DOMINGO DE PASCUA: SER FUEGO, SER AGUA, SER PAN Y VINO

 

¡Feliz Pascua de Resurrección!
 
Después de haber vivido con intensidad las celebraciones de Jueves Santo y Viernes Santo, con sus diversas expresiones litúrgicas (el lavatorio de los pies, el via crucis, la adoración a la cruz…) y haber acompañado a Jesús a través de la lectura de los relatos evangélicos, ayer sábado, al ponerse el sol, celebramos la victoria de la vida sobre la muerte: ¡la piedra estaba corrida y el sepulcro vacío! «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí. ¡Ha resucitado!».
 
Con la Resurrección, en la madrugada del domingo, hemos llegado al centro de nuestra fe, a la celebración gozosa de que la historia no terminaba en la oscuridad sin esperanza del sepulcro.
 
En la Vigilia Pascual, tan rica litúrgicamente, utilizamos tres signos fundamentales para hablar de la resurrección de Jesús: en primer lugar, el fuego; después el agua; y finalmente el pan y el vino con el que celebramos la Eucaristía.
 
Hay una invitación implícita en el uso de estos signos: la invitación a ser (nosotros) fuego, agua y pan partido para los demás.
 
Muchas veces andamos a oscuras, en medio de noches muy frías: la noche helada y llena de tiniebla de la soledad, del desánimo, de la desesperanza, del miedo, de la cárcel en la nos encierran nuestros egoísmos. O andamos apagados, sin ilusión, sin entusiasmo. O andamos solos, cada uno por su lado…
 
Hoy se nos invita a ser fuego: fuego que ilumina y fuego que calienta. Fuego que alumbra el camino y dispersa las sombras, fuego que nos reconforta y devuelve la vida cuando ya teníamos el cuerpo y el alma ateridos, insensibilizados por el frío. Fuego que nos enciende el deseo de seguir luchando por un mundo mejor. Fuego, también, que congrega: desde tiempos inmemoriales, las personas se juntan alrededor del fuego, hasta el punto que utilizamos la palabra hogar para referirnos a una una casa, una familia… 
 
Muchas veces somos una tierra reseca, agrietada, estéril, un desierto en el que no crece nada, un páramo yermo en el que los demás no encuentran ni una briza verde de alegría.
 
Hoy se nos invita a ser agua. Agua que renueva y limpia, que vivifica, que con su paso fecundo va convirtiendo los desiertos en jardines.
 
Muchas veces estamos hambrientos. Nos sentimos débiles, faltos de todo tipo de alimento: carecemos de pan, de amistades fuertes, de propósito, de esperanza.
 
Hoy se nos invita a ser pan y vino para los demás: a querer alimentar con nuestra solidaridad y con nuestro cariño a quienes andan espiritualmente anémicos, también a buscar alimento en el testimonio y ejemplo de los demás, y de Jesús de Nazaret, vencedor de la muerte.
 
Celebremos la Pascua: ¡seamos fuego, agua y alimento para los hermanos!

 

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VIERNES SANTO: “SE OPONE A LO QUE HACEMOS”

 

A Jesús no lo crucificaron porque predicara que nos amáramos más los unos a los otros o porque nos dijera que rezáramos más. Pero para muchos cristianos, la práctica del cristianismo puede haberse convertido en algo así, que ya sería mucho. Ser buena persona, de buen carácter moral. No matar, no codiciar la posesión del prójimo. Ayudar en lo posible. Aunque encomiable, esta ética no es la de Jesús. No es el comportamiento que llevó a Jesús a una ejecución que no sólo pretendía matarlo sino que pretendía aniquilar totalmente su rastro, eliminar totalmente su visión del mundo. Destrozar cualquier atisbo de reconstrucción de parte de los que le seguían.
 
Entonces, si no fue por pedir a sus semejantes que se quisieran más, ¿qué es lo que en realidad llevó a Cristo a la cruz? Lo que sabemos es que distintos grupos tenían distintas motivaciones, y sólo en la confluencia de tantos intereses de tantos grupos distintos se puede entender como el hombre más inocente de la Historia pudiera ser tan cruel y públicamente ejecutado. Jesús y su mensaje eran (y son) una amenaza a los poderosos—y no es difícil entender la motivación del gobierno romano de ocupación o de la clase alta judía, los saduceos. O la burda forma en la que éstos manipularon a las muchedumbres.
 
La motivación más interesante es quizá la de los fariseos y sus escribas. La demonización con la que se suele predicar sobre ellos puede hacernos perder el detalle. No podemos simplificar la complicada relación entre Jesús y los fariseos. De una clase social similar y cercanos al pueblo como el mismo Jesús, los fariseos estaban llamados a entenderse con Jesús. ¿Qué lleva a los fariseos a pedir la crucifixión de Jesús? Es evidente que Jesús les criticó su hipocresía y su legalismo: para estar en comunión con Dios uno debía cumplir un extenso número de leyes. Además, una de las críticas de Jesús es que muchas de estas leyes no eran parte de la Torá, sino más bien tradición disfrazada de norma.
 
Lo que es fascinante es que la condena de los fariseos ya estaba profetizada en el Antiguo Testamento. Hay una sección del libro de la Sabiduría que se proclama en la primera lectura del viernes de la Cuarta Semana de Cuaresma que profetiza la justificación farisea: “Tendamos una trampa al justo, porque nos molesta y se opone a lo que hacemos; nos echa en cara nuestras violaciones a la ley, nos reprende las faltas contra los principios en que fuimos educados. Presume de que conoce a Dios y se proclama a sí mismo hijo del Señor. Ha llegado a convertirse en un vivo reproche de nuestro modo de pensar y su sola presencia es insufrible, porque lleva una vida distinta de los demás y su conducta es extraña. Nos considera como monedas falsas y se aparta de nuestro modo de vivir como de las inmundicias. Tiene por dichosa la suerte final de los justos y se gloria de tener de padre a Dios.” (Sabiduría 2:12-16) Por tanto, “Sometámoslo a la humillación y a la tortura para conocer su temple y su valor. Condenémoslo a muerte ignominiosa, porque dice que hay quien mire por él” (Sabiduría 2:19-20.)  
 
Es fascinante recordar que este texto que profetiza con exactitud la motivación farisea está escrito no menos de ciento treinta años antes del nacimiento de Jesús. Jesús molestó a los que se habían erigido en intérpretes y editores de la Torá; a los que más citaban la Ley les criticaba por lo poco que se la aplicaban a ellos mismos. Jesús atacó los principios en los que se basaba toda la cosmovisión y la forma de vivir farisea—será la donación total, el servicio, lo que nos llevará a la comunión con Dios—no la observancia estricta de la letra de la ley.
 
La cita también aporta el cargo que servirá en los dos sistemas legales que juzgaron a Jesús: el “conocer” a Dios, proclamarse su Hijo, hacerse uno con la divinidad. Este es el cargo que, en último término, lleva a Jesús a la cruz, pues es blasfemia para la sensibilidad religiosa e insurrección en la legalidad romana, pues sólo su representante, el gobernador Pilatos, podía imponer la pena de muerte—derecho que los romanos habían quitado al Sanedrín alrededor del año 6.
 
Es una de las lecciones de la cruz cuando actualizamos el Viernes Santo a nuestro mundo actual.
No serán los pequeños pecados, las malas palabras, las pequeñas infracciones de la ley lo que mantendrán a Cristo crucificado—aunque para muchos, eso es todo lo que parece ofrecer una cierta interpretación de la ética cristiana. Pero no, la ética de Jesús es mucho más. Como profetizó el libro de la Sabiduría, Jesús se opone a lo que hace el poderoso, el injusto, el inhumano. Llamados también estamos los discípulos del Señor dos mil años más tarde a oponer cualquier abuso, toda injusticia, cualquier falta contra la dignidad humana.

 

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JUEVES SANTO: CHLOE, O CÓMO SERÍA EL LAVATORIO DE LOS PIES SI FUERA UN SACRAMENTO

 

Chloe estaba un poco nerviosa, pues era el día de su Primer Lavatorio de Pies. La pequeña iglesia de Esmirna había resistido las vicisitudes de la historia y, tras dos mil años de historia, era ahora la única iglesia inspirada solo en el Evangelio de Juan de toda la cristiandad.

El día del Primer Lavatorio de Pies era el día en que Chloe participaría plenamente con el resto de la comunidad, en la Eucaristía. No fue un camino fácil. Chloe tuvo que pasar por una preparación muy práctica, con sesiones especiales sobre empatía, respeto, aceptación…

Tuvo que unirse a varios grupos que distribuían comida a personas sin hogar en la gran ciudad, ayudar en un dispensario en una zona marginal, participar y preparar un programa para el empoderamiento de las mujeres y, además, contribuir como voluntaria en un proyecto de concienciación ambiental.

Sentía lo importante que era este momento, la gran acción de gracias, la Eucaristía. Quería hacer presente a Jesús en el servicio, como le recordaban las palabras de consagración, leídas cada domingo. La última acción e instrucción de Jesús durante la Última Cena: Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Saben lo que les he hecho? Ustedes me llaman Maestro, y Señor; y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado sus pies, ustedes también deben lavarse los pies los unos a los otros. Porque ejemplo les he dado, para que como yo les he hecho, ustedes también hagan (Juan 13,12-15).

Le gustaba esa lectura. En el servicio y a través del servicio se sentía conectada con Jesús. No se trataba tanto de credos y dogmas. Se trataba de un compromiso con el servicio. ¡Qué hermosa manera de hacer presente a Jesús en el mundo!

Por supuesto, Chloe conocía las otras tradiciones eucarísticas originadas en los Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). Sabía que para ellos el pan y el vino eran el centro del Sacramento. Pero Chloe siempre pensó que la visión de la Eucaristía del Evangelio de Juan, mediante el Lavatorio de los Pies, era tan significativa como la otra, al menos para ella.

Ese domingo, cuando la gente se acercó para el Lavatorio de los Pies, Chloe se emocionó: siete ancianos, al fondo de la iglesia, evitando estar en el centro, empezaron lavando los pies de los siete candidatos, quienes a su vez lavaron los pies de otras siete personas, y estas a otras siete personas más, de modo que todos se lavaron los pies unos a otros, como lo ordenó Jesús en el Evangelio. La Eucaristía tomó su tiempo, como cada domingo en realidad. Para Chloe, sin embargo, fue un momento de compromiso y un momento de alegría. Desde ese día, el servicio se convertiría en una parte central de su vida, ya fuera en la comunidad, en la iglesia o en su familia. Sabía que el servicio era la esencia de su fe. El servicio, reflexionaba Chloe, era la manera de llevar a Jesús a los demás y se sentía preparada para ello.

 

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DOMINGO DE RAMOS: EL FRÁGIL ENTUSIASMO DE LAS MULTITUDES

 

Iniciamos la Semana Santa escuchando el conocido relato de la entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un burro, y aclamado por las multitudes de sus discípulos y seguidores, todos ellos entusiasmados ante la perspectiva de que él fuera a ser reivindicado como el Mesías, por lo que lo vitorean como rey de Israel, hijo de David. La escena, relatada en los cuatro evangelios, ha sido incluso denominada la “entrada triunfal” en Jerusalén, una comprensión sin duda ajena a la voluntad de Jesús, quien siempre intentó evitar que se alimentaran estas expectativas de un liderazgo mesiánico alrededor de su persona.

Los acontecimientos acaecidos en Jerusalén en los siguientes días, que escuchamos también hoy en el relato de la pasión, y que culminarán con su muerte vergonzosa en las afueras de la ciudad dentro de apenas cinco días, son un crudo recuerdo del frágil significado que puede entrañar una muchedumbre entusiasmada: el apoyo de hoy se tornará en breve en decepción, y luego en abierto rechazo, pues Jesús no va a colmar las expectativas del pueblo que anhelaba un líder político que los pudiera guiar hacia una vida más próspera, y convertirlos en una nación poderosa y respetada en su entorno.

El contraste entre el relato de la presunta entrada triunfal a Jerusalén de hoy, ensalzado y aplaudido, y la forma en la que Jesús saldrá de la ciudad cargando el madero de la cruz, burlado y escupido, no puede ser mayor. Solamente un grupo de mujeres se mantendrán a su lado, sabedoras de que el evangelio que Jesús predicó con su vida y sus palabras necesita ser abrazado y entendido en el corazón de las personas, una a una, lejos de las multitudes que solamente proyectan en sus líderes sus propios sueños y ambiciones.

Jesús nunca se dejó engañar por las multitudes que le reclamaban un liderazgo mesiánico para engrandecer su nación, y vaticinó repetidas veces que ellas mismas acabarían demandando su muerte, como de hecho ocurrió. Como seguidores de Jesús haremos bien en evitar la tentación, presente en todas las épocas de la historia, del populismo, y de querernos acomodar a los anhelos de grupos entusiastas de distintos signos políticos y sociales, deseosos de ser liderados para obtener logros en su propio beneficio. El evangelio de Jesús, ayer, hoy, y siempre, es un camino de donación amorosa de la propia vida, que se encarna en el encuentro con el prójimo, lejos de las multitudes y de sus deseos, como así lo vivió el propio Jesús.

 

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CUARESMA Y EL SIGNO DE JONÁS

 

La Cuaresma, este tiempo especial que nos prepara para la Semana Santa, es un tiempo que, entre otras cosas, tiene un componente penitencial. Es bueno, de vez en cuando, revisar la propia vida, las propias actitudes y el modo en que tratamos a los demás, y hacerlo en clave de arrepentimiento. ¿En qué me estoy dejando llevar por el egoísmo y la indiferencia? ¿He herido a las personas con las que convivo? ¿Estoy perdiendo el tiempo en actividades que no ayudan a construir el Reino?
 
No se trata de vivir inmersos en un sentimiento de culpa enfermizo, pero tampoco hay nada malo en mirarnos de vez en cuando en el espejo, con absoluta sinceridad, preguntándonos cómo podríamos mejorar aspectos de nuestro vivir diario que no terminan de estar en sintonía con el Evangelio, o que lo contradicen.
 
Jesús no vino a abrumarnos con el peso de nuestro pecado: de hecho, los evangelios dejan muy claro que vino a liberarnos, entre otras cosas, de los sentimientos de culpa, asegurándonos que por mucho que nos equivoquemos, siempre podremos contar con la misericordia del Padre. Y, sin embargo, también es verdad que en muchas ocasiones Jesús habló con severidad acerca de aquellos que, creyéndose perfectos y santos, eran incapaces de hacer autocrítica y no aceptaban la necesidad de reorientar sus vidas hacia Dios.
 
En una ocasión, mirando con dolor a sus contemporáneos, dijo aquello de que «esta generación es perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás» (Lc 11,29). Es un texto que leíamos el miércoles de la primera semana de Cuaresma. Pues bien, lo curioso de esta afirmación es que Jonás, cuando fue a predicar la conversión a Nínive… ¡no hizo ningún signo! En efecto: ante los ninivitas, Jonás no realizó ningún prodigio. El texto bíblico nos cuenta que cuando finalmente llegó a la gran ciudad (después de haber tratado de escabullirse de la misión que Dios le había encomendado), simplemente «caminó un día entero pregonando: —¡Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada!». Eso es todo. No apoyó su prédica en ningún gesto llamativo, no acompañó sus palabras con ninguna demostración de poder, o de que Yahvé estaba de su lado. Sencillamente anunció que la paciencia de Dios se estaba agotando… y eso bastó para que los ninivitas hicieran un propósito de enmienda y se convirtieran.
 
Tampoco a nosotros se nos dará más signo que el (no)signo de Jonás. Es decir, que tampoco nosotros deberíamos esperar a que sucediera ningún acontecimiento espectacular e incontestable en nuestras vidas para cambiar aquellas actitudes que nos alejan de Dios. El gran signo que necesitamos para reorientar nuestras vidas hacia el bien ya nos ha sido dado: la predicación de Jesús, el mensaje que nos transmiten los evangelios. ¿Qué más podemos esperar, qué puede ser más definitivo que las palabras del Mesías?
 
Todos podemos caer, a veces, en el autoengaño de decirnos a nosotros mismos que estamos esperando que ocurra algo prodigioso, un signo milagroso, un acontecimiento verdaderamente singular, para iniciar los procesos de cambio que son imprescindibles en nuestras vidas. «Cambiaré», nos decimos, «cuando»… y condicionamos nuestra conversión que sucedan grandes maravillas a nuestro alrededor. En realidad, esperar que se produzcan asombrosos prodigios para entonces empezar a corregir lo que no hacemos bien es una forma de inmovilismo. En esta cuaresma haríamos bien en recordar que no se nos dará más signo que el signo de Jonás: el signo de un hombre anunciando que hay mejores modos de vivir, sin más fuerza que la de su palabra.

 

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"HUMANOS CON CRISTO"

Nos alegramos con la publicación de un nuevo libro de Pablo Cirujeda, miembro de la Comunidad de San Pablo

 

Desde aquí queremos hacernos eco de la publicación reciente de "Humanos con Cristo", un nuevo libro de Pablo Cirujeda editado por la Editorial San Pablo. En este caso, se trata de una reflexión sobre los siete pecados capitales, y el modo de enfrentarlos, a la luz del Evangelio. 

"Todos nos enfrentamos, irremediablemente, a pruebas que tienen que ver con nuestros impulsos más primitivos. La ira, la envidia o la pereza… los pecados capitales, en definitiva, son tentaciones universales que tratan de dominar a la persona para confundirla y apartarla del camino del bien. Leyendo atentamente los evangelios, podemos ver cómo Jesús de Nazaret vivió toda su vida expuesto a esas mismas tentaciones, las combatió y luchó incansablemente contra el mal. Acompañando a Jesús en esa lucha, que anticipa las nuestras frente al tentador, no evadiremos los pecados capitales, pero, guiados por él, sí aprederemos cómo afrontarlas" (de la contraportada).

Felicidades, Pablo, por este nuevo escrito que nos ayuda a caminar por las sendas del Evangelio!

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LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

 

En lugar del 4º domingo en el Tiempo Ordinario, este fin de semana estaremos celebrando la Fiesta de la Presentación del Señor—también conocida como la Fiesta de la Candelaria. Este hecho hace que nos perdamos lo que hubiésemos leído en el domingo ordinario, la respuesta de la sinagoga al discurso programático de Jesús. Después de leer la cita de Isaías, después de omitir un verso de la cita donde se anunciaba el día de la venganza de Dios contra los enemigos de Israel y después de un diálogo con la asamblea en la que Jesús dice que no le sorprende no ser profeta en su tierra, Jesús sufrirá el primer conato de violencia contra él: “Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo” (Lucas 4:29-29.)
 
El evangelio de la Presentación del Señor rebobina la historia y nos vuelve a situar en la infancia temprana de Jesús. Suena como una historia de las que leemos en Navidad. No en vano, tradicionalmente esta fiesta solía marcar el final de la Navidad. María y José, observantes de la Ley, llevan a Jesús como primer hijo para ser presentado en el Templo. Afloran muchos de los temas de los evangelios navideños: Jesús es llevado al Templo, la institución que lo terminará ejecutando; observamos la reacción de aquellos que encuentran a Jesús—durante la Navidad vimos la reacción de los pastores, de Herodes, de los Magos de Oriente—ahora vemos la reacción de los ancianos Simeón y Ana. Es muy posible que el encuentro de estos ancianos cumpla la misma función que el episodio de la Epifanía cumple en el evangelio de Mateo.
 
Es curioso que esta Ana carga con el mismo nombre que la madre de Samuel. Sin duda, Lucas quiere que sus lectores hagan esta conexión, que los judíos del primer siglo, los primeros que recibieron este evangelio, hubiesen hecho casi automáticamente. Las dos mujeres, ven cómo Dios colma sus esperanzas: recibir un hijo—Samuel—y el Hijo: Jesús.
 
En las palabras de Simeón detectamos una conexión con la reacción de la gente de la sinagoga de Nazaret. Simeón proclama que este niño será “gloria de Israel” pero también “luz para todas las naciones.” La universalidad de Jesús y su mensaje siempre será un problema para los fanáticos nacionalistas—tanto en Nazareth como en lugares que nos caen más cerca. Y a María le dice, “Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma.” En la sinagoga Jesús ha empezado a ser “signo de contradicción.”
 
Entender a Jesús como piedra de tropiezo, como signo de contradicción, puede ser un tema fructífero. Y es fácil caer en la tentación de solo entender a Jesús como signo de contradicción contra el “mundo” o “la cultura” de la sociedad. Pero, ¿qué nos diría Jesús a nosotros que nos provocaría una reacción de profundo rechazo? ¿Qué cosas que creemos de forma absoluta pondría en duda Jesús? ¿Qué tipo de retos nos presentaría si se presentara en medio de nuestra asamblea cualquier domingo cómo hizo en el Sabbath en la sinagoga de la tierra que lo vio crecer?
 
En el espíritu de esta fiesta en la que se bendicen velas le pedimos al Señor que siga iluminando nuestras vidas, nuestras contradicciones, y que siga dando luz a todas nuestras oscuridades.

 

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ADVIENTO: PERMITIR QUE JESÚS NAZCA EN NUESTRAS VIDAS

Uno de los «lemas» del Adviento, una de las frases que captura el sentido de este tiempo que iniciamos el pasado domingo, es «Ven, Señor Jesús», sacada del final del libro del Apocalipsis (Ap 22, 20). Es, podríamos decir, una de las oraciones más propias del Adviento.
 
Y, sin embargo, es importante asegurarnos de que entendemos correctamente estas palabras. Porque no son un ruego, ni un reclamo que nosotros le hacemos a Jesús para que venga, como si él, por algún motivo, se resistiera y nosotros tuviésemos que convencerlo de que quisiera venir.
 
«Ven, Señor Jesús» es, en realidad, un ruego dirigido a nosotros mismos: una oración en la que pedimos que de verdad nosotros queramos abrirle las puertas de nuestras vidas y quitar todos los obstáculos que a veces ponemos en medio el camino, barrándole el paso. Obstáculos que ponemos porque, en realidad, nos asusta su venida.
 
¿Y por qué, deberíamos preguntarnos entonces, nos asusta que Jesús realmente llegue? ¿Por qué ponemos resistencias a la venida de Jesús (por mucho que de palabra vayamos repitiendo «Ven, ven…»)?
 
Una posible respuesta es que sabemos, o intuimos, que de un modo u otro Jesús siempre viene a desinstalarnos. Llega a darnos un empujoncito, a instarnos a ir más allá en nuestra generosidad, a salir de las rutinas que nos adormecen la conciencia, a realizar un éxodo, fuera de los territorios que ya conocemos y de nuestras comodidades, hacia la vida más arriesgada del Evangelio. Por eso en el fondo, tal vez inconscientemente, tememos la venida de Jesús.
 
Sería bueno identificar las actitudes que tienden a instalarnos. Revisarlas, comprender que nos empobrecen y rechazarlas. Para, entonces, poder decir a pleno pulmón y con toda sinceridad, en este Adviento y siempre: «¡VEN, SEÑOR JESÚS!»

 

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MARÍA, BUSCANDO A SU HIJO, ENCONTRANDO A JESÚS

 

Este breve escrito es una reflexión personal sobre la persona de María, buscando en el evangelio una respuesta a la pregunta ¿cómo era María?, ¿qué me dice realmente el Evangelio? Extrayendo de los evangelios todas las citas que hablan de María he aprendido mucho de ella, hasta podría sacar un “perfil”, saber sus características personales. Pero, al igual que le pasó a María y que voy a explicar a continuación, buscando la respuesta a esta pregunta, he encontrado algo que no buscaba. Me he dado cuenta de que María no es un personaje estático, inmutable, sino que evoluciona y cambia como madre y como mujer.

La clave la he encontrado en las ocasiones en qué María busca a su hijo cada vez que lo pierde. En esta pérdida-búsqueda está el cambio de María. Cada vez que esto ocurre (en tres ocasiones), María se lleva un buen batacazo que la hace reflexionar, meditar, y cambiar, de tal forma que al final es capaz de encontrar a Jesús. Veámoslo.

Primer “pierde – busca – encuentra" de María
Lc 2,41-46: Jesús adolescente, decide quedarse en el Templo a escuchar y hablar con los doctores de la ley, en vez de regresar con sus padres. Éstos, que ya estaban de camino a su casa, se dan cuenta de que lo han perdido, y regresan al templo. Cuando lo encuentran, María, como buena madre, reprende a Jesús que ya apuntaba maneras.
Pierde a Jesús como niño y, por tanto, dependiente de sus padres, y encuentra a un adolescente con aires de independencia. Deja de ser una madre protectora, y pasa a ser una madre que debe ejercer su autoridad (Lc. 2,50-51b) para que el adolescente no se les vuelva a perder.

Segundo “pierde – busca – encuentra" de María
Mc 3,31-32 (Mt 12,46-50; Lc 8,19-21): María y los hermanos y las hermanas de Jesús lo están buscando y lo encuentran predicando a la multitud. ¿Y qué se encuentran? A un Jesús que los quiere más por ser sus ovejas que por ser familia. De nuevo, María buscaba a su hijo, y se encuentra a un pastor. Pasa de ser madre a ser discípula. Pierde a Jesús hijo, y encuentra a Jesús maestro. A partir de este momento los evangelistas ya no se refieren a ella como su madre.

Tercer “pierde – busca – encuentra" de María
Jn 19,25-27: “Jesús, entonces, viendo a la madre y, al lado de ella, a su discípulo predilecto, dijo a la madre: “Mujer, mira a tu hijo.” Luego dijo al discípulo: “Mira a tu madre.” María pierde al pastor, y se encuentra ella misma siendo semilla del Reino de Dios. Jesús les encarga a ambos (al discípulo y a la mujer) que deben continuar con el anuncio del Reino, acogiéndose uno al otro. El amor fraterno que se ha creado entre los seguidores de Jesús no entiende de parentescos ni de sangre. El Reino de Dios se construye con el amor que nos ha dado Jesús, que es el de cuidarnos y servirnos unos a otros.

A María se le aparece el ángel Gabriel para decirle que concebirá un hijo por el poder del Espíritu Santo. En la cruz, este ángel es el mismo Jesús, que le dice que tiene que seguir adelante en la construcción del Reino de Dios.

Estos tres casos de María “pérdida-búsqueda-encuentro” reflejan no sólo un proceso de autocomprensión de María y de su hijo, sino también un proceso que podemos encontrar en nuestras propias vidas, un proceso de descubrimiento y redescubrimiento sobre quién somos, cuál es nuestra misión y cómo nuestras relaciones y nuestra comprensión de los demás siguen cambiando nuestras vidas.

 

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