FELIZ NAVIDAD!



En este pasado mes de octubre concluyeron las celebraciones de los cuarenta años de la parroquia La Sagrada Familia, en Sabana Yegua (Diócesis de San Juan de la Maguana, en la República Dominicana). Como ya saben los lectores de este Blog, “La Sagrada Familia” (fundada en 1981) es la parroquia hermana de la Arquidiócesis de Milwaukee. Desde 2003 (es decir, prácticamente la mitad de la historia de la parroquia) “La Sagrada Familia” ha estado al cargo de miembros (sacerdotes y laicos) de la Comunidad de San Pablo.
Para culminar las celebraciones del 40 Aniversario, el pasado 16 de octubre se celebró una misa en Sabana Yegua con presencia de Mons. Jerome Listecki, arzobispo de Milwaukee, Mons. Tomás Alejo, actual obispo de San Juan de la Maguana, Mons. José Grullón, obispo emérito de San Juan, varios sacerdotes y muchas personas venidas de todas las comunidades rurales aledañas a Sabana Yegua, que forman parte de la parroquia. Un grupo de 20 peregrinos de Milwaukee también estuvieron presentes, encabezados por Antoinette Mensah, directora de la Oficina de Misiones de la Arquidiócesis de Milwaukee. Fue una gran fiesta: después de la Eucaristía hubo bailes, danzas tradicionales, música y se compartió un almuerzo para más de 600 personas.
Fue, en definitiva, una bonita ocasión para celebrar cuatro décadas de solidaridad entre dos iglesias hermanas. En la Comunidad de San Pablo nos alegramos profundamente de haber sido parte de esta historia desde hace ya casi veinte años, y miramos con esperanza el futuro de “La Sagrada Familia”, que tanto bien ha hecho (¡y quiere seguir haciendo!) en esta zona del suroeste de la República Dominicana.


La vida en el mundo contemporáneo, sin duda, es una vida marcada por eventos y experiencias que se suceden en una secuencia imparable desde el inicio y hasta el final de la misma. Como si se tratara de una carrera de obstáculos, o de un carrusel, vamos saltando de una etapa a la siguiente, viviendo intensamente cada una de ellas: el anuncio de una nueva vida en camino, su nacimiento, su desarrollo inicial, la consecución de sus logros personales o académicos, la participación en eventos sociales significativos, etc. Lo inmediato de nuestros medios de comunicación convierten además la vida en una colección de momentos que podemos compartir en directo frente a nuestro círculo social, construyendo así un itinerario de vida jalonado de sucesos que queremos recordar.
Sin embargo, estas etapas, o sucesos vitales, esconden los valles o vacíos que se encuentran entre un evento y el siguiente, y en los que aparentemente no sucede gran cosa: los días que se parecen al día anterior o siguiente, los encuentros y las conversaciones previsibles y ordinarios, el empeño diario en sacar adelante un compromiso o un proyecto personal, familiar o comunitario. La enorme mayoría de nuestros días, esa es la realidad, no están señalados por un suceso, sino por formar parte de un proceso. Poco o nada hay de destacable en un día cualquiera dentro de un proceso de maduración personal, de sanación, de aprendizaje, o de superación. Forman parte de un camino, de un itinerario que tiene como meta un destino más o menos lejano, y al que una persona se podrá ir acercando solamente a través de múltiples jornadas muy parecidas entre sí.
Los peregrinos de antaño se sabían en camino, viviendo los innumerables pasos de su itinerario sin la prisa ni la ansiedad de quien necesita poder anunciar que ya ha logrado conquistar un nuevo logro en su vida. Como si se tratara de una peregrinación, las etapas de un proceso de desarrollo humano solamente son significativas en su conjunto, pero vistas una a una no alcanzan a transmitir la satisfacción inmediata a la que aspira la vida moderna, ávida de sucesos que pretenden colmar los sueños y las necesidades vitales. Aprender a vivir en camino implica entender la vida como un lento proceso, con paciencia, y renunciar a los resultados y las experiencias inmediatas.
La gran pérdida de ser humano moderno es, seguramente, este sentido del tiempo y de los ritmos de los que la misma naturaleza lo impregna a diario en un entorno natural. Los pueblos originarios que todavía viven sujetos a la naturaleza conocen bien la paciencia del labrador o del pastor, cuyos días son prácticamente iguales entre sí, pero que poco a poco van alcanzando frutos y resultados. Jesús de Nazareth, un hombre que creció y se formó en el mundo rural, mencionó en muchas ocasiones esa sabiduría de quien sabe que la vida es camino, más que una secuencia de eventos: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en su huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”. Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar”. (Mateo 13, 31-33)
En contraste con esta sabiduría milenaria del mundo rural, nuestra época se caracteriza por lo inmediato de los sucesos, de la información, y de las comunicaciones. Pero la vida no es una cadena de sucesos, sino un proceso, lento y tranquilo, en el que el camino es muchas veces más significativo que el destino. Para poder hacer este camino de vida en paz, es necesario vivir cada etapa con su sabor propio, sin querer acelerar o adelantar los acontecimientos.
Una vida que está abierta a los frutos que maduran a su tiempo, y a la levadura que va fermentando poco a poco la masa de forma invisible, será una vida que no ansía resultados inmediatos, sino que confía en el itinerario elegido, y saborea cada una de sus etapas.

Este mes de septiembre la Editorial Funambulista, de Madrid, ha publicado la novela “Los cuadernos de Nadine”, de Martí Colom, miembro de la Comunidad de San Pablo y colaborador habitual de este blog.
La novela (editada con la calidad y el cuidado típicos de los libros de Funambulista) arranca con la historia de los últimos días de Jean Jaurès, el líder de los socialistas franceses que en julio de 1914 se opuso vehementemente al estallido de la Primera Guerra Mundial. Jaurès, sabedor de que la contienda sería una catástrofe en la que los obreros y los más pobres de la sociedad no tenían nada que ganar, estuvo convencido hasta el último momento de que era posible evitar la guerra, y se desgastó orquestando una campaña política y mediática en contra del conflicto. A medida que avanza, el relato se centra en la vida convulsa y torturada de Raoul Villain, el hombre que asesinó a Jaurès, y en las contradicciones que enfrenta Nadine Ledoux, la joven que ama a Villain y que poco a poco se va convirtiendo en la verdadera protagonista de la historia, obligada a decidir qué debe hacer cuando el mundo en el que vive se desmorona.
“Los cuadernos de Nadine” es una novela de ritmo trepidante que, además de contar la inverosímil (pero auténtica) historia de Raoul Villain, confronta al lector con su propia actitud frente a la violencia y el fracaso. ¿Es posible, en definitiva, rehacer la propia vida cuando se nos caen las certezas en las que siempre habíamos confiado?
https://funambulista.net/libros/los-cuadernos-de-nadine/

Puede ser fácil crear expectativas en la vida. Nos ayudan a prepararnos y a completar las tareas que enfrentamos. Si bien las expectativas son en su mayoría útiles, a menudo nos impiden disfrutar de nuevas experiencias, esas que solo se obtienen al ser flexibles y espontáneos. La importancia de ser flexibles y abiertos también tiene una dimensión espiritual. A menudo Dios se nos revela fuera de las expectativas que creamos en nuestras mentes y corazones. Esta importante lección estuvo en el centro de mi experiencia (y la de mi compañero seminarista, Brady Gagne) durante las semanas que pasamos en República Dominicana.
Al comenzar nuestro programa de verano en Sabana Yegua, mi expectativa era que estaríamos trabajando en muchos proyectos. Imaginaba que la mayor parte de nuestra actividad sería trabajo físico, como pintar y construir espacios en distintas partes de la parroquia. En cambio, lo que Brady y yo descubrimos fue que nuestro trabajo diario se centraba, sobre todo, en encontrar a las personas que Dios había puesto en nuestras vidas. Ya fuera hablando con los feligreses o con los lugareños en la calle, el ministerio de estar presente para los demás nos permitió ver lo que Dios estaba haciendo en la vida de tanta gente. A medida que pudimos reflexionar sobre estas experiencias, pudimos preguntarle a Dios qué estaba haciendo en nuestras vidas. En mi experiencia, Dios me invitó a encontrar paz dentro de mí y a escuchar a los demás, en lugar de tratar de decir algo inteligente o profundo a cada rato (algo especialmente acertado cuando estás aprendiendo un nuevo idioma). Dios también me invitó a vivir con un sentido más profundo de la gratitud y la generosidad, al estar abierto a recibir tanto de la gente, ya sea porque nos invitaban a cenar o simplemente nos saludaran en la calle. Aprender a ser flexibles para recibir cualquier encuentro que pudiera traer el día fue una verdadera gracia del tiempo que pasamos en la República Dominicana.
Y ser flexibles, este verano, también nos enseñó a Brady y a mí la importancia de tener un espíritu aventurero. Cuando estábamos abiertos a probar cosas nuevas, nos abrimos a encontrarnos con Dios. Pienso, por ejemplo, en el día que fuimos a un pueblo de la montaña, Guayabal, a celebrar la Solemnidad del Sagrado Corazón, después de que la noche anterior el párroco nos invitara. También pienso en la vez que fuimos hasta el pequeño pueblo haitiano de Los Cacaos para celebrar misa con los lugareños. Estas aventuras propiciaron encuentros con muchas personas amables y generosas. Fueron momentos hermosos, que nos revelaron el amor de Dios. Jesús dice: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13,35). En el corazón mismo de la vida cristiana está el amor. Si bien puede parecer diferente según las culturas y los lugares, estar abierto a la aventura en esas nuevas culturas y lugares nos abre al amor de Dios.

El Centro Comunitario de desarrollo Infantil San José ofrece una atención integral a los niños de edades preescolar en Jardines de San Juan Ajusco, Ciudad de México, un barrio afectado por la marginación social y la falta de recursos.
Para nuestra programación de actividades del pasado mes de junio, incluimos el tema de “La Familia” para trabajar con niños, puesto que anteriormente, en el mes de abril, celebramos el día del niño, en mayo el día de madre y en junio celebramos el día del padre: así pudimos unir estas celebraciones en una fiesta de conjunto.
En los salones trabajamos con los niños el tema de la familia durante todo el mes mediante diferentes actividades como dibujos, y cuentos sobre la familia: quiénes conforman una familia, papá, mamá, hermanos, abuelos, tíos, primos etc., y crear la conciencia sobre el papel fundamental de las familias para ellos desde la primera infancia.
También realizaron manualidades, que al finalizar el día los niños entregaron a sus papás como regalo.
Desde su edad tan temprana, los niños tienen muy claro qué es la familia, se identifican con sus familiares como personas que los quieren, los cuidan, los comprenden y se preocupan por ellos.
El pasado 17 de junio, celebramos el Día de la Familia en el centro San José, y tuvimos una convivencia con los niños acompañados de los miembros de sus familias. Las educadoras prepararon bailes por grupos con los niños que presentaron para sus familiares. Este evento fue el primero que pudimos realizar con todos desde el inicio de la pandemia hace ya más de dos años, y todos los familiares que participaron se marcharon muy contentos de haber disfrutado y animado el baile de los niños.
CELEBRACIÓN DEL DÍA DE LA FAMILIA EN EL CENTRO SAN JOSÉ, CIUDAD DE MÉXICO Leer más »

El cielo de Meki en el que vivimos está compuesto por muchas mujeres que, de una manera sencilla, constante y muchas veces apenas perceptible hacen mucho ruido. Es un ruido constante, lleno de cariño, de amabilidad, pero también impertinente y lleno de rebeldía, de enfado y de no aceptación de las muchas responsabilidades y pocos derechos con los que les toca vivir. Ellas hacen un ruido especial, no se callan, no las callan, y están cambiando muchas cosas, muchas vidas, las suyas las primeras.
A muchas las conocimos hace apenas un año. Habían perdido trabajo, casa y familia con la llegada de la pandemia. Ahora se les llama “mujeres en situación de vulnerabilidad extrema”. Y sí, eran muy vulnerables. Cuando se las invitó a formar parte de un nuevo proyecto a muchas se les transformó el semblante, recuperaron la sonrisa y también la esperanza que habían perdido. Se integraron a grupos de ahorro con otras mujeres que compartían y comprendían las graves dificultades por las que estaban pasando. Y sintieron que de nuevo se confiaba en ellas, que se les ofrecía una nueva oportunidad para emprender negocios, ayudándoles también con lo más básico y esencial que necesitaban: salud, vivienda digna, y la escolarización de sus hijos.
Y a partir de ahí… empezaron a soñar de nuevo, y sus sueños son ahora reales. Están orgullosas de los logros alcanzados, de las iniciativas emprendidas, y vuelven a tener seguridad en sí mismas. Y al compartir en sus grupos de ahorro las ocasiones de violencia machista que siguen sufriendo muchas de ellas, se enfadan, se apoyan y pelean porque saben que merecen ser tratadas con respeto y dignidad. Todas estas mujeres con las que convivo y comparto el trabajo diario siguen sosteniendo el cielo de Meki, y siguen haciendo un ruido constante, no estridente pero persistente, para avanzar juntas. Están siendo un ejemplo para muchas otras.
Y como dice otro proverbio africano “las huellas de las personas que caminaron juntas nunca se borran”. Sueño y seguiré trabajando para que cada vez sean más las huellas y los ruidos de las mujeres que sigan denunciando, y transformando vidas.
“SI LAS MUJERES BAJARAN LOS BRAZOS, SE CAERÍA EL CIELO” (PROVERBIO AFRICANO) Leer más »

El pasado domingo día 19 celebramos la fiesta de Corpus, del Cuerpo y la Sangre de Cristo, y para ilustrar la solemnidad en misa leímos el relato que nos ofrece Lucas de la multiplicación de los panes y los peces (Lc 9, 11-17). En este pasaje se adivinan, enseguida, dos modos distintos de enfrentar los desafíos que nos plantea la vida.
Por un lado, ante el problema acuciante de la falta de comida para toda la multitud que tienen enfrente, está la «solución» (llamémosla así) que plantean los discípulos: que cada cual se busque lo que necesite. Que la gente se disperse y que cada uno busque su pan. Es el sálvese quien pueda, la ley de la selva.
Y, por otro lado, está la opción de Jesús: quedémonos todos aquí, juntos, y, unidos, miremos qué podemos hacer y qué salida encontramos ante el problema que nos apremia. Este, podríamos decir, es el modo eucarístico (o sea, comunitario) de vivir la vida.
En la forma de enfrentar las cosas de los discípulos nadie asume la responsabilidad por el bienestar del hermano. Jesús, en cambio, sintetiza su propuesta precisamente con la invitación, o el mandato, de que sean los discípulos quienes se pongan a trabajar para resolver la necesidad de la muchedumbre: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9, 13). Y esta se convierte, entonces, en la frase clave del relato. «Dadles vosotros de comer» es una orden de Jesús que resuena a través de la Historia, que llega como una llamada inescapable a los oídos y a la conciencia de todos aquellos quienes, a veces, quisiéramos inhibirnos, encogernos de hombros, decir que la necesidad del hermano no es nuestro problema y optar, con los discípulos, por el sálvese quien pueda.
En cada celebración de la Eucaristía recordamos y subrayamos que nos acercamos a comulgar en tanto que miembros de una comunidad. Es decir, que comulgamos el cuerpo de Cristo (presente en la hostia consagrada), para seguir siendo cuerpo de Cristo (en tanto que Iglesia, pueblo, familia), como dijo San Pablo: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo» (1ª Cor 12, 27).
En este sentido, es obvio que no habría mayor contradicción que una vivencia intimista, privatizada e individualista de la Eucaristía. Es hermoso que experimentemos la recepción de la forma consagrada como un momento de profunda cercanía con Jesús: pero ello nunca debería constituir una excusa para, entonces, alejarnos y desentendernos de los demás, con el pretexto de que «ya estoy bien con el Señor, los demás ni me interesan ni me hacen falta». Comulgamos, y en el hecho de comulgar sentimos la cercanía del Señor, sí: pero el fruto lógico de esta cercanía con quien dijo «dadles vosotros de comer» debería ser, una y otra vez, que entonces quienes hemos comulgado queramos acercarnos y comprometernos más los unos con los otros, y en especial con quienes pasan hambre. Porque (insistamos) comulgamos el cuerpo de Cristo en tanto que miembros del Cuerpo de Cristo.
¿Y qué nos hace ser Cuerpo de Cristo, o Iglesia, o pueblo o familia? ¿Una partida de bautismo? ¿Un pasaporte, una bandera? ¿Un apellido, unos genes? No, sino justamente lo que pone de manifiesto el texto de Lucas: la capacidad por asumir la responsabilidad por el hermano.
Un grupo de personas donde unos asumen la responsabilidad por el bienestar de los demás es una comunidad. Uno en el que cada cual va a la suya (independientemente de que compartan nacionalidad, o apellido, o afiliación a una misma iglesia) nunca lo será.
Escuchemos, con oídos renovados, las clarísimas palabras de Jesús: «Dadles vosotros de comer». En la capacidad que demostremos por responder a esta invitación nos jugamos nuestra misma identidad de miembros de la Iglesia, de personas hermanadas, unas con las otros, formando el cuerpo de Cristo.
ASUMIR LA RESPONSABILIDAD POR LOS HERMANOS: PENSANDO EN LA FIESTA DE CORPUS Leer más »

"Partiendo del Génesis, Pablo Cirujeda, sacerdote y médico, apunta unas breves reflexiones, serenas y conciliadoras, en las que busca, y encuentra, eso que une a los seres humanos entre sí; y a Dios. Con sus palabras demuestra que el tiempo, la capacidad creadora y, cómo no, el amor, entre otros hilos, tejerán esa materia indisoluble que, puntada a puntada, logra conformar el todo".
Un libro ameno y necesario. ¡Felicidades, Pablo!