimo tratado sobre la condición humana, se puede leer como una obra dramática que describe con fino detalle las dinámicas de las personas y de la sociedad. En sus protagonistas y en sus historias vemos que estas dinámicas no han cambiado mucho en los últimos milenios, más allá del contexto cultural e histórico en el que nos encontramos hoy.
 
Una de ellas es la vida apasionante de José, el penúltimo de los doce hijos de Jacob. Como favorito de su padre no tardó en atraer sentimientos de envidia sobre su persona, de tal forma que todos sus hermanos se pusieron de acuerdo en eliminarlo, como había hecho Caín anteriormente con su hermano Abel. ¡Parece que recurrir a la violencia como forma de solucionar los conflictos de la convivencia ha seducido a la humanidad desde antiguo! En este caso, aunque primero decidieron matar a José, finalmente “le quitaron su túnica, lo agarraron y lo echaron en un pozo. Era un pozo seco en el que no había agua. Después se sentaron a comer.” (capítulo 37)
 
Pensemos, por un momento, en ese José, desnudo y maltratado, sentado en el fondo de un pozo, despojado de toda esperanza. Sin duda, le acompañarían en el pozo infinidad de sentimientos: dolor, rabia, impotencia, tristeza, frustración…todos los ingredientes necesarios para generar en su interior odio y rencor ante la flagrante injusticia sufrida por parte de sus hermanos.
 
Seguidamente resolvieron venderlo como esclavo (a su fechoría se añade el deseo de lucrarse), así que “sacaron a José del pozo, lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata, y éstos se lo llevaron a Egipto”. Conocemos el resto de la historia, que se resuelve con el reencuentro feliz de José y sus hermanos en Egipto, a los que acabará socorriendo en sus necesidades.
 
El pozo de José es el pozo del agravio y de la injusticia, el pozo al que somos arrojados cada vez que nos convertimos en víctimas del mal, y nos sentimos solos y abrumados. ¡Cuántas personas se encuentran hoy en ese pozo! ¡Cuántas personas han sido sacadas de él, solamente para prolongar su dolor en el rechazo de los suyos!
 
Sin embargo, José sorprende por su capacidad de dejar, en el fondo de ese pozo, cualquier sed de venganza, o de querer procurar la justicia. Su dolor no se acompaña de odio ni de rencor, como demuestra el desenlace de la historia. José viajó a Egipto cargado de dolor, pero libre del veneno del rencor.
 
El pozo de José, las experiencias del dolor, de la injusticia, o del rechazo, paradójicamente, también pueden llegar a ser lugares en los que uno aprende a liberarse del odio (y del rencor que nace de él), y a valorar la vida por las oportunidades, limitadas pero reales, que sigue ofreciendo.
 
Nelson Mandela dijo, al salir de la cárcel tras veintisiete años de reclusión: “Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo un prisionero”.
 
El hombre libre, y, por lo tanto, capaz de llegar a ser verdaderamente feliz, es también aquel que aprende a renunciar a ciertos actos de compensación y de justicia, que por otro lado lo alejarían para siempre de sus hermanos. Escribió Unamuno en La agonía del cristianismo, hace ya muchos años: “¿Qué es justicia? En moral, algo; en religión, nada.” Practicar la religión – religar – es aprender a valorar aquello que nos une, no lo que nos separa, aprendizaje que, trágicamente, muchas veces solamente realizamos en el fondo del pozo de José.



 

01/04/2018 - LA RESURRECCIÓN COMO HECHO SOCIAL
En todo hay una grieta, así es como entra la luz.
Leonard Cohen (Anthem)

 
Desde siempre nuestra fe como creyentes y cristianos, especialmente dentro de la tradición católica, se define y entiende como un acontecimiento colectivo. La Iglesia, la comunidad, los sacramentos son indicadores de la importancia del carácter colectivo de nuestra fe. En realidad, por muy ermitaño que sea uno, los “Robinson Crusoe de la fe” no existen.     
 
Pero sucede que normalmente por estas fechas, cuando hablamos de la resurrección, solemos despojar a la fe de su contenido social y tendemos a replegarnos a una dimensión más íntima; la resurrección parece circunscribirse a una dimensión personal, un acontecimiento individual inaugurado por Jesus. Más allá de consideraciones teológicas lo que sigue es una reflexión sobre el significado de la resurrección desde la óptica histórica y colectiva. El objetivo es sumamente humilde: ver cómo a nivel sociológico hay una asociación entre muerte y resurrección y qué significado social puede tener esta última.
 
La pasión de Jesús no solo fue la tortura de un hombre, no solo fue el dolor físico y psicológico indescriptible de la muerte en la cruz; el tormento de la cruz también fue un acontecimiento colectivo dramático. El velo del templo partido en dos apunta a que el evento de la cruz fue una premonición también de la destrucción del templo. El Jesús crucificado no fue una mera experiencia personal, fue una tragedia con un profundo alcance social. Y es precisamente a partir de esta debacle colectiva para los discípulos que la naciente, atemorizada y débil comunidad cristiana empieza a vivir la experiencia de la resurrección, a tomar conciencia, valor, fuerza, convicción; es ahí donde la cruz se convierte también en un acto de vida un movimiento reivindicativo. La pasión como fenómeno social es en cierta manera necesaria también para la resurrección de un pueblo o de una comunidad.
 
De la misma manera que en Jesús se dio este paso de la muerte a la vida, analógicamente podemos observar como a menudo actos reprobables e injustificables de dolor y de muerte, de injusticia social, llevan de una manera y otra a dar vida.
 
No tenemos que ir muy lejos para ver algún ejemplo: El día 14 de febrero de este año hubo una matanza (una más) en una escuela en EE. UU., que se sumó a la desgarradora estadística de muertes por armas de fuego en el país. Tamaña tragedia desencadenó un movimiento popular estudiantil para exigir cambios en la regulación de la adquisición y posesión de armas.   
 
También recientemente el papa Francisco anunció la posible canonización del obispo Óscar Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la Eucaristía. Su muerte significó la expansión del movimiento de liberación contra las tiranías políticas y militares especialmente en Suramérica, pero también en otros lugares pobres del mundo.
 
Si hacemos un salto para atrás en el tiempo, en 1955 era asesinado en el estado de Mississippi, de forma cruel y macabra, el joven Emmeret Till, de 14 años. A partir de este crimen motivado por el racismo, el colectivo afroamericano se empezó a movilizar en lucha por sus derechos civiles en EE. UU.
 
Solo cinco años después, en la República Dominicana las hermanas Mirabal, tres mujeres especialmente críticas con el gobierno de Trujillo, eran asesinadas por orden del dictador: era el 25 de noviembre de 1960. En honor a ellas se escogió esa fecha para celebra el día internacional de la no violencia contra la mujer y se empezó a fraguar a nivel social una toma de conciencia sobre el maltrato machista que hoy, décadas más tarde, es una reivindicación básica de las mujeres.
 
Podríamos añadir más nombres de personas que han propiciado una resurrección colectiva a través de su propia pasión y sacrificio, como Mahatma Gandhi, o como Harvey Milk (asesinado en 1978 por su activismo político a favor de los derechos de los homosexuales en San Francisco). Y estos son solo algunos de los casos conocidos. Hay muchas pasiones anónimas, solo experimentadas a nivel local, a nivel grupal, o incluso familiar, pero que en todo caso llevan a la movilización de ese grupo en particular.
 
La pasión, al nivel que sea, hace tomar conciencia a una población o una comunidad. Es una sacudida que despierta (resucita) conciencias dormidas y que amenaza a la apatía, que nos saca de nuestra zona de confort, y nos impulsa a la acción ya sea política o social. No es necesariamente una revolución. El ser colectivo se mueve despacio, casi por generaciones, pero la mecha, el acicate, el estímulo inicial es casi siempre traumático (una pasión).
 
Todas las pasiones, como la del propio Jesús, revelan de forma dramática las grietas de una estructura social que a menudo es fuerte con los débiles pero acomodada con los fuertes. A través de estas pasiones nace la posibilidad de despertar a una nueva resurrección, un movimiento de luz, de esperanza y de cambio. La resurrección de Jesús es una invitación permanente a todos, a transformar, la injusticia social y la intolerancia en esperanza vida e integración social.




 

29/03/2018 - CON GETSEMANÍ EN EL CORAZÓN

Dentro de la Semana Santa, esta noche empieza el Triduo Pascual, que se abre con la celebración del Jueves Santo, la conmemoración de la Santa Cena del Señor. Hay muchas formas de acercase a la Semana Santa y al Triduo. Una de ellas es considerar los distintos escenarios en los que sucede la Pasión de Cristo, texto que durante estos días leemos en dos ocasiones: en el Domingo de Ramos la versión de los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) siguiendo los ciclos anuales del leccionario (este año corresponde Marcos) y la versión de Juan, que cada año proclamamos durante el Viernes Santo.   
 
Los escenarios de la Pasión nos llevan desde la entrada a Jerusalén, hasta la tumba de Jesús, pasando antes por la casa de Simón el leproso, el Cenáculo, la finca de Getsemaní, la residencia del Sumo Sacerdote, el palacio de Pilato, y el Gólgota. Aunque todos estos lugares son importantes, Getsemaní sigue siendo el lugar que más me conmueve, el lugar que, para mí, más sentido le da a la experiencia de la Pasión.
 
Siguiendo la versión de Marcos, tras la cena pascual, Jesús y sus discípulos se dirigen a Getsemaní. Ya en el camino, Jesús le dice a sus discípulos que lo van a abandonar, anuncia una vez más su Resurrección y predice la negación de Pedro. Llegando a la finca de Getsemaní, Jesús muestra su humanidad. Getsemaní es donde presenciamos que Jesús, a pesar de ser Hijo de Dios, sufre como hombre. Y nos atrevemos a pensar que Jesús no sufre tanto en anticipación del intenso dolor físico que le espera, sino por el pesar de abandonar a los suyos, a los que amaba. No podemos despojar a Jesús de su humanidad, no le podemos quitar a la Pasión el paso por Getsemaní. La absoluta entrega de Jesús al plan de Dios sólo tiene sentido si vemos cómo Jesús supera, una vez más, la tentación de no ser el Hijo amado de Dios.    
 
Para entender esta última tentación de Cristo, recordamos que después de la celebración del Miércoles de Ceniza, empezamos cada año los domingos de Cuaresma con el texto de las Tentaciones. Este año leemos básicamente a Marcos, evangelio en el cual el texto de las tentaciones apenas ocupa dos versos (Mc 1, 12-13.) Es Lucas el que más claramente indica que “acabadas todas sus tentaciones, el diablo se alejó de él por un tiempo” (Lc 4, 13) velada amenaza de que el diablo volverá a la carga en otro momento más propicio para él. Y ese momento es Getsemaní.
 
En Getsemaní, antes de ser prendido, Jesús manifiesta que se muere de tristeza. En el huerto de Getsemaní, Jesús le pide a sus discípulos que recen, precisamente para no caer en la tentación. En el jardín de Getsemaní, se repite la escena de la Transfiguración (como también sucede en Mateo). Jesús se lleva aparte a los mismos discípulos que se llevó en la Transfiguración—Pedro, Santiago y Juan. Jesús entonces reza en voz alta al Padre cercano, a quien se dirige como “Abba”, suplicando la posibilidad de apartar el trago del sufrimiento, sometiéndose acto seguido a la voluntad del Padre. Y como en la Transfiguración, los discípulos se han dormido, y Jesús le increpa a Pedro—que ha vuelto a ser Simón, ha perdido su identidad—y le ordena que pida no caer en la tentación.
 
¿Qué tentación ha experimentado Jesús? Si vemos el paralelo con la Transfiguración—que siempre leemos en el segundo domingo de Cuaresma, precisamente después de las tentaciones—si nos damos cuenta de que esta escena en Getsemaní es un paralelo con la escena en lo alto del Monte Tabor, sabemos que la tentación es que Jesús—en su profunda libertad—optara por no actuar como el Hijo de Dios que es, y decidiera no someterse al escarnio de la Cruz. En la Transfiguración, la voz de Dios indica a sus discípulos, “Este es mi Hijo, el amado”. Es un anuncio de la identidad de Jesús, que además lo conecta con su bautismo, pues la misma voz proclama el mismo mensaje, en un bautismo que no es de limpieza ritual—pues Jesús no tiene pecado—sino de identidad. Esto es Getsemaní: una nueva, una última tentación de identidad. El Hijo del Hombre supera en un instante la tentación de no querer ser quien es no sometiéndose a la Cruz.
 
El Jueves Santo recoge y recrea esta experiencia en la adoración que sigue a la celebración de la Eucaristía. Desde el final de la Misa hasta, como mínimo la medianoche, nos postramos ante la presencia real del Jesús que se ha debatido unos segundos en humana ansiedad entre el amor a la vida y el amor al Padre y su voluntad. El Jesús que por un instante le suplica al Padre que le despoje de su identidad. Y es la tentación superada lo que llena de significado y profundo amor la decisión firme de dejarse clavar en una cruz. Es Getsemaní que nos acerca al Dios humano como nosotros, tentado pero firme, que sufre, pero que ama como nosotros estamos llamados a amar. Es Getsemaní que nos muestra lo que somos capaces de hacer cuando nos sentimos hijos profundamente amados por el Padre. Es con Getsemaní en el corazón que nos acercamos y entendemos la Cruz, entrega absoluta al amor del Padre y al amor del prójimo. Con Getsemaní en el corazón entenderemos la belleza de la Resurrección que nos espera al otro lado de la Pascua.
 
¡Feliz Semana Santa!

 

20/03/2018 - ELOGIO DEL MATIZ
El matiz no está de moda. De hecho, a mucha gente matizar más bien le resulta molesto. El esfuerzo por valorar y examinar con paciencia la gradación de tonos que existe en la realidad puede ser un fastidio, una pérdida de tiempo y hasta un peligro para los que quieren entender (y explicar) el mundo en términos simples, en blanco y negro. Los simplistas, por supuesto, no nacieron ayer: siempre los ha habido y siempre los habrá: lo que ocurre es que, en la actualidad, el ritmo acelerado de nuestra vida digitalizada fomenta y facilita, acaso más que nunca, el simplismo, amenazando con convertir el matiz en una especie de reliquia del pasado. En un mundo donde cualquier opinión sobre cualquier tema se debe poder resumir en los 140 caracteres de un tweet, el matiz tiene pocas posibilidades de prosperar. No debería extrañarnos que no esté de moda.
 
Reconozcámoslo: simplificar la realidad puede ser muy tentador. El relato del simplista es fácil de entender; sus protagonistas son planos (o muy buenos o muy malos); sus motivaciones burdas; sus respuestas previsibles; sus argumentos superficiales. En consecuencia, en un mundo simplificado es muy sencillo escoger bandos y distinguir entre amigos y adversarios, entre verdad y error, entre el bien y el mal.
 
Matizar, por otro lado, nos exige tiempo (¿y quién dispone de tiempo, en nuestro mundo del ajetreo?); implica escuchar al que no piensa como nosotros para entender el origen y los entresijos de sus razones (¡qué horror!, dirá el simplista); requiere que nos detengamos a examinar la historia de los procesos sobre los que queremos formarnos una opinión (¡qué pereza!, añadirá); y, sobre todo, cuando empezamos a matizar podemos encontrarnos con sorpresas desagradables: descubrir, por ejemplo, que “los nuestros” no siempre han sido perfectos y que “los otros” no siempre se equivocaban… y así, por culpa del matiz, el relato en blanco y negro puede quedar muy tocado, y eso nos asusta. El matiz, y esa es su esencia, nos revela una realidad llena de ambigüedades y ambivalencias.
 
La cuestión, por supuesto, es que un mundo simplificado, por muy agradable que sea, siempre será una mera caricatura del mundo real. La visión de quien nunca matiza puede ofrecer una semblanza de comodidad, pero es una visión miope; y a la postre, ignorar los matices de las cosas siempre será un intento, inevitablemente traicionero, de reducir fenómenos complejos a nuestra conveniencia. Nos guste o no, la vida es compleja, y el matiz, por lo tanto, imprescindible.
 
Sin él, tenemos muchas posibilidades de caer en la ignorancia: el matiz nos vacuna contra el fanatismo. Además, una sociedad que deja de matizar y se enferma de superficialidad pronto descubrirá que carece de las herramientas necesarias para enfrentar sus retos, porque ningún problema serio se resolverá jamás a base de negar su complejidad.
 
Matizar, por lo tanto, no es una opción: es una obligación. Y lo es, en especial, para quienes ocupan cargos de responsabilidad en la dirección de la sociedad. Tener una clase política simplista es de lo peor que le puede pasar a un país, y el triste espectáculo de presidentes que juegan a gobernar a golpe de tweet es un escarnio para sus ciudadanos. Hoy, por desgracia, la lista de países guiados por clases políticas que desprecian el matiz parece aumentar, en vez de disminuir.
 
En este contexto, nos parece de vital importancia reivindicar el matiz. Necesitamos un apasionado elogio del arte de matizar: sí, un elogio encendido de este arte fastidioso, pasado de moda, aburrido, cansino, incómodo… e imprescindible, sin el que volveríamos a la edad de piedra, o a la Inquisición. El deseo de matizar nunca distinguió a nuestros antepasados de las cavernas, ni tampoco a los fanatizados y miopes defensores de la ortodoxia. 



 

13/03/2018 - LA IGLESIA, CASA DE TODOS

En medio de un episodio de violencia racista, una capilla se convierte temporalmente en refugio para una familia haitiana

 
 
Hace tres semanas un nacional haitiano mató a un parcelero de Sabana Yegua (Azua, República Dominicana) para robarle. Un hecho atroz; el culpable fue capturado inmediatamente y se encuentra en manos de la justicia. Se desató entonces una reacción desproporcionada e irracional contra todos los haitianos que viven en el pueblo, sede de la Parroquia La Sagrada Familia. Esa misma noche un grupo de personas (algunas con antecedentes criminales) tomaron las calles del pueblo y apalearon y atacaron con machetes a varios haitianos. Incendiaron tres casas, robaron y saquearon propiedades de haitianos, todo con la excusa de vengar la muerte del parcelero.
 
Desde ese momento, los haitianos del pueblo temieron por sus vidas; muchos regresaron a Haití y otros se escondieron fuera de la población, por los sembradíos. Nosotros, como iglesia, apelamos a las autoridades locales y movilizamos las diferentes organizaciones para frenar la barbarie que se estaba produciendo, haciendo un llamado al cumplimiento de la ley, al civismo y la paz.
 
La intolerancia y xenofobia contras los haitianos está presente desde hace mucho tiempo en República Dominicana, y tiene profundas raíces históricas, económicas y sociales. Se producen cíclicamente altercados y episodios de intolerancia. Cuando esto sucede, nunca falta el periodista que lanza la ridícula acusación de que el país vecino realiza una “invasión pacífica”; mezclando así episodios históricos del pasado con una situación actual de inmigración, totalmente distinta. Por otra parte, los haitianos son una pieza clave de la economía dominicana, en tanto que mano de obra para la agricultura, y a nadie le cabe duda de que las exportaciones de República Dominicana a Haití son muy importantes para el comercio de la nación.
 
Joselito, un hombre de 45 años que llegó al país para buscar una vida mejor cuando tenía 12, huérfano de padre y madre, me confesó que estaba muy atemorizado y que necesitaba protección. Él y su esposa, Milady, tienen diez hijos. Como familia numerosa tienen dificultades para poder dar a sus hijos todo lo que necesitan, pero nunca han cometido ningún delito, son residentes en el país, sus hijos han nacido aquí y los mayores ya están terminando la secundaria.
 
Decidimos trasladar a Joselito y familia a la nueva capilla de Tábara. Inaugurada el mes de diciembre, esta pequeña iglesia tuvo el honor de acoger al extranjero y al necesitado de refugio. La familia se instaló allí durante una semana, de una manera simple, sin camas ni mobiliario. Algunos vecinos recelaron, pero se impuso el sentido común: un vecino nos decía que muchísimos dominicanos tienen familia en EE. UU., en España, en Italia, en Suiza, y que a ninguno de los que se fueron a trabajar a otro lugar para ganarse la vida les gustaría que los juzgaran a ellos por el delito de otra persona.
 
Los que desataron la furia quisieron continuar y hablaban de echar a todos los haitianos del pueblo, pero no fueron secundados y las aguas volvieron a su cauce. Sin embargo, no hay que bajar la guardia: los hechos fueron muy graves, es obvio que la justicia tiene que actuar contra todo aquel que cometa delito, sea cual sea su nacionalidad, y hay que seguir promoviendo la convivencia, el respeto y la dignidad de todas las personas.  En todo caso, la Iglesia-comunidad (todos nosotros) y la iglesia-templo (los edificios) deben ser siempre una casa acogedora, la casa de todos: en esta ocasión, nuestra capilla de Tábara lo fue de una forma bien concreta y tangible.


 

02/02/2018 - NO SOLO EL TATUAJE ES PARA SIEMPRE

Reflexión en torno a la Fiesta de la Candelaria


Mis padres, que llevan 59 años casados, iban cada año, el 2 de febrero, a la celebración de La Candelaria al colegio Marista de Badalona, como miembros de la asociación de padres de alumnos. Ese día se conmemoraba la presentación de Jesús en el templo, un día especial porque los esposos renovaban sus promesas matrimoniales.
 
Es una bonita fiesta, que me llevó a escribir esta reflexión. La renovación de las promesas del matrimonio, por supuesto, se puede realizar en cualquier momento del año. Eso sí, el 2 de febrero se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

La presentación de Jesús en el templo por sus padres obedece al mandato de la Ley de Moisés, por el que a los 40 días de nacido un niño tenía que ser presentado en el templo. El 2 de febrero se cumplen los 40 días, contando desde el 25 de diciembre. La Ley de Moisés mandaba que el hijo primogénito de cada hogar le pertenecía a Nuestro Señor, y que los padres tenían que rescatarlo pagando por él una limosna en el templo.
 
La presentación de los esposos en el templo para renovar las promesas matrimoniales −la unión en el Señor−, es muy adecuada para este día. También lo es la celebración y la renovación de las promesas de los que han entregado la vida a Dios. Al igual que el primogénito de cada familia judía, le pertenecen a Nuestro Señor. Esta pertenencia, que es de hecho de todos los creyentes, se traduce también en fidelidad.
 
Pero se nos antoja que la fidelidad, la opción de algo “para siempre” −a excepción del tatuaje−, no está de moda. En un siglo de sobreabundancia de ofertas, ante tan gran abanico de oportunidades y tantas puertas abiertas durante el trayecto de una vida, se hace difícil optar definitivamente por un camino. El P. Isaac Riera, MSC, escribía hace un tiempo sobre “la voluntad debilitada”[1] y apuntaba que “el hombre postmoderno es un hombre atiborrado de estímulos, de sensaciones, de deseos, pero carece de fuerza de voluntad.” Quizás sea esta una de las causas de la poca perseverancia de algunos matrimonios o núcleos familiares, o incluso del descenso en vocaciones a la vida consagrada.
 
Aunque actualmente se hace una lectura negativa de la fidelidad, como si fuera un valor de tiempos pasados, relacionado con la resignación y con una ética de prohibiciones, se trata de un ejercicio libre, hermoso y creativo. La fidelidad es una elección, un compromiso, una opción fundamental, −sea con la pareja, los hijos, los principios, la profesión−, que implica coherencia con uno mismo, pero que encuentra un buen número de obstáculos y requiere perseverancia.
 
Para alcanzar esta perseverancia, Monseñor Grullón, Obispo de San Juan de la Maguana, en la República Dominicana, ponía esta simpática cuestión a los feligreses acerca del matrimonio: “¿Qué es mejor, conquistar o conservar?” A la respuesta de muchos que conservar era mejor, les explicaba que eso era dejar algo congelado, tal como estaba, con el peligro de que fuera deteriorándose. Por el contrario, conquistar era una labor del día a día. Así mismo lo expresa poéticamente el cantautor Víctor Manuel: “Día a día me creces dentro, día a día, porque te quiero, siempre estoy atizando el fuego.”
 
Aprovechemos hoy, día de la Candelaria para recordar nuestra opción fundamental y nuestra fidelidad, una fidelidad creativa y renovada. Una fidelidad en la que seguimos, día a día, atizando el fuego para reavivar la llama. Solo así nuestras elecciones, nuestras opciones fundamentales −y no solo el tatuaje−, pueden ser para siempre.


 
 
[1] https://clubjaimeprimero.wordpress.com/2017/03/13/la-voluntad-debilitada/
 

16/01/2018 - MÉXICO: LA BANALIDAD DE LOS ABUSOS
Pablo Cirujeda, sacerdote de la Comunidad de San Pablo reflexiona en este artículo publicado en El País sobre la lacra de la violencia en México y el reto de no resignarse y contrarrestarla en el trabajo educativo con padres e hijos.

https://elpais.com/elpais/2017/12/01/planeta_futuro/1512129634_844944.html

 


 

06/01/2018 - LA EPIFANÍA Y LA UNIDAD
En los Estados Unidos celebramos la Epifanía este domingo, en otras partes lo festejan el propio 6 de enero, día de Reyes. Es una celebración muy hermosa, no sólo porque en muchas culturas es un día para dar y recibir regalos, sino, además, porque tiene un profundo mensaje teológico. Los Reyes Magos, viniendo desde lejos, de naciones gentiles, buscan y encuentran a Jesús, el Mesías. La relación del encuentro entre personas y su encuentro con Dios está en el centro de nuestra identidad católica.
 
Yo comencé a descubrir la importancia de la Iglesia como lugar de encuentro, en mis años de formación con la Comunidad de San Pablo en la República Dominicana. Y fue a través de involucrarme en el trabajo con las comunidades de inmigrantes haitianos que viven en el territorio de la parroquia de La Sagrada Familia. Muchos de los que leen estas líneas saben que la relación entre los dos países no es nada cordial. Nosotros, con el tiempo, desarrollamos una acción de Pastoral Haitiana, siendo una de las pocas parroquias de la región con un programa de esta naturaleza. Después empezamos a realizar más actividades para unir a los dos grupos (dominicanos y haitianos) en momentos de oración común, en la construcción de una sola comunidad. Y estoy muy orgulloso de que la Comunidad de San Pablo continúe hoy con esta labor.
 
Ahora, en mi primer nombramiento como sacerdote, trabajo en la Parroquia de San Juan Pablo II, en el sur de Milwaukee, en los EE. UU. Allí tenemos una nutrida comunidad de angloparlantes, así como una creciente comunidad de hispanohablantes. La diversidad va más allá del idioma, pues la población hispana proviene de varios países de América Latina; además, nuestra parroquia es una mezcla de lo que antes fueron tres parroquias distintas, en una zona de la ciudad donde la diversidad cultural de cada vecindario era muy marcada. Inspirado, en parte por mis experiencias en la República Dominicana, ahora participo en un grupo que se dedica a construir unidad en la parroquia, en medio de esta amplia diversidad de culturas.
 
La parroquia (¡cualquier parroquia!) debería ser siempre un lugar de encuentro y unidad, entre todos y con Dios. Esto es esencial para lograr ser quien queremos ser, y lo profesamos cada domingo en misa. La unidad es el primer rasgo de la Iglesia de los cuatro que comprende el credo: una, santa, católica y apostólica. Y hay, por supuesto, una relación directa entre “una” y “católica”, que significa “universal”. Es en este sentido que el Concilio Vaticano II enseñó que la iglesia existe en Cristo como “luz de la humanidad”, como una “señal e instrumento” de comunión con Dios y de unidad entre toda la humanidad[1]​.
 
La conexión entre la unidad de personas y la unidad de la humanidad con Dios no es algo nuevo sino que está profundamente enraizada en la teología judeo-cristiana. Por ejemplo, una de las principales tradiciones orales del judaísmo antiguo con respecto a la culminación de la Historia de la Salvación usa la imagen de todas las naciones reunidas en la montaña de Dios y reconociéndolo como Dios. Podemos ver esto, por ejemplo en Isaías[2]. De esta manera, la unidad de las personas toma una importancia escatológica, apuntando hacia el final de los tiempos.
 
Así, no es de sorprender que las primeras comunidades cristianas, enraizadas en esta tradición, vieran a Jesús como el comienzo de la unidad entre todas las naciones, la plenitud de la salvación de Dios. Tenemos un ejemplo de esto en la lectura del domingo pasado, del Evangelio de Lucas en la Fiesta de la Sagrada Familia. El anciano Simeón descubre en el niño Jesús que “sus ojos han visto la salvación de Dios, que Él ha preparado a la vista de toda la gente, una revelación para los gentiles.”[3] Parte del cumplimiento de la promesa de Dios es la conexión mencionada entre la unidad de todas las naciones y el cumplimiento de la salvación.
 
En el Evangelio de hoy, en la Fiesta de la Epifanía, vemos algo parecido. Mateo tiene un “fuerte conocimiento y una conexión singular con las Escrituras, la tradición y las creencias judías.”[4] La mayoría de los teólogos afirman que Mateo escribía para una comunidad Judeo-cristiana, que afrontaba el reto de su creciente diversidad, a medida que más cristianos no hebreos se unían a ellas. Aceptando esta tesis, tiene sentido que Mateo se esfuerce especialmente por mostrar cómo Jesús es el cumplimiento de lo que prometió Dios en “las escrituras”, en la Torá y en los profetas.[5] Esta es la “Epifanía” que celebramos hoy. Viniendo del oriente, los Reyes Magos representan a las naciones gentiles que vienen a Jesús a rendir homenaje al Rey de los Judíos.
 
Esta idea se refleja a lo largo del Evangelio de Mateo, desde el principio, con la visita de los Reyes Magos, hasta el fin, cuando Jesús, resucitado, encomienda a sus discípulos que vayan por todo el mundo a “bautizar a todas las naciones.”[6] Para Mateo, la conexión entre la unidad de las personas y el cumplimiento del plan de Dios no es un discurso teórico, sino que apunta la importancia de la realidad por la que su comunidad estaba pasando. Los Reyes Magos “prefiguran a esos gentiles que son parte de la comunidad.”[7] Mateo, que escribe con fines catequéticos, recuerda a su comunidad, y a nosotros, que luchar por la unidad es de suma importancia, también por su significado escatológico: la unidad de los pueblos está vinculada a la plenitud del Reino de los Cielos.[8]

Puede haber ocasiones en que hayamos dado por sentada la importancia de la unidad en de la diversidad, ya que el concepto mismo se ha convertido en una frase común en nuestras escuelas, universidades, lugares de trabajo y programas de alcance social. Es quizás en parte por esa razón que parece que hoy varias sociedades se están alejando, tristemente de ella. Esto no debería suceder jamás en la Iglesia. No podemos perder de vista este mensaje de profundidad espiritual como principio de la unidad entre las naciones unido a la promesa del Reino de Dios. Crear unidad no es solo algo “bonito” sino que es parte de nuestra identidad como gente de fe, como discípulos de Jesús.
 
Al celebrar los Reyes Magos, renovemos nuestro fervor evangélico para alcanzar la unidad entre todas las personas. Tiempos de compartir con “el otro”, como pueden ser comidas festivas, liturgias bilingües o clases de cocina, no siempre son fáciles. Sin embargo, son esenciales para fortalecer nuestra identidad como Iglesia, llamada a ser una, santa, universal y apostólica.

 
 
 
[1] Lumen Gentium 1
[2] Ver por ejemplo Is 28:6, 43:9, 56:6
[3] Lc 2:30-32.
[4] Gale, Aaron M. 2011. “Introduction to the Gospel According to Matthew” en Jewish Annotated New Testament. Oxford University Press. p. 1.
[5] Ibid
[6] Mt 28,19.
[7] Harrington, Daniel J. 1991. The Gospel of Matthew.  En comentarios Sacra Pagina. Liturgical Press. p.49.
[8] John Nolland argumenta que el Evangelio puede haber sido escrito como un manual de catequesis para el discipulado, y que la autocomprensión del autor se refleja en Mt 13,53, en ser “hecho discípulo para ser un escriba para el reino de los cielos”. Mateo vio que su papel era preparar a la comunidad para el Reino de los Cielos a través de este manual catequético que enfatiza la unidad de la comunidad en conexión con el Reino. Nolland, John. 2005. The Gospel of Matthew en The New International Greek Testament Commentary. Wm. B. Eerdmans Publishing Co. p. 20.


 

24/12/2017 - NAVIDAD, LA COMUNICACIÓN DE DIOS
La Navidad es una fiesta popular donde las haya, pero no cabe duda de que estamos invitados a celebrarla desde su color claramente cristiano, asimilando las dimensiones más teológicas que nos presenta.
 
Una de estas dimensiones sería ver la Navidad como signo de comunicación: comunicación de un Dios que se hizo uno más en medio de  nosotros para  transmitirnos su mensaje de salvación y de amor. En una sociedad como la nuestra, en la que las comunicaciones avanzan cada vez más rápido y en la que pareciera que todos estamos siempre conectados, es bueno reflexionar sobre cómo nos puede ayudar la fiesta de hoy.
 
Dios se comunica con ternura: no hay nada más tierno y frágil que un niño. Dios no se comunica con violencia, ni con grandes pancartas: se comunica a través de la dulzura de un niño que lleva grabado en su  rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre.
 
Dios se comunica con sencillez: “Lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre”. El lugar del nacimiento de Jesús es humilde. En una sociedad frecuentemente ebria de consumo, de abundancia, la fiesta de la Navidad es un llamado a vivir lo que es importante, a descubrir que el mejor regalo que podemos recibir es la compañía de nuestros familiares y amigos.
 
Dios se comunica con esperanza: “No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo”, dicen los ángeles a los pastores. Por muy preocupados que estemos por los problemas de la vida, y por oscuro que veamos el panorama social o eclesial, es bueno que nos dejemos contagiar de la alegría y la esperanza de la celebración de hoy. Vale la pena que los cristianos proclamemos, para nosotros mismos, y para todos los que nos quieran escuchar, un mensaje de alegría, subrayando las bendiciones que nos vienen de Dios a través de esta fiesta del nacimiento de su Hijo.
 
Dejemos que la fiesta de hoy nos interpele y nos ayude a mejorar nuestra comunicación. Que la ternura, la sencillez, y la esperanza nos lleven a comunicar la alegría de la Navidad.


 

03/12/2017 - ADVIENTO: PREPARARNOS CON ALEGRÍA
Un año más, emprendemos de nuevo el camino del Adviento, un camino de esperanza, pero sobre todo de alegría contenida por la fiesta que está por llegar. A diferencia de la Cuaresma, el Adviento no es un tiempo de penitencia, sino de preparación para el primer gran evento que celebra la Iglesia en su calendario anual de celebraciones: la fiesta de la cercanía de Dios, quien se abaja para abrazar la condición humana en la historia, ofrecerle su solidaridad, y elevarla a su misma dignidad.
 
Como haríamos ante cualquier otro gran acontecimiento en nuestras vidas, no podemos sentarnos y simplemente esperar, cruzados de brazos, a ver qué va a ocurrir. El Adviento es un tiempo de preparación activa, que exige nuestro compromiso y requiere de nosotros despejar cualquier obstáculo para que la fiesta pueda celebrarse en las mejores condiciones posibles. Escucharemos estos días a los profetas hablar de la necesidad de “rellenar los valles y abajar las colinas” y así preparar los caminos al Señor.
 
“El que espera, desespera” es la lógica del mundo, de quien se limita a recibir, resignado, lo que la vida le pueda ofrecer, pero sin implicarse en los acontecimientos que suceden a su alrededor. En cambio, la esperanza cristiana se traduce en salir a transformar el mundo para que el advenimiento de Dios nos encuentre preparados y despiertos, anhelantes de un mundo mejor.
 
La Comunidad de San Pablo, aun siendo pequeña, se suma a la labor que realiza la Iglesia en todo el mundo, transformando como la levadura en la masa el entorno social e incluso económico, incidiendo en los campos del desarrollo, la educación, la salud, los derechos humanos y la dignidad de las personas, especialmente de los que sufren pobreza y exclusión, para ir despejando, uno a uno, los obstáculos que nos separan del proyecto de Dios para la humanidad.
 
Con la alegría y la fuerza renovados de quienes sabemos que un futuro mejor está por llegar, nos proponemos seguir trabajando para derribar muros, construir puentes y sanar heridas en un mundo todavía lleno de divisiones, y a invitar a todos nuestros lectores y amigos a sumarse a este proyecto de Adviento, en el que no nos resignarnos a aceptar, sin más, los “valles y las colinas” de la historia que nos rodean.


 

31/10/2017 - LA VOZ IMPRESCINDIBLE
No hay que ser muy perspicaz para ver que vivimos en un mundo que tiende a la polarización. Abundan, en efecto, los ejemplos de sociedades que en los últimos años han visto como sus poblaciones se iban configurando en función de alguna tensión (de orden económico, político, social, o mezcla de todas ellos) hasta quedar polarizadas en dos bandos semejantes en tamaño, y muy distanciados ideológicamente entre sí. Pongamos algunos ejemplos, sin entrar en el análisis detallado de ninguno de ellos: pensemos en los Estados Unidos, país que en las últimas elecciones presidenciales experimentó una agria división entre los partidarios de un candidato y otro: al fin, el candidato republicano recibió el 46.1% de los votos emitidos, y la candidata demócrata el 48.2% (aunque, como es bien sabido, Trump se llevó la presidencia a causa del sistema electoral estadounidense). O pensemos en el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, las pasiones que levantó, y su resultado final: 51% de los votantes eligieron la opción ganadora y 48% la que perdió. O el referéndum acerca del proceso de paz en Colombia, todavía más ajustado: 50.21% de los colombianos votaron por el no y 49.78% por el sí. Estos días, por poner un último ejemplo, la situación en Catalunya ha ocupado las primeras páginas de los medios de comunicación internacional, a causa del movimiento independentista que allá se vive: en las últimas elecciones parlamentarias (2015), los partidos que apoyan la independencia de España obtuvieron el 47.7% de los votos, y las formaciones que no son partidarias de la independencia el 52.3%.
 
Todos estos casos, siendo muy diferentes entre ellos (cada uno con su complejidad particular), ejemplifican algo similar: cómo, ante asuntos de mucha trascendencia, las sociedades que los enfrentan no favorecen con claridad una u otra opción. Ni los defensores y detractores de Trump, ni los del Brexit, ni los de los acuerdos de paz en Colombia, ni los de la independencia catalana pueden alardear de contar con una evidente e inapelable mayoría social. En cada caso, la alternativa vencedora se impone con un apoyo apenas superior al que tiene su contraria. Además, los casos citados tienen en común que las cuestiones en liza generan una extraordinaria pasión, de modo que los que apoyan y los que rechazan una u otra opción no quieren ni oír hablar de una solución de compromiso con el adversario, pues la postura contraria les parece intolerable. Vivimos en un mundo polarizado.
 
Nos parece que, en este contexto, hay una voz que se hace imprescindible: la voz de lo que podemos llamar las «terceras vías» (tomando prestado el lenguaje que se ha usado en economía para identificar a los que proponen un sistema intermedio entre el capitalismo y el comunismo), o vías intermedias.
 
A menudo, en medio de conflictos enconados que sacuden una sociedad surgen personas y grupos que rehúyen el discurso demasiado simplista de las dos partes enfrentadas e intentan elaborar un argumento diferente, original, que no se puede encasillar en ninguno de los dos bandos. Es la vía intermedia, o tercera vía. Estas suelen ser minoritarias e impopulares, precisamente porque quienes las defienden quieren tener en cuenta la complejidad de las situaciones y todos sus matices, para los que los demás no tienen tiempo ni, en verdad, interés. Los conflictos (sociales, políticos, religiosos…) suelen alimentarse de planteamientos más bien esquemáticos, poco amigos de la reflexión ponderada que proponen las terceras vías. Sería útil, aquí, recordar las advertencias del antropólogo René Girard sobre cómo actúan normalmente las multitudes: con impaciencia, sin atención al detalle y haciendo caricaturas fáciles de sus adversarios. Son actitudes que dificultan el diálogo y alimentan el nacimiento de tendencias populistas, las cuales a su vez pueden abrir las puertas a la violencia.
 
Una tercera vía raramente se expresará a través de grandes concentraciones en la calle: marginal, es a menudo menospreciada por las corrientes de opinión mayoritarias, que en el fondo la perciben como una amenaza a sus planteamientos. Muchas veces, al fin, la voz de la tercera vía cae en el olvido. Y sin embargo, es más que probable que en ella residiese la mejor propuesta de futuro.
 
Quien aboga por una tercera vía puede ser tan radical, vigoroso y apasionado como quien defiende posturas más extremistas: «tercera vía» no significa en absoluto tibieza, sino voluntad de pensar en profundidad, de dialogar siempre, de tener en cuenta todos los aspectos del conflicto y de no querer construir un argumento, atractivo en su simplicidad, pero falso a causa de ella.
 
Muchos representantes históricos de las terceras vías han pagado un precio altísimo por su compromiso con la realidad y por negarse a caer en simplismos populistas y a veces violentos, terminando a menudo rechazados por todos: y no debería sorprendernos que a veces hayan sido elementos fanáticos de su teórico propio «bando» los que han eliminado a quien proponía la tercera vía. El siglo XX nos dio claros ejemplos de este fenómeno: desde el socialismo pacifista e internacionalista de Jean Jaurès, quien sería asesinado en París por un patriota francés el mismo día en que estalló la Primera Guerra Mundial, hasta los casos más conocidos de Gandhi, asesinado por un fanático hindú que no aceptaba la postura abierta del padre de la independencia India hacia los musulmanes, o Yitzhak Rabin, asesinado por un israelí que se oponía a los intentos de su primer ministro por abrir caminos de paz con los palestinos.
 
Desde una perspectiva cristiana, ¿hasta qué punto no sería también legítimo considerar a Jesús de Nazaret como representante de una tercera vía en medio del conflicto político y social que a él le tocó vivir? No se casó ni con los poderosos saduceos que gobernaban Jerusalén y colaboraban con Roma, con quienes fue crítico, ni con los nacionalistas fanáticos que abogaban por la rebelión violenta contra el Imperio. Y, sin duda, incomodó a todos con su mensaje, libre de alianzas ideológicas, capaz de decir de un centurión romano que «ni en Israel he encontrado tanta fe» (Lc 7,9) y capaz, a la vez, de enfrentarse a la misma Roma al afirmar, ante el gobernador que lo estaba juzgando, que «no tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba» (Jn 19,11). Su mensaje novedoso, exigente con todos pero abierto también a todo tipo de persona, fue incomprendido por la mayoría. Y a unos y a otros les interesó quitarlo de en medio.
 
Optar con determinación por la vía intermedia que trate de corregir, mediante el diálogo, la polarización de la sociedad en que uno vive puede ser muy peligroso. Y sin embargo, en nuestro mundo de hoy, tan inclinado a la simplificación, que crea extremos en apariencia irreconciliables, la voz de los que aboguen estas terceras vías es, nos da la impresión, imprescindible. Acaso más que nunca.

 

03/10/2017 - SACA LO MEJOR DE TI

Esta pintada inspiradora y la niña que la mira con curiosidad me hacen pensar en los fotógrafos que captaron la imagen: los jóvenes de “Sonríe y Crece”, que forman parte de una asociación de voluntarios de Barcelona que dedican los veranos (¡ya llevan nueve!) compartiendo con los niños más desfavorecidos de Sabana Yegua en la República Dominicana.
 
Colgaron esta foto en las redes sociales y decía así: “Reflexión por las calles de Sabana Yegua: No se trata simplemente de dar lo que podemos dar, sino de hacer sentir, ver y transmitir la ilusión de luchar para que cada uno consiga sus sueños y metas”.
 
“Saca lo mejor de ti” es un buen lema. Por una parte, nos invita a no envidiar lo que tienen los demás, sino a buscar en nosotros. Por otro lado, tampoco nos invita al éxito, un valor cacareado hasta la saciedad que busca ser el único faro de muchos jóvenes. “Saca lo mejor de ti” es un lema hermoso: incluye todo nuestro potencial intelectual, nuestra fuerza de trabajo, nuestra energía, pero también incluye otros valores como la bondad y la generosidad.
 
Los jóvenes de “Sonríe y Crece” lo saben bien. No creo que me equivoque si digo que la vida les ha bendecido con su lugar de origen y sus familias; posiblemente estén buscando sacar lo mejor de sí mismos a nivel profesional, terminando carreras y haciendo másters, luchando por su futuro. Pero además, sacan lo mejor durante el año programando actividades para el verano de voluntariado, recaudando fondos y finalmente llegando a Sabana Yegua con toda la ilusión por delante. Esta es la misma ilusión que transmiten a niños y adultos. Saben que muchos no han tenido su suerte, pero les ayudan, alientan y apoyan para que luchen por una vida mejor, empezando por los estudios.
 
“Saca lo mejor de ti” nos invita a sacar toda la generosidad que llevamos dentro, a no ser tacaños en repartir afecto, amor, tiempo y energías. Últimamente he leído algunas reflexiones sobre la generosidad. Me gusta el potente lema de San Alberto Hurtado, jesuita que realizó una gran labor social en Chile, y que decía: “¡Hay que dar hasta que duela!”. Por otro lado, algunos estudios demuestran el efecto positivo de la generosidad en el estado de ánimo[1] (comprobado a nivel de respuesta cerebral) y en consecuencia nos invitan a ser generosos para sentirnos bien (“give ´till it feels good”). Aunque lo pareciera, quizás los dos enfoques no son totalmente excluyentes. Dar hasta que duela es exigente, nos invita a desprendernos no de lo que nos sobra sino también de lo que necesitamos. Pero está claro que un cierto sacrificio a nivel personal en pro de otra persona también nos produce un efecto positivo y un sentimiento placentero. Además, el realizar libremente una acción generosa no solo nos deja un sentimiento, sino que nos ayuda a desprendernos un poco de nuestro ego y da un mayor sentido trascendental a nuestras vidas.
 
“Saca lo mejor de ti” es también un buen lema, no solo para los jóvenes voluntarios de Barcelona, sino también para todos los niños y jóvenes de República Dominicana a quienes ellos ayudan. Así, volviendo a su reflexión “…hacer sentir, ver y transmitir la ilusión de luchar para que cada uno consiga sus sueños y metas” añado yo algo más, segura de que ellos estarán de acuerdo conmigo. Queremos compartir con estos niños y jóvenes el valor de la generosidad para que esta no quede excluida ni relegada de sus sueños y metas, y sea uno más de sus objetivos. Así les podemos seguir animando con toda la fuerza de este lema, inspirador para todos: ¡Saca lo mejor de ti!

 
[1] El resultado más sorprendente es que los centros de placer a nivel cerebral no responden solo a lo que es bueno para uno mismo sino que también muestran respuesta cuando se trata de algo bueno para otros. Este artículo de New York Times menciona el estudio del Profesor Ulrich Mayr y su equipo en la Universidad de Oregon http://www.nytimes.com/2007/06/19/science/19tier.html?mcubz=1

26/09/2017 - FRANCISCO EN COLOMBIA: DESACTIVEMOS LOS ODIOS

 
Tal y como informaron los medios de comunicación del mundo entero, del día 6 al 10 de este mes de septiembre el papa realizó su esperada visita apostólica a Colombia. Fueron cinco días muy intensos. Intensos y agotadores, en primer lugar, sin duda, para el propio Francisco, que estuvo en Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena celebrando eucaristías multitudinarias (en cada una de estas ciudades los asistentes a los actos superaron todas las previsiones de los organizadores) así como un sinfín de encuentros: con representantes del gobierno colombiano, con los jóvenes, con víctimas del conflicto armado, con religiosos, con obispos, con la gente que abarrotaba las calles por las que él pasaba y con los que se concentraban, espontáneamente, alrededor de la nunciatura apostólica de Bogotá, donde se hospedaba. Ha sido también una visita intensa para todos los que la hemos seguido de cerca: días muy ricos en gestos, en momentos conmovedores, en mensajes que han interpelado hondamente al país, en cercanía…
 
Francisco había dicho que iría a Colombia cuando el gobierno y la guerrilla hubiesen firmado el acuerdo de paz que pone fin a más de 50 años de conflicto armado. Ha cumplido su palabra, haciendo de su viaje una invitación a la reconciliación de todos aquellos a los que la guerra y la violencia han enfrentado durante tanto tiempo.
 
Tratando de hacer un poco de balance de esta visita del papa, uno se da cuenta de que nos ha dejado un mensaje universal: es decir, un mensaje que va más allá de la situación colombiana, que la trasciende, y que nos podemos aplicar todos los que, en Colombia o fuera de ella, vivimos preocupados por los conflictos y la violencia, y que buscamos sendas de paz y reconciliación. Francisco, con su lenguaje claro y transparente, nos ha invitado a no ser espectadores en la edificación de la paz: «Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz. Es necesario que algunos se animen a dar el primer paso en tal dirección» (Homilía en Villavicencio, día 8 de septiembre). Una y otra vez, el papa ha insistido en que no nos resistamos a la reconciliación, que no tengamos miedo «a pedir y ofrecer perdón»: «Es la hora de desactivar los odios» (Encuentro de oración por la reconciliación nacional, Villavicencio, 8 de septiembre).
 
En un mundo donde tantos se apuntan, y tan rápido, al resentimiento y a la venganza, donde los conflictos, reales o imaginados, tienden a enquistarse, esta recomendación («es hora de desactivar los odios») nos parece esencial. Esencial, a pesar de su exigencia. Francisco sabe hacer que suene como realizable (¡porque en verdad lo es!) lo que, en boca de otro, parecería una quimera o una llamada vacía. Desactivemos el odio. Perdonémonos. ¿Acaso no es posible? La simpatía que emana del papa, con su sencillez y sonrisa pródiga, lo capacita para comunicar, sin ofender a nadie, un mensaje que en boca de otro parecería severo y sería, con toda certeza, rechazado.
 
Expresaba eso mismo, con franqueza y un cierto asombro, un taxista de Bogotá la tarde del mismo domingo en que el papa había terminado su visita y acababa de embarcarse en su vuelo para regresar a Roma. «Si otro me dijera las cosas que él dice, no me gustaría oírle. Pero ese señor tiene una forma de corregirte que hace que le pongas atención. Cuando vi por el televisor que se metía en el avión, me eché a llorar». No se puede resumir mejor la visita de Francisco a Colombia.


 

12/09/2017 - LOS PELIGROS DE SER POBRE Y BONITA
La República Dominicana se ha visto sacudida recientemente por las noticias de varios asesinatos de chicas jóvenes. El caso de Emely, de 16 años, ha resonado por todo el país: esta chica, de familia muy humilde, habría quedado embarazada de su novio, un muchacho de clase pudiente que entonces la asesinó: parece ser que primero la indujo a un brutal aborto. El joven, de 20 años, y su madre están arrestados, pendientes de juicio.
 
Sin querer entrar en los espantosos detalles de tan abominable asesinato, que ha recibido la repulsa de toda la nación, quiero destacar un preocupante ángulo de la situación: desde sus doce años, la joven Emely, una joven bonita de familia pobre, “tenía amores”, como se dice aquí popularmente, con el muchacho.
 
Sin ánimo de juzgar desde ningún pedestal moral a quienes así se comportan, es importante reconocer que un secreto a voces, en este país, es que muchas niñas y jóvenes entablan relaciones con hombres mayores (a veces escandalosamente mayores) para sacar beneficios materiales. La pobreza extrema de las familias lleva a las chicas a dejarse deslumbrar por pequeños regalos: un teléfono celular moderno, ropa, dinero… Las que aspiran a más quizás quieren ir montadas en una “pasola” (moto) o una “yipeta” (un vehículo 4x4) o incluso tener una buena casa y una situación económica desahogada. Aunque algunas de estas relaciones funcionen bien y de ahí surjan familias estables y duraderas, no es el caso de la mayoría.
 
Un sinnúmero de mujeres jóvenes quedan embarazadas muy temprano, abandonan los estudios y algunas veces son abandonadas –no mucho más tarde− por el padre de la criatura. El brillo inicial de la relación puede dar paso a una absoluta oscuridad. La ilusión de tener aquellas pequeñas cosas que muchas otras jóvenes poseen puede ser, para muchas, un peligro fatal. Los padres y madres de estas jóvenes a veces tienen conocimiento de un noviazgo muy temprano, con una persona adulta y en esa relación  vislumbran un futuro para la hija y posiblemente una boca menos que alimentar, así que sucede con frecuencia que alientan esta relación desigual. Esta solución, esta mejora social provisional, se puede volver en contra de la mujer tarde o temprano, pues fomenta su dependencia de un hombre con recursos económicos, no la promueve a continuar estudios y hace basar todo su valor personal en su presencia física, que como sabemos, con los años cambia.
 
Como en muchas otras problemáticas sociales, hay dos importantes vías para trabajar contra esta situación, la vía jurídica, aumentando la edad mínima para contraer matrimonio (o vivir en pareja) y la vía educativa. En relación con la primera, expusimos hace unos meses en el artículo «Niñas esposadas», en este blog, el interés de varias instituciones nacionales e internacionales por cambiar la legislación para así proteger a las niñas –o mujeres menores de 18 años− aumentando su edad de contraer matrimonio de los 15 a los 18.  De la vía educativa queremos destacar que aparte de todos los esfuerzos directos del sistema educativo con niños, niñas y jóvenes, es esencial incidir en la educación y toma de consciencia de los padres y madres. Con frecuencia se dice que la primera y más importante educación es la de los progenitores hacia sus hijos.  Los padres a menudo han vivido en carne propia situaciones similares. Por eso mismo, en lugar de considerar estas relaciones como normales, deberían estar preparados para educar a sus hijos e hijas en valores, criterios, responsabilidades y límites; en una sana proyección de cada individuo hacia el futuro de manera autónoma, no dependiente y en igualdad de condiciones. ¡Cuesta esfuerzo, pero vale la pena!, ese sería un buen lema.


 

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