reflexión

NO SOLO EL TATUAJE ES PARA SIEMPRE

Reflexión en torno a la Fiesta de la Candelaria

Mis padres, que llevan 59 años casados, iban cada año, el 2 de febrero, a la celebración de La Candelaria al colegio Marista de Badalona, como miembros de la asociación de padres de alumnos. Ese día se conmemoraba la presentación de Jesús en el templo, un día especial porque los esposos renovaban sus promesas matrimoniales.
 
Es una bonita fiesta, que me llevó a escribir esta reflexión. La renovación de las promesas del matrimonio, por supuesto, se puede realizar en cualquier momento del año. Eso sí, el 2 de febrero se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

La presentación de Jesús en el templo por sus padres obedece al mandato de la Ley de Moisés, por el que a los 40 días de nacido un niño tenía que ser presentado en el templo. El 2 de febrero se cumplen los 40 días, contando desde el 25 de diciembre. La Ley de Moisés mandaba que el hijo primogénito de cada hogar le pertenecía a Nuestro Señor, y que los padres tenían que rescatarlo pagando por él una limosna en el templo.
 
La presentación de los esposos en el templo para renovar las promesas matrimoniales −la unión en el Señor−, es muy adecuada para este día. También lo es la celebración y la renovación de las promesas de los que han entregado la vida a Dios. Al igual que el primogénito de cada familia judía, le pertenecen a Nuestro Señor. Esta pertenencia, que es de hecho de todos los creyentes, se traduce también en fidelidad.
 
Pero se nos antoja que la fidelidad, la opción de algo “para siempre” −a excepción del tatuaje−, no está de moda. En un siglo de sobreabundancia de ofertas, ante tan gran abanico de oportunidades y tantas puertas abiertas durante el trayecto de una vida, se hace difícil optar definitivamente por un camino. El P. Isaac Riera, MSC, escribía hace un tiempo sobre “la voluntad debilitada”[1] y apuntaba que “el hombre postmoderno es un hombre atiborrado de estímulos, de sensaciones, de deseos, pero carece de fuerza de voluntad.” Quizás sea esta una de las causas de la poca perseverancia de algunos matrimonios o núcleos familiares, o incluso del descenso en vocaciones a la vida consagrada.
 
Aunque actualmente se hace una lectura negativa de la fidelidad, como si fuera un valor de tiempos pasados, relacionado con la resignación y con una ética de prohibiciones, se trata de un ejercicio libre, hermoso y creativo. La fidelidad es una elección, un compromiso, una opción fundamental, −sea con la pareja, los hijos, los principios, la profesión−, que implica coherencia con uno mismo, pero que encuentra un buen número de obstáculos y requiere perseverancia.
 
Para alcanzar esta perseverancia, Monseñor Grullón, Obispo de San Juan de la Maguana, en la República Dominicana, ponía esta simpática cuestión a los feligreses acerca del matrimonio: “¿Qué es mejor, conquistar o conservar?” A la respuesta de muchos que conservar era mejor, les explicaba que eso era dejar algo congelado, tal como estaba, con el peligro de que fuera deteriorándose. Por el contrario, conquistar era una labor del día a día. Así mismo lo expresa poéticamente el cantautor Víctor Manuel: “Día a día me creces dentro, día a día, porque te quiero, siempre estoy atizando el fuego.”
 
Aprovechemos hoy, día de la Candelaria para recordar nuestra opción fundamental y nuestra fidelidad, una fidelidad creativa y renovada. Una fidelidad en la que seguimos, día a día, atizando el fuego para reavivar la llama. Solo así nuestras elecciones, nuestras opciones fundamentales −y no solo el tatuaje−, pueden ser para siempre.

 

 


[1] https://clubjaimeprimero.wordpress.com/2017/03/13/la-voluntad-debilitada/
 

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LA EPIFANÍA Y LA UNIDAD

En los Estados Unidos celebramos la Epifanía este domingo, en otras partes lo festejan el propio 6 de enero, día de Reyes. Es una celebración muy hermosa, no sólo porque en muchas culturas es un día para dar y recibir regalos, sino, además, porque tiene un profundo mensaje teológico. Los Reyes Magos, viniendo desde lejos, de naciones gentiles, buscan y encuentran a Jesús, el Mesías. La relación del encuentro entre personas y su encuentro con Dios está en el centro de nuestra identidad católica.
 
Yo comencé a descubrir la importancia de la Iglesia como lugar de encuentro, en mis años de formación con la Comunidad de San Pablo en la República Dominicana. Y fue a través de involucrarme en el trabajo con las comunidades de inmigrantes haitianos que viven en el territorio de la parroquia de La Sagrada Familia. Muchos de los que leen estas líneas saben que la relación entre los dos países no es nada cordial. Nosotros, con el tiempo, desarrollamos una acción de Pastoral Haitiana, siendo una de las pocas parroquias de la región con un programa de esta naturaleza. Después empezamos a realizar más actividades para unir a los dos grupos (dominicanos y haitianos) en momentos de oración común, en la construcción de una sola comunidad. Y estoy muy orgulloso de que la Comunidad de San Pablo continúe hoy con esta labor.
 
Ahora, en mi primer nombramiento como sacerdote, trabajo en la Parroquia de San Juan Pablo II, en el sur de Milwaukee, en los EE. UU. Allí tenemos una nutrida comunidad de angloparlantes, así como una creciente comunidad de hispanohablantes. La diversidad va más allá del idioma, pues la población hispana proviene de varios países de América Latina; además, nuestra parroquia es una mezcla de lo que antes fueron tres parroquias distintas, en una zona de la ciudad donde la diversidad cultural de cada vecindario era muy marcada. Inspirado, en parte por mis experiencias en la República Dominicana, ahora participo en un grupo que se dedica a construir unidad en la parroquia, en medio de esta amplia diversidad de culturas.
 
La parroquia (¡cualquier parroquia!) debería ser siempre un lugar de encuentro y unidad, entre todos y con Dios. Esto es esencial para lograr ser quien queremos ser, y lo profesamos cada domingo en misa. La unidad es el primer rasgo de la Iglesia de los cuatro que comprende el credo: una, santa, católica y apostólica. Y hay, por supuesto, una relación directa entre “una” y “católica”, que significa “universal”. Es en este sentido que el Concilio Vaticano II enseñó que la iglesia existe en Cristo como “luz de la humanidad”, como una “señal e instrumento” de comunión con Dios y de unidad entre toda la humanidad[1]​.
 
La conexión entre la unidad de personas y la unidad de la humanidad con Dios no es algo nuevo sino que está profundamente enraizada en la teología judeo-cristiana. Por ejemplo, una de las principales tradiciones orales del judaísmo antiguo con respecto a la culminación de la Historia de la Salvación usa la imagen de todas las naciones reunidas en la montaña de Dios y reconociéndolo como Dios. Podemos ver esto, por ejemplo en Isaías[2]. De esta manera, la unidad de las personas toma una importancia escatológica, apuntando hacia el final de los tiempos.
 
Así, no es de sorprender que las primeras comunidades cristianas, enraizadas en esta tradición, vieran a Jesús como el comienzo de la unidad entre todas las naciones, la plenitud de la salvación de Dios. Tenemos un ejemplo de esto en la lectura del domingo pasado, del Evangelio de Lucas en la Fiesta de la Sagrada Familia. El anciano Simeón descubre en el niño Jesús que “sus ojos han visto la salvación de Dios, que Él ha preparado a la vista de toda la gente, una revelación para los gentiles.”[3] Parte del cumplimiento de la promesa de Dios es la conexión mencionada entre la unidad de todas las naciones y el cumplimiento de la salvación.
 
En el Evangelio de hoy, en la Fiesta de la Epifanía, vemos algo parecido. Mateo tiene un “fuerte conocimiento y una conexión singular con las Escrituras, la tradición y las creencias judías.”[4] La mayoría de los teólogos afirman que Mateo escribía para una comunidad Judeo-cristiana, que afrontaba el reto de su creciente diversidad, a medida que más cristianos no hebreos se unían a ellas. Aceptando esta tesis, tiene sentido que Mateo se esfuerce especialmente por mostrar cómo Jesús es el cumplimiento de lo que prometió Dios en “las escrituras”, en la Torá y en los profetas.[5] Esta es la “Epifanía” que celebramos hoy. Viniendo del oriente, los Reyes Magos representan a las naciones gentiles que vienen a Jesús a rendir homenaje al Rey de los Judíos.
 
Esta idea se refleja a lo largo del Evangelio de Mateo, desde el principio, con la visita de los Reyes Magos, hasta el fin, cuando Jesús, resucitado, encomienda a sus discípulos que vayan por todo el mundo a “bautizar a todas las naciones.”[6] Para Mateo, la conexión entre la unidad de las personas y el cumplimiento del plan de Dios no es un discurso teórico, sino que apunta la importancia de la realidad por la que su comunidad estaba pasando. Los Reyes Magos “prefiguran a esos gentiles que son parte de la comunidad.”[7] Mateo, que escribe con fines catequéticos, recuerda a su comunidad, y a nosotros, que luchar por la unidad es de suma importancia, también por su significado escatológico: la unidad de los pueblos está vinculada a la plenitud del Reino de los Cielos.[8]

Puede haber ocasiones en que hayamos dado por sentada la importancia de la unidad en de la diversidad, ya que el concepto mismo se ha convertido en una frase común en nuestras escuelas, universidades, lugares de trabajo y programas de alcance social. Es quizás en parte por esa razón que parece que hoy varias sociedades se están alejando, tristemente de ella. Esto no debería suceder jamás en la Iglesia. No podemos perder de vista este mensaje de profundidad espiritual como principio de la unidad entre las naciones unido a la promesa del Reino de Dios. Crear unidad no es solo algo “bonito” sino que es parte de nuestra identidad como gente de fe, como discípulos de Jesús.
 
Al celebrar los Reyes Magos, renovemos nuestro fervor evangélico para alcanzar la unidad entre todas las personas. Tiempos de compartir con “el otro”, como pueden ser comidas festivas, liturgias bilingües o clases de cocina, no siempre son fáciles. Sin embargo, son esenciales para fortalecer nuestra identidad como Iglesia, llamada a ser una, santa, universal y apostólica.
 

 

 


[1] Lumen Gentium 1
[2] Ver por ejemplo Is 28:6, 43:9, 56:6
[3] Lc 2:30-32.
[4] Gale, Aaron M. 2011. “Introduction to the Gospel According to Matthew” en Jewish Annotated New Testament. Oxford University Press. p. 1.
[5] Ibid
[6] Mt 28,19.
[7] Harrington, Daniel J. 1991. The Gospel of Matthew.  En comentarios Sacra Pagina. Liturgical Press. p.49.
[8] John Nolland argumenta que el Evangelio puede haber sido escrito como un manual de catequesis para el discipulado, y que la autocomprensión del autor se refleja en Mt 13,53, en ser “hecho discípulo para ser un escriba para el reino de los cielos”. Mateo vio que su papel era preparar a la comunidad para el Reino de los Cielos a través de este manual catequético que enfatiza la unidad de la comunidad en conexión con el Reino. Nolland, John. 2005. The Gospel of Matthew en The New International Greek Testament Commentary. Wm. B. Eerdmans Publishing Co. p. 20.

 

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NAVIDAD, LA COMUNICACIÓN DE DIOS

La Navidad es una fiesta popular donde las haya, pero no cabe duda de que estamos invitados a celebrarla desde su color claramente cristiano, asimilando las dimensiones más teológicas que nos presenta.
 
Una de estas dimensiones sería ver la Navidad como signo de comunicación: comunicación de un Dios que se hizo uno más en medio de  nosotros para  transmitirnos su mensaje de salvación y de amor. En una sociedad como la nuestra, en la que las comunicaciones avanzan cada vez más rápido y en la que pareciera que todos estamos siempre conectados, es bueno reflexionar sobre cómo nos puede ayudar la fiesta de hoy.
 
Dios se comunica con ternura: no hay nada más tierno y frágil que un niño. Dios no se comunica con violencia, ni con grandes pancartas: se comunica a través de la dulzura de un niño que lleva grabado en su  rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre.
 
Dios se comunica con sencillez: “Lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre”. El lugar del nacimiento de Jesús es humilde. En una sociedad frecuentemente ebria de consumo, de abundancia, la fiesta de la Navidad es un llamado a vivir lo que es importante, a descubrir que el mejor regalo que podemos recibir es la compañía de nuestros familiares y amigos.
 
Dios se comunica con esperanza: “No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo”, dicen los ángeles a los pastores. Por muy preocupados que estemos por los problemas de la vida, y por oscuro que veamos el panorama social o eclesial, es bueno que nos dejemos contagiar de la alegría y la esperanza de la celebración de hoy. Vale la pena que los cristianos proclamemos, para nosotros mismos, y para todos los que nos quieran escuchar, un mensaje de alegría, subrayando las bendiciones que nos vienen de Dios a través de esta fiesta del nacimiento de su Hijo.
 
Dejemos que la fiesta de hoy nos interpele y nos ayude a mejorar nuestra comunicación. Que la ternura, la sencillez, y la esperanza nos lleven a comunicar la alegría de la Navidad.

 

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ADVIENTO: PREPARARNOS CON ALEGRÍA

Un año más, emprendemos de nuevo el camino del Adviento, un camino de esperanza, pero sobre todo de alegría contenida por la fiesta que está por llegar. A diferencia de la Cuaresma, el Adviento no es un tiempo de penitencia, sino de preparación para el primer gran evento que celebra la Iglesia en su calendario anual de celebraciones: la fiesta de la cercanía de Dios, quien se abaja para abrazar la condición humana en la historia, ofrecerle su solidaridad, y elevarla a su misma dignidad.
 
Como haríamos ante cualquier otro gran acontecimiento en nuestras vidas, no podemos sentarnos y simplemente esperar, cruzados de brazos, a ver qué va a ocurrir. El Adviento es un tiempo de preparación activa, que exige nuestro compromiso y requiere de nosotros despejar cualquier obstáculo para que la fiesta pueda celebrarse en las mejores condiciones posibles. Escucharemos estos días a los profetas hablar de la necesidad de “rellenar los valles y abajar las colinas” y así preparar los caminos al Señor.
 
“El que espera, desespera” es la lógica del mundo, de quien se limita a recibir, resignado, lo que la vida le pueda ofrecer, pero sin implicarse en los acontecimientos que suceden a su alrededor. En cambio, la esperanza cristiana se traduce en salir a transformar el mundo para que el advenimiento de Dios nos encuentre preparados y despiertos, anhelantes de un mundo mejor.
 
La Comunidad de San Pablo, aun siendo pequeña, se suma a la labor que realiza la Iglesia en todo el mundo, transformando como la levadura en la masa el entorno social e incluso económico, incidiendo en los campos del desarrollo, la educación, la salud, los derechos humanos y la dignidad de las personas, especialmente de los que sufren pobreza y exclusión, para ir despejando, uno a uno, los obstáculos que nos separan del proyecto de Dios para la humanidad.
 
Con la alegría y la fuerza renovados de quienes sabemos que un futuro mejor está por llegar, nos proponemos seguir trabajando para derribar muros, construir puentes y sanar heridas en un mundo todavía lleno de divisiones, y a invitar a todos nuestros lectores y amigos a sumarse a este proyecto de Adviento, en el que no nos resignarnos a aceptar, sin más, los “valles y las colinas” de la historia que nos rodean.

 

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LA VOZ IMPRESCINDIBLE

No hay que ser muy perspicaz para ver que vivimos en un mundo que tiende a la polarización. Abundan, en efecto, los ejemplos de sociedades que en los últimos años han visto como sus poblaciones se iban configurando en función de alguna tensión (de orden económico, político, social, o mezcla de todas ellos) hasta quedar polarizadas en dos bandos semejantes en tamaño, y muy distanciados ideológicamente entre sí. Pongamos algunos ejemplos, sin entrar en el análisis detallado de ninguno de ellos: pensemos en los Estados Unidos, país que en las últimas elecciones presidenciales experimentó una agria división entre los partidarios de un candidato y otro: al fin, el candidato republicano recibió el 46.1% de los votos emitidos, y la candidata demócrata el 48.2% (aunque, como es bien sabido, Trump se llevó la presidencia a causa del sistema electoral estadounidense). O pensemos en el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, las pasiones que levantó, y su resultado final: 51% de los votantes eligieron la opción ganadora y 48% la que perdió. O el referéndum acerca del proceso de paz en Colombia, todavía más ajustado: 50.21% de los colombianos votaron por el no y 49.78% por el sí. Estos días, por poner un último ejemplo, la situación en Catalunya ha ocupado las primeras páginas de los medios de comunicación internacional, a causa del movimiento independentista que allá se vive: en las últimas elecciones parlamentarias (2015), los partidos que apoyan la independencia de España obtuvieron el 47.7% de los votos, y las formaciones que no son partidarias de la independencia el 52.3%.
 
Todos estos casos, siendo muy diferentes entre ellos (cada uno con su complejidad particular), ejemplifican algo similar: cómo, ante asuntos de mucha trascendencia, las sociedades que los enfrentan no favorecen con claridad una u otra opción. Ni los defensores y detractores de Trump, ni los del Brexit, ni los de los acuerdos de paz en Colombia, ni los de la independencia catalana pueden alardear de contar con una evidente e inapelable mayoría social. En cada caso, la alternativa vencedora se impone con un apoyo apenas superior al que tiene su contraria. Además, los casos citados tienen en común que las cuestiones en liza generan una extraordinaria pasión, de modo que los que apoyan y los que rechazan una u otra opción no quieren ni oír hablar de una solución de compromiso con el adversario, pues la postura contraria les parece intolerable. Vivimos en un mundo polarizado.
 
Nos parece que, en este contexto, hay una voz que se hace imprescindible: la voz de lo que podemos llamar las «terceras vías» (tomando prestado el lenguaje que se ha usado en economía para identificar a los que proponen un sistema intermedio entre el capitalismo y el comunismo), o vías intermedias.
 
A menudo, en medio de conflictos enconados que sacuden una sociedad surgen personas y grupos que rehúyen el discurso demasiado simplista de las dos partes enfrentadas e intentan elaborar un argumento diferente, original, que no se puede encasillar en ninguno de los dos bandos. Es la vía intermedia, o tercera vía. Estas suelen ser minoritarias e impopulares, precisamente porque quienes las defienden quieren tener en cuenta la complejidad de las situaciones y todos sus matices, para los que los demás no tienen tiempo ni, en verdad, interés. Los conflictos (sociales, políticos, religiosos…) suelen alimentarse de planteamientos más bien esquemáticos, poco amigos de la reflexión ponderada que proponen las terceras vías. Sería útil, aquí, recordar las advertencias del antropólogo René Girard sobre cómo actúan normalmente las multitudes: con impaciencia, sin atención al detalle y haciendo caricaturas fáciles de sus adversarios. Son actitudes que dificultan el diálogo y alimentan el nacimiento de tendencias populistas, las cuales a su vez pueden abrir las puertas a la violencia.
 
Una tercera vía raramente se expresará a través de grandes concentraciones en la calle: marginal, es a menudo menospreciada por las corrientes de opinión mayoritarias, que en el fondo la perciben como una amenaza a sus planteamientos. Muchas veces, al fin, la voz de la tercera vía cae en el olvido. Y sin embargo, es más que probable que en ella residiese la mejor propuesta de futuro.
 
Quien aboga por una tercera vía puede ser tan radical, vigoroso y apasionado como quien defiende posturas más extremistas: «tercera vía» no significa en absoluto tibieza, sino voluntad de pensar en profundidad, de dialogar siempre, de tener en cuenta todos los aspectos del conflicto y de no querer construir un argumento, atractivo en su simplicidad, pero falso a causa de ella.
 
Muchos representantes históricos de las terceras vías han pagado un precio altísimo por su compromiso con la realidad y por negarse a caer en simplismos populistas y a veces violentos, terminando a menudo rechazados por todos: y no debería sorprendernos que a veces hayan sido elementos fanáticos de su teórico propio «bando» los que han eliminado a quien proponía la tercera vía. El siglo XX nos dio claros ejemplos de este fenómeno: desde el socialismo pacifista e internacionalista de Jean Jaurès, quien sería asesinado en París por un patriota francés el mismo día en que estalló la Primera Guerra Mundial, hasta los casos más conocidos de Gandhi, asesinado por un fanático hindú que no aceptaba la postura abierta del padre de la independencia India hacia los musulmanes, o Yitzhak Rabin, asesinado por un israelí que se oponía a los intentos de su primer ministro por abrir caminos de paz con los palestinos.
 
Desde una perspectiva cristiana, ¿hasta qué punto no sería también legítimo considerar a Jesús de Nazaret como representante de una tercera vía en medio del conflicto político y social que a él le tocó vivir? No se casó ni con los poderosos saduceos que gobernaban Jerusalén y colaboraban con Roma, con quienes fue crítico, ni con los nacionalistas fanáticos que abogaban por la rebelión violenta contra el Imperio. Y, sin duda, incomodó a todos con su mensaje, libre de alianzas ideológicas, capaz de decir de un centurión romano que «ni en Israel he encontrado tanta fe» (Lc 7,9) y capaz, a la vez, de enfrentarse a la misma Roma al afirmar, ante el gobernador que lo estaba juzgando, que «no tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba» (Jn 19,11). Su mensaje novedoso, exigente con todos pero abierto también a todo tipo de persona, fue incomprendido por la mayoría. Y a unos y a otros les interesó quitarlo de en medio.
 
Optar con determinación por la vía intermedia que trate de corregir, mediante el diálogo, la polarización de la sociedad en que uno vive puede ser muy peligroso. Y sin embargo, en nuestro mundo de hoy, tan inclinado a la simplificación, que crea extremos en apariencia irreconciliables, la voz de los que aboguen estas terceras vías es, nos da la impresión, imprescindible. Acaso más que nunca.

 

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SACA LO MEJOR DE TI

Esta pintada inspiradora y la niña que la mira con curiosidad me hacen pensar en los fotógrafos que captaron la imagen: los jóvenes de “Sonríe y Crece”, que forman parte de una asociación de voluntarios de Barcelona que dedican los veranos (¡ya llevan nueve!) compartiendo con los niños más desfavorecidos de Sabana Yegua en la República Dominicana.
 
Colgaron esta foto en las redes sociales y decía así: “Reflexión por las calles de Sabana Yegua: No se trata simplemente de dar lo que podemos dar, sino de hacer sentir, ver y transmitir la ilusión de luchar para que cada uno consiga sus sueños y metas”.
 
“Saca lo mejor de ti” es un buen lema. Por una parte, nos invita a no envidiar lo que tienen los demás, sino a buscar en nosotros. Por otro lado, tampoco nos invita al éxito, un valor cacareado hasta la saciedad que busca ser el único faro de muchos jóvenes. “Saca lo mejor de ti” es un lema hermoso: incluye todo nuestro potencial intelectual, nuestra fuerza de trabajo, nuestra energía, pero también incluye otros valores como la bondad y la generosidad.
 
Los jóvenes de “Sonríe y Crece” lo saben bien. No creo que me equivoque si digo que la vida les ha bendecido con su lugar de origen y sus familias; posiblemente estén buscando sacar lo mejor de sí mismos a nivel profesional, terminando carreras y haciendo másters, luchando por su futuro. Pero además, sacan lo mejor durante el año programando actividades para el verano de voluntariado, recaudando fondos y finalmente llegando a Sabana Yegua con toda la ilusión por delante. Esta es la misma ilusión que transmiten a niños y adultos. Saben que muchos no han tenido su suerte, pero les ayudan, alientan y apoyan para que luchen por una vida mejor, empezando por los estudios.
 
“Saca lo mejor de ti” nos invita a sacar toda la generosidad que llevamos dentro, a no ser tacaños en repartir afecto, amor, tiempo y energías. Últimamente he leído algunas reflexiones sobre la generosidad. Me gusta el potente lema de San Alberto Hurtado, jesuita que realizó una gran labor social en Chile, y que decía: “¡Hay que dar hasta que duela!”. Por otro lado, algunos estudios demuestran el efecto positivo de la generosidad en el estado de ánimo[1] (comprobado a nivel de respuesta cerebral) y en consecuencia nos invitan a ser generosos para sentirnos bien (“give ´till it feels good”). Aunque lo pareciera, quizás los dos enfoques no son totalmente excluyentes. Dar hasta que duela es exigente, nos invita a desprendernos no de lo que nos sobra sino también de lo que necesitamos. Pero está claro que un cierto sacrificio a nivel personal en pro de otra persona también nos produce un efecto positivo y un sentimiento placentero. Además, el realizar libremente una acción generosa no solo nos deja un sentimiento, sino que nos ayuda a desprendernos un poco de nuestro ego y da un mayor sentido trascendental a nuestras vidas.
 
“Saca lo mejor de ti” es también un buen lema, no solo para los jóvenes voluntarios de Barcelona, sino también para todos los niños y jóvenes de República Dominicana a quienes ellos ayudan. Así, volviendo a su reflexión “…hacer sentir, ver y transmitir la ilusión de luchar para que cada uno consiga sus sueños y metas” añado yo algo más, segura de que ellos estarán de acuerdo conmigo. Queremos compartir con estos niños y jóvenes el valor de la generosidad para que esta no quede excluida ni relegada de sus sueños y metas, y sea uno más de sus objetivos. Así les podemos seguir animando con toda la fuerza de este lema, inspirador para todos: ¡Saca lo mejor de ti!

 


[1] El resultado más sorprendente es que los centros de placer a nivel cerebral no responden solo a lo que es bueno para uno mismo sino que también muestran respuesta cuando se trata de algo bueno para otros. Este artículo de New York Times menciona el estudio del Profesor Ulrich Mayr y su equipo en la Universidad de Oregon http://www.nytimes.com/2007/06/19/science/19tier.html?mcubz=1

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FRANCISCO EN COLOMBIA: DESACTIVEMOS LOS ODIOS


 
Tal y como informaron los medios de comunicación del mundo entero, del día 6 al 10 de este mes de septiembre el papa realizó su esperada visita apostólica a Colombia. Fueron cinco días muy intensos. Intensos y agotadores, en primer lugar, sin duda, para el propio Francisco, que estuvo en Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena celebrando eucaristías multitudinarias (en cada una de estas ciudades los asistentes a los actos superaron todas las previsiones de los organizadores) así como un sinfín de encuentros: con representantes del gobierno colombiano, con los jóvenes, con víctimas del conflicto armado, con religiosos, con obispos, con la gente que abarrotaba las calles por las que él pasaba y con los que se concentraban, espontáneamente, alrededor de la nunciatura apostólica de Bogotá, donde se hospedaba. Ha sido también una visita intensa para todos los que la hemos seguido de cerca: días muy ricos en gestos, en momentos conmovedores, en mensajes que han interpelado hondamente al país, en cercanía…
 
Francisco había dicho que iría a Colombia cuando el gobierno y la guerrilla hubiesen firmado el acuerdo de paz que pone fin a más de 50 años de conflicto armado. Ha cumplido su palabra, haciendo de su viaje una invitación a la reconciliación de todos aquellos a los que la guerra y la violencia han enfrentado durante tanto tiempo.
 
Tratando de hacer un poco de balance de esta visita del papa, uno se da cuenta de que nos ha dejado un mensaje universal: es decir, un mensaje que va más allá de la situación colombiana, que la trasciende, y que nos podemos aplicar todos los que, en Colombia o fuera de ella, vivimos preocupados por los conflictos y la violencia, y que buscamos sendas de paz y reconciliación. Francisco, con su lenguaje claro y transparente, nos ha invitado a no ser espectadores en la edificación de la paz: «Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz. Es necesario que algunos se animen a dar el primer paso en tal dirección» (Homilía en Villavicencio, día 8 de septiembre). Una y otra vez, el papa ha insistido en que no nos resistamos a la reconciliación, que no tengamos miedo «a pedir y ofrecer perdón»: «Es la hora de desactivar los odios» (Encuentro de oración por la reconciliación nacional, Villavicencio, 8 de septiembre).
 
En un mundo donde tantos se apuntan, y tan rápido, al resentimiento y a la venganza, donde los conflictos, reales o imaginados, tienden a enquistarse, esta recomendación («es hora de desactivar los odios») nos parece esencial. Esencial, a pesar de su exigencia. Francisco sabe hacer que suene como realizable (¡porque en verdad lo es!) lo que, en boca de otro, parecería una quimera o una llamada vacía. Desactivemos el odio. Perdonémonos. ¿Acaso no es posible? La simpatía que emana del papa, con su sencillez y sonrisa pródiga, lo capacita para comunicar, sin ofender a nadie, un mensaje que en boca de otro parecería severo y sería, con toda certeza, rechazado.
 
Expresaba eso mismo, con franqueza y un cierto asombro, un taxista de Bogotá la tarde del mismo domingo en que el papa había terminado su visita y acababa de embarcarse en su vuelo para regresar a Roma. «Si otro me dijera las cosas que él dice, no me gustaría oírle. Pero ese señor tiene una forma de corregirte que hace que le pongas atención. Cuando vi por el televisor que se metía en el avión, me eché a llorar». No se puede resumir mejor la visita de Francisco a Colombia.

 

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LOS PELIGROS DE SER POBRE Y BONITA

La República Dominicana se ha visto sacudida recientemente por las noticias de varios asesinatos de chicas jóvenes. El caso de Emely, de 16 años, ha resonado por todo el país: esta chica, de familia muy humilde, habría quedado embarazada de su novio, un muchacho de clase pudiente que entonces la asesinó: parece ser que primero la indujo a un brutal aborto. El joven, de 20 años, y su madre están arrestados, pendientes de juicio.
 
Sin querer entrar en los espantosos detalles de tan abominable asesinato, que ha recibido la repulsa de toda la nación, quiero destacar un preocupante ángulo de la situación: desde sus doce años, la joven Emely, una joven bonita de familia pobre, “tenía amores”, como se dice aquí popularmente, con el muchacho.
 
Sin ánimo de juzgar desde ningún pedestal moral a quienes así se comportan, es importante reconocer que un secreto a voces, en este país, es que muchas niñas y jóvenes entablan relaciones con hombres mayores (a veces escandalosamente mayores) para sacar beneficios materiales. La pobreza extrema de las familias lleva a las chicas a dejarse deslumbrar por pequeños regalos: un teléfono celular moderno, ropa, dinero… Las que aspiran a más quizás quieren ir montadas en una “pasola” (moto) o una “yipeta” (un vehículo 4×4) o incluso tener una buena casa y una situación económica desahogada. Aunque algunas de estas relaciones funcionen bien y de ahí surjan familias estables y duraderas, no es el caso de la mayoría.
 
Un sinnúmero de mujeres jóvenes quedan embarazadas muy temprano, abandonan los estudios y algunas veces son abandonadas –no mucho más tarde− por el padre de la criatura. El brillo inicial de la relación puede dar paso a una absoluta oscuridad. La ilusión de tener aquellas pequeñas cosas que muchas otras jóvenes poseen puede ser, para muchas, un peligro fatal. Los padres y madres de estas jóvenes a veces tienen conocimiento de un noviazgo muy temprano, con una persona adulta y en esa relación  vislumbran un futuro para la hija y posiblemente una boca menos que alimentar, así que sucede con frecuencia que alientan esta relación desigual. Esta solución, esta mejora social provisional, se puede volver en contra de la mujer tarde o temprano, pues fomenta su dependencia de un hombre con recursos económicos, no la promueve a continuar estudios y hace basar todo su valor personal en su presencia física, que como sabemos, con los años cambia.
 
Como en muchas otras problemáticas sociales, hay dos importantes vías para trabajar contra esta situación, la vía jurídica, aumentando la edad mínima para contraer matrimonio (o vivir en pareja) y la vía educativa. En relación con la primera, expusimos hace unos meses en el artículo «Niñas esposadas», en este blog, el interés de varias instituciones nacionales e internacionales por cambiar la legislación para así proteger a las niñas –o mujeres menores de 18 años− aumentando su edad de contraer matrimonio de los 15 a los 18.  De la vía educativa queremos destacar que aparte de todos los esfuerzos directos del sistema educativo con niños, niñas y jóvenes, es esencial incidir en la educación y toma de consciencia de los padres y madres. Con frecuencia se dice que la primera y más importante educación es la de los progenitores hacia sus hijos.  Los padres a menudo han vivido en carne propia situaciones similares. Por eso mismo, en lugar de considerar estas relaciones como normales, deberían estar preparados para educar a sus hijos e hijas en valores, criterios, responsabilidades y límites; en una sana proyección de cada individuo hacia el futuro de manera autónoma, no dependiente y en igualdad de condiciones. ¡Cuesta esfuerzo, pero vale la pena!, ese sería un buen lema.

 

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EL DOGMA DE LA ESCASEZ Y EL DIOS DE LA ABUNDANCIA

Hace poco he leído El dios falsificado, de Thomas Ruster, un libro que se publicó originalmente en alemán el año 2001 (Herder). En 2011, Ediciones Sígueme nos ofreció su traducción española, que lleva por sugerente subtítulo Una nueva teología desde la ruptura entre cristianismo y religión[1]. A pesar de que hayan transcurrido ya más de quince años desde su aparición, me parece que la obra conserva una enorme vigencia.
 
El estudio del profesor Ruster, a ratos denso, tiene muchos méritos. Aquí solo quisiera hacerme eco de uno de sus argumentos, uno que sin lugar a dudas tiene implicaciones para la vida cotidiana: me refiero a la descripción que Ruster hace del capitalismo como religión; y como religión que, en esencia, se opone a la doctrina bíblica.
 
De hecho, más allá de la denominación misma del capitalismo como religión (con la que unos estarían de acuerdo y otros tal vez no), que probablemente no sea lo más importante del razonamiento de Ruster, lo que más me ha cautivado es su disección de la mentalidad que subyace en el capitalismo[2]: este nace de la preocupación por un futuro incierto. El anhelo por acumular riqueza para el mañana se fundamenta en el convencimiento de que los bienes disponibles son limitados (eso es lo que Ruster llama “el dogma de la escasez”), y que por lo tanto, el deber natural de cualquier persona sensata es asegurarse hoy, lo mejor que pueda, el siempre incierto sustento futuro. Nada puede realizar esta función tan bien como el dinero, y ningún mecanismo asegura mejor la existencia de futuras rentas como el de los intereses. En palabras de John Maynard Keynes, que Ruster cita, «la importancia del dinero proviene fundamentalmente de que representa un eslabón entre el presente y el futuro»[3]. Y remacha Ruster: «La preferencia por la liquidez tiene motivos psicológicos, y nace de la inquietud por el propio futuro»[4]. Dicho con otras palabras: el dinero está al servicio de la previsión, y el capitalismo «es religioso al velar por el futuro mediante el dinero»[5]. La mentalidad típicamente capitalista, en definitiva, nacería de una fuerte conciencia de escasez; su resultado sería el mandamiento de ser previsores mediante la acumulación de unos bienes que hoy no nos hacen falta, pero que podremos necesitar más adelante.
 
Pues bien: esta mentalidad choca frontalmente con la doctrina bíblica. La instrucción de Jesús, en el sermón de la montaña, será tajante: «No amontonéis tesoros en la tierra» (Mt 6,19); «no andéis preocupados por la vida pensando qué vais a comer o a beber» (Mt 6,25); «estas son las cosas por las que se preocupan los paganos» (Mt 6,32). Y lo fundamental: los creyentes deben pedir solamente «el pan de cada día» (Mt 6,11). Ya en el Antiguo Testamento el pueblo de Israel aprendió la lección del maná: lo que se recoge para más de un día se pudre (Ex 16).
 
No es que la fe bíblica sea un canto a la irresponsabilidad o una llamada a vivir despreocupadamente. Es, eso sí, una invitación a vivir confiando en Dios, y no en el dinero. Y es que hay algo más profundo en juego, a lo que queríamos llegar con esta breve reflexión: comprender que, como el mismo Keynes observó, hay una conexión entre la conducta supuestamente previsora (que nace de la fe capitalista en la escasez) y la injusticia. Una conexión directa: la conducta previsora es causa de la injusticia. En este sentido, la renuncia a la previsión, lejos de ser irresponsable, nace, como afirma Ruster, «de la fe en la plenitud de la bendición divina, y está al servicio del reino de Dios y su justicia»[6]. La conocida prohibición bíblica del cobro de intereses (Ex 22,24; Lv 25,35-37; Dt 23,20-21) debe ser entendida como una advertencia a favor de la justicia social: no debe buscarse el enriquecimiento en el futuro a costa de la indigencia de los pobres en el presente. Porque en resumidas cuentas «hay suficiente para todos si no hay algunos que aseguran su porvenir a costa de otros»[7].
 
Se hace difícil leer la obra de Ruster, observar a continuación las sociedades en las que vivimos y no ver la formidable relevancia de su argumento: porque la desigualdad entre naciones y dentro de las naciones es, hoy, uno de los problemas más acuciantes de la humanidad. Lo afirma Jared Diamond en la conclusión de su reciente librito Sociedades Comparadas[8], y lo puede ver cualquiera que abra un periódico o salga a la calle. Los espeluznantes datos son, por desgracia, bien conocidos: 62 personas poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad (tres mil setecientos millones de personas). El 1% más rico del planeta ya tiene tanto como el otro 99%. Te asomas a la realidad de cualquier ciudad latinoamericana (o, para el caso, europea, estadounidense o de donde sea) y las desigualdades abismales saltan a la vista: las diferencias de vivienda, sueldos, educación o servicios de salud entre sus habitantes más pudientes y los más pobres (que son la mayoría) son escandalosas.
 
¿Cómo no ver que tamaña desigualdad hace inviable la convivencia? ¿Cómo no advertir, sea cual sea la fe religiosa que nos mueve, y también si no tenemos ninguna, que hay en esta desigualdad una profunda inmoralidad? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
 
¿Cómo? A base de adherirnos al credo capitalista, al pernicioso dogma de la escasez. Y a base de desoír la doctrina bíblica, que nos invitaba a pedir solo el pan de cada día.
 
Los temas aquí planteados son complejos, y no los quisiéramos reducir a una caricatura. Sin embargo, resulta bastante evidente que una mayor fidelidad histórica a la doctrina bíblica de la abundancia de Dios y a la invitación de buscar solo el pan de cada día nos habría impedido llegar a la aberrante situación de desigualdad en la que hoy nos encontramos. Parecería que Keynes llevaba razón cuando exigía una política estatal activa que limitase la codicia personal del individuo. Dicha política estaría en plena sintonía con el evangelio de Jesús.

 


[1] T. Ruster, El dios falsificado (Ediciones Sígueme, Salamanca, 2011).
[2] Para dicha “disección” el teólogo alemán se apoya en pensadores como Walter Benjamin y, sobre todo, John Maynard Keynes.
[3] T. Ruster, op. cit., 168.
[4] Ibid., 169.
[5] Ibid., 174.
[6] Ibid., 176.
[7] Ibid., 177.
[8] J. Diamond, Sociedades comparadas (P. Random House, Barcelona, 2016).

 

EL DOGMA DE LA ESCASEZ Y EL DIOS DE LA ABUNDANCIA Leer más »

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