LA FUERZA DE LAS CENIZAS


 

 

El domingo pasado, el último del Tiempo Ordinario antes del Miércoles de Ceniza, escuchamos un mensaje con tres enfoques de Jesús con respecto a la integridad de aquellos que se esfuerzan por ser sus discípulos. Dicha integridad se basa en la humildad y la introspección: reconocer la propia ceguera, quitar la viga del propio ojo antes de ocuparse de la astilla en el ojo del hermano. Y así como las raíces de un frutal necesitan ser curadas para que el árbol dé buen fruto, así también nuestros corazones deben limpiarse a menudo para que lo que emane de ellos sea sano y constructivo.

Seremos conocidos por el fruto que demos, que saldrá de nuestros corazones. Cualquiera que haya sido padre de un adolescente sabe que la pedagogía del “haz lo que digo, no lo que hago”, tiene poco peso, y no inspira. Y, desde luego, no se trata solo de que no funciona con los adolescentes. En ese sentido, si nos tomamos en serio que estamos llamados a ser discípulos de Jesús, a ser aquellos que aprenden del maestro y luego son enviados a compartir el Evangelio, primero debemos comenzar por trabajarnos a nosotros mismos. Debemos comenzar por nuestra interioridad, y allí cultivar la humildad.

La Cuaresma es un tiempo especial que se nos da cada año para reordenar nuestras prioridades y centrarnos de nuevo en el Evangelio de Jesús. Lo comenzamos por un acto aleccionador, de recibir cenizas. El Misal Romano ofrece dos opciones de frases que pueden decirse mientras que el ministro coloca las cenizas en la frente de los fieles. La primera es muy directa: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. Esta opción conecta directamente el gesto que hacemos con el origen de las palabras humildad y humilde, que vienen del latín humus, que significa “tierra”. Ser humilde significa, literalmente, bajarse al suelo. La segunda opción también invita a los fieles a la humildad, a reconocer sus propias limitaciones y faltas, y establece una conexión con el discipulado: “Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”.

Esta llamada a la humildad no equivale a que nos creamos unos inútiles. Esto no tendría sentido, puesto que desde hoy nuestros ojos miran hacia la Salvación y la Resurrección. ¡Jesús no vino a salvar basura! La austeridad y la humildad de la Cuaresma no pueden separarse de la Pasión ni, sobre todo, de la Resurrección de Jesús. Este último es, por supuesto, el centro del Evangelio de Jesús, que nos muestra el poder del amor humilde.

En última instancia, la humildad es fundamental para el discipulado porque siendo humildes podemos aprender del Maestro y llegar a ser como él (algo que también se mencionó en el Evangelio del domingo pasado). Nos arrepentimos y rebajamos, no para quedarnos en el suelo, sino para ser levantados por el Maestro, aprender de él y darnos cuenta de nuestro verdadero valor ante los ojos de Dios. Al creer en el Evangelio adquirimos la fortaleza para salir y anunciar la Buena Noticia de Jesús, y entonces nuestras palabras tendrán el peso de las palabras de los que practican lo que predican. Hay algo especial, singular, en aquellos que viven el Evangelio creyéndolo profundamente.

Por lo tanto, la humildad es el comienzo del verdadero cambio en nuestros corazones y en el mundo que nos rodea. La humildad requiere mucha fortaleza (¡esa viga de madera suena bastante pesada!). Y si ella impregna nuestro centro (nuestro corazón) podemos ser mucho más fuertes, apartar nuestro ego y dejar que entre en nosotros la gracia de Dios, de modo que él pueda usarnos como sus instrumentos, a menudo de maneras que nunca hubiéramos imaginado.

Que la recepción de las cenizas de hoy sea un impulso para hacernos humildes, y para que nuestros corazones se llenen de la esperanza del Evangelio. Si profundizamos y aceptamos los desafíos de este tiempo cuaresmal, la oración, el ayuno y la limosna darán buenos frutos, no solo en nuestras vidas, sino también en las de quienes nos rodean.

 

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LA FE: ¿CASTILLO O CAMINO?

A las personas no creyentes que, a pesar de declararse agnósticas o ateas, observan con interés el fenómeno religioso y las vidas y comportamientos de los creyentes, les puede resultar sorprendente, y hasta incomprensible, la diversidad de actitudes que descubren entre los que nos llamamos practicantes. Puede resultarles extraño, para ser más precisos, el hecho de que las mismas creencias produzcan frutos tan dispares: no es raro que vean con cierto asombro cómo hay creyentes con una visión altamente negativa de la sociedad contemporánea (los que subrayan que el reino de Dios “no es de este mundo”), y otros que, al contrario, viven su fe como una llamada al optimismo sobre el presente y futuro de la humanidad (los que enfatizan que “el reino de Dios ya está entre vosotros”); los que a resultas de su religiosidad adoptan posturas intransigentes, y los que como consecuencia de su fe parecen crecer cada día en el ejercicio de la tolerancia; a unos, su confesión los vuelve rígidos, escrupulosos e inquisitoriales, muy pendientes de sus pecados y de los pecados de los demás, mientras que a otros la misma confesión les empuja a ser comprensivos con las miserias propias y ajenas; unos, empapados de su Dios, se sienten llamados a dialogar con todo el mundo; otros, dicen que inspirados por el mismo evangelio, devienen huraños centinelas de la moral y la ortodoxia. Incluso se diría que, a unos, lo que creen les ayuda a saber reír con más soltura mientras que otros se olvidan de sonreír debido a su religión.
 
¿Cómo explicar estas diferencias?
 
Parece bastante obvio que parte de la respuesta habría que buscarla en la psicología de cada cual, en unas disposiciones psíquicas previas a la opción religiosa, que determinan cómo ella será vivida. En la fe de alguien que tienda a la melancolía y a una visión pesimista de la realidad, por ejemplo, es probable que el pecado tenga un peso muy importante. Alguien que, al contrario, tienda “por naturaleza” (es decir, por las disposiciones psíquicas previas a la opción religiosa de las que estamos hablando) al entusiasmo y al optimismo, seguramente se centrará más en la gracia y la misericordia de Dios.
 
Ahora bien, más allá de la influencia de nuestras tendencias psicológicas profundas, que poco o nada podemos hacer para modificar (y de las que no siempre somos conscientes), tal vez habría un aspecto más racional del asunto que nos ocupa, en el que sí podríamos incidir: la comprensión que cada uno tiene de la fe en sí misma. Nos referimos a las expectativas que todos tenemos acerca del papel que ella jugará en nuestra vida. Estas expectativas son independientes del contenido de la fe que profesamos, y las tiene todo creyente (no solo el cristiano, o la persona religiosa, sino cualquiera que se adhiera a un credo determinado). Independientemente del contenido doctrinal de aquello en lo que creemos (para unos será el evangelio de Jesús, para otros las revelaciones de Alá a Mahoma, para otros puede ser la fe en una doctrina política o económica), todos albergamos esperanzas sobre lo que nuestra fe pueda reportarnos: en estas esperanzas está implícito siempre un modelo de qué es (y de para qué sirve) la fe.
 
Pues bien, entre la variedad de modelos que existen nos parece que hay dos que en gran medida pueden explicar los frutos dispares que la fe (cualquier fe) produce en sus fieles: entenderla como castillo o entenderla como camino.
 
Los que siguen el primer modelo entienden sus creencias como una fortaleza cuyo cometido es proporcionarles seguridad. Se sienten protegidos dentro de las paredes de su credo. A estos les importará, por encima de todo, la solidez y estabilidad de los muros (de las verdades) en que se amparan; les interesará subrayar la firmeza e inmutabilidad de los cimientos en los que se sostiene su visión del mundo. Una consecuencia de este modelo será una clara delimitación de quién está dentro y quién queda afuera del círculo creyente. La expectativa fundamental de los creyentes que ven la fe como un castillo es sentirse amparados, a resguardo de las incertidumbres que la vida comporta.
 
Los que entienden su fe como un camino, en cambio, subrayan el carácter evolutivo de su vida espiritual, porque se sienten “en marcha”, siempre de viaje. A estos les importará saber de dónde vienen (reflexionar sobre la historia y el pasado de su confesión) y hacia dónde van (qué horizontes tienen enfrente). Una consecuencia del modelo “fe como camino” será que sus seguidores se abrirán de forma natural al encuentro con nuevos compañeros de viaje, con personas que tal vez vengan de puntos de partida muy distintos a los suyos, pero que, al menos durante un tramo, avanzan codo con codo con ellos. Puede que la expectativa fundamental de estas personas no sea tanto el punto final hacia el que se encaminan como la esperanza de ir encontrando a Dios en el mismo hecho de estar en continuo desplazamiento, en una senda de crecimiento permanente.
 
Obviamente, como se puede deducir de la breve descripción que hemos ofrecido en los dos párrafos anteriores, no pensamos que ambos modelos sean igualmente válidos, por mucho que ambos puedan tener virtudes y defectos. Nos parece que la fe estática, vivida como castillo, suele impedir el crecimiento de sus partidarios. Tiende, además, a producir frutos de intolerancia y división, y por sus mismas dinámicas promueve que se recele del diálogo con el otro, con los que habitan en otros castillos.
 
La fe como camino es, a nuestro modo de ver, más saludable, y también más realista. Fomenta en quienes la practican la toma de conciencia de su identidad narrativa: esos entienden que el viaje los transforma, que los paisajes y las etapas que han recorrido en la vida van cambiando su mirada y su misma identidad. Es un modelo que tiende al respeto hacia los demás, sea cual sea su credo, pues los ve igualmente “en marcha”. Finalmente, este modelo suele ser más propenso a buscar el diálogo con extraños: en la mentalidad de sus seguidores hay implícita la convicción de no poseer todavía la plenitud de la verdad (es precisamente para irla descubriendo que siguen en camino), de modo que acogen con agrado la posibilidad de contrastar sus luces con las de otros, mediante una conversación entre iguales.
 
Sería recomendable, probablemente, que los creyentes meditáramos más a menudo sobre el modelo que subyace en nuestra vivencia de la fe, preguntándonos cómo la vemos: ¿Como un castillo o como un camino?

 

 

 

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VICARIOS GENERALES DE LA ARQUIDIÓCESIS DE MILWAUKEE VISITAN LA PARROQUIA LA SAGRADA FAMILIA EN LA REPÚBLICA DOMINICANA

La Parroquia La Sagrada Familia, atendida por la Comunidad de San Pablo, recibió recientemente la visita de los padres Curt Frederic y James Lobacz, vicarios generales de la Arquidiócesis de Milwaukee, que viajaron a la República Dominicana acompañados por el Padre Tim Kitzke, miembro de la Junta de Personal y rector de varias parroquias en la ciudad de Milwaukee.
 
Su visita fue motivada por el deseo del arzobispo Jerome Listecki de que el liderazgo de la arquidiócesis conozca a fondo su parroquia hermana en la República Dominicana. En pocos días visitaron distintas comunidades rurales pertenecientes a la parroquia, así como varios programas sociales que la Comunidad de San Pablo coordina en la región: centro de salud, centros educativos infantiles, proyectos agua y de letrinas, entre otros. También concelebraron en la misa dominical en Sabana Yegua, y finalmente pudieron conocer otro futuro proyecto de la Comunidad de San Pablo en Barrera, el Eco-hotel Altos de La Caobita. Agradecemos su visita y el apoyo a La Sagrada Familia y a la Comunidad de San Pablo que desde hace tantos años recibimos desde Milwaukee.

 

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DAVID, DE JOVEN COMUNITARIO A TÉCNICO DE PROYECTOS DE LA ALCALDÍA

Proyecto de reforestación como alternativa al cambio climático en la provincia de Cochabamba (Bolivia)

 

Desde el municipio de Vacas, en Bolivia, Aniceto Arroyo nos escribe el siguiente testimonio:
 
Hace 14 años que la Comunidad de San Pablo está involucrada en distintos proyectos de desarrollo en las zonas altas de este municipio de Vacas. Uno de ellos es la iniciativa de reforestación en diez comunidades. El cambio climático ha reducido las cosechas de tubérculos andinos típicos de la zona, produciendo una gran migración de los campesinos a las ciudades, donde suelen convertirse en mano de obra mal pagada.
 
El proyecto de reforestación en Vacas, a través del cual se han plantado cien hectáreas con más de 50.000 plantines de pino, es una iniciativa a largo plazo que pretende aportar madera para construcción y para el uso en el hogar.
 
Los líderes comunitarios han jugado un papel muy importante en este proceso. El joven David, por ejemplo, se involucró en él desde sus 12, años y ha sido uno de sus pilares. Hace unos días nos alegró saber que el municipio de Vacas reconocía el valor del proyecto como alternativa de futuro para sus familias, y que por ese motivo el municipio propone duplicar la producción, incluyendo a 120 familias en su desarrollo. La propuesta se presentará al gobierno nacional, que tiene recursos para el medio ambiente provenientes de la Unión Europea. En este marco, el municipio ha escogido al joven David como técnico para llevar adelante el proyecto durante los tres próximos años. Entienden que una persona externa no se involucraría de la misma manera que este joven comunitario, que tiene una gran experiencia de producir plantines por encima de 3.000 metros sobre el nivel del mar.
 
David, que lleva diez años siendo el alma de este trabajo comunitario, a pesar de no haber terminado los estudios secundarios, será parte de este cambio que sigue llegando a la zona. La comunidad se siente orgullosa de su logro y está segura de que realizará un gran papel en llevar adelante el proyecto. Deseamos que en unos años no haya solo un David, sino muchos, ayudando en estas zonas de altura necesitadas de alternativas para lograr una vida digna.

 

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OPERATVO OFTALMOLÓGICO EN LA REPÚBLICA DOMINICANA

Un grupo de médicos y voluntarios de Wisconsin visitan Sabana Yegua y atienden a más de mil personas en una semana

 

Juan Manuel Camacho, desde Sabana Yegua (República Dominicana) nos hace llegar esta noticia:
 
«Desde el 6 al 13 de enero tuvimos la tradicional visita del grupo de feligreses de la parroquia de Saint Mary, en Kenosha (Wisconsin, EE. UU.), para la anhelada campaña oftalmológica de cada año. Esta vez pudieron llevar a cabo 110 cirugías (de cataratas y pterigium) en el hospital Taiwan, y revisaron la vista de más de 900 personas, proveyendo con lentes a todos los que los necesitaron. Durante la semana en que nos visitan los oftalmólogos, las instalaciones de la parroquia se convierten en un campo médico donde se revisan las personas, y se las prepara para las cirugías.

 Esta campaña es una excelente oportunidad para que voluntarios dominicanos de la comunidad local y los voluntarios de Estados Unidos compartan experiencias, trabajo y compañerismo, estrechando lazos de amistad entre los unos y otros. Desde aquí agradecemos la entrega de todos los voluntarios que hacen posible que este operativo anual sea fructífero. 2019 ha sido el decimocuarto año consecutivo en que lo hemos podido realizar. ¡Gracias, amigos de Kenosha!»

 

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LA ILUSIÓN DE TODOS LOS DÍAS

Recuerdo que hace ya algunos años se hizo famosa una canción de un anuncio de lotería, decía así: “Es la ilusión de todos los días, es compartir el cupón de la ONCE”. La ONCE, Organización Nacional de Ciegos de España, es una entidad muy conocida por sus cupones de lotería, y de su recaudación se ven favorecidas múltiples actividades en favor de este colectivo. Me vino a la memoria esta canción pensando en nuestra realidad de República Dominicana. Por todo el país, un país en el que el 6% de la población vive en una pobreza extrema y el 29% en pobreza moderada,[1] llama la atención la cantidad desproporcionada de bancas de lotería, que podemos encontrar en cualquier rincón, incluso en los pueblos más aislados y desfavorecidos. Se calcula que hay 154 bancas de lotería por cada escuela pública en la República Dominicana[2].
 
Es tan difícil alcanzar los grandes sueños con el trabajo y el esfuerzo del día a día que muchas personas optan por disfrutar del presente, y lo hacen instalando en su casa una antena parabólica para poder ver telenovelas, o entregándose al alcohol durante el fin de semana, o celebrando fiestas en momentos especiales, tirando la casa por la ventana. Un recurso más es la lotería: con un poquito de dinero se puede soñar en alcanzar un enorme premio. Lo lamentable, por supuesto, es que este poco dinero, si se va gastando todos los días, termina representando un gasto muy importante (y convirtiéndose a menudo una adicción).
 
Uno podría desesperarse intentando comprender cómo se despilfarra en un juego de azar el poco dinero que se obtiene del trabajo, en lugar de emplearlo mejor, cubriendo las necesidades básicas de la familia. Sin embargo, siempre hay que ponerse en la situación de los demás para intentar comprender. Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo, en su libro «Poor economics»[3], observan que precisamente las cosas que hacen la vida menos aburrida son una prioridad para los más pobres, quienes muchas veces toleran su destino en lugar de enfurecerse contra él. Así, en vez de reducir caprichos y concentrase en necesidades, a menudo actúan al revés. Son indulgentes con ellos mismos porque quizás son escépticos sobre sus oportunidades reales y sobre la posibilidad de un cambio radical en sus vidas (¡y es obvio tienen motivos sobrados para este escepticismo!). Se preguntan si vale la pena sacrificarse por un improbable cambio que, además, puede tardar demasiado en llegar.
 
En todo caso, a propósito de las loterías, la realidad es que en República Dominicana su gran proliferación perjudica de forma muy especial a los estratos socioeconómicos más bajos. El Obispo de San Juan de la Maguana, Monseñor José Grullón, promueve desde el púlpito el ahorro y la organización económica familiar como manera de luchar contra la pobreza. En sus homilías ha subrayado muchas veces que el único que se hace rico con las bancas de lotería es su dueño. ¡Cuánta razón tiene!
 
Ojalá que la verdadera “ilusión de todos los días” no sea la de un premio más que improbable, que mientras no llega daña las economías familiares, sino la ilusión de capacitarse, de que los hijos estudien, de conseguir un trabajo e ir construyendo un cambio real para un futuro mejor.

[1] Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples (ENHOGAR 2016)
[2] https://www.eldinero.com.do/42177/hay-154-bancas-de-loteria-por-cada-escuela-publica
[3] Poor Economics, Abhijit V. Banerjee and Esther Duflo, Public Affairs, New York, 2011, p. 37-38

 

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LOS MAGOS DE ORIENTE COMO MODELO EN NUESTRO PROPIO ENCUENTRO CON CRISTO

Aún en el tiempo de Navidad, este fin de semana celebramos la fiesta de la Epifanía. En nuestro contexto de fe, epifanía significa la manifestación de Cristo a todas las naciones.
 
Hemos ido a Misa constantemente estos días. Seguimos escuchando todos estos relatos sobre el nacimiento de Jesús de los dos evangelios que nos lo explican, Lucas y Mateo. Una de las cosas hermosas de todos estos textos sobre la Navidad es ver cómo la Buena Nueva del nacimiento de Cristo tiene un efecto expansivo: primero, solo María lo sabe; entonces José; luego Elizabeth y Zacarías; luego los pastores (representando los marginados de Israel. En la Epifanía, la Buena Noticia llega a todo el mundo. Usando lenguaje del siglo XXI, Jesús se hace viral.
 
Cristo continua manifestándose en nuestro mundo, y nos corresponde a nosotros escuchar esta Buena Noticia y dejar que nos transforme, como transformó a los Magos de Oriente. Cuando empieza el relato de los magos, estos sabios buscan a Jesús en Jerusalén, en el centro de poder, y preguntan por él a Herodes, personificación del poder. Al final del texto, transformados por el encuentro con Cristo, se dan cuenta de que tienen que evitar Jerusalén y Herodes, y regresan a su tierra como personas transformadas, llevando consigo la buena nueva de Jesús.
 
Observamos la actitud de los Magos en este evangelio de la Epifanía, y aprendemos de ellos cómo dejar que Jesús transforme nuestras vidas como cambió las suyas:
 
(1) Los magos eran personas que estaban en movimiento, con una actitud de búsqueda. Lo opuesto es nuestra tendencia a establecernos, en la vida y en la fe, y dejar de buscar. Nos instalamos en la comodidad de las certitudes, y tenemos más respuestas que preguntas—caemos en la tentación de la complacencia. 
 
(2) En su búsqueda, los Magos leyeron un signo: una estrella. Dios nos manda continuamente señales y pistas para encontrar a Jesús. Quizá no son señales tan espectaculares como la estrella itinerante de hoy, pero Dios sigue comunicándose con nosotros a través de las personas y los acontecimientos de nuestra vida diaria. No deberíamos perder la sensibilidad para discernir estos signos de Dios.
 
(3) Una vez que se encuentran con Jesús, los Reyes Magos se lo dan todo. Le regalan al Niño regalos muy simbólicos. El oro, que representa la riqueza material, una preocupación contante de cualquier ser humano. Incienso, usado por múltiples culturas a través de la historia como elemento de ritual religioso, representando nuestra relación con la divinidad. Y mirra, un ungüento con efectos medicinales que también se usaba para embalsamar los cuerpos de los difuntos, representando la realidad del sufrimiento humano y la certeza de la muerte. Lo contrario sucede cuando no dejamos que Jesús nos cambie y optamos por vivir la fe a nivel superficial, centrándonos en los gestos y los rituales, en las normas y las leyes, y no nos sentimos interpelados por la increíble invitación a ser seguidores de Jesús. 
 
(4) Y los Magos se llenaron de alegría al encontrarse con Jesús—no sólo alegría, pero una alegría desbordada, la alegría del evangelio que es una opción más que un sentimiento. Todos tenemos problemas y dificultades, motivos para la tristeza y la preocupación. Pero el encuentro con Jesús—empezando por la Eucaristía, pero también en el resto de nuestras vidas—tendría que llenarnos de la alegría desbordada de los Magos. ¿Sentimos esta alegría intensa cada vez que encontramos a Jesús en el “otro” especialmente el extranjero, el distinto, el marginado?
 
La Epifanía es una explosión de alegría y significado, y su onda de choque nos alcanza hoy. Aprendamos de los Magos de Oriente como continuar el trayecto que nos lleva al Niño, y más allá, en constante itinerario de transformación.

 

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LA VISITA DE LA ALCALDESA

La nueva alcaldesa de Meki (Etiopía) visita el centro educativo de la Comunidad de San Pablo

 

  
María José Morales nos cuenta, desde Etiopía, la visita de la nueva alcaldesa de Meki, y el impacto de la creciente paridad política entre hombres y mujeres en el país.

 
“Ayer tuvimos una visita sorpresa en el centro de capacitación Kidist Mariam. Sin previo aviso llegaron dos personas jóvenes muy interesadas en conocer el centro y su labor, y resultó que eran ni más ni menos que la nueva alcaldesa de Meki y el responsable del Distrito.  Las estudiantes les contaron los cursos en los que se capacitan, y los visitantes les agradecieron las explicaciones y las animaron a seguir mejorando.
 
Ya os podéis imaginar lo contentas que estaban nuestras estudiantes de haber conocido a la nueva alcaldesa: “Es muy joven… ¡y es mujer!”, decían. El nombramiento de la alcaldesa de Meki se enmarca en los cambios que se están produciendo a nivel social y político en todo país desde que Abiy Ahmed fue nombrado nuevo Primer Ministro de Etiopía, a principios del pasado mes de abril.
 
Se ha nombrado a muchas mujeres para ocupar cargos políticos importantes, y eso anima mucho a nuestras jóvenes estudiantes. De hecho, a finales de septiembre se anunció la formación de uno de los pocos gobiernos paritarios del mundo, con un 50% de ministras (ocupando, entre otros, los ministerios de defensa, comercio y paz). El Parlamento etíope eligió también por unanimidad a la abogada Meaza Ashenafi como primera presidenta del Tribunal Supremo Federal. A principios de octubre la diplomática Sahlework Zewde fue elegida presidenta del país, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar la jefatura de Estado etíope y la única actualmente en el cargo en toda África.
 
Por último, a finales de noviembre la líder opositora Birtukan Mideksa fue elegida presidenta de la Junta Nacional Electoral.
 
Y en este contexto, desde hace dos meses en Meki tenemos también alcaldesa. En el patio del centro, cuando ya salían las estudiantes después de acabar sus clases, se me acercó la joven Tigist y con una gran sonrisa me dijo: “He cambiado de idea, ya no quiero se cocinera… ¡Ahora quiero ser alcaldesa!”

 

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​UN DIOS DE CARNE Y HUESO

La Encarnación es, posiblemente, uno de los acontecimientos más retadores de todas las historias contenidas en la Biblia y, sin duda, aquella que más desafía nuestra razón y nuestra imaginación. Ninguna otra tradición religiosa se ha aventurado a proponer una paradoja semejante: Dios, aquel que representa lo eterno y todopoderoso, nace en Belén en forma de una de sus criaturas humanas, limitado y caduco.

En estas fechas navideñas somos testigos, un año más, de cómo el arte y la religiosidad popular se han prodigado en intentar representar a ese niño Jesús en su pesebre, humano a la vez que divino, acompañado de sus padres terrenales, de los pastores y de sus animales, pero también de los ángeles del cielo. Se trata de un niño que es, de forma sorpresiva, un Dios hecho carne y hueso.

Sin embargo, la Iglesia ha ido entendiendo que al acercarnos al pesebre de Belén no encontraremos a un Dios humanizado, o a un hombre divinizado, sino que en su persona se presenta una novedad que supera la tradicional oposición entre dos realidades excluyentes: entre el Creador y las criaturas, entre lo efímero y lo permanente. Jesús es, en verdad, la reconciliación perfecta entre dos opuestos. Las dos naturalezas de Cristo, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, nos indican que Jesús no es un término medio, o una quimera (como en el mítico “hombre lobo”, mitad hombre, mitad lobo). Jesús es ambas cosas a la vez, y ambas en su totalidad: consigue unir en un solo proyecto aquello que parecía incompatible.

En Navidad celebramos el nacimiento de Jesús, quien nos muestra un camino de síntesis ante cualquier dualismo excluyente: él es la afirmación de que en el mundo se encuentra la salvación; en lo humano, lo divino; en la acción, la contemplación. Jesús rompe toda división dualista, y su resurrección superará incluso el abismo entre la vida y la muerte. Navidad nos manifiesta que el encuentro del hombre con Dios se realiza en su propia naturaleza, al asumir él su cuerpo, su razón, su sexualidad, y sus sentidos.
Aun así, reconocemos que el dualismo es, seguramente, la herejía que mejor ha arraigado en el pensamiento cristiano occidental. La vida cristiana, a lo largo de los siglos, ha sufrido sus consecuencias, al oponer de nuevo acción vs. contemplación, vida terrena vs. vida del cielo, oración vs. trabajo, gracia vs. pecado, divino vs. humano, sagrado vs. profano, secular vs. religioso. Todas estas dicotomías han nacido de una falsa comprensión de la encarnación, el acontecimiento de salvación que superó para siempre los opuestos.

Reconocemos, también, que en nuestro mundo siguen prevaleciendo antiguos y nuevos antagonismos que nos dividen y nos enfrentan: hombres vs. mujeres, introvertidos vs. extrovertidos, derechas vs. izquierdas, espirituales vs. materiales, etc. Del nacimiento de Jesús aprendemos precisamente a integrar los opuestos, sin rechazar ni excluir, pues la espiritualidad cristiana nacida en Belén nos mueve a abrazar la totalidad de la experiencia humana.

Celebrar la encarnación nos llevará siempre a la proximidad física y a la cercanía con lo distinto, imitando al Dios que se ha personado en la historia humana en Jesús. La Navidad es la gran fiesta en la que reconciliamos las diferencias que parecía imposible superar, y nos unimos al proyecto unificador del Dios hecho carne y hueso.
 

 

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¿DÓNDE ESTÁ HOY LA CUEVA DE BELÉN? ¿QUÉ REGALOS LLEVAREMOS?

Leía el siguiente verso en el poema de Benjamín González Buelta titulado “Futuro tan presente”: Ya no te preguntaré cuándo seremos numerosos, sino dónde está hoy la cueva de Belén.
 
Me gustó la idea de centrarnos en dónde está hoy esa cueva para nosotros; no dónde está el éxito, ni siquiera de un mundo evangelizado, ni de una iglesia llena, ni incluso de un mundo mejor y feliz, sino de dónde hay un núcleo de amor a nuestro alrededor. Esa cueva puede estar en nuestra familia, con nuestra pareja, con nuestros mejores amigos: ese lugar íntimo, agradable, protegido, lleno de cariño, ternura y honestidad.
 
Y una vez hayamos logrado reconocer dónde está hoy la cueva de Belén para nosotros, pensemos qué regalos llevaremos a esa cueva. Se acercan las fechas de la fiebre de los regalos. A la cueva de Belén llegaron los presentes sencillos que los pastores podían ofrecer, y también los necesarios para ese momento.
 
Un regalo puede ser, sin duda, unos días dedicados a los nuestros, quizá otro sea alguna dosis de cariño, unos kilos de diálogo, o unos galones de “pasarlo bien”. Incluso nuestro propio regalo —¿por qué no autorregalarnos algo, como parte que somos de esa cueva?— puede consistir en un tiempo para no hacer nada, para estar, para meditar, para respirar, para rezar; un regalo vacío, un regalo lleno de nada para desprendernos de todo aquello que importa poco y ocupa mucho espacio y tiempo… ¡Qué regalos mejores que estos para nuestra cueva de Belén en esta Navidad!

 

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