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​DOS NUEVOS LIBROS DE MIEMBROS DE LA COMUNIDAD DE SAN PABLO

Este mes de septiembre la Editorial San Pablo de Madrid (España) ha publicado, entre sus novedades, dos libros escritos por miembros de nuestra Comunidad de San Pablo, ambos colaboradores habituales de este blog.
 
Por un lado, tenemos Con sabor a Evangelio, de Pablo Cirujeda. El libro, que lleva por subtítulo El Reino de Dios, y que pertenece a la colección Ruaj, sobre temas de Espiritualidad, se propone resumir las propuestas que contiene la predicación de Jesús en los Evangelios, y que obligaron entonces, como hoy, a repensar todas las dimensiones de la condición humana, desde la espiritualidad y religión, hasta la vida en familia y en sociedad. El Evangelio contiene un conjunto de propuestas innovadoras y, para algunos, escandalosas, que resumen el proyecto de renovación de Jesús de Nazaret, por el que estuvo dispuesto a arriesgar – y a entregar – su propia vida.
 
Y, por otro lado, Martí Colom ha escrito un Elogio Espiritual de la Generosidad. A partir de la frase que san Pablo pone en boca de Jesús en el libro de los Hechos de los Apóstoles, de que «Hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35), Martí examina las razones por las que nos cuesta tanto ser generosos, las diferencias entre la genreosidad y el desprendimiento, y ofrece un posible itinerario de la persona que quiera hacer de la generosidad su estilo de vida, así como el papel que puede jugar la generosidad en el amor, en la amistad, en los conflictos, en la vejez, y frente a la muerte. También, fijándose en la parábola de las diez doncellas, examina los límites de la generosidad.
 
Aquí están los respectivos enlaces:

https://editorial.sanpablo.es/producto/con-sabor-a-evangelio/

https://editorial.sanpablo.es/producto/elogio-espiritual-de-la-generosidad/

Se trata de dos libros sencillos que, pese a su brevedad, condensan reflexiones que tanto Pablo como Martí han ido cultivando a través de sus experiencias pastorales y de sus búsquedas espirituales.
 
¡Enhorabuena a los dos!

 

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UN VERANO LLENO DE VISITANTES EN SABANA YEGUA (REPÚBLICA DOMINICANA)

Dolores Puértolas nos comparte estas buenas noticias desde Sabana Yegua.


 

 

Este verano que ha terminado ha sido aún más vibrante, si cabe, que los anteriores en Sabana Yegua. Es un tiempo de visitas y voluntariados muy fructífero tanto para la comunidad local como para las personas que nos visitan de distintos países. Estos son los distintos grupos que nos han visita del extranjero en estos últimos meses.

Seminaristas de la Archidiócesis de Milwaukee. En lo que ya se ha configurado como una experiencia de misión y una inmersión lingüística, seis jóvenes en preparación para el sacerdocio pasaron dos meses con nosotros. El primer mes realizaron un curso de español en Santiago de los Caballeros, en el norte del país, a través de la Pontificia Universidad Madre y Maestra. El otro mes colaboraron en las distintas actividades de la Parroquia La Sagrada Familia. La experiencia cultural y religiosa, la vivencia de la diversidad y la universalidad de la Iglesia es lo que más valoran los seminaristas en su paso por estas tierras.

Asociación Sonríe y Crece. Se trata de un grupo de voluntarios de España que llevan ya 15 años visitando la República Dominicana durante varias semanas del verano. Una vez aquí realizan un programa de refuerzo escolar por las mañanas y juegos para niños en las tardes, a través de los cuales transmiten valores y educan a los más pequeños. También han ofrecido charlas sobre cómo construir viviendas de forma segura para enfrentar la temporada ciclónica caribeña y actividades de promoción de la salud y la fisioterapia. Cada año, jóvenes españoles de distintas profesiones se vuelcan durante dos meses para compartir sus conocimientos y amistad con los niños y jóvenes de Sabana Yegua. Lo que más destacan es la hermosa experiencia de cenar con las distintas familias de los niños, las excursiones para subir a la loma que hay cerca del pueblo con los pequeños, así como el poder conocer la cálida cultura del país.

Pasantes de ESADE SUD. Llevamos cuatro años de colaboración con esta escuela de negocios de España: durante tres meses, dos pasantes de final de carrera colaboran en el Eco-hotel y casa de retiros Altos de la Caobita de la Comunidad de San Pablo en Barrera, ubicada dentro del territorio parroquial de La Sagrada Familia. Ayudan a mejorar la organización interna, a crear nuevos productos y a promocionar el proyecto. En este año se inició también la colaboración con el programa de reciclaje de plástico “Reciclaplus” y se crearon paquetes ecológicos para conocer la iniciativa de reciclaje y también el eco-hotel.

Profesores de la Universidad Politécnica de Catalunya. Por primera vez nos visitaron dos profesores de la escuela de agronomía de la UPC para colaborar con el eco-hotel y desarrollar un plan de cultivos variados y que sean replicables en las comunidades, optimizando el uso del agua, un bien tan escaso aquí en el sur de la República Dominicana. Fueron dos semanas intensas de mucho aprendizaje y ahora nos toca ponernos manos a la obra con el plan que hemos trazado.

Agradecemos estas múltiples colaboraciones, que nos dejan un hondo sentimiento de amistad y que son muestra de la solidaridad que tanta gente está deseosa por ofrecer y compartir.

 

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SALOMÉ

 

 
Hoy, 29 de agosto, la Iglesia recuerda el martirio de Juan el Bautista. Siempre he pensado que la historia que nos cuenta Marcos en el capítulo sexto de su evangelio (Mc 6, 17-29) funciona como un paréntesis, dentro del relato general, para describir los peores aspectos del mundo en el que Jesús quiere anunciar su buena noticia. En la escena, llena de detalles, hay traición, odio, violencia, manipulación, vanidad, cobardía. Es decir, todo lo que se opone al mensaje esperanzado del profeta de Nazaret. La terrible muerte del Bautista es como una advertencia: ¡Ojo! Nos viene a decir el evangelista: este es el panorama con el que se enfrenta Jesús… y todos nosotros.

El personaje más inquietante del relato es la joven bailarina, la niña que, sin pretenderlo, se encuentra en el centro de la acción. Marcos no la nombra (simplemente la presenta como «la hija de Herodías»). Es Flavio Josefo, en sus Antigüedades judías, que nos informa de que la pequeña se llamaba Salomé (libro XVIII, capítulo 5,4).

Salomé es inquietante porque es inocente y, sin embargo, se convierte en el instrumento necesario para la muerte de Juan.

Herodías, su madre, aparece como alguien sin escrúpulos, rebosante de odio y malas intenciones, que desde el principio desea eliminar al Bautista. Es, por así decirlo, «la mala de la película», un personaje sin matices, casi caricaturesco. Su hija, en cambio, es una joven sin malas intenciones que simplemente obedece lo que le ordenan: que baile frente al rey. Y, una vez ha bailado y Herodes, obnubilado, le ha prometido que le dará lo que le pida («así sea la mitad de mi reino», jura, el muy insensato), ella corre a preguntarle a Herodías qué debe pedir. Cuando su madre le dice que solicite la cabeza de Juan, la niña, sin pensárselo dos veces, en vez de negarse a participar en la tragedia, regresa ante el rey y le pide la vida del profeta.

Nadie somos Herodías, pero todos podemos llegar a ser Salomé. He ahí la razón de la inquietud que nos debería causar este joven personaje. No somos perversos como la madre, pero todos, a veces, podemos ser ingenuos y frívolos como la hija. Entonces nos dejaremos manipular por fuerzas oscuras que nos sobrepasan y podemos terminar siendo instrumentos que favorezcan la causa del mal.

Salomé es una advertencia: nos avisa del peligro de caer en la superficialidad, de pecar de ingenuos.

No se trata, por supuesto, de cultivar una desconfianza malsana y de vivir sospechando de todo el mundo. Sí se trata de no pecar de inocentes. Cuando ignoramos la fuerza del odio que habita en algunas personas, entonces es posible que este odio termine aprovechándose de nuestra ceguera.

Es evidente que debemos evitar ser como Herodías, pero eso no es difícil. Lo verdaderamente arduo en no ser nunca, tampoco, como Salomé.

 

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VISITA DEL CARDENAL LUIS JOSÉ RUEDA A LA RESURRECCIÓN, BOGOTÁ (COLOMBIA)

 

Recientemente el cardenal de Bogotá, Mons. Luis José Rueda Aparicio, junto con sus dos obispos auxiliares (Germán Medina y Alejandro Díaz), realizó una visita pastoral de tres días a la Vicaría Episcopal San Pablo, en el suroriente de la capital colombiana. La Parroquia La Resurrección, que está al cargo de la Comunidad de San Pablo, se halla en esa Vicaría Episcopal.
 
En el transcurso de la visita se organizó un encuentro del cardenal con jóvenes de la Vicaría, que tuvo lugar en la parroquia La Resurrección. Terminado el encuentro, Mons. Luis José Rueda y sus obispos auxiliares acompañaron a los jóvenes de la parroquia en la Ruta del Aguapanela: estuvieron casi tres horas caminando por el barrio, saludando a los habitantes de calle que se iban encontrando y brindándoles un vaso de aguapanela caliente y un pastel de pollo.
 
Fue una bonita experiencia, y una hermosa ocasión para que señor cardenal conociera de primera mano la realidad de quienes viven en la calle en este sector de Bogotá, en su mayoría personas que consumen sustancias psicoactivas. Al terminar la Ruta, Monseñor Luis José expresó su satisfacción, señalando que esas actividades son esenciales para que la Iglesia se acerque a quienes más sufren en nuestra sociedad.

 

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ORDENACIÓN SACERDOTAL EN MILWAUKEE

 

Denny Jacob con su familia, minutos después de la ordenación

El pasado 18 de mayo nueve jóvenes fueron ordenados sacerdotes en la catedral de Milwaukee, Wisconsin (EE. UU.). Entre ellos había un miembro de la Comunidad de San Pablo: Denny Jacob, natural de la India, que después de un largo proceso formativo con nuestra Comunidad (primero en la República Dominicana y después en los EE. UU.) culminó ese día su preparación para el ministerio presbiteral.

Sus padres y los miembros de la CSP pudimos acompañarlo en su ordenación, orando para que Dios le conceda muchos años de fructífera vida pastoral. Sabemos que para Denny y sus compañeros de ordenación ahora empieza un camino lleno de alegrías y también, por qué negarlo, de dificultades: un camino a la vez hermoso y exigente, marcado, siempre, por el deseo de servir a los más necesitados. ¡Felicidades a los nuevos ordenados!

 

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EL CARCELERO DE FILIPOS

 
Ruinas de la antigua ciudad de Filipos
Durante todo el tiempo de Pascua, que concluiremos este próximo domingo con la gran fiesta de Pentecostés, hemos estado leyendo en las Eucaristías el libro de los Hechos de los Apóstoles. Cada año, al hacer este ejercicio de lectura continuada del segundo volumen de la obra de Lucas, uno se asombra ante la profundidad, la riqueza narrativa y la sabiduría de este relato. Hoy simplemente quisiera fijarme en una escena que encontramos en el capítulo 16: la conversión del carcelero de Filipos.
 
Recordemos el episodio: Pablo y Silas se encuentran en el norte de Grecia, en la ciudad de Filipos, «la principal colonia romana del distrito de Macedonia» (16,12). Allí Pablo libera de un espíritu maligno a una esclava que, con sus dotes de adivinación, hasta ese momento procuraba grandes ganancias a sus señores. Estos, «al ver que se les iba toda esperanza de ganar dinero» (16,19) acusan a Pablo y a Silas de ser unos alborotadores. En consecuencia, los magistrados ordenan que los dos hebreos sean apaleados. Les quitan la ropa y los muelen a palos. Después los meten en la cárcel, ordenando al carcelero que los vigile bien.
 
Por la noche, un terremoto sacude los cimientos de la prisión, cuyas puertas se abren de par en par. El carcelero lo ve, asume que los presos han aprovechado la ocasión para huir y ya está a punto de suicidarse cuando Pablo, desde su celda, le avisa de que nadie ha escapado. El hombre, estupefacto, se echa a los pies de Pablo y de Silas y les pregunta qué debe hacer para salvarse. Ellos le exponen el Evangelio. Acto seguido (y ahí es donde queríamos llegar), el carcelero se los lleva consigo, les lava las heridas y se hace bautizar junto con su familia (16,33). Antes de bautizarse, lava las heridas de Pablo y de Silas. Son las mismas heridas, fruto de la paliza que ellos recibieron antes de entrar en la cárcel, que el carcelero ignoró cuando horas antes los encerró sin contemplaciones. Aquellas heridas a las que entonces no dio la menor importancia, ahora le conmueven. Es más: ahora son una urgencia. Lo primero es lavar las heridas; después, bautizarse.
 
La mirada del carcelero hacia las heridas de Pablo y Silas no es un asunto menor. Lo que antes de su cambio de corazón era invisible (las magulladuras, los moratones, la carne abierta, la sangre), después se convierte en algo prioritario. Tal vez este buen hombre (dedicado a una profesión tan dura y deshumanizante como la de encerrar y vigilar a malhechores), dibuje con su proceso vital un itinerario en el que todos podemos vernos reflejados. También es un itinerario que establece un criterio infalible para evaluar nuestro grado de comprensión del Evangelio. Porque seguramente todos podemos reconocernos en el carcelero, cuando pensamos en aquellas veces en que las heridas de otras personas nos dejaron (o nos dejan) indiferentes. Todos podemos pensar en momentos en que Dios se nos manifestó precisamente a través de personas heridas. Y quizá podamos recordar con alegría aquellos momentos en que las heridas de los demás nos conmovieron, y quisimos hacer algo para contribuir a cerrarlas.
 
Y en el proceso del carcelero descubrimos el criterio fundamental que distingue a una persona alejada del Evangelio de la persona que quiere vivirlo: la primera es indiferente ante las heridas de los demás. La segunda, en cambio, se lanza a la tarea de aliviar el dolor del otro. El carcelero ya convertido, deseoso de seguir a Jesús, no cae de rodillas, arrebatado de piedad, y alaba a Dios con los ojos entrecerrados, ni corre al templo o ofrecer un sacrificio, ni se pierde en discursos altisonantes acerca de la fe: se arremanga y limpia las heridas de sus hermanos.
 
La medida en que las heridas de los demás nos conmuevan o nos dejen indiferentes siempre indicará, con sorprendente precisión, la calidad de nuestra fe.

 

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EL DÍA DE LA MADRE EN DÍAS DE GUERRA

Este próximo domingo se celebra en muchos países el Día de la Madre. En este contexto, ofrecemos la siguiente reflexión.

 
No soy madre, pero sé cuánta presión ejercemos sobre las madres, cuando las solemos señalar por los éxitos y, sobre todo, los fracasos de sus hijos e hijas. El amor de una madre es instintivo, lo que no significa necesariamente que provenga del corazón, sino todo lo contrario, está arraigado y en cierto modo impuesto por sus genes. El amor de una madre, incluidas, por supuesto, las que adoptan, difícilmente se elige. Es la certeza de sentirse plenamente responsables por sus hijos, independientemente de sus acciones. Las madres no siempre son modelos de bondad y ternura, pero a menos que se lo impidan alguna condición física o mental, las madres aceptan las alegrías, el sufrimiento y los dolores de sus hijos como si fueran propios.

En las guerras y conflictos que vivimos hoy en día, pensar en las madres me ayuda a tener una perspectiva más allá de las opiniones ideológicas o políticas.

Pienso en el sufrimiento de las madres ucranianas al ver a sus hijos e hijas ser enviados a la guerra para defender su tierra, y (enfático "y" aquí), pienso en las madres de los soldados rusos que también son enviados a matar o a morir en una guerra que tal vez no entiendan del todo.

Y pienso en las madres de los asesinados o retenidos como rehenes por Hamas solo porque estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado, y me aflijo igualmente por las madres de todos los palestinos asesinados en la ola de violencia (muchos de los cuales eran madres).

Me niego a dar sentido a explicaciones sobre cálculos políticos, motivaciones nacionalistas, legitimidades históricas, y me niego a racionalizar sobre males menores o respuestas proporcionadas. Elijo detenerme a pensar en el sufrimiento de todas las madres (y de los padres, y de las hermanas, hermanos, abuelos…).

Es más complejo que tomar partido, pero más humano, menos analgésico, pero más empático. Siento por igual el dolor de todas las madres, rusas, ucranianas, israelíes y palestinas. Por supuesto, tengo una opinión sobre algunos de estos conflictos. Pero mis razones, mi visión ideológica, mi posición política (que sin duda tengo) no me harán sentir que la muerte de un ser humano, la muerte de la madre o el padre de alguien, es políticamente necesaria o moralmente merecida o justificada.

No importa de qué lado estés, no importa cuál sea tu persuasión ideológica y qué razones tengas para ello; Si no logramos sentir el sufrimiento de una madre en Ucrania, en Rusia, en Israel, en Palestina, o de cualquier madre y padre que pierden a sus hijos, si no logramos empatizar con ellas, si, de hecho, no logramos empatizar con cualquier dolor y sufrimiento, nuestra humanidad se habrá rendido y sucumbido al mundo de las ideas y la política. Así, habremos convertido nuestros corazones en corazones en piedras.

 

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PASCUA: GRATITUD FRENTE AL AMOR DE DIOS

 

¡Feliz Pascua de Resurrección! Inicia hoy el tiempo litúrgico más dilatado del año, 50 días para darnos la oportunidad de saborear e ir asumiendo lo que acabamos de celebrar. Jesús, vivo y presente entre nosotros, es el motivo de nuestra alegría; de lo contrario, vana sería nuestra fe.

En este tiempo de Pascua celebramos la gran fiesta del Amor de Dios, que nos ha sido regalado sin mérito alguno, como describe con claridad el Evangelio de Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único” (Juan 3, 16). Reconocemos, como nos indica la liturgia, lo que Dios ha hecho por nosotros, por puro amor, al ofrecernos en su Hijo la salvación frente a la misma muerte. La Pascua es una fiesta porque celebramos el regalo de la vida que ha partido de la iniciativa de Dios, y que ninguno de nosotros hemos merecido ni ganado.

Nuestra actitud principal del tiempo de Pascua y, por ende, de la vida cristiana, tiene que ser la gratitud: ser y vivir agradecidos es la virtud que tiene que definir las vidas señaladas por la fe cristiana, pues, a partir de la experiencia de la Pascua, reconocemos que toda vida es un don. Esa es la esencia de nuestra fe, como indica el pregón pascual: “¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad!”

En este tiempo, de forma singular, celebramos el amor de Dios en nuestras vidas. Es pertinente preguntarnos si la vivencia de nuestra fe refleja esta gratitud por el don recibido, o más bien, en ocasiones, cae de nuevo en una práctica religiosa que busca agradar a Dios mediante el culto, el ejercicio de obras de piedad o de disciplina para demostrarle nuestro amor. No es propio de una fe anclada de la Pascua querer “ganar” el amor de Dios, pues la redención solamente se puede entender desde la donación gratuita del amor divino, y la única forma de corresponder a ese don es la gratitud, la verdadera virtud pascual de la vida cristiana.

 

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LA VULNERABILIDAD DE LA CRUZ

 

En la narración de la Pasión, Jesús muestra su radical vulnerabilidad. Es crucificado como un criminal abandonado por sus discípulos, en dolor y agonía, ridiculizado por los romanos, rechazado por los judíos.

Jesús se muestra tan vulnerable e impotente que llega a exasperar. Tenemos la sensación de que Jesús podría haber hecho más para evitar tal dolor. Se burlan de él, lo ridiculizan, lo traicionan, lo niegan, lo humillan, lo torturan y lo criminalizan y, sin embargo, no hace nada para evitarlo. Incluso en sus últimos momentos, cuando la tortura es insoportable, no muestra ningún indicio de que vaya a utilizar un as escondido bajo la manga (o un superpoder) para pulverizar a sus enemigos (tal vez hayamos visto demasiadas películas de Hollywood). De hecho, incluso durante su resurrección, Jesús no parece preocuparse por remediar la injusticia de la cruz, ni por vengarse de aquellos que le hicieron daño. En la Cruz, Jesús queda herido física, social y psicológicamente, de todas las formas posibles, pero allí está, mostrando su debilidad como si hubiera elegido el camino de la vulnerabilidad.

Hay una paradoja en la Cruz. Por un lado, cuanto más vulnerables somos, o queremos ser, más fácil es que nos hagan daño. La vulnerabilidad nos expone como Jesús fue expuesto públicamente en la Cruz. Podemos convertirnos en blanco fácil de chismes, injurias, prejuicios y castigado al ostracismo. Pero al mismo tiempo la vulnerabilidad nos hace libres. Jesús era un hombre libre porque no tenía intención de negociar acuerdos de poder con judíos o romanos. Jesús no tuvo que fingir, literalmente no tenía nada que perder. Eligió no llevar la carga (ni las cadenas) de tener que desempeñar el papel de tipo duro, o de líder fuerte, ni siquiera de creyente confiado (recordamos sus abrumadoras palabras “Padre, ¿por qué me has abandonado?”).

La iglesia no es una comunidad de convencidos o de los que se creen con superioridad moral; es la iglesia de los vulnerables.

La iglesia es la comunidad de los que son libres de mostrar sus miserias, carencias e insuficiencias; Aquellos que pueden revelar a otros sus escasas habilidades como padres, su mediocre profesionalismo o su egoísmo como pareja; Los que reconocen sus defectos y miserias y sus malas decisiones. Es una propuesta arriesgada, podemos salir lastimados, pero cuanto más mostremos nuestra cruz, y reconozcamos nuestras vulnerabilidades, y cuanto más las aceptemos, más fácil será sanarlas.

Hacernos vulnerables crea un espacio sagrado donde podemos mostrar nuestras dudas, nuestras incertidumbres, nuestros errores, nuestros remordimientos, nuestras frustraciones. Todos fallamos y tendemos a fallar con frecuencia. Podemos ocultar nuestros fracasos, o podemos mostrarlos y quedar desnudos en nuestra vergonzosa cruz personal. Puede que quedemos heridos, pero también podremos abrir un espacio para la empatía

…un espacio para la compasión

…un espacio donde no seamos juzgados

…un espacio para la aceptación

donde la vulnerabilidad engendra empatía, después confianza y después amor.

 

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LO INESPERADO DEL AMOR

 

En jueves santo tradicionalmente celebramos la cena pascual del Señor, la institución de la Eucaristía, y la institución del sacerdocio. Las Sagradas Escrituras que leemos nos invitan a reflexionar en dichos misterios revelados. El libro del éxodo nos narra esa pascua en la que el pueblo de Israel se prepara para su liberación de la esclavitud. Ese momento cúspide en el que el pueblo debe prepararse para ponerse en camino a la tierra prometida. Un sueño hecho realidad: la libertad. Una tierra de libertad y de abundancia. Dios escuchó el clamor del sufrimiento de su pueblo y en su profundo amor hizo algo inesperado, encontró un aliado, Moisés, y se enfrentó al poder del faraón para liberar a su pueblo. Un gesto de amor y compromiso. Para nosotros los cristianos del siglo XXI esta noche santa debería empujarnos a reflexionar sobre el uso de nuestra libertad y la abundancia que algunos de nosotros gozamos y millones de personas no tienen. Cómo puedo yo desde mi rinconcito del mundo empujar para que se haga realidad el sueño y la promesa del Señor de una tierra de libertad y abundancia para todos. Cómo desde mi amor por mi prójimo puedo aliarme con Dios para luchar contra las injusticias del mundo.
 
La carta de San Pablo a los Corintios nos narra las palabras de la Última Cena que Jesús compartió con sus seguidores. En ese momento íntimo de compartir, Jesús se entrega como alimento de vida eterna. En ese gesto de amor Jesús nos deja a sus discípulos un gesto de entrega total para que lo recordemos cada vez que compartamos la Eucaristía. En un mundo donde los miedos y las medias informaciones infestan las redes sociales. Este gesto inesperado de amor de entrega total de Jesús, el Maestro, nos recuerda lo importante que es darse todo sin miedos y con total sinceridad.
 
Pero lo más inesperado de la celebración del jueves santo es el evangelio que siempre se lee en dicha eucaristía. Cada jueves santo se nos recuerda que el Señor estando a la mesa con sus discípulos se ceñó el mandril y empezó a lavar los pies de cada uno de sus comensales. Esto fue lo más inesperado para un grupo de seguidores que han experimentado la entrada triunfal en Jerusalén y los gritos de vítores por todos aquellos que esperaban al mesías. De pronto, en un momento no planeado, Jesús comienza a lavar los pies de cada uno de los que lo acompañaba. De Judas, que lo traicionó y lo vendió por 30 monedas. De Pedro que lo negó cuando las cosas se tornaron difíciles y dolorosas. De Tomás que es incapaz de creer en su promesa de la Resurrección. De Juan y Santiago que quieren estar a su lado por un puesto de honor en su reino. De todos ellos uno a uno Jesús lavó los pies y mostró que el amor lo puede todo. Que el amor que él tiene por ellos va más allá de las expectativas mezquinas que cada uno de ellos tienen para con él. El amor nos lleva al servicio.
 
El giro inesperado del amor de Jesús para con sus discípulos nos urge a soñar con un mundo nuevo donde la libertad y la abundancia sea la norma de todos y no un privilegio de pocos. La entrega inesperada de Jesús nos invita a que nuestras vidas de cristianos sea para darnos al prójimo sin miedo y con sinceridad. El gesto humilde y sencillo del maestro nos invita que todo ministerio de liderazgo es para servir. Para los seguidores de Jesús, la eucaristía y el sacerdocio encuentran su sentido más profundo cuando gastamos la vida soñando sin miedo a servir a los demás.

 

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