APERTURA DE UN CONSULTORIO ODONTOLÓGICO EN EL PESEBRE (BOGOTÁ)

 
El día 12 de octubre, después de varios meses de preparativos, abrimos al público un consultorio odontológico en el barrio El Pesebre de Bogotá. Se trata de una nueva iniciativa de la Comunidad de San Pablo en Colombia, que pretende ofrecer servicios de odontología a bajo coste para las personas de los barrios La Resurrección, Granjas de San Pablo y El Pesebre, donde trabajamos en el marco de la parroquia La Resurrección.
 
El nuevo consultorio dental se suma a otras iniciativas que ya veníamos llevando a cabo en el campo de la salud: la labor de una enfermera que realiza visitas a domicilio y la de dos psicólogas que ofrecen acompañamiento psicológico varios días por semana.
 
Por ahora, el consultorio abrirá los martes y los jueves. La odontóloga que hemos contratado es una persona con muchos años de experiencia en el campo, que además comprende la vocación de servicio de este consultorio en particular.
 
La población de nuestros barrios (en los que hasta ahora solo había una pequeña clínica dental, privada) ha acogido con mucha alegría y agradecimiento esta nueva iniciativa. Esperemos que el consultorio sea un signo más de la labor de la Iglesia en estos sectores vulnerables de Bogotá, dirigida a dignificar la vida de sus habitantes.

 

 

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ANDRÉS NOS CUENTA UNA HISTORIA

 

Desde Casa San José, en Cochabamba, nos llega una historia de algunos de los muchachos en situación de calle que están acogidos allí.
 
«Me llamo Andrés, tengo 13 años y vivo en la ciudad de Cochabamba. Hoy he pensado que sería un buen día para contarles algo que me pasó:
 
En una de mis múltiples escapadas del colegio conocí a dos niños como yo, que eran hermanos: Lionel de 11 años y Daniel de 6. Me los encontré allá por las calles del olvido y la nostalgia, unas calles concurridas y ruidosas. Pedían dinero a los transeúntes y a los vehículos, sin importar el peligro que corrían, aunque creo que para ellos era divertido y nada peligroso. Yo traía un poco de comida, así que me detuve a descansar y a comer mi escasa merienda. En ese momento intercambiamos unas palabras y entablamos una amistad. Nos contamos muchas cosas, entre ellas que su mamá los abandonó y su papá no los cuidaba; tenían siempre hambre y el cariño siempre faltaba. Esto me lo contaron con mucha nostalgia y pesadumbre. Así que habían decidido salir a las calles para hacer malabares y pedir dinero para poder comprar comida para ellos y sus hermanas más pequeñas.
 
Ese primer encuentro fue seguido de otros más, con lo que tuve bastantes oportunidades de compartir un poco de merienda con ellos y hablar de nuestras cosas. Pero un día, ya no los encontré más. Era como si hubieran desaparecido.

No obstante, mi suerte también cambió. Una tarde después de estar rondando por la calle sin rumbo, la policía me atrapó y me llevó a un hogar llamado Casa San José. Yo no quería entrar a vivir en esa casa, pues me gustaba la vida en la calle y ese lugar era extraño y desconocido para mí. Mi gran sorpresa al entrar fue ver en el patio a varios niños jugando, pero lo que me llamó la atención fueron dos en concreto que no eran desconocidos para mí. ¡Allí estaban Lionel y su hermano Daniel! Me imagino que tuvieron la misma suerte que yo y la policía los encontró solos en la calle. Después de bañarme y ponerme ropas limpias corrí a darles un fuerte abrazo. Y nos pasamos la tarde hablando y contándonos nuestras aventuras.
 
Lionel me contó que sus hermanas estaban viviendo en otro centro, aunque la más pequeña, de cinco años, se puso muy enferma y murió de leucemia.
 
Después de unos meses viviendo en Casa San José con varios niños, divirtiéndome y estando contento y feliz, Lionel me contó que su papá iba a venir con sus hermanas para irse todos juntos a vivir a su casa, los cuatro. Me puse triste, pero me alegré por ellos cuando vi cómo el papá abrazaba a sus hijos. Un abrazo esperado por Lionel y Daniel. Aquel día salieron muchas emociones después de meses separados así que acabaron todos llorando.
 
A mí me entró mucha nostalgia por mi familia, los extrañaba también mucho. Espero que pronto haya un reencuentro con ellos, así como el de Lionel y Daniel. Ustedes me preguntarán por qué me escapé si quiero a mi familia, pero esto ya es parte de otra historia, la mía, que tal vez algún día les contaré».

 

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COMPAÑEROS EN EL CAMINO. UN SÍNODO QUE INVITA A LA ESPERANZA

 
Los próximos días 9 y 10 de octubre, el papa Francisco dará inicio, en Roma, a la etapa preparatoria de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos. Una semana más tarde, el 17 de octubre, todas las diócesis del mundo inaugurarán la fase de consultas y preparación, a nivel local, de este sínodo de la Iglesia, que culminará con el encuentro, en Roma en octubre de 2023, de los participantes directos en la reunión sinodal, que deberán aprobar un documento final. El tema que se propone para este importantísimo evento eclesial es Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. En otras palabras, el asunto sobre el que se nos invita a reflexionar es precisamente la sinodalidad, el modo de ser, de operar y de avanzar de la Iglesia como auténtica comunidad de hermanos y hermanas, donde todas las voces sean escuchadas, donde nadie quede rezagado, donde todos nos sintamos compañeros en el camino, avanzando a la una (que es exactamente lo que significa la etimología de la palabra sínodo, compuesta por el prefijo griego “sin” —reunión, acción conjunta— y el sustantivo “odos” —camino). Practicar la sinodalidad es caminar juntos.
 
Francisco propone que la Iglesia, retomando el impulso del Concilio Vaticano II (que subrayó que la comunidad eclesial es, sobre todo, una familia, el Pueblo de Dios, donde todos cuentan y todos valen y todos deben sentirse protagonistas), asuma su identidad comunitaria, y renueve su compromiso de ser, cada vez más, un cuerpo articulado que avanza sin descartar ni marginar a nadie, un cuerpo en el que todos, desde los obispos hasta el bautizado más reciente, se sienten y son verdaderos compañeros de camino.
 
Este compromiso, y este sínodo, son necesarios. Porque, a pesar de los extraordinarios avances vividos desde el Concilio, cuando dirigimos la mirada hacia nuestras parroquias, comunidades y movimientos eclesiales, nos damos cuenta de que todavía nos queda mucho trabajo por hacer. ¿En cuántas parroquias todo (desde las decisiones más vitales a las más nimias) tiene que pasar por el párroco, que reina sobre sus feligreses con un estilo más propio de un señor feudal que de un pastor? ¿En cuántas congregaciones religiosas y diócesis la autoridad todavía se ejerce sin que exista el más mínimo diálogo entre quienes ordenan y quienes obedecen? ¿En cuántos movimientos e instituciones que se autodenominan cristianos los líderes y fundadores son objeto de un malsano culto a la personalidad, que asfixia cualquier crítica constructiva a su liderazgo antes de que esta pueda formularse? ¿Cuántos colectivos —empezando, cómo no, por las mujeres, que, si no me equivoco, son la mitad de la humanidad— todavía participan de la vida de la Iglesia de forma periférica y marginal, sin acceso a muchos ámbitos, cargos o funciones?
 
Nos llenamos la boca con hermosas frases del Concilio que enfatizan la participación de todos los bautizados en la vida de la Iglesia, pero en la práctica todavía somos una estructura fuertemente jerárquica, a menudo autoritaria, en la que los consensos importan poco y en la que algunas voces tienen un peso desproporcionado, en detrimento de otras.
 
En este sentido, el próximo sínodo es un motivo de esperanza. Recemos, desde ahora mismo, por su éxito. Para que el Espíritu, que, como el viento, «sopla donde quiere» (Jn 3, 8) nos guie por caminos de auténtica conversión en favor de la sinodalidad, esta voluntad tan cercana al corazón del evangelio de no dejar a nadie atrás, de escuchar todas las voces y de contar con todo el mundo, especialmente con aquellos que nuestra sociedad (y en gran medida también la Iglesia) tiende a marginar.

 

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A PROPÓSITO DE LIONEL MESSI Y AARON RODGERS

Messi se fue del F.C. Barcelona, y ahora el barcelonismo y quizás toda la ciudad de Barcelona están de duelo, lamentando la pérdida.
 
Messi se va a París, a jugar con el PSG, cobrando 36.500.000 euros (en dólares, 42.769.240) por temporada, sin contar los contratos publicitarios y otros incentivos que pueda ganar.[1] Es la mitad de lo que cobraba hasta ahora en el Barcelona.
 
Aaron Rodgers, estrella del futbol americano, renovará su contrato con su equipo de toda la vida, los Green Bay Packers de Wisconsin, por cuatro años, por un promedio anual de 33.500.000 dólares (28.589.067 euros).[2]
 
El salario medio anual, no el básico, en España es de 26.934 euros (31.561 dólares) y en los EE.UU. es de 52.723.00 euros (62.953 dólares).[3]
 
El trabajador medio en España necesitaría trabajar 1.355 años para ganar lo que ganará Messi en uno.
 
En Estados Unidos el trabajador medio necesitaría trabajar “solo” 635 años para apercibir lo que el Quarterback gana en uno. 
 
Soy seguidor del Barcelona por genes, y de los Green Bay por adopción, pero al enfrentarme a estos números solo puedo sentir tristeza y acaso un poco de rabia… y me siento un poco culpable de sentir a veces un cierto rencor hacia los aficionados de los “eternos rivales” del Barça y de los Packers, el Real Madrid y los Bears, cuando en realidad tengo mucho más en común con la gran mayoría de estos seguidores que con las estrellas de mis equipos.
 
Hay brechas que no deberían justificarse ni por nacionalismos, ni por lealtades patrias o locales ni mucho menos por los avatares del libre mercado.
 
¡Felicidades!, quiero decir. Y no a Messi ni Aaron Rodger, sino a los miles y millones de hombres y mujeres que trabajan duro y mucho, a veces con dos o tres trabajos, para poder mantener a sus familias, año tras año, con dignidad.

[1] https://elpais.com/deportes/2021-08-10/messi-acepta-la-oferta-del-psg.html
[2] https://www.spotrac.com/nfl/green-bay-packers/aaron-rodgers-3745/
[3] https://datosmacro.expansion.com/mercado-laboral/salario-medio

 

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“PRIMERA LÍNEA” EN LA RESURRECCIÓN: CONFLICTO Y MEDIACIÓN

 

 
Hace unas semanas los miembros de la Comunidad de San Pablo que vivimos y trabajamos en Bogotá nos vimos involucrados en una situación complicada que, afortunadamente, se resolvió de forma satisfactoria, y nos dejó varias enseñanzas.
 
Un jueves al mediodía, aparecieron en el barrio La Resurrección un centenar de jóvenes pertenecientes al movimiento de protesta antigubernamental Primera Línea, que desde hace varios meses están en las calles de Bogotá y de otras ciudades del país liderando las marchas en contra de varias medidas del gobierno, y exigiendo cambios profundos en el modelo político colombiano.
 
Un vecino del barrio les había ofrecido un solar de su propiedad (ubicado a una manzana de la parroquia) para que pudieran acampar allá, puesto que estaban siendo desalojados de todos los sitios donde pretendían quedarse, en otras partes de la ciudad. Los muchachos llegaron con varios heridos (causados en sus choques con la policía), alguno de cierta gravedad. Enseguida ocurrió lo previsible: los vecinos de la calle donde los recién llegados pretendían quedarse se opusieron con firmeza a la idea, y empezaron las tensiones, los insultos, los conatos de violencia. Los medios de comunicación han venido narrando el vandalismo que en algunas ocasiones ha acompañado a las protestas, y esto puso al vecindario en contra de la idea de albergar en su barrio a los manifestantes.   
 
Nosotros, al saber lo que estaba ocurriendo, fuimos hasta el lugar y ofrecimos un salón de la parroquia para atender a los heridos. Luego acordamos establecer una mesa de diálogo entre vecinos y manifestantes para apaciguar los ánimos y evitar toda violencia. Pusimos las instalaciones de la parroquia a disposición de dicha mesa, en la que nosotros, como personas neutrales, ejerceríamos de moderadores y de garantes del diálogo. Estuvimos sentados desde las tres de la tarde hasta pasadas las ocho de la noche: los muchachos de Primera Línea, varios miembros de la Junta de Acción Comunal local, personal de la alcaldía, agentes de la policía, representantes de organizaciones de Derechos Humanos…
 
Fue un ejercicio de paciencia y de escucha, dirigido a alcanzar un acuerdo satisfactorio para todos. Cuando subía la tensión proponíamos hacer un descanso y servíamos un tentempié, y los mismos jóvenes de Primera Línea dijeron que era la primera vez que se tomaban una taza de café (para lo que fue obligatorio que todo el mundo se quitara las capuchas y los tapabocas, mostrando sus caras) con la policía. Hacia las siete de la noche la situación parecía haberse estancado. Llegó la alcaldesa de la localidad Rafael Uribe Uribe (la sección de Bogotá a la que pertenece el barrio La Resurrección), e informó de que no había nada a dialogar: los chicos de la protesta se tenían que ir sin más dilación. De lo contrario, serían desalojados a la fuerza por la policía. Ellos pedían quedarse acampados por una noche en el espacio verde que hay al lado de la parroquia, para descansar y permanecer cerca de sus heridos, y prometían irse al día siguiente. La alcaldesa se oponía: tenía órdenes estrictas de no ofrecerles ningún predio público (y el terreno donde querían pernoctar es espacio público). Ellos, inflexibles: no se pensaban marchar por nada del mundo. Y los policías decían que ellos no eran partidarios de ejercer la violencia, pero que, si recibían órdenes de desalojar la zona, lo harían usando los medios que fuesen necesarios. Mientras el diálogo se enrocaba, de la calle nos iban llegando informes de que allí la situación se estaba tensionando y amenazaba con desbordarse. Alguien estaba recorriendo el barrio con un megáfono, haciendo una llamada a los vecinos a salir de sus casas y organizarse para expulsar a los intrusos. Y empezamos a recibir también informaciones de que corrían por el barrio y por las redes sociales noticias falsas, que nos comprometían: que si habíamos ofrecido el templo parroquial para que los de la protesta pasaran allí la noche, que si estábamos negociando que se quedasen seis meses en el barrio… De repente, la alcaldesa dijo que acaba de recibir en su teléfono una comunicación según la cual el descampado al lado de la iglesia no era espacio público, sino que pertenecía a la Junta de Acción Comunal. A la luz de este nuevo dato, la vicepresidenta de la Junta de Acción Comunal dijo que ellos permitirían a los jóvenes quedarse allí por una noche. Se había llegado a una solución. Nos pidieron que nosotros, como representantes de la Iglesia, saliéramos a la calle para informar a los vecinos y a los jóvenes del acuerdo alcanzado. Inmediatamente instalamos un sistema de sonido en la plazoleta que hay frente a la parroquia, salimos, y bajo la lluvia de la noche, explicamos el acuerdo alcanzado, y los vecinos se fueron dispersando…
 
La noche fue tranquila, sin altercados. A la mañana siguiente los manifestantes cumplieron su palabra y se marcharon, después de dormir en sus improvisadas tiendas de campaña bajo una lluvia persistente que no paró de caer hasta el amanecer. Dejaron el mirador completamente recogido, sin un solo resto de basura.
 
Fue una experiencia que, a pesar de su carácter inesperado y a ratos angustiante, nos permitió experimentar de primera mano el papel de mediación que la Iglesia puede ejercer en situaciones de conflicto social, trabajando para que partes enfrentadas se escuchen, dialoguen, traten de comprender la posición contraria y, dejando de lado las emociones y los prejuicios, se logre lo más importante: evitar la violencia.

 

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NUEVO PROYECTO EN ETIOPIA PARA EMPODERAR A 600 MUJERES VULNERABLES DE LA ZONA URBANA DE MEKI

 
A raíz de la crisis socioeconómica derivada de la pandemia de COVID-19 en Etiopía, y de haber realizado distribución de ayudas de emergencia a familias que vivían en situación de extrema pobreza en la ciudad de Meki, constatamos que las condiciones precarias en las que ya se encontraban muchas mujeres de la zona se agravaron considerablemente debido a la falta de trabajo, la escasez de alimentos y el aumento de los precios de los productos básicos.
 
Con la pandemia los problemas económicos y sanitarios de la zona han empeorado, y es por eso por lo que la Comunidad de San Pablo inició en el mes de marzo un nuevo proyecto de empoderamiento de mujeres vulnerables del área urbana de Meki para evitar el retroceso en el proceso de desarrollo de estas mujeres.
 
El proyecto quiere mejorar las condiciones de vida de 600 mujeres mediante su participación en grupos de ahorro comunitario, capacitaciones profesionales y el acceso a créditos que recibirán para mejorar sus ingresos familiares y poner en marcha pequeños negocios. También recibirán ayudas para mejorar su salud y la de su entorno y podrán desarrollar un espíritu crítico respecto a la violencia de género y las prácticas tradicionales nocivas de su entorno.
 
Celebramos la participación e involucración de estas mujeres en el proyecto y esperamos que con su constancia, esfuerzo e iniciativas emprendedoras puedan ser generadoras de ingresos para el bien de toda su familia y comunidad.

 

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CELEBRACIÓN DE FIN DE CURSO Y GRADUACIÓN EN EL CENTRO COMUNITARIO DE DESARROLLO INFANTIL SAN JOSÉ 2020-2021, DURANTE LA PANDEMIA DEL COVID-19 (CIUDAD DE MÉXICO)

 
La educación es fundamental para avanzar hacia sociedades más justas y luchar contra la pobreza, especialmente en los países en vías de desarrollo. Sin embargo, cuando se interrumpe la educación, los niños y niñas que dependen de programas escolares para acceder además a algunos servicios básicos, como los de alimentación y nutrición, están expuestos a una mayor vulnerabilidad porque, durante el tiempo que no van a la escuela, dejan de recibir esos servicios.
 
El Centro Comunitario de Desarrollo Infantil San José se comprometió desde el principio de la pandemia a garantizar que los programas educativos y de alimentación no se vieran afectados por la contingencia, y, a pesar de las dificultades, el pasado 9 de julio el centro pudo celebrar la graduación de 32 niños y niñas de preescolar tres, que empezarán una nueva etapa en la escuela primaria el próximo ciclo escolar, después del verano.
 
Desde el inicio de la pandemia, a mediados de marzo 2020, todas las escuelas en México han estado cerradas, y la educación se está impartiendo a distancia. Todos los niños y niñas y adolescentes realizan sus tareas y actividades escolares desde casa. El principal reto son las enormes desigualdades sociales-educativas, con muchas familias en un estado de vulnerabilidad tal que no han podido acceder a las nuevas formas de impartir la educación a las familias.
 
Durante el curso escolar 2020-2021 estuvimos trabajando juntos desde el Centro San José con los padres de familia para garantizar el buen desarrollo de los niños y niñas atendidos en el centro: se mantuvieron actividades educativas y servicio de comedor comunitario de manera presencial escalonado, a un cupo del 30% de la capacidad del centro, y observando las medidas sanitarias de protección.
 
Este curso que ahora ha culminado estuvo marcado por muchos cambios, pues estuvimos trabajado con menos niños al día y complementando con actividades escolares a distancia. A dos meses antes de finalizar el curso, el semáforo epidemiológico de la pandemia de Covid-19 nos permitió poder trabajar con todos los niños de preescolar 3 y apoyarlos en sus áreas débiles para prepararlos para su nueva etapa de formación.
 
Celebramos este logro con una Eucaristía de acción de gracias y una pequeña ceremonia de graduación de los 32 niños y niñas de Preescolar 3, acompañados por algún familiar y el equipo del centro. Un aspecto positivo en esta situación ha sido la colaboración de los padres, que han sido más colaboradores que en otras circunstancias. Entendieron la gravedad del momento y que su cooperación era esencial para el beneficio de los niños.
 
A un mes de que comience el próximo ciclo escolar 2021-2022, el país continúa registrando nuevos contagios, así como un alza en el repunte por la tercera ola del Covid-19. Las autoridades educativas finalmente han anunciado la vuelta a las clases presenciales, lo que ha creado opiniones divididas entre los padres de familia.
 
El desafío del Centro San José para el próximo ciclo escolar será también poder mantener la buena salud mental de los pequeños, que necesitan interactuar entre ellos, y seguir garantizando la continuidad de sus aprendizajes en este contexto de pandemia.

 

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MI EXPERIENCIA EN LA REPÚBLICA DOMINICANA

Este verano un grupo de seminaristas de la Arquidiócesis de Milwaukee en los EE. UU. visitó La Sagrada Familia, la parroquia hermana de Milwaukee, que está al cuidado de miembros de la Comunidad de San Pablo. Al regresar a los EE. UU., después de los meses en la República Dominicana, uno de ellos escribió la siguiente reflexión, que compartimos aquí.

 

Durante los dos últimos meses, mi nombre no fue Craig ni Jeffrey, mi nombre y segundo nombre. Mi nombre fue Gregorio, un nombre mucho más común y más fácil de pronunciar para un hablante nativo de español. El cambio de nombre es un recuerdo divertido y alegre de los dos meses pasados ​​en La Sagrada Familia en República Dominicana. También es un recordatorio de que Dios usó la experiencia para cambiarme para mejor. Aunque podría escribir páginas sobre cómo me ha impactado mi tiempo allí, hay tres que quiero destacar especialmente: un mayor celo por predicar el Evangelio, una comprensión más profunda del gozo del sacerdocio y una mayor confianza en el Señor.
 
A menudo siento la necesidad de tener todo planeado, especialmente cuando se trata de asuntos de fe. Sin todas las respuestas, me preocupa perder la oportunidad de dar un testimonio convincente del Evangelio. Este verano, Dios me ha asegurado que no importa a dónde vaya o cuán preparado me sienta, Él está presente y trabajando. Una mañana, por ejemplo, me acerqué a ver un entrenamiento de béisbol juvenil en la ciudad. Me senté allí durante casi una hora, hablé un rato con el entrenador y algunos de los jugadores y luego me fui a casa. Mientras caminaba por la calle de regreso a casa, uno de los jugadores jóvenes comenzó a caminar a mi lado. Le pregunté si sabía el Padre Nuestro y, durante los siguientes cinco minutos, caminamos con las manos cruzadas sobre el pecho rezando el Padre Nuestro mientras la gente en la calle nos miraba y escuchaba pasar. Un entrenamiento de béisbol se convirtió en una oportunidad para guiar a otros en la oración, una oportunidad que no habría surgido si me hubiera quedado quieto hasta que me sintiera totalmente preparado para comunicar la Buena Nueva. Dios no solo me dio la oportunidad de difundir el Evangelio, sino también las palabras y acciones para hacerlo.
 
Aunque he conocido a sacerdotes y he pasado tiempo en parroquias, nunca había pasado tanto tiempo con sacerdotes fuera del seminario en un entorno parroquial como este verano. Estuvimos cada día con el P. Javier, el párroco actual de La Sagrada Familia, y el P. Bob (un sacerdote de la Arquidiócesis que estuvo ayudando durante tres meses), celebrando los sacramentos, comiendo juntos, viajando y compartiendo conversaciones. Además del P. Javier y el P. Bob, pasamos tiempo con sacerdotes y obispos de la diócesis local, sacerdotes de Antigo, WI, Virginia, el rector del seminario menor, el P. Luke Strand, quien vino a visitarnos desde Milwaukee, un sacerdote cubano que sirve en la catedral de Santo Domingo y seminaristas de la diócesis local. Los sacerdotes con los que tuve la oportunidad de charlar y pasar un rato tenían diferentes personalidades, antecedentes y años de sacerdocio, pero el amor y la alegría que compartían con mis compañeros de clase y conmigo por el sacerdocio y la misión de la Iglesia era innegable. Fue algo que me hizo ver que mi vida como sacerdote estará llena de alegría y fraternidad.
 
Por último, estoy más convencido de que el Señor dará fruto de las semillas que me pide sembrar en la vida de los demás (Mateo 13). En cuarenta años, la parroquia ha crecido de unas pocas capillas a más de quince, y algunas de las comunidades han crecido hasta el punto de convertirse en parroquias. La parroquia ha establecido centros de salud y de nutrición donde la gente puede recibir atención médica básica y traer a sus hijos para la educación y la comida. Escuché a los feligreses hablar sobre el impacto que los sacerdotes anteriores han tenido en sus vidas, y es obvio que estas comunidades han ido creciendo en madurez cristiana. Como todos, estoy llamado a sembrar semillas en la vida de los demás y confiar en que Dios traerá el crecimiento (Mt 13). Mi tiempo en la República Dominicana, viendo el crecimiento que Dios ha producido durante cuarenta años en esa región, es un testimonio convincente de que Dios traerá el crecimiento que desea de las semillas que me pide que siembre.
 
Soy Craig, soy Gregorio, y mi vida ha cambiado gracias a los dos meses que pasé en la República Dominicana. Alabado sea Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo por las gracias de la confianza para salir y difundir el Evangelio, la convicción de que mi llamada vocacional está llena de vida y alegría, y una confianza renovada en el poder de Dios, para hacer crecer las semillas que me pide sembrar.

 

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MULTIPLICAR MEDICINAS EN PLENA PANDEMIA

 
Los retos que tenemos que enfrentar frente a esta pandemia, lo sabemos bien, son muchos y complejos, y varían mucho entre países y clases sociales. Las comunidades cristianas, familias, parroquias o asociaciones, también lo sabemos, estamos llamados a llevar a cabo acciones proféticas, que denuncien las injusticias de nuestras sociedades, a la vez que anuncien los caminos de la solidaridad y de la generosidad.

En la comunidad parroquial del Rosario, en la Ciudad de México, antes de empezar la pandemia, ya habíamos iniciado un proyecto de banco de medicinas, con la finalidad de ofrecer medicinas a personas en situación de vulnerabilidad, promoviendo donaciones por parte de la comunidad, y también para canalizar medicinas caducadas a una institución que las destruye bajo control medioambiental y así retirarlas de los hogares, evitando accidentes y que pudieran acabar en la basura, con el consecuente riesgo y contaminación.

La pandemia agravó la carestía de medicamentos entre la población: el desempleo formal masivo hizo que familias enteras perdieran su afiliación al Seguro Social, lo que aquí significa perder el acceso gratuito a los productos farmacéuticos. Millones de enfermos crónicos que dependen de medicamentos para mantener su estado de salud de pronto se vieron ante la necesidad de comprar los mismos, a precios muchas veces inaccesibles. Junto con ellos, las personas sin empleo formal afiliadas a las clínicas de gratuidad vieron cómo fueron desapareciendo las ayudas con medicamento a consecuencia de una grave crisis de desabasto de medicamentos propiciada por el contexto político.

En la oficina parroquial hemos sido testigos del número creciente de personas que se han acercado en estos meses con sus recetas buscando todo tipo de medicinas, especialmente para tratar condiciones crónicas, que muchas veces significan la cruel e imposible disyuntiva de invertir los escasos recursos económicos disponibles en medicinas, o bien en alimentos, pago de renta de vivienda, u otras necesidades básicas. Así hemos visto a pacientes diabéticos que llevan semanas sin insulina, epilépticos con crisis repetidas desde que dejaron de medicarse, y un largo etcétera de situaciones complejas.

Pero a medida que aumentó la demanda, también pudimos ampliar la red de personas y parroquias que se comprometieron a promover las donaciones de medicinas por parte de aquellos que ya no las utilizan. Y así, de forma discreta y anónima, bolsa tras bolsa, el banco de medicinas se ha ido nutriendo para poder en estos momentos surtir un promedio de 400 recetas mensuales, ¡5,000 desde que inició la pandemia!

Las iniciativas solidarias tienen éxito cuando son respaldadas por la generosidad de las personas, que responden frente a necesidades reales de la comunidad. Nuestro pequeño banco de medicinas es testigo de que, caja tras caja, hasta las medicinas se pueden multiplicar en plena pandemia.

 

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CORNELIO Y ANANÍAS: AYUDANDO A PEDRO Y PABLO A CONVERTIRSE EN PILARES DE LA IGLESIA

Uno de los mayores mitos modernos es el del hombre que se hace a sí mismo. Desde el día en que nacemos, se nos dice que podemos hacer cualquier cosa y convertirnos en quien queramos por nuestro propio esfuerzo. Si vas a una librería (o en línea) hay toda una sección de libros dedicada a la superación personal. Títulos como “Siete Hábitos de Personas Exitosas” o “Domina tu Mente” están en todas partes hoy en día. Sin embargo, aunque quizás tengan buenas intenciones, estos conceptos son engañosos, ya que nadie puede crecer por sí mismo. La madurez y el desarrollo personal se consiguen mediante nuestra interacción con los demás, aunque sea de forma pasiva. La influencia de otras personas en nuestras vidas siempre es un factor que determina quiénes somos ahora y quiénes seremos en el futuro. Esto no socava el poder de la determinación y la autonomía que podemos tener para tomar nuestras propias decisiones, pero es arrogante pensar que nos "hacemos" nosotros mismos sólo por nuestras propias elecciones y que la interacción con los demás no cuenta.
 
Esto me hizo pensar en Pedro y Pablo, cuya fiesta celebramos hoy. Si alguna vez has estado en Roma en la Basílica de San Pedro, o si has visto una imagen de la fachada, verás las estatuas de Pedro y Pablo justo en la entrada. Son imágenes muy majestuosas, que aíslan a estos personajes de una rica historia de conversión que involucró a otras personas. Por mucho que Pedro y Pablo sean los pilares de nuestra Iglesia, ellos también pasaron por un proceso de cambio en el que otras personas influyeron directamente en su vocación. Dos claros ejemplos son Cornelio y Ananías. Su influencia sobre Pedro y Pablo nos recuerda que incluso para aquellos que se convierten en el fundamento de la Iglesia, se necesitaba la ayuda de otros.
 
Ambas historias, sobre la conversión de Pedro y Pablo, se encuentran en los capítulos nueve y diez de Hechos, y son notablemente paralelas. En el capítulo nueve encontramos la historia de la conversión de Pablo, con la que la mayoría de nosotros estamos familiarizados. Pablo, todavía llamado Saulo, se dirige a Damasco cuando tiene su encuentro con Jesús. Después de esto, pierde la vista y durante tres días espera en Damasco en la casa de un hombre llamado Judas. Mientras tanto, Ananías, a quien llaman discípulo, tiene una visión en la que el Señor le pide que vaya a buscar a Saulo. Ananías se muestra reacio porque sabe quién es Saulo. Pero el Señor insiste diciendo que Saulo ha sido destinado a convertirse en un instrumento para llevar el nombre de Jesús a los gentiles (Hechos 9, 10-16). Ananías va, impone las manos en Saulo y éste recupera la vista. Después, Pablo predicará que Jesús es el hijo de Dios.
 
Al final del capítulo nueve, que está dedicado principalmente a la conversión de Pablo, hay una introducción a Pedro, que lo ubica en Jafa en la casa de un hombre llamado Simón que es curtidor. (Hechos 9, 43). Este es un lugar curioso para que Pedro se quede, ya que un curtidor debería haber sido visto como una persona impura con respecto a las leyes de pureza judías. Un curtidor manipulaba constantemente cadáveres y pieles de animales muertos. Pero Lucas, el autor de Hechos, quiere que nos preparemos para lo que viene, poniendo a Pedro en relación con alguien que comparte su nombre judío pero que es visto como impuro. El siguiente capítulo nos presenta a Cornelio como un centurión romano devoto y que temía a Dios con toda su casa y que vivía en Cesarea. Un día, a las tres de la tarde, Cornelio tiene una visión en la que el Señor reafirma la devoción de Cornelio y le pide que busque a Simón Pedro que se aloja en la casa de Simón. Esto suena muy parecido a lo que le sucedió a Ananías en el capítulo nueve.
 
A continuación, Pedro tiene una visión en el techo de la casa donde se aloja. En la visión, Pedro ve los cielos abiertos y una gran sábana bajando al suelo por sus cuatro esquinas (Hechos 10, 11). La sábana contenía todo tipo de criaturas cuadrúpedas, reptiles y pájaros. Pedro ve tres veces bajar la sábana y una voz que le dice: "Levántate, Pedro, mata y come". Pero tres veces Pedro niega la oferta porque no debe comer nada impuro; pero la voz también responde tres veces: "Lo que Dios declara limpio, no lo llames profano". Pedro no sabe qué hacer con su visión, hasta el día siguiente, cuando llega a la casa de Cornelio y se da cuenta de que aunque era ilegal que judíos y gentiles se asociaran, no debería llamar profano o impuro a nadie. Después de esto, Pedro predica en la casa de Cornelio que Dios no muestra preferencia entre personas. Mientras hace esto, el Espíritu Santo desciende sobre todos los que están allí, en lo que parece un segundo Pentecostés, ya que los gentiles también comienzan a hablar en lenguas tal como lo hicieron los discípulos al comienzo del libro de los Hechos (uno puede commparar Hechos 2, 1- 4 y 10, 44-46ª, y ver las semejanzas).
 
Podemos ver elementos similares y sorprendentes en estas historias. Tanto Pedro como Pablo tienen visiones y se quedan como invitados en la casa de una persona cuyo nombre / profesión es importante para su experiencia de conversión. Además, para ambos hombres la misión a los gentiles está ligada a su experiencia de conversión. Pero el paralelo más interesante es la intervención de Cornelio y Ananías. Cuando Dios llama a Cornelio y Ananías, se les llama por su propio nombre y tienen una instrucción específica. Ambos son cruciales para ayudar a Pedro y Pablo a comprender que Dios no muestra parcialidad. Podemos considerar a Pedro y Pablo como los discípulos que están en la base de nuestra Iglesia, pero tenemos que reconocer que no llegaron a ese punto por sí mismos. Cornelio y Ananías, a través de la intervención de Dios, fueron fundamentales para que tanto Pedro como Pablo pudieran entender la misión que Dios les dio.
 
La experiencia de la conversión y crecimiento personal no es un asunto meramente personal; todos necesitamos personas como Cornelio y Ananías que nos ayuden a ver y crecer. Estos dos hombres son enviados por Dios para ayudar a cumplir la misión que desde el principio les fue encomendada a los apóstoles de anunciar el Evangelio a todos. Incluso Pedro y Pablo, los dos pilares de la Iglesia que celebramos hoy, requirieron la ayuda de otros para convertirse en mejores discípulos.

 

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