Martí Colom

LAS LÁGRIMAS DE LA MUJER AGRADECIDA: IMPLICACIONES DE LUCAS 7,36-50

Martí Colom

El texto y sus dificultades
 
El pasaje del evangelio de Lucas que narra cómo una mujer unge los pies de Jesús bañándolos con sus lágrimas y secándolos con su cabellera (Lc 7,36-50) constituye una escena de una gran riqueza y profundidad, amén de ser muy hermosa, y nos ofrece una reflexión sobre uno de los temas centrales del mensaje cristiano: el perdón.
 
Repasemos el desarrollo del episodio: un fariseo, que pronto sabremos que se llama Simón, invita a Jesús a su casa para compartir una comida. Tan pronto como Jesús se ha recostado en la mesa aparece una mujer, conocida en toda la ciudad como pecadora, que llega con un frasco de perfume y, llorando, baña los pies de Jesús con sus lágrimas para luego secárselos con su pelo. Simón se escandaliza de que Jesús permita estas muestras de afecto por parte de una mujer de pésima reputación. Entonces Jesús propone una parábola: dos hombres debían sumas de dinero (el primero quinientos denarios, el segundo cincuenta) a un tercer personaje, que ante su incapacidad para pagar les perdona ambas deudas. «¿Cuál de ellos le estará más agradecido?», pregunta Jesús. «Supongo que aquel a quien le perdonó más», responde, lógicamente, el fariseo.
 
Seguidamente Jesús dirige la atención de Simón hacia la mujer y compara las atenciones que ella ha tenido con él con la falta de detalles que el propio anfitrión le ha mostrado, para concluir con la frase clave: «Por eso te digo: sus pecados, que eran muchos, se le han perdonado, por eso ama tanto; en cambio, al que poco se le perdona, poco ama» (7,47).
 

Cuando llegamos a este punto central de la historia, la traducción de la primera parte del versículo que acabamos de citar —el 7,47a— parece dividir a los intérpretes de Lucas. En efecto, mientras que algunas traducciones discurren en el sentido que hemos recogido en el párrafo anterior, en no pocas traducciones la secuencia lógica de la narración se rompe de forma bastante sorprendente, pues deciden hacer decir a Jesús lo siguiente: «Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho»[1].
 
En estas traducciones Jesús está diciendo con absoluta claridad que la causa del perdón (de Jesús a la mujer) es el amor que ella mostró. La dificultad está en que tal afirmación confunde el mensaje y rompe la lógica del argumento que Lucas nos presenta. Es una traducción de la primera parte del versículo 47 que no encaja en absoluto no sólo con el resto del pasaje sino con la propia segunda parte del mismo versículo: «Mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama» (47b).

Decir que el mérito de la mujer es haber amado, y que con ese amor se ha ganado el perdón, no reflejaría la parábola de los dos deudores, ninguno de los cuales tenía con qué pagar su deuda (42). En la lógica que proponen las traducciones arriba citadas el amor es causa del perdón. El problema es que Jesús está diciendo exactamente lo contrario, como se desprende del sentido global del pasaje (y la parábola de los dos deudores ilustra este punto con transparencia): a saber, que no es el amor causa del perdón, sino a la inversa, el perdón es causa del amor, o lo mismo dicho de otro modo, el amor es la consecuencia del perdón. La mujer, a semejanza del personaje que debía una gran cantidad, ama mucho porque se le ha perdonado mucho, ama como respuesta al perdón recibido, que es exactamente donde quería llegar Jesús, que concluye con la declaración: «En cambio, a quien poco se le perdona, poco ama». Volveremos más tarde a esta conclusión.
 
Hay por lo menos dos razones que explican el motivo por el cual seguramente muchos traductores se inclinan por la interpretación según la cual en el verso 47a Jesús diría que los pecados le han sido perdonados a la mujer porque amó mucho. La primera, de carácter gramatical, es que la conjunción οτι —que es la palabra sobre la que gira la frase— se suele traducir, en efecto, como un “porque” causal. En este caso, sin embargo, el contexto nos hace ver, como venimos subrayando, que tal traducción no encaja con la enseñanza del pasaje, y que habría que entender οτι en el sentido de que explica por qué podemos saber que el perdón existe, y no por qué se ha producido el perdón.
 
La segunda razón vendría dada por una lectura equivocada (a nuestro parecer) del relato: del hecho que ella llegue a la casa y llore y bañe con sus lágrimas los pies de Jesús antes de que se produzca ninguna conversación entre ellos dos sobre sus pecados, se podría deducir, ciertamente, que es en respuesta al arrepentimiento mostrado en este gesto que Jesús decide perdonarla. No es hasta el controvertido versículo 47 que Jesús afirma que «se le han perdonado los pecados», y hasta el versículo siguiente que se lo dice directamente a ella: «Tus pecados están perdonados» (48). Esta demora en la declaración de que los pecados han sido efectivamente perdonados parecería indicar que ella, tomando la iniciativa de acercarse con lágrimas y gestos de ternura hacia Jesús, ha provocado su perdón, y así quedaría justificada la traducción de 47a que estamos cuestionando.
 
¿Cómo conciliar la enseñanza final de Jesús («a quien poco se perdona, poco ama»), que está en perfecta consonancia con la parábola de los dos deudores, con la sucesión de eventos en casa de Simón, que podría indicar que la mujer ha amado primero? Probablemente haya que buscar la respuesta a esta pregunta en las lágrimas de la mujer. ¿Qué clase de lágrimas son? ¿Por qué llora? ¿Por qué muestra afecto hacia el maestro? La única respuesta que nos permitirá encajar el rompecabezas es, en verdad, obvia: eran lágrimas de agradecimiento, no de arrepentimiento. La mujer llora porque se ya sabe perdonada, y es por gratitud que se acerca tan cariñosamente a Jesús. No llega al encuentro de Jesús a pedir, sino a agradecer el perdón. Habría entre esta mujer y Jesús una sintonía total: ella se le acerca porque, incluso antes de que él se lo confirme, ya se sabe acogida, rescatada de su vergüenza por aquel profeta de la misericordia, distinto del resto de hombres de la ciudad. Por eso llora, agradecida; por eso lo atiende, gozosa. Él la comprende, entiende desde el primer momento lo que está pasando, y cuando al final de la narración le dice «tus pecados están perdonados» simplemente está confirmando algo que ella sabía de antemano. Es más, el texto, con su referencia final a los demás comensales presentes en la escena observándolo todo con atención (49), incluso permite aventurar la idea de que la verbalización final del perdón tiene como propósito dejarles claro a ellos y a Simón que Jesús no rechaza a la mujer, más incluso que la función de decírselo a ella misma, quien, en verdad, ya lo sabría. Únicamente si las lágrimas de la mujer son de agradecimiento encaja de forma coherente todo el pasaje, que podríamos titular, por lo tanto, la escena de la mujer agradecida y el fariseo altivo.
 
Porque si ella representa a las personas conscientes tanto de su pecado como del perdón que Dios ofrece sin reservas, Simón describe aquel que, creyéndose sin culpa, se aleja de Dios porque no cree necesitar nada de Él. La frase lapidaria con que Jesús cierra la enseñanza («al que poco se le perdona, poco ama») es una seria advertencia al fariseo —y a los fariseos de todos los tiempos— que podría leerse así: «Aquel que, creyéndose perfecto, piensa que no necesita perdón, termina aislado en su soberbia». Tendría esta conclusión un alto componente irónico, exactamente el mismo que Jesús usa cuando en otra ocasión dice aquello de «no sienten necesidad de médico los sanos» (Lc 5,31), frase dirigida, como a Simón, a un grupo de fariseos que le reprochaban que comiera y bebiera con descreídos y a los que él, como a Simón, quiere hacer ver lo peligrosa que es su soberbia.    
 
Implicaciones del texto
 
Lo planteado hasta aquí tiene implicaciones importantes para el modo en que gestionamos nuestras relaciones, nuestros conflictos, y las heridas que nos han infligido o que nosotros hemos ocasionado a otros.
 
En el esquema de las traducciones que, violentando la coherencia del pasaje, hacen decir a Jesús que la mujer ha sido perdonada porque amó, la responsabilidad de resolver el conflicto recae en el pecador. Él o ella son los que tienen que convertirse, cambiar, empezar a amar, y sólo entonces, como consecuencia de esta conversión, serán perdonados.
 
En cambio, en el esquema de Jesús, aquel que refleja la traducción que creemos más correcta (y la única que es coherente con el resto del pasaje), donde se dice que ella ama porque mucho se le ha perdonado, la responsabilidad de desbloquear el conflicto no recae en el pecador sino en aquel que tiene capacidad de ofrecer el perdón.
 
Como en tantas otras ocasiones, Jesús hace gala de un gran pragmatismo y de un impecable conocimiento de la naturaleza humana. Porque pretender que el pecador, sin recibir ningún aliento, apoyo o estímulo, un buen día, de golpe, empiece a amar a los demás, es muy poco realista: no sucederá, por lo menos no habitualmente. Es pedir las proverbiales peras al olmo. En cambio, es mucho más plausible sugerir que si alguien se adelanta y le dice al pecador “quedas perdonado”, eso sea precisamente el desencadenante de una transformación en su interior. Jesús, en otras palabras, confiere la responsabilidad en el que puede ejercerla. Los deudores de la parábola, recordémoslo una vez más, «no tenían con qué pagar». Es decir, simplemente, no podían tomar la iniciativa.
 
¿Es realista pensar que, por arte de magia, sin mediación alguna, alguien sumergido en el egoísmo descubra la senda de la generosidad? No. ¿Es plausible pensar que, si recibe la seguridad, la certeza, de que sus mezquindades no le serán tenidas en cuenta, entonces algo profundo cambie en su interior? Quizá: esa es, por ejemplo, la intuición en la que se basa el famoso inicio de Los Miserables, de Víctor Hugo, cuando Jean Valjean es generosamente perdonado (sin hacer absolutamente nada para obtener tal gracia) por el obispo a quien había robado.
 
El esquema que emerge del «sus pecados, que eran muchos, se le han perdonado, por eso ama tanto» explica la relación de Dios con nosotros: el Padre no está encumbrado en su cielo, esperando con impaciencia, altivamente, como un niño ofendido, que vayamos hasta él a pedir disculpas. El Padre se adelanta, viene a nosotros, y nos ofrece gratuitamente su perdón y amor, esperando sin duda entonces que nuestra respuesta sea el amor: «Dios nos amó primero», dirá en este sentido la Primera Carta de Juan (1Jn 4,19).
 
Este mismo esquema es, obviamente, el que Jesús propone que guíe nuestras relaciones interpersonales y ayude a resolver nuestros conflictos. Sin torres de marfil, sin esperar que sea el otro que tome la iniciativa («si cuando vas al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, ve primero a reconciliarte», dice Mt 5,23-24… ¡ni siquiera importa si el hermano tiene razón! La prioridad es que haya reconciliación, y ante esta realidad, la persona de fe —la que va al altar— debe tomar la iniciativa), sin pretender que para que yo, desde mi altivez, conceda mi perdón al hermano éste tenga que arrastrarse primero suplicando mi perdón.
 
Es una muy buena noticia, cuando lo aplicamos a nuestra relación con Dios. Es una exigencia y un reto, cuando lo aplicamos a nuestra relación con los demás.

 


[1] Esa es la traducción que, con ligeras variaciones, nos ofrecen por ejemplo, La Biblia de Jerusalén (en su Nueva Edición, Totalmente Revisada, de 2009): «Por eso te digo que sus numerosos pecados le quedan perdonados, porque ha mostrado mucho amor», o la Nueva Biblia Latinoamericana: «Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le quedan perdonados, por el mucho amor que ha manifestado».

 

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FRANCISCO: ¿UN SIMPLE CAMBIO DE TONO?

Martí Colom
 
A menudo el tono de un mensaje  dice más acerca de su emisor que el mismo contenido que el mensaje comunica. Es más: a menudo, el tono es el mensaje, casi por encima de su substancia.

Fijar nuestra atención en el tono—el estilo—con el que nos comunicamos nunca es un ejercicio superfluo, ni significa que estemos evitando debatir o enfrentar las cuestiones de fondo, porque el tono es un aspecto importantísimo del proceso comunicativo. Escoger el tono equivocado puede arruinar un intercambio de información o de pareceres, del mismo modo que acertar en el tono adecuado para exponer una opinión puede posibilitar la articulación de los mensajes más difíciles y que más oposición podrían generar por parte de sus destinatarios.

De hecho, como receptores captamos primero el tono, antes que la substancia de lo que se nos dice, y al terminar el intercambio comunicativo recordamos el tono tanto o más que dicha substancia, porque el tono es el que ha alcanzado nuestras emociones (y en gran medida ha determinado nuestra reacción, ya sea positiva o negativa, de adhesión o rechazo a lo expuesto). Las emociones experimentadas mientras escuchamos o leemos el mensaje, en efecto, suelen impactarnos más que el estímulo puramente intelectual provocado por las ideas planteadas, y suelen permanecer en nosotros más tiempo. Al final, pues, la substancia comunicada puede incluso perderse o quedar diluida, olvidada e ineficiente, entre esta captación del tono previa a la asimilación del mensaje y el recuerdo del tono posterior a su recepción.

El tono, además, es fundamentalmente inseparable del contenido que expresa, pues hay tonos que imposibilitan ciertos contenidos: un tono nervioso no servirá para acompañar una llamada a la serenidad, un tono agresivo y altanero difícilmente podrá vehicular un mensaje empático, un tono angustiado no sabrá transmitir un contenido esperanzado, y una exhortación a la paz no puede entregarse en un tono crispado… del mismo modo que será muy difícil usar un tono jovial para transmitir un reproche o un tono conciliador para destacar antagonismos, un tono disgustado para hablar de la alegría o un tono jocoso para conversar sobre la violencia. Hay tonos que, simple y llanamente, obstaculizan el proceso de transmisión de los contenidos que se quiere comunicar.

El tono que usemos será especialmente importante cuando queramos compartir ideas y consideraciones sobre la fe y sobre nuestra espiritualidad, por tratarse de realidades donde la subjetividad y la experiencia personal de quien habla tienen mucha relevancia, a la vez que son temas que tocan una dimensión muy íntima de los que escuchan el mensaje.

Hemos hecho este largo preámbulo para hablar del pontificado de Francisco. Algunos críticos, hablando desde su deseo de que haya reformas significativas en la Iglesia y movidos por la frustración ante la ausencia de tales reformas, reprochan al papa que únicamente esté cambiando el tono del discurso eclesiástico: con eso quieren decir que reconocen una novedad en el estilo de Francisco, admiten que su discurso ha perdido el acento severo, moralizante, altivo, incluso prepotente que a menudo había caracterizado al magisterio, hasta hace poco tiempo… pero aseguran que este cambio no cambia nada, pues no perciben transformación alguna en la sustancia de lo que el papa anuncia. Es la misma letra con otra música, algunos han dicho: la melodía es más moderna, pero las palabras son “las de siempre”.

Si consideramos lo planteado en los párrafos precedentes nos daremos cuenta de que estas críticas olvidan que, en realidad, un cambio de tono ya es, en gran medida, un cambio de sustancia. Nos parece que Francisco sabe muy bien lo que hace: si logra que la afabilidad, la humildad y la sencillez se impongan como el nuevo tono con el que la Iglesia se expresa y hace oír su voz, ciertos contenidos ya no se podrán transmitir o tendrán que ser necesaria y profundamente repensados. Su tono dialogante y no autoritario no solamente dibuja un nuevo perfil de la Iglesia, con un énfasis—decisivo—en la misericordia, la comprensión y la alegría: también frena y desautoriza una interpretación rigorista, tajante, cerrada e inflexible de las verdades de la fe.

Si es cierto que el tono ya es parte del mensaje, la conclusión es que Francisco sí está diciendo cosas nuevas. Usando un tono nuevo abre las puertas a nuevos contenidos, muy consciente, nos atreveríamos a sugerir, de que la consecuencia inevitable de cambiar de tono es el descubrimiento de una nueva luz que impacta necesariamente la vivencia de la fe.

Obviamente, queda por decir lo más importante: que Francisco, al usar el estilo de la ternura y la cercanía, al preferir el tono y el lenguaje de la misericordia, no está haciendo otra cosa que recuperar el tono del mismísimo Jesús. El “nuevo” estilo de este papa no es sino un regreso a lo más propio del evangelio; a la voz que una y otra vez animaba a las personas a levantarse, a descubrir que su propia fe les había salvado, la voz que le dijo a la mujer “tampoco yo te condeno” y a los discípulos “os llamo amigos”. El “nuevo” estilo de Francisco es, sencillamente, un retorno y una puerta abierta de par en par hacia lo más auténtico y verdadero del mensaje cristiano… que quizá, el magisterio había ido olvidando a base de favorecer un tono grandilocuente, abstracto, grave, defensivo y enfadado para hablar de las cosas de Dios.

 

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CAMILO TORRES, MICHAEL CORLEONE Y EL BARNIZ CRISTIANO DE OCCIDENTE

Martí Colom

Hace ya más de 50 años, Camilo Torres (el sacerdote colombiano que en 1966 se unió a la guerrilla y murió en combate, considerado por muchos como un precursor de la Teología de la Liberación), escribía que históricamente “América Latina había sido evangelizada en extensión, pero no en profundidad. Había mucho bautizado, pero poca conciencia cristiana”[i].
 
El diagnóstico de Torres nos recuerda una escena de la tercera entrega de la película El Padrino, en la que un alto jerarca de la Iglesia (un cardenal Lamberto con el que Michael Corleone, el protagonista de la saga, mantiene una larga conversación sobre su tenebroso pasado) saca un guijarro de un estanque y lo rompe, para mostrar que a pesar de haber pasado años bajo el agua, su interior está perfectamente seco. Y concluye el cardenal, ante la mirada indescifrable de Corleone, que lo mismo ha ocurrido «con los hombres en Europa: han vivido rodeados de cristianismo durante siglos, pero Cristo no ha penetrado en su interior. Cristo no vive en ellos»: evangelización sin profundidad.
 
La opinión de Camilo Torres sobre América Latina y la del ficticio cardenal Lamberto en la película de Coppola, en este caso sobre Europa, coinciden en señalar que una sociedad puede haber estado expuesta por largo tiempo al evangelio y sin embargo no haber abrazado en absoluto sus valores, perspectivas y criterios, produciendo, en efecto, “mucho bautizado pero poca conciencia cristiana”.
 
Es difícil no estar de acuerdo (por lo menos en parte) con estos análisis cuando todavía hoy vemos, en países tradicionalmente católicos, que muchos de los fieles que llegan a nuestras parroquias practican una fe primordialmente cultual (con una vivencia de la Eucaristía que a veces raya la superstición), individualista (“yo y mi Dios”), con poca base bíblica (la Escritura, incluso el Nuevo Testamento, sigue siendo una gran desconocida), desligada demasiadas veces del compromiso solidario con el extraño y el necesitado, y supeditada a una imagen de Dios bastante ajena al Padre cercano y misericordioso que Jesús anunció (se cree más bien en un ser severo, sorprendentemente obsesionado por nuestros pecados, caprichoso y arbitrario en sus decisiones de intervenir o no para resolver nuestros problemas, e instalado en su omnipotencia divina, muy lejos de nuestra humanidad). Y eso a pesar de los ingentes y creativos esfuerzos realizados desde el Concilio Vaticano II por transformar esta situación y promover una vivencia de la fe más eclesial, bíblica, evangélica y encarnada en la realidad —esfuerzos que, sin lugar a dudas, han obtenido muchos logros: ¡Provoca auténtico vértigo pensar en cómo estaríamos hoy sin el Vaticano II!
 
Desde hace ya algunas décadas es habitual que analistas de la situación de la Iglesia en los países tradicionalmente católicos de Europa y América describan la situación actual como de “descristianización”. Pues bien, lo que quisiéramos indicar a la luz de lo dicho en los párrafos precedentes es que el término nos parece equívoco, o por lo menos inexacto. Porque al hablar de “descristianización” estamos implicando que venimos de una época netamente “cristiana” cuyas esencias hoy se habrían perdido. Parecería entonces que pensamos que la organización social, económica y política de las sociedades de nuestros abuelos reflejaba los valores del evangelio con fidelidad, y que solamente en tiempos más recientes nos hemos alejado de él. Quizá sería más correcto afirmar simplemente que en los países de antigua raigambre cristiana ha disminuido en gran medida la práctica religiosa de la fe y la pertenencia formal a una Iglesia, lo cual es un hecho indiscutible, corroborado por toda clase de estadísticas. Deducir, sin embargo, que dichas sociedades se han “descristianizado” es ir demasiado lejos: porque lo cierto es que, de acuerdo con lo planteado más arriba, nunca fueron cristianas. Es decir, nunca se gobernaron realmente por criterios evangélicos tan fundamentales como la búsqueda del bien común por encima de intereses particulares, o la misericordia, o el perdón, o el servicio, o el amor al enemigo, o la atención preferencial a los más vulnerables, o el respeto a la libertad del otro o el rechazo radical de la injusticia, por mucho que tuvieran un barniz de cristianismo (o de Cristiandad) que hoy ha desaparecido o va desapareciendo.
 
¿Adónde queremos ir a parar con esta reflexión? No se trata, ciertamente, de concluir afirmando algo así como que “ya que por lo visto antes no estábamos tan bien como creíamos, la falta de relevancia actual del evangelio tampoco debería preocuparnos mucho”, argumento estéril y comodón que no aportaría demasiada luz a la búsqueda de pistas que nos ayuden a enfrentar a la situación presente. Lo que nos parece importante es que no caigamos en el error de buscar la solución y el remedio a los desafíos de nuestra situación actual (en la que es verdad que el mensaje cristiano cuenta poco) en una visión distorsionada de un supuesto pasado ideal en el que, precisamente porque no era tan ideal, no hallaremos las recetas adecuadas para sanar los males de nuestro tiempo.
 
La pasada situación de Cristiandad que se vivió en muchos países de Occidente fue la que fue, con sus bendiciones y sus problemáticas, y no nos toca a nosotros pasar sentencia sobre los aciertos y errores de otras épocas. Sin embargo, sí nos toca asumir el reto de vislumbrar cómo vamos a anunciar el evangelio hoy; y la lección del ayer no es, ciertamente, que haya que volver a él. La lección es que, hoy como en cualquier otro momento histórico, la evangelización (si quiere dar frutos de caridad y de transformación real del entorno) debe tratar de ser profunda antes que extensa; debe intentar transformar corazones y tocar conciencias antes que buscar privilegios para la Iglesia; debe apelar a la persona, no a la multitud.
 
En los años posteriores al concilio Karl Rahner afirmó en una conferencia que “los cristianos del siglo XXI serán místicos o no serán”[ii], subrayando que ante la desaparición de la Cristiandad el compromiso personal de cada bautizado iba a ser decisivo. Sin querer corregir al gran teólogo alemán, pues de hecho su frase nos parece acertadísima, nos atrevemos a apuntar, sencillamente, que en realidad dicha frase es tan cierta si la aplicamos al siglo XXI como al siglo XIII o al XVI: siempre, en efecto, lo determinante para una vivencia verdaderamente cristiana de la fe ha sido la profundidad del compromiso, fruto de una experiencia real, la existencia de lo que Camilo Torres llamó “conciencia cristiana”, o lo que es lo mismo, el testimonio, en medio del gran estanque de la sociedad, de piedrecillas realmente impregnadas y empapadas de evangelio.   
 
Comprender que es muy posible vivir rodeados de cristianismo sin abrirnos a la llamada transformadora de Jesús es, ante todo, una invitación a que examinemos cada día la calidad de nuestro compromiso personal y de nuestra apertura sincera al soplo del Espíritu. Hoy, como ayer y como mañana, la calidad de la comunidad cristiana no se medirá por la cantidad de templos o de estadios que seamos capaces de llenar (las grandes celebraciones son, a lo sumo, signos puntuales de la alegría de los fieles) sino por la autenticidad, la madurez humana y la caridad cristiana de las vidas de los que (llenen Iglesias o no) se llamen discípulos de Jesús.
 
 
 
[i] Encrucijadas de la Iglesia en América Latina, 19 de abril de 1965.
[ii] La paternidad de la frase se atribuye también al novelista francés André Malraux y al sacerdote catalán Raimon Panikkar, pues ambos habían formulado pensamientos muy parecidos, pero eso aquí es irrelevante.

 

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DOMINGO DE RAMOS: EL FRACASO DE LA NO-VIOLENCIA, UN RETO PARA HOY

Martí Colom
Con la fiesta del Domingo de Ramos damos hoy inicio a las celebraciones de Semana Santa. Conocemos de sobra la historia y su desenlace, y sin embargo, la fuerza de los textos y de las diversas liturgias de estos días nos llevará un año más a vivir una sucesión de sentimientos intensos y a menudo contradictorios, un auténtico tobogán emocional, sobre todo durante el Triduo Pascual: de la calidez entrañable que transmite la imagen del grupo de hermanos reunidos festivamente el jueves por la noche al respeto impresionante que nos causa contemplar, al final de aquella cena, el gesto sencillo y a la vez potente de Jesús, arrodillado, lavando los pies de sus discípulos; de la angustia que experimentamos al ver su soledad en Getsemaní a la frustración que provoca su arresto; del dolor causado por la fractura de lealtad entre maestro y discípulos (“todos lo abandonaron”, nos dirá el evangelista) a la indignación por el cinismo y la mezquindad de sus acusadores; de la tristeza por su ejecución atroz a la euforia de una resurrección que da sentido a toda la trama cuando ésta ya parecía irreversiblemente concluida. Las liturgias nos recordarán que nuestra fe no es un frío ejercicio intelectual, sino que más bien empieza con el estremecimiento que deja en nosotros este relato formidable, a partir del cual, entonces, elaboramos nuestra reflexión teológica.
 
Pues bien, la aventura empieza hoy con la entrada de Jesús a Jerusalén, un episodio que ya anticipa los profundos desencuentros que precipitarán el desenlace final: el galileo es recibido en la capital por una muchedumbre entusiasta, el aire de la ciudad se llena de palmas, ramas de olivo y cantos de alegría; y sin embargo, intuimos que muy pocos captan el mensaje que él quiere comunicar entrando a lomos de un borrico. Él, que quiere ser un sencillo mensajero de paz, es recibido como un caudillo. A los pocos días, los mismos que proferían vítores pedirán su muerte en la cruz. Semana Santa comienza, en definitiva, con la narración del fracaso de la no violencia. Porque este es exactamente el significado de la decisión de Jesús de entrar en la ciudad montado en un manso pollino. El animal, que es una alusión a la profecía de Zacarías[1], constituye una declaración de principios por parte del maestro: él sí es el Mesías, pues realmente se sabe ungido, empapado y traspasado por el espíritu de Dios, pero (precisamente por eso) el suyo es un mesianismo no violento, inspirado en Isaías («ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba»[2]) y cimentado en su experiencia vital. Al fin y al cabo, Jesús ha invitado a sus seguidores a amar al enemigo y a rechazar la venganza («al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra»[3]).
 
La pasión narra el espectacular fracaso de este mesianismo: en pocos días, cuando los que lo recibieron con júbilo comprendan plenamente, al verle arrestado e indefenso, el significado de su entrada a lomos del pollino (o acaso capten que la propuesta no violenta iba en serio), declararán su repudio y desinterés por él: la no violencia será vencida por la brutalidad y la última lección de Jesús al pueblo de Jerusalén caerá en saco roto.

¿Qué enseñanzas nos deja este drama?

En primer lugar hay que señalar, naturalmente, que el verdadero fracaso de Jesús hubiese sido ceder a la tentación del poder y de su inevitable servidora, la violencia, y traicionar así toda su vida y misión: en este sentido, en el plano de la coherencia personal, él no fracasa, sino todo lo contrario.

En segundo lugar, en el plano de las ideas y los principios, cuyo acierto y valor solamente el tiempo va confirmando o negando, Jesús es ejemplar al proponer un camino, el de la no violencia, que hoy, dos milenios más tarde, encuentra eco en mucha gente (cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes), que lo avala como el camino más noble, maduro, constructivo, sensato y audaz de cuantos caminos pueda andar la persona humana.

Y sin embargo no deberíamos ser ingenuos ni estar exageradamente orgullosos de nuestro tiempo presente: ninguna de las dos puntualizaciones anteriores puede velar el hecho inequívoco de que Jesús fracasó estrepitosamente en su intento de convencer al pueblo de los valores de la no violencia. Y aquí lo más importante es admitir que, muy posiblemente, hoy volvería a fracasar: se impone el realismo de aceptar que, hoy como entonces (a pesar de la defensa de la paz que, como decíamos, muchos respaldan) la no violencia dista mucho de ser aceptada por la mayoría como la mejor vía para resolver nuestros conflictos.

Es más, no deja de ser asombroso constatar que vivimos en tiempos propicios para el populismo, y no sólo en los castigados países del sur. Vemos como líderes políticos portadores de mensajes simples e incendiarios, impregnados de violencia apenas disimulada (o ni eso) hacia los que no piensan como ellos o, sencillamente, son distintos (inmigrantes, refugiados, extranjeros…), recogen apoyo, aplausos y votos en democracias consolidadas de países desarrollados, tanto en Europa como en América. Hoy, los profetas de la no violencia tampoco lo tienen fácil.

Esta reflexión, a las puertas de Semana Santa, no quiere ser pesimista ni desalentadora: se trata simplemente de reconocer que aquella no violencia que Jesús no logró hacer atractiva para los hombres y mujeres de Jerusalén sigue hoy necesitada de partidarios y amigos. El fracaso del Mesías montado en el pollino se nos presenta como un reto y una invitación a seguir anunciando, como buenamente podamos, y sin cansarnos, la paz —esa paz que tantas veces se nos escapa, esa paz que únicamente conquistaremos desde el perdón, la tolerancia y el rechazo radical a toda forma de violencia.

 

[1] «Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén! Que viene a ti tu rey: justo y victorioso, humilde y montado en un asno, en una cría de asna» (Zac 9,9).

[2] Is 50,6.
[3] Lc 6,29.

 

 

 

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UN ADVIENTO SIN CEGUERA

Martí Colom

Hoy iniciamos el Adviento, y una mirada a las lecturas de este primer domingo nos puede ayudar a enfocar y a vivir de manera fructífera el tiempo de preparación para la Navidad que ahora empezamos.

 
Tenemos, por un lado, la voz optimista y confiada de Jeremías: «Mirad que llegan los días en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel… en aquellos días suscitaré a David un vástago que hará justicia… en aquellos días se salvará Judá y en Jerusalén vivirán tranquilos». Por otro lado Jesús también asegura, en consonancia con el profeta, que «se acerca vuestra liberación», pero su mensaje es más matizado, pues antepone a esta promesa final una advertencia inquietante, de resonancias apocalípticas: «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes… los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo». Jesús, más realista y sobrio que Jeremías, quiere ser quizá más honrado con aquellos que le escuchamos, y nos dice: “sí llegará la paz, y es cierto que los que buscan la justicia no quedarán defraudados… pero ¡ojo!, primero habrá pruebas, conflictos, angustia y sufrimiento”. El Adviento no es, en otras palabras, un tiempo de baja intensidad, huérfano de preocupaciones, durante el cual lo único que se nos pide es que decoremos nuestros hogares con pesebres, árboles y ornamentos navideños mientras esperamos la noche del 24 de diciembre al son de villancicos, pretendiendo que vivimos en un mundo sin dolor. El nacimiento ya próximo del Príncipe de la Paz no significa la desaparición mágica de toda violencia. El niño, de hecho, nace cada año en un mundo herido por ella.
 
 
Quizá en este 2015 la verdad que encierran las palabras de Jesús sea para muchos especialmente obvia. Más de uno habrá escuchado la descripción de “la angustia de las gentes”, de los “hombres sin aliento por el miedo y la ansiedad” y se habrá dicho: está hablando de nosotros. El terrorismo brutal en París, Beirut y Egipto de las últimas semanas, las guerras que en vez de cesar se multiplican por doquier, las imágenes espeluznantes de colas interminables de refugiados cruzando los caminos de Europa, las frágiles embarcaciones que alcanzan a diario las costas griegas, italianas o españolas cargadas de inmigrantes, la intolerancia creciente con la que algunos responden al dolor de los que llegan… todo ello parece confirmar, con creces, el dramatismo del Evangelio de este domingo. Y sin embargo no podemos olvidar que al final Jesús coincide con Jeremías y anuncia sin ambigüedades la victoria de la paz y una aurora de libertad.
 
Lo que queríamos subrayar con estas líneas, por lo tanto, es que la vivencia profunda del Adviento requiere que escuchemos el mensaje completoque hoy Lucas pone en boca del Señor: y que en consecuencia huyamos tanto de la ilusión estéril de pensar que habitamos en un jardín sin conflictos como de la desesperanza (igualmente infecunda, y errada) de creer que las calamidades tendrán la última palabra.
 
Tan importante es que los que podrían entender este tiempo como una invitación a inhibirse y a pretender que el mundo es un paraíso escuchen con atención la advertencia de Jesús, y abran los ojos al dolor ajeno, como que los que podrían prestar oídos solamente al anuncio de tragedias oigan también la conclusión del pasaje: «Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación», y trabajen por un mañana mejor, con confianza y optimismo.      
 
Nuestro tiempo no es muy distinto de las épocas que nos precedieron: como sucede ahora, toda edad tuvo aquellos que creyeron que su mundo era la culminación de la historia humana, que habían alcanzado la cima y habían logrado la sociedad perfecta. Y se engañaban, pues sólo podían mantener dicha ficción a base de ignorar el dolor de sus hermanos. También hubo siempre aquellos para quienes, en cambio, sus tragedias superaban las de cualquier momento anterior, los que aseguraban que su horror era nuevo, más cruel o insalvable que el de sus abuelos, señal irrefutable de que la victoria definitiva del mal ya era un hecho. También ellos se engañaban: primero, porque su dolor no era más feroz que el de sus ancestros (la violencia siempre es desgarradora, suceda hoy o hace mil años, y ocurra en las calles de Francia o en las de Mosul); y segundo, y sobre todo, porque al final Jeremías y Jesús tendrán razón, y el Adviento es espera de aquel que, en efecto, un día traerá la paz.
 
¿Cómo vivir este Adviento? Rechazando tanto la ceguera del ingenuo como la del pesimista. Esta es la tarea de quien quiera escuchar, sin miedo y con confianza, las palabras de Jesús.
 

 

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INMOVILISMO, CAMBIO Y EVANGELIO

Martí Colom
 
Decía el hermano Roger Schutz, fundador de la Comunidad de Taizé, que «Dios nunca condena a nadie al inmovilismo»[1]. Hermosa frase de alguien que entendió que las personas estamos hechas para avanzar y caminar, de alguien que quiso vivir en la desinstalación permanente y a quien siempre preocupó (tanto en individuos como en instituciones) la falta de horizontes.
 
Una paradoja de nuestro tiempo, de la época en que vivimos, es que combina cambios rapidísimos y aceleración constante en la superficie con un profundo inmovilismo de fondo. La tecnología a la que tenemos acceso evoluciona a tal velocidad que a veces es difícil seguirle el ritmo: lo que hace apenas unos años era impensable se convierte en habitual, y pronto caduca para dar paso a nuevos avances que invaden nuestras vidas y nos permiten, entre otras cosas, comunicarnos de formas nuevas, más rápidas y más precisas. Vivimos en la “desinstalación permanente” de nuestros hábitos cotidianos, pues las costumbres de hace muy poco (cómo compartíamos información, cómo accedíamos a ella, cómo comprábamos un libro o un billete de tren, cómo aprendíamos un idioma, cómo tomábamos notas de una reunión…) han sido radicalmente transformadas por nuevos medios, que han modificado hasta la manera misma en que nos relacionamos. Y sin embargo, sería un error asumir que dicha aceleración constante nos hace inmunes al inmovilismo: pues, como decíamos, se trata de una transformación superficial, de lo externo, de “la corteza” de nuestras vidas, que es perfectamente posible gestionar sin que el fondo, nuestra sustancia, cambie ni un ápice.

Es en el ámbito de nuestras opciones íntimas, de las ideas, de nuestros sistemas de valores personales y colectivos (en los que el impacto de la tecnología es mucho menor) donde el inmovilismo más debería preocuparnos, porque allí es donde suele reinar y ser más dañino. Y a pesar de la rápida transformación tecnológica en que todos vivimos sumergidos, nuestro tiempo no se caracteriza por un avance igualmente ágil de nuestras mentalidades: personas y sociedades seguimos atrincherados en cien pequeñas ideologías que a menudo nos enfrentan, en viejos antagonismos, en prejuicios hacia lo desconocido, en recelos, en ausencias incomprensibles de diálogo.

 

Este inmovilismo es dañino porque en la rigidez del espíritu perdemos las grandes oportunidades de avanzar, de vislumbrar caminos nuevos de entendimiento; en la inflexibilidad del pensamiento es donde nos empequeñecemos. El inmovilismo, en definitiva, es realmente una condena porque nos limita. Lo formuló hace más de un siglo el cardenal Newman: «En un mundo más elevado es de otro modo; pero aquí, vivir es cambiar, y ser perfecto es cambiar frecuentemente»[2].
 
En el momento vibrante en que nos hallamos hoy en la Iglesia, en medio de la llamada “primavera del papa Francisco”, es importante recordar voces como las de Schutz y Newman, que sin renunciar a la riqueza de la tradición nos invitan a desconfiar de la rigidez, y a vernos a nosotros mismos como personas en movimiento, miembros de una Iglesia peregrina, de una comunidad en camino, espíritus en evolución que no quieren vivir condenados del inmovilismo. Como cristianos, sabemos que no se trata de olvidar nuestras raíces sino de ahondar cada día, más y más, en la profundidad del mensaje de Jesús. Lo dijo de forma inmejorable Juan XXIII: «No es el evangelio el que cambia: somos nosotros los que comenzamos a comprenderlo mejor»[3].
 
Sólo avanzaremos en esta mejor comprensión gradual de la fe si renunciamos, convencidos y de raíz, al inmovilismo en nuestros corazones.
 

 

[1] K. Spink, Hermano Roger. La vida del fundador de Taizé. Herder, Barcelona, 2009, p. 80.
[2] J. H. Newman, An Essay on the development of Christian Doctrine. Longmans, Green and Co., London/New York, 1900, p. 40.
[3] Citado en G. Gutiérrez, “La recepción del Vaticano II en Latinoamérica”, en G. Alberigo;  J. P. Jossua (eds.), La recepción del Vaticano II. Cristiandad, Madrid, 1987, pp. 213-237; cita en p. 217.
 

 

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