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LA EPIFANÍA Y LA UNIDAD

En los Estados Unidos celebramos la Epifanía este domingo, en otras partes lo festejan el propio 6 de enero, día de Reyes. Es una celebración muy hermosa, no sólo porque en muchas culturas es un día para dar y recibir regalos, sino, además, porque tiene un profundo mensaje teológico. Los Reyes Magos, viniendo desde lejos, de naciones gentiles, buscan y encuentran a Jesús, el Mesías. La relación del encuentro entre personas y su encuentro con Dios está en el centro de nuestra identidad católica.
 
Yo comencé a descubrir la importancia de la Iglesia como lugar de encuentro, en mis años de formación con la Comunidad de San Pablo en la República Dominicana. Y fue a través de involucrarme en el trabajo con las comunidades de inmigrantes haitianos que viven en el territorio de la parroquia de La Sagrada Familia. Muchos de los que leen estas líneas saben que la relación entre los dos países no es nada cordial. Nosotros, con el tiempo, desarrollamos una acción de Pastoral Haitiana, siendo una de las pocas parroquias de la región con un programa de esta naturaleza. Después empezamos a realizar más actividades para unir a los dos grupos (dominicanos y haitianos) en momentos de oración común, en la construcción de una sola comunidad. Y estoy muy orgulloso de que la Comunidad de San Pablo continúe hoy con esta labor.
 
Ahora, en mi primer nombramiento como sacerdote, trabajo en la Parroquia de San Juan Pablo II, en el sur de Milwaukee, en los EE. UU. Allí tenemos una nutrida comunidad de angloparlantes, así como una creciente comunidad de hispanohablantes. La diversidad va más allá del idioma, pues la población hispana proviene de varios países de América Latina; además, nuestra parroquia es una mezcla de lo que antes fueron tres parroquias distintas, en una zona de la ciudad donde la diversidad cultural de cada vecindario era muy marcada. Inspirado, en parte por mis experiencias en la República Dominicana, ahora participo en un grupo que se dedica a construir unidad en la parroquia, en medio de esta amplia diversidad de culturas.
 
La parroquia (¡cualquier parroquia!) debería ser siempre un lugar de encuentro y unidad, entre todos y con Dios. Esto es esencial para lograr ser quien queremos ser, y lo profesamos cada domingo en misa. La unidad es el primer rasgo de la Iglesia de los cuatro que comprende el credo: una, santa, católica y apostólica. Y hay, por supuesto, una relación directa entre “una” y “católica”, que significa “universal”. Es en este sentido que el Concilio Vaticano II enseñó que la iglesia existe en Cristo como “luz de la humanidad”, como una “señal e instrumento” de comunión con Dios y de unidad entre toda la humanidad[1]​.
 
La conexión entre la unidad de personas y la unidad de la humanidad con Dios no es algo nuevo sino que está profundamente enraizada en la teología judeo-cristiana. Por ejemplo, una de las principales tradiciones orales del judaísmo antiguo con respecto a la culminación de la Historia de la Salvación usa la imagen de todas las naciones reunidas en la montaña de Dios y reconociéndolo como Dios. Podemos ver esto, por ejemplo en Isaías[2]. De esta manera, la unidad de las personas toma una importancia escatológica, apuntando hacia el final de los tiempos.
 
Así, no es de sorprender que las primeras comunidades cristianas, enraizadas en esta tradición, vieran a Jesús como el comienzo de la unidad entre todas las naciones, la plenitud de la salvación de Dios. Tenemos un ejemplo de esto en la lectura del domingo pasado, del Evangelio de Lucas en la Fiesta de la Sagrada Familia. El anciano Simeón descubre en el niño Jesús que “sus ojos han visto la salvación de Dios, que Él ha preparado a la vista de toda la gente, una revelación para los gentiles.”[3] Parte del cumplimiento de la promesa de Dios es la conexión mencionada entre la unidad de todas las naciones y el cumplimiento de la salvación.
 
En el Evangelio de hoy, en la Fiesta de la Epifanía, vemos algo parecido. Mateo tiene un “fuerte conocimiento y una conexión singular con las Escrituras, la tradición y las creencias judías.”[4] La mayoría de los teólogos afirman que Mateo escribía para una comunidad Judeo-cristiana, que afrontaba el reto de su creciente diversidad, a medida que más cristianos no hebreos se unían a ellas. Aceptando esta tesis, tiene sentido que Mateo se esfuerce especialmente por mostrar cómo Jesús es el cumplimiento de lo que prometió Dios en “las escrituras”, en la Torá y en los profetas.[5] Esta es la “Epifanía” que celebramos hoy. Viniendo del oriente, los Reyes Magos representan a las naciones gentiles que vienen a Jesús a rendir homenaje al Rey de los Judíos.
 
Esta idea se refleja a lo largo del Evangelio de Mateo, desde el principio, con la visita de los Reyes Magos, hasta el fin, cuando Jesús, resucitado, encomienda a sus discípulos que vayan por todo el mundo a “bautizar a todas las naciones.”[6] Para Mateo, la conexión entre la unidad de las personas y el cumplimiento del plan de Dios no es un discurso teórico, sino que apunta la importancia de la realidad por la que su comunidad estaba pasando. Los Reyes Magos “prefiguran a esos gentiles que son parte de la comunidad.”[7] Mateo, que escribe con fines catequéticos, recuerda a su comunidad, y a nosotros, que luchar por la unidad es de suma importancia, también por su significado escatológico: la unidad de los pueblos está vinculada a la plenitud del Reino de los Cielos.[8]

Puede haber ocasiones en que hayamos dado por sentada la importancia de la unidad en de la diversidad, ya que el concepto mismo se ha convertido en una frase común en nuestras escuelas, universidades, lugares de trabajo y programas de alcance social. Es quizás en parte por esa razón que parece que hoy varias sociedades se están alejando, tristemente de ella. Esto no debería suceder jamás en la Iglesia. No podemos perder de vista este mensaje de profundidad espiritual como principio de la unidad entre las naciones unido a la promesa del Reino de Dios. Crear unidad no es solo algo “bonito” sino que es parte de nuestra identidad como gente de fe, como discípulos de Jesús.
 
Al celebrar los Reyes Magos, renovemos nuestro fervor evangélico para alcanzar la unidad entre todas las personas. Tiempos de compartir con “el otro”, como pueden ser comidas festivas, liturgias bilingües o clases de cocina, no siempre son fáciles. Sin embargo, son esenciales para fortalecer nuestra identidad como Iglesia, llamada a ser una, santa, universal y apostólica.
 

 

 


[1] Lumen Gentium 1
[2] Ver por ejemplo Is 28:6, 43:9, 56:6
[3] Lc 2:30-32.
[4] Gale, Aaron M. 2011. “Introduction to the Gospel According to Matthew” en Jewish Annotated New Testament. Oxford University Press. p. 1.
[5] Ibid
[6] Mt 28,19.
[7] Harrington, Daniel J. 1991. The Gospel of Matthew.  En comentarios Sacra Pagina. Liturgical Press. p.49.
[8] John Nolland argumenta que el Evangelio puede haber sido escrito como un manual de catequesis para el discipulado, y que la autocomprensión del autor se refleja en Mt 13,53, en ser “hecho discípulo para ser un escriba para el reino de los cielos”. Mateo vio que su papel era preparar a la comunidad para el Reino de los Cielos a través de este manual catequético que enfatiza la unidad de la comunidad en conexión con el Reino. Nolland, John. 2005. The Gospel of Matthew en The New International Greek Testament Commentary. Wm. B. Eerdmans Publishing Co. p. 20.

 

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NAVIDAD, LA COMUNICACIÓN DE DIOS

La Navidad es una fiesta popular donde las haya, pero no cabe duda de que estamos invitados a celebrarla desde su color claramente cristiano, asimilando las dimensiones más teológicas que nos presenta.
 
Una de estas dimensiones sería ver la Navidad como signo de comunicación: comunicación de un Dios que se hizo uno más en medio de  nosotros para  transmitirnos su mensaje de salvación y de amor. En una sociedad como la nuestra, en la que las comunicaciones avanzan cada vez más rápido y en la que pareciera que todos estamos siempre conectados, es bueno reflexionar sobre cómo nos puede ayudar la fiesta de hoy.
 
Dios se comunica con ternura: no hay nada más tierno y frágil que un niño. Dios no se comunica con violencia, ni con grandes pancartas: se comunica a través de la dulzura de un niño que lleva grabado en su  rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre.
 
Dios se comunica con sencillez: “Lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre”. El lugar del nacimiento de Jesús es humilde. En una sociedad frecuentemente ebria de consumo, de abundancia, la fiesta de la Navidad es un llamado a vivir lo que es importante, a descubrir que el mejor regalo que podemos recibir es la compañía de nuestros familiares y amigos.
 
Dios se comunica con esperanza: “No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo”, dicen los ángeles a los pastores. Por muy preocupados que estemos por los problemas de la vida, y por oscuro que veamos el panorama social o eclesial, es bueno que nos dejemos contagiar de la alegría y la esperanza de la celebración de hoy. Vale la pena que los cristianos proclamemos, para nosotros mismos, y para todos los que nos quieran escuchar, un mensaje de alegría, subrayando las bendiciones que nos vienen de Dios a través de esta fiesta del nacimiento de su Hijo.
 
Dejemos que la fiesta de hoy nos interpele y nos ayude a mejorar nuestra comunicación. Que la ternura, la sencillez, y la esperanza nos lleven a comunicar la alegría de la Navidad.

 

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COLABORACIÓN DE LA ARQUIDIÓCESIS DE MILWAUKEE CON EL PROGRAMA DE SANEAMIENTO AMBIENTAL EN SABANA YEGUA, REPÚBLICA DOMINICANA

El pasado 19 de noviembre se celebró el Día Mundial del Saneamiento, y Naciones Unidas nos recordaba que actualmente hay en el mundo 2.400 millones de personas sin acceso a saneamiento, y casi mil millones de personas que realizan sus necesidades fisiológicas al aire libre.
 
La Comunidad de San Pablo lleva ya 14 años en la República Dominicana, y prácticamente desde el principio de nuestra presencia en el país nos involucramos, desde la Parroquia La Sagrada Familia de Sabana Yegua (Azua), en la construcción de letrinas o sanitarios para la población más desfavorecida de la región en la que trabajamos. A pesar de los notables avances que se han realizado, hoy todavía quedan casi 1,000 familias en el territorio parroquial que atendemos sin sanitario.
 
Recientemente el hermanamiento de la Parroquia La Sagrada Familia con la Archidiócesis de Milwaukee cumplió 35 años, y el pasado enero se celebró este aniversario con la visita del arzobispo de Milwaukee y un grupo de peregrinos a la República Dominicana. En vistas de la necesidad de sanitarios dignos para las familias, el arzobispo dedicó su campaña de Cuaresma a esta causa. A su llamado respondieron generosamente amigos y conocidos, recaudando suficiente dinero para construir 200 letrinas.
 
Agradecemos enormemente su colaboración y aprovechamos esta oportunidad para mostrarles un corto vídeo, en inglés, en el que los sacerdotes de La Sagrada Familia explican el proceso de construcción de una letrina.

 
 

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TALLER DE CAPACITACIÓN EN BOGOTÁ

La Comunidad de San Pablo ha establecido un taller de corte y confección en el barrio Granjas de San Pablo de Bogotá, Colombia

 

 

Como ampliación del trabajo pastoral y de promoción humana que la CSP está desarrollando en el sur de Bogotá, hemos dado inicio a un nuevo proyecto: el establecimiento de un taller de capacitación para mujeres en el que se les ofrecen clases de corte y confección.
 
Después de varias reuniones con mujeres del barrio interesadas en poderse formar en algún campo que en el futuro les diera la posibilidad de obtener ingresos para sus familias, decidimos que la mejor opción era la costura. Una vez tomada esta decisión nos pusimos a buscar la persona que pudiese dar el curso, y tuvimos la fortuna de encontrar a una profesora que lleva más de veinte años impartiendo cursos de corte y confección en distintas instituciones de Bogotá y que estaba dispuesta a ofrecer sus servicios. Seguidamente pudimos adquirir nueve máquinas industriales de coser (cuatro máquinas planas, tres fileteadoras y dos de collarín) y procedimos a instalar el taller en los locales de una asociación vecinal del barrio Granjas de San Pablo.
 
El primer grupo de alumnas es de 16 mujeres, de edades diversas, que se inscribieron para poder realizar dos semestres completos de formación. Las clases tienen lugar tres días por semana en horas de la tarde. Cuando terminen el segundo semestre, la CSP ayudará a las participantes que lo deseen a organizarse como micro-empresa productora de prendas de vestir (blusas, faldas, ropa interior, ropa deportiva…). Entonces, utilizando las mismas máquinas del proyecto, podrán empezar a comercializar sus productos y así ayudar a sus familias.
 
Es hermoso ver el entusiasmo con que las alumnas han acogido este proyecto, y también el ambiente de camaradería y solidaridad que se ha ido creando entre ellas. En febrero de 2018, cuando el curso escolar empiece en Colombia, iniciaremos con un nuevo grupo de alumnas, mientras las primeras siguen con su segundo semestre formativo.
 
Desde aquí queremos agradecer a todas las instituciones y personas que con su aporte nos han ayudado a establecer este centro de capacitación, y nos ayudan a mantenerlo. 

 

 

 

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ADVIENTO: PREPARARNOS CON ALEGRÍA

Un año más, emprendemos de nuevo el camino del Adviento, un camino de esperanza, pero sobre todo de alegría contenida por la fiesta que está por llegar. A diferencia de la Cuaresma, el Adviento no es un tiempo de penitencia, sino de preparación para el primer gran evento que celebra la Iglesia en su calendario anual de celebraciones: la fiesta de la cercanía de Dios, quien se abaja para abrazar la condición humana en la historia, ofrecerle su solidaridad, y elevarla a su misma dignidad.
 
Como haríamos ante cualquier otro gran acontecimiento en nuestras vidas, no podemos sentarnos y simplemente esperar, cruzados de brazos, a ver qué va a ocurrir. El Adviento es un tiempo de preparación activa, que exige nuestro compromiso y requiere de nosotros despejar cualquier obstáculo para que la fiesta pueda celebrarse en las mejores condiciones posibles. Escucharemos estos días a los profetas hablar de la necesidad de “rellenar los valles y abajar las colinas” y así preparar los caminos al Señor.
 
“El que espera, desespera” es la lógica del mundo, de quien se limita a recibir, resignado, lo que la vida le pueda ofrecer, pero sin implicarse en los acontecimientos que suceden a su alrededor. En cambio, la esperanza cristiana se traduce en salir a transformar el mundo para que el advenimiento de Dios nos encuentre preparados y despiertos, anhelantes de un mundo mejor.
 
La Comunidad de San Pablo, aun siendo pequeña, se suma a la labor que realiza la Iglesia en todo el mundo, transformando como la levadura en la masa el entorno social e incluso económico, incidiendo en los campos del desarrollo, la educación, la salud, los derechos humanos y la dignidad de las personas, especialmente de los que sufren pobreza y exclusión, para ir despejando, uno a uno, los obstáculos que nos separan del proyecto de Dios para la humanidad.
 
Con la alegría y la fuerza renovados de quienes sabemos que un futuro mejor está por llegar, nos proponemos seguir trabajando para derribar muros, construir puentes y sanar heridas en un mundo todavía lleno de divisiones, y a invitar a todos nuestros lectores y amigos a sumarse a este proyecto de Adviento, en el que no nos resignarnos a aceptar, sin más, los “valles y las colinas” de la historia que nos rodean.

 

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I JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Este domingo, 19 de noviembre, se celebra por primera vez en toda la Iglesia Católica una Jornada Mundial de los Pobres, bajo el siguiente lema: «No amemos con palabras, sino con obras».

El Papa Francisco ha querido iniciar así una tradición que dirija el foco de atención de toda la comunidad cristiana sobre los pobres, siguiendo las indicaciones del concilio Vaticano II: «El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón» (Gaudium et Spes, 1).

La intención de esta jornada es sensibilizar a toda la sociedad de que los cambios necesarios para erradicar la pobreza requieren de un compromiso continuado de parte de todos, como indica con claridad la carta de presentación con la que se convoca esta jornada: «La Iglesia no puede ser espectadora pasiva ante el drama de la pobreza, y los cristianos no pueden contentarse con una esporádica y fragmentaria participación para tranquilizar la conciencia».

Señala el Papa Francisco la necesidad de compartir los dones de la vida con los demás, pues «el amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres. Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situación de marginación. No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia».

Sabemos que la pobreza reviste muchas caras, tanto materiales, como también afectivas y espirituales. Todas ellas nos interpelan y nos piden dejar de un lado nuestra indiferencia o resignación y comprometernos, de forma continuada, con las personas más necesitadas de nuestro entorno.

Finaliza el Papa indicando que «esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios creó el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusión alguna».

 

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LA COMUNIDAD DE SAN PABLO, PREMIADA EN LA ARQUIDIÓCESIS DE MILWAUKEE

La CSP recibe el premio Vaticano II por Servicio a las Misiones, otorgado por el arzobispo de Milwaukee

 

 

El pasado martes, 7 de noviembre, la Comunidad de San Pablo fue distinguida por el arzobispo Jerome Listecki de la Arquidiócesis de Milwaukee con el Premio Vaticano II, por Servicio a las Misiones. Los premios Vaticano II se establecieron en 1991 para reconocer a personas que, con sus vidas y ministerio, ejemplifican la visión pastoral que la Iglesia Católica formuló en el Concilio Vaticano Segundo.
 
Los criterios para la recepción de este premio (Servicio a las Misiones) son los siguientes: que los receptores del mismo hayan fomentado la misión de Jesús, y hayan sido testimonios de la presencia de Dios en nuestro mundo diverso; que hayan demostrado su deseo de compartir el Evangelio; que hayan mostrado mutualidad en la misión (dando y recibiendo), impulsados por un espíritu de justicia, oración y alegría.
 
Tradicionalmente, los premios Vaticano II se entregan a individuos. En el caso de la Comunidad de San Pablo, es la primera vez que el premio se concede a un colectivo. Este año, además de la Comunidad de San Pablo, hubo 14 personas que recibieron un premio Vaticano II de manos del arzobispo, por haberse distinguido en diversas áreas de servicio eclesial y por su contribución a la sociedad. Desde aquí, queremos expresar nuestro agradecimiento al arzobispo Listecki y a la Arquidiócesis, por ese bonito reconocimiento. 

 

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LA VOZ IMPRESCINDIBLE

No hay que ser muy perspicaz para ver que vivimos en un mundo que tiende a la polarización. Abundan, en efecto, los ejemplos de sociedades que en los últimos años han visto como sus poblaciones se iban configurando en función de alguna tensión (de orden económico, político, social, o mezcla de todas ellos) hasta quedar polarizadas en dos bandos semejantes en tamaño, y muy distanciados ideológicamente entre sí. Pongamos algunos ejemplos, sin entrar en el análisis detallado de ninguno de ellos: pensemos en los Estados Unidos, país que en las últimas elecciones presidenciales experimentó una agria división entre los partidarios de un candidato y otro: al fin, el candidato republicano recibió el 46.1% de los votos emitidos, y la candidata demócrata el 48.2% (aunque, como es bien sabido, Trump se llevó la presidencia a causa del sistema electoral estadounidense). O pensemos en el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, las pasiones que levantó, y su resultado final: 51% de los votantes eligieron la opción ganadora y 48% la que perdió. O el referéndum acerca del proceso de paz en Colombia, todavía más ajustado: 50.21% de los colombianos votaron por el no y 49.78% por el sí. Estos días, por poner un último ejemplo, la situación en Catalunya ha ocupado las primeras páginas de los medios de comunicación internacional, a causa del movimiento independentista que allá se vive: en las últimas elecciones parlamentarias (2015), los partidos que apoyan la independencia de España obtuvieron el 47.7% de los votos, y las formaciones que no son partidarias de la independencia el 52.3%.
 
Todos estos casos, siendo muy diferentes entre ellos (cada uno con su complejidad particular), ejemplifican algo similar: cómo, ante asuntos de mucha trascendencia, las sociedades que los enfrentan no favorecen con claridad una u otra opción. Ni los defensores y detractores de Trump, ni los del Brexit, ni los de los acuerdos de paz en Colombia, ni los de la independencia catalana pueden alardear de contar con una evidente e inapelable mayoría social. En cada caso, la alternativa vencedora se impone con un apoyo apenas superior al que tiene su contraria. Además, los casos citados tienen en común que las cuestiones en liza generan una extraordinaria pasión, de modo que los que apoyan y los que rechazan una u otra opción no quieren ni oír hablar de una solución de compromiso con el adversario, pues la postura contraria les parece intolerable. Vivimos en un mundo polarizado.
 
Nos parece que, en este contexto, hay una voz que se hace imprescindible: la voz de lo que podemos llamar las «terceras vías» (tomando prestado el lenguaje que se ha usado en economía para identificar a los que proponen un sistema intermedio entre el capitalismo y el comunismo), o vías intermedias.
 
A menudo, en medio de conflictos enconados que sacuden una sociedad surgen personas y grupos que rehúyen el discurso demasiado simplista de las dos partes enfrentadas e intentan elaborar un argumento diferente, original, que no se puede encasillar en ninguno de los dos bandos. Es la vía intermedia, o tercera vía. Estas suelen ser minoritarias e impopulares, precisamente porque quienes las defienden quieren tener en cuenta la complejidad de las situaciones y todos sus matices, para los que los demás no tienen tiempo ni, en verdad, interés. Los conflictos (sociales, políticos, religiosos…) suelen alimentarse de planteamientos más bien esquemáticos, poco amigos de la reflexión ponderada que proponen las terceras vías. Sería útil, aquí, recordar las advertencias del antropólogo René Girard sobre cómo actúan normalmente las multitudes: con impaciencia, sin atención al detalle y haciendo caricaturas fáciles de sus adversarios. Son actitudes que dificultan el diálogo y alimentan el nacimiento de tendencias populistas, las cuales a su vez pueden abrir las puertas a la violencia.
 
Una tercera vía raramente se expresará a través de grandes concentraciones en la calle: marginal, es a menudo menospreciada por las corrientes de opinión mayoritarias, que en el fondo la perciben como una amenaza a sus planteamientos. Muchas veces, al fin, la voz de la tercera vía cae en el olvido. Y sin embargo, es más que probable que en ella residiese la mejor propuesta de futuro.
 
Quien aboga por una tercera vía puede ser tan radical, vigoroso y apasionado como quien defiende posturas más extremistas: «tercera vía» no significa en absoluto tibieza, sino voluntad de pensar en profundidad, de dialogar siempre, de tener en cuenta todos los aspectos del conflicto y de no querer construir un argumento, atractivo en su simplicidad, pero falso a causa de ella.
 
Muchos representantes históricos de las terceras vías han pagado un precio altísimo por su compromiso con la realidad y por negarse a caer en simplismos populistas y a veces violentos, terminando a menudo rechazados por todos: y no debería sorprendernos que a veces hayan sido elementos fanáticos de su teórico propio «bando» los que han eliminado a quien proponía la tercera vía. El siglo XX nos dio claros ejemplos de este fenómeno: desde el socialismo pacifista e internacionalista de Jean Jaurès, quien sería asesinado en París por un patriota francés el mismo día en que estalló la Primera Guerra Mundial, hasta los casos más conocidos de Gandhi, asesinado por un fanático hindú que no aceptaba la postura abierta del padre de la independencia India hacia los musulmanes, o Yitzhak Rabin, asesinado por un israelí que se oponía a los intentos de su primer ministro por abrir caminos de paz con los palestinos.
 
Desde una perspectiva cristiana, ¿hasta qué punto no sería también legítimo considerar a Jesús de Nazaret como representante de una tercera vía en medio del conflicto político y social que a él le tocó vivir? No se casó ni con los poderosos saduceos que gobernaban Jerusalén y colaboraban con Roma, con quienes fue crítico, ni con los nacionalistas fanáticos que abogaban por la rebelión violenta contra el Imperio. Y, sin duda, incomodó a todos con su mensaje, libre de alianzas ideológicas, capaz de decir de un centurión romano que «ni en Israel he encontrado tanta fe» (Lc 7,9) y capaz, a la vez, de enfrentarse a la misma Roma al afirmar, ante el gobernador que lo estaba juzgando, que «no tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba» (Jn 19,11). Su mensaje novedoso, exigente con todos pero abierto también a todo tipo de persona, fue incomprendido por la mayoría. Y a unos y a otros les interesó quitarlo de en medio.
 
Optar con determinación por la vía intermedia que trate de corregir, mediante el diálogo, la polarización de la sociedad en que uno vive puede ser muy peligroso. Y sin embargo, en nuestro mundo de hoy, tan inclinado a la simplificación, que crea extremos en apariencia irreconciliables, la voz de los que aboguen estas terceras vías es, nos da la impresión, imprescindible. Acaso más que nunca.

 

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