Hoy, cualquier referencia a las multitudes tiene que ver obligadamente con la pandemia del coronavirus. En este caso, lo que haga la “multitud” puede determinar el desarrollo (o no), de una enfermedad mortal. Y es importante darse cuenta de que las acciones de la multitud dependen de cada uno de nosotros como individuos. Para ello es indispensable que cada uno de nosotros actuemos con responsabilidad.
Uno de los grandes manipuladores de multitudes es la desinformación. Vivimos en la época en la que es fácil sentirse abrumados y deprimidos por la cantidad de información que nos llega, hasta el punto de que uno no puede distinguir ya qué noticias son fiables, y cuáles no.
Recibimos información sobre remedios caseros para la cura del virus, o sobre la fiebre del papel higiénico, o sobre explicaciones de tipo político o argumentos religiosos sobre el fin del mundo. Todo se mezcla en este enjambre de información. Podemos culpar, seguramente con razón, a los intereses particulares de los medios de comunicación, pero eso no significa que estemos exentos de nuestra responsabilidad de estar bien informados. Tradicionalmente se distingue entre la ignorancia inevitable que emana de nuestras propias limitaciones personales, y la ignorancia culpable, aquella por la cual nos conviene no saber y dejarnos llevar por la multitud. En estos días tendríamos que luchar contra ésta última de la misma manera que tan tenazmente estamos luchando contra el coronavirus.
