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AMPLIACIÓN DE “CASA GARAVITO” Y NUEVO CURSO DE MANICURE

 

Los diversos cursos formativos que tienen lugar en el Centro de Desarrollo Comunitario Casa Garavito de Bogotá, Colombia (taller de corte y confección, refuerzo escolar, clases de inglés, de dibujo, de guitarra…), ocupan completamente el espacio disponible en este centro. Por ello, en el pasado mes de agosto tomamos la decisión de alquilar un espacio adicional, ubicado en un edificio cercano a la sede original de Casa Garavito, para poder ampliar nuestra oferta formativa.
 
Para empezar, anunciamos que daríamos inicio a un curso de manicure para personas interesadas en aprender todo lo concerniente al cuidado de las uñas, y se anotaron 54 mujeres. Esta buena respuesta nos dice que se trata de un campo que interesa a mucha gente. La idea, por supuesto, es que una vez terminen el curso, las alumnas puedan ganarse unos recursos ofreciendo, en sus casas o en tiendas dedicadas a ello, cuidado de las uñas a quien lo desee.
 
Las clases de manicure en el nuevo espacio (que hemos llamado “Casa Garavito – Sede B”) iniciaron la primera semana de septiembre, con una profesora muy dedicada a su labor. Por ahora, las estudiantes están felices y agradecidas con todo lo que ya van aprendiendo. Estamos convencidos de que dar oportunidades formativas a la gente, que además luego tengan una proyección laboral, sigue siendo la mejor forma de ayudar al desarrollo de estos sectores marginales del sur de Bogotá.

 

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JÓVENES DE SONRÍE Y CRECE HAN COMPARTIDO EL VERANO CON NIÑOS Y NIÑAS DE SABANA YEGUA, EN LA REPÚBLICA DOMINICANA

Esta Asociación, nacida en Barcelona, lleva 13 años realizando proyectos de verano en Sabana Yegua. En este artículo nos cuentan la emocionante experiencia del verano que acabamos de vivir.

 

 

Nuestra experiencia comenzó en Madrid, donde, por circunstancias ajenas a nosotros, el grupo de voluntarios de “Sonríe y Crece 2023” tuvimos que postergar una semana nuestra llegada a la República Dominicana. Finalmente, el 15 de julio llegamos a Sabana Yegua, que sería nuestro hogar durante el mes y medio siguiente.

La llegada fue apasionante, llena de vida, con el cariño de toda una comunidad. Nuestro primer contacto con el pueblo fue ser recibidos por la Parroquia de La Sagrada Familia. Poco después fuimos descubriendo y redescubriendo los sitios en los que luego se forjarían gran parte de nuestros recuerdos: la Escuela del barrio de San Francisco, la cancha, el centro de acopio de plástico, el canal, los distintos barrios del pueblo… Todos tomaban de su tiempo para hablar con nosotros, ya fuera conociendo Barrio Blanco, San Francisco o Barrio Nuevo. Esa primera semana ya notábamos la cercanía de los niños, pero también de los más mayores. Para los más veteranos de nosotros, los primeros días estuvieron cargados de nostalgia, cada reencuentro con las familias de Sabana Yegua era pura felicidad. Los más novatos empezábamos a saborear la cultura dominicana, la alegría en los pequeños momentos y la sencillez de compartir con los demás tu día a día. Desde esa primera semana pudimos comprender que “Sonríe y Crece” tiene su hogar, su gente y su corazón en Sabana Yegua.

Algo apresurados por la falta de tiempo, la primera semana ya comenzamos con la formación de monitores. Destinada a muchachos mayores de 14 años y con un espíritu transformador, tratamos de inculcarles los valores del buen monitor, siempre pensando en hacer felices a los niños de sus pueblos. Estos monitores son parte fundamental del “veranito”. Se trata de organizar juegos y actividades lúdicas y formativos para los niños, que tienen lugar por las tardes en los espacios abiertos que muy amablemente nos cede la parroquia. “El veranito” se lleva a cabo tanto en Sabana Yegua como en el pueblo llamado “El Km 15”. Es por eso que en esta primera semana juntamos monitores de ambos lugares y ellos mismos se vieron ante la oportunidad de crear lazos de amistad.

A partir de la segunda semana de nuestra estancia, comenzamos la rutina de nuestro voluntariado. Cada día, a las 9 de la mañana, daban inicio las clases en la Escuela de San Francisco y por las tardes, con la ayuda de los monitores, los niños disfrutaban del “veranito”. Al final de los juegos, cerrábamos la tarde merendando juntos, niños y monitores, a la vez que comentábamos qué tal había ido el día. Inmersos en un ritmo frenético, nos llenaba de felicidad acompañar a los niños, ver en sus sonrisas y gestos hacia nosotros… la recompensa de tanto esfuerzo. Los días se pasaban rápido, todo era muy intenso e incluso los ratos libres nos pedía el cuerpo salir a las calles, ser parte de Sabana Yegua.

De manera paralela, “Sonríe y Crece” desarrolla otros proyectos, más allá del educativo, siempre con el objetivo de ayudar y colaborar con el pueblo de Sabana Yegua. Por un lado, “Sonríe y Vida” es nuestro proyecto sanitario, fundamentalmente con la divulgación y la acción directa. Se imparten charlas sobre buenas prácticas en el ámbito de la salud y primeros auxilios, así como se realizan acciones a pie de calle, en las que los voluntarios con formación sanitaria recorren el pueblo ayudando a quien lo pueda necesitar. Por último, se entregan botiquines en los pueblos en los que actuamos, tratando de favorecer también a las comunidades más marginadas. “Sonríe y Vida” es un proyecto fundamental y nuestro objetivo es ampliar estas acciones de cara al futuro como, por ejemplo, aumentando nuestras visitas al centro de fisioterapia y rehabilitación que la Parroquia tiene en el pueblo.

Por otro lado, en “Sonríe y Construye” el objetivo principal es desarrollar los proyectos que ya hace años se van realizando: colaborar con Recicla+ en el centro de acopio de plástico y concienciar sobre el reciclaje y sus beneficios, creando la semana del reciclaje en la escuela. Al mismo tiempo, este año se ha trabajado en diseñar la reforma de la farmacia del centro de salud, en impartir charlas más avanzadas a monitores sobre el reciclaje y en llevar a cabo acciones a pie de calle por las zonas que más nos lo requerían. En estas acciones tratamos de aconsejar sobre buenas prácticas constructivas y soluciones para preservar las viviendas ante las inclemencias del clima, siempre apoyados en un manual de construcción elaborado por uno de nuestros voluntarios, que pretendemos poder divulgar en un futuro.

Tras mes y medio de haber vivido una de las experiencias más enriquecedoras y transformadoras que un joven (como nosotros) puede disfrutar, solo tenemos palabras de AGRADECIMIENTO al pueblo de Sabana Yegua. Gracias por introducirnos en vuestro día a día. Gracias por abrirnos las puertas de vuestras casas cuando de primeras éramos simples forasteros. Gracias por apoyarnos cada mañana y sentirnos empujados para hacer de Sabana Yegua una de las comunidades más prosperas de toda la provincia de Azua. Gracias por educar a vuestros hijos en una amabilidad digna de los mayores actuadores del cambio. Gracias a los niños por su increíble afán de pedirnos mantener el optimismo ante todo y de paso, regalarnos un baile o una sonrisa.

Nos llevamos en el recuerdo memorias imborrables y nos vamos con el deseo de volver lo antes posible. ¡Nos vemos en un abrir y cerrar de ojos!

 

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PENSAR COMO LOS HOMBRES O PENSAR COMO DIOS

 

En las eucaristías de los dos últimos fines de semana (domingos XXI y XXII del Tiempo Ordinario, en el ciclo A que estamos siguiendo este año) hemos leído el relato del diálogo de Jesús con sus discípulos en la región de Cesarea de Filipo, según el Evangelio de Mateo (Mt 16,13-27). En dos momentos distintos del pasaje, Jesús se dirige a Pedro con dos frases contrapuestas, dos afirmaciones en las que la segunda parece ser exactamente el reverso de la primera. Cuando Pedro declara que Jesús es el Mesías y el Hijo del Dios vivo, Jesús exclama: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo!» (16,17). Luego, cuando Pedro reprende a Jesús, diciéndole que no puede ser que él tenga que ser ejecutado, Jesús, después de hablarle con una dureza inusitada, tratándolo de Satanás, añade: «Tú piensas como los hombres, no como Dios» (16,23). Si primero ha dicho que la declaración de fe de Pedro viene de Dios, después Jesús asegura que el intento de Pedro de desviarlo de su misión es un pensamiento netamente humano. El relato, en resumen, nos deja muy claro que hay una forma de pensar propia de los hombres, que se opone a la forma de pensar de Dios.
 
¿En qué consisten estas dos formas de pensar? ¿Cómo piensan «los hombres»? ¿Cómo piensa Dios?
 
Lo podemos deducir a partir del contexto en que estas frases son pronunciadas, y también fijándonos en lo que Jesús dice a continuación: «El que quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda la vida por mi causa la encontrará» (16,25).
 
Pensar como los hombres, pensar humanamente, sin tener en cuenta el Evangelio, es anteponer nuestro bienestar y nuestra comodidad personal a cualquier otra consideración. Es vivir buscando, por encima de todo, nuestra tranquilidad. Es vivir sorteando conflictos, intentando que las angustias y los sufrimientos de los demás no nos salpiquen, evitando los problemas, los peligros y los dolores de cabeza. Es hacer de nuestra seguridad personal el bien absoluto al que aspiramos.
 
Pensar como Dios es comprender que, a veces, en la vida hay que arriesgar nuestro bienestar para conseguir que el mundo se parezca un poco más al reino de Dios. Es entender que, si bien nuestra tranquilidad es importante, hay cosas mucho más importantes: la construcción de un mundo más justo, la creación de entornos de auténtica libertad, de espacios donde quepa todo el mundo, donde no haya sitio para la explotación o el abuso de nadie sobre nadie: las razones, en definitiva, por las que Jesús (que pensaba como Dios, y no como los hombres) decidió ir a Jerusalén a enfrentar el sistema injusto que oprimía a su pueblo, a sabiendas de que allí le esperaba el fracaso.
 
Podemos profundizar un poco más: pensar como los hombres también es ver el mundo como algo ya terminado, ya hecho, que existe para colmar nuestras necesidades. Es concebir el mundo como si fuese un enorme supermercado, con los estantes llenos de productos y recursos bien dispuestos, listos para que yo me los lleve a casa… sin pensar en que, tarde o temprano, el supermercado quedará vacío.
 
Pensar como Dios es entender que el mundo es un proyecto por hacer, que entre todos debemos seguir creando. Es imaginar el mundo como un campo que debe ser cultivado con pericia, amor y dedicación, un campo inmenso que tú y yo podemos continuar sembrando, regando, podando, para que nunca deje de producir alimentos.
 
Pensar como los hombres es ver a los demás como medios para conseguir nuestros fines, y pensar: «De tal persona puedo obtener afecto; de este, en cambio, dinero, pues es rico; de aquel, consejos, pues es sabio; del de más allá recomendaciones, pues está muy bien conectado con gente importante»…
 
Y pensar como Dios es preguntarme: «¿Qué puedo hacer yo por los demás, para que él, ella, el de más allá, vivan mejor, una vida más plena?».
 
En definitiva, pensar como los hombres es tener una mentalidad depredadora; pensar que la realidad existe únicamente para que yo obtenga de ella lo que necesito para lograr mi bienestar. Pensar como Dios es actuar a partir de una mentalidad creadora: ¿qué puedo hacer para enriquecer la realidad que me rodea?
 
Cuando tomamos decisiones, ya sean triviales o, sobre todo, de cierto calado, ¿las tomamos pensado como el Pedro que aseguró que Jesús era el Hijo de Dios… o como el Pedro que se asustó ante la perspectiva de la cruz? ¿Las tomamos pensando como Dios, o como los hombres?

 

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CLUB DE LECTURA EN LA RESURRECCIÓN (BOGOTÁ, COLOMBIA)

 

En septiembre de 2022 (¡pronto hará un año!), en la parroquia La Resurrección, de Bogotá, decidimos iniciar un nuevo proyecto, sencillo pero ilusionante, sin saber en aquel momento si tendría mucho recorrido: un club de lectura. La idea de fondo era fomentar el amor a la literatura entre jóvenes de estos barrios del sur de Bogotá y ofrecer, a quienes lo quisieran, la oportunidad de ir leyendo grandes obras de la literatura universal, comentarlas en grupo, examinarlas en profundidad y, así, poderlas disfrutar. Se trataba, nos parecía, de una idea original, pues a menudo en los planes de pastoral de nuestras parroquias no tenemos en cuenta la promoción de la cultura, como si eso no fuese, también, una tarea urgente (especialmente en contextos donde otras necesidades vitales dejan poco tiempo para la formación intelectual y el arte).
 
Desde entonces, el Club de Lectura ha ido creciendo, y también el entusiasmo de quienes lo conforman: actualmente ya es grupo consolidado de 14 personas, en su mayoría jóvenes, que aproximadamente una vez al mes nos reunimos para compartir lo que hemos descubierto en la lectura de alguna novela que hemos elegido. En este tiempo hemos leído y comentado “La perla”, de John Steinbeck, “Crónica de una muerte anunciada”, de García Márquez, “La metamorfosis”, de Kafka, “La muerte de Iván Ilich”, de Tolstói, “El viejo y el mar”, de Hemingway, “Novela del ajedrez”, de Stefan Zweig… como se puede ver, ya una pequeña colección de grandes obras que, sin duda, han enriquecido la vida de quienes participamos de nuestro Club de Lectura. ¡Y la lista de los libros para ir leyendo en el futuro ya es larga!

 

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SIRVIENDO A NUESTRA CIUDAD

Varias parroquias de Racine (Wisconsin, EE. UU.), que están al cargo de sacerdotes de la Comunidad de San Pablo, realizaron en junio un campamento de verano de servicio a los más desfavorecidos de la ciudad

 

 

Después del año más duro de la pandemia (2020), en junio de 2021 decidimos crear un programa de servicio que animara a nuestros jóvenes a trabajar para el desarrollo y bienestar de su comunidad local. También quisimos buscar a personas adultas de las parroquias en las que trabajamos, que tuviesen experiencia en tareas de construcción de viviendas, para que enseñaran a las generaciones más jóvenes. La idea era combinar la energía de los jóvenes con la sabiduría de los adultos, para servir a los demás. Establecimos una alianza con una institución local (Neighborhood Watch) para remodelar y arreglar viviendas deterioradas de los barrios del centro de la ciudad de Racine. Nuestro socio local hace el trabajo preliminar: selecciona familias y asegura los permisos y los materiales para el proyecto. Nosotros, la «Comunidad Católica del Centro de Racine», coordinamos los esfuerzos de reclutar jóvenes voluntarios y adultos que puedan trabajar durante una semana en los proyectos.

Escribo con mucha alegría esta nota sobre nuestro tercer Campamento de Servicio de Verano de Belle City Catholic. Por supuesto, siempre estoy entusiasmado con la vida, pero esta vez estoy realmente conmovido. Nuestro Campamento de Servicio de Verano, que realizamos el mes pasado, fue un gran éxito. Trabajamos duro durante una semana. Registramos 1,521 horas de servicio a nuestros vecinos en Mead Street. Construimos cercas, pintamos casas, reconstruimos un cobertizo, limpiamos el parque y pasamos tiempo en oración y compañerismo. Estoy muy orgulloso de este Campamento de Servicio. Hace dos años, cuando se nos ocurrió la idea de trabajar localmente, visualicé un evento que nos uniera: católicos trabajando juntos por el mejoramiento de la ciudad. Continuamos avanzando hacia esa meta, a medida que más personas y parroquias se involucran.

 

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UNA MIRADA A LAS BIENAVENTURANZAS, EL PARADÓJICO CAMINO DE JESÚS HACIA LA FELICIDAD (2)

Seguimos con nuestro comentario de las Bienaventuranzas del Evangelio de Mateo, al que dimos inicio hace unas semanas. Hoy nos detenemos en la segunda, que ahonda en el carácter paradójico del camino de Jesús hacia la felicidad.

Monumento a Fray Antonio de Montesinos, en Santo Domingo: alguien que se conmovió
con el dolor de sus hermanos.

 

«Felices los que sufren, porque serán consolados» (Mt 5,4)
 
¿En qué sentido debemos entender esta afirmación, que aparentemente es un contrasentido absoluto? ¿Cómo puede tener el sufrimiento la llave que abra la puerta de la felicidad? ¿Cómo pueden ser felices los afligidos o los que lloran, según rezan otras traducciones habituales de este versículo al castellano?
 
También aquí es preciso empezar aclarando que sería muy posible llevar a cabo una lectura errónea de esta bienaventuranza, según la cual Jesús estaría glorificando y elogiando el sufrimiento en sí mismo. Alguien podría, entonces, ampararse en este versículo para afirmar que las angustias y las amarguras son buenas, y que, por lo tanto, los cristianos deben desear y buscar proactivamente sus tormentos. Y no es así: Jesús dedicó su vida a aliviar el dolor de los demás, curando enfermos, alimentando a hambrientos, devolviendo la vista a ciegos, y denunciando a los que, con su egoísmo, hacían sufrir a los más débiles… el cristianismo no es una religión masoquista.
 
Y tampoco encaja con el espíritu y el pensamiento de Jesús la posibilidad de que, en esta bienaventuranza, nos esté diciendo que es necesario sufrir aquí, en esta tierra, para después, ser consolados en la otra vida. Afirmar algo como «pásenlo mal en el este mundo, porque de ese modo en el cielo recibirán consuelo» implicaría la imagen de un Dios cruel, que necesita ver primero nuestras lágrimas para, después, abrirle las puertas a quien se haya ganado el cielo a base de padecimientos. No pueden ir por ahí los tiros, cuando, en primer lugar, Jesús nunca abominó de este mundo presente (al contrario, afirmó que «el Reino de Dios ya está entre ustedes», en Lc 17,21) y, en segundo lugar, nos habló de que su Padre, pura misericordia, siempre está deseoso de acogernos, de abrirnos de par en par las puertas de su casa, en la que hay sitio para todo el mundo (Jn 14,2): el cielo no «se gana» a base de tribulaciones.
 
¿Cómo debemos entender, entonces, esta segunda bienaventuranza? Tal vez en el sentido de que en esta vida solo serán verdaderamente felices quienes no sean indiferentes; los que luchen para que no se les endurezca el corazón; los que siempre mantengan viva la capacidad para conmoverse.
 
Ciertamente, si tu corazón es de piedra no sufres, ni lloras nunca: pero tu vida es, entonces, inhumana y vacía. Mejor pasarlo mal porque tienes entrañas de humanidad (que se conmueven ante el dolor de los hermanos), que vivir protegido por una armadura de indiferencia que, sí, te evita el sufrimiento, pero también te impide amar.
 
Los que lloran y los afligidos son los que caminan por el mundo sin armaduras, con la empatía a flor de piel. Al final, esta capacidad por llorar con el que llora nos regalará la certeza (el consuelo) de que no perdimos el tiempo ni desperdiciamos nuestra vida. Lo cual, ciertamente, nos hará dichosos.
 
En esta segunda bienaventuranza Jesús nos previene en contra de la apatía. Es una advertencia más necesaria que nunca, porque hoy, avasallados como estamos por una catarata constante de noticias, muy a menudo trágicas, sería fácil caer en la insensibilidad. Leemos o escuchamos que un marido celoso mató a su mujer, que otra vez se hundió un barco lleno de inmigrantes frente a las costas europeas, que hubo más muertes inocentes en Ucrania, en el Yemen o en el Congo, que en Haití otra tormenta ha dejado el país devastado, que en Irán han ejecutado a alguien que clamaba por la libertad o que en Uganda un homosexual ha sido encarcelado, solo por serlo… y nos encogemos de hombros, sin dar mayor importancia a lo que acabamos de leer o escuchar, y seguimos sorbiendo tranquilamente nuestro café con leche del desayuno, con la mente puesta en otra cosa. Eso sí es infelicidad.

 

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EL BUEN SAMARITANO: EL CHOQUE DE DOS URGENCIAS

 

En la impagable parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37) descubrimos dos urgencias en conflicto. En efecto, el encuentro con el hombre malherido junto al camino confronta a cada uno de los tres personajes que bajan de Jerusalén a Jericó con un dilema: ¿qué urgencia pesa más? ¿La que ellos tienen, de llegar a sus destinos cuanto antes, o la del desconocido que se desangra ante a sus ojos? Los dos primeros, el sacerdote y el levita, deciden (cínicamente) que su urgencia es, por así decirlo, más urgente que la del otro. El samaritano comprende que por mucha prisa que lleve y por muy importante que sea para él llegar adonde se dirige y hacer lo que tenía previsto, ahora la urgencia de atender al desdichado que acaba de encontrarse es prioritaria.
 
También nosotros vivimos el día a día dominados por mil y una urgencias: tenemos que terminar tal o cual proyecto personal o profesional, llegar a la hora a una reunión, acabar unas cuentas, programar la salida del fin de semana, hacer la compra, responder a correos que se nos acumulan en la bandeja, devolver mensajes, llamadas…
 
Y también nosotros, como los tres personajes de la historia, de pronto nos encontramos con hermanos malheridos derrumbados en la cuneta de nuestras biografías: personas que están pasando por una crisis personal, enfermos, gente golpeada por la pobreza y la injusticia, por la angustia o la depresión, por el desamor…
 
Y entonces debemos preguntarnos qué es más urgente: aquello a lo que habíamos pensado dedicar el día, o tratar de hacer lo que esté en nuestra mano para aliviar el dolor de estos hermanos.
 
A menudo, una mirada honesta y compasiva al sufrimiento ajeno pone en perspectiva, y relativiza, nuestras urgencias. No es que de pronto descubramos que eran insignificantes o imaginarias, pero sí que, ante el drama de otras personas, pueden esperar. Y que tal vez no eran tan graves.
 
El buen samaritano, con su capacidad por cambiar sus planes y prestar atención inmediata al malherido, nos muestra el camino de la flexibilidad mental, que es condición y antesala de la misericordia. Dicho de otra manera: con su decisión de posponer sus objetivos para hacerse prójimo de aquel desconocido, el samaritano nos enseña que la rigidez y la inflexibilidad son a menudo un impedimento para que en el mundo florezcan la caridad y la ternura. Las crisis de los demás no pueden programarse: surgen imprevistamente, cuando menos lo esperábamos, como un hombre golpeado en la cuneta de nuestro camino. Solo seremos capaces de darles respuesta si estamos dispuestos a aplazar, una y otra vez, nuestras urgencias.

 

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MUJERES EN MISIÓN: SOLIDARIDAD POR PARTIDA DOBLE

 

En el pasado mes de marzo se celebró en los EE. UU. el evento “MUJERES EN MISIÓN: CELEBRANDO LA LLAMADA MISIONERA DE LAS MUJERES”, auspiciado por la Oficina de Misiones de la Arquidiócesis de Milwaukee. En dicho acontecimiento fueron reconocidas dos mujeres, y una de ellas fue Idalia Nieves-Reyes. El premio “CONSTRUCTORA DE PUENTES” es inspirado por la Hermana Frances Cunningham, S.S.S.F., antigua directora de la Oficina de Misiones, y se le concedió a Idalia por su trabajo en la Parroquia Juan Pablo II de Milwaukee en la campaña de Cuaresma de 2022. El proyecto que ella gestionó, “Derecho a una Vivienda Digna”, recaudó fondos para la construcción de tres casas en la parroquia La Sagrada Familia de Sabana Yegua (República Dominicana).

Idalia quiso destinar el premio monetario que recibió a las mujeres de La Sagrada Familia. Así, el domingo 28 de mayo, con motivo del día de las madres, decidimos realizar una hermosa fiesta. En esta ocasión dimos prioridad a las madres jóvenes. En República Dominicana, y especialmente en la región suroeste del país, hay muchas madres jóvenes vulnerables, solteras o con varios hijos, con situaciones socioeconómicas muy difíciles. Invitamos a esta población para expresarles un reconocimiento, para rendirles homenaje y recordarles su gran valor. El evento tuvo la participación de la Dra. Gloria Adames, quien compartió consejos en la crianza de los niños con una charla distendida y dinámica. Al final se obsequió a todas las madres con una merienda y un regalo. La jornada fue formativa, relajada y gozosa. Agradecemos desde aquí a Idalia Nieves-Reyes por su entrega, generosidad, y solidaridad por partida doble.

 

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AMIGOS EN EL SEÑOR

Un grupo de Wisconsin visitó recientemente la comunidad de la CSP en Bogotá, para crear lazos de hermandad entre Colombia y los EE. UU.

 


 

 

Del 22 al 30 de mayo, un grupo de 10 personas procedentes de Wisconsin realizó una enriquecedora visita a la Parroquia La Resurrección de Bogotá, que está al cargo de sacerdotes de la Comunidad de San Pablo.  El viaje fue organizado por la Oficina de Misiones de la Arquidiócesis de Milwaukee, y las personas que formaron el grupo eran feligreses de diversas parroquias del sureste de Wisconsin.
 
Su semana en Bogotá fue intensa: pudieron conocer algunos lugares emblemáticos de la capital colombiana, y, sobre todo, se pudieron hacer una idea del día a día de la vida parroquial en La Resurrección: participaron en varias Eucaristías, compartieron reuniones con distintos grupos parroquiales, una noche acompañaron al grupo de voluntarios que realiza la “Ruta del Aguapanela” por las calles del barrio, tuvieron un par de sesiones formativas acerca de la Iglesia en América Latina y de Colombia, y, sobre todo, establecieron vínculos de amistad con miembros de nuestra parroquia, aquí en Bogotá.
 
Fue, en definitiva, una hermosa experiencia de fraternidad eclesial, de sentirnos, verdaderamente, “amigos en el Señor”, y a la postre unos y otros (norteamericanos y colombianos) pudieron comprobar que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

 

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UNA MIRADA A LAS BIENAVENTURANZAS, EL PARADÓJICO CAMINO DE JESÚS HACIA LA FELICIDAD (1)

En las próximas semanas y meses iremos publicando breves entradas en este blog comentando, una por una, las Bienaventuranzas del Evangelio de Mateo. Lo haremos sin ningún ánimo de erudición académica, simplemente reaccionando con atención a lo que propone Jesús, tratando de aplicarlo a nuestra vida diaria.

Preámbulo

 

Las Bienaventuranzas que nos regala el Evangelio de Mateo (Mt 5, 1-12) son un texto fundamental de la fe cristiana, y una de las páginas más bellas del Nuevo Testamento. En ellas, Jesús resume de forma magistral su estilo de vida, el estilo de vida que invita a sus seguidores a poner en práctica.
 
El primer gran acierto de las Bienaventuranzas es que en ellas Jesús rehúye el lenguaje moral, o moralista, y no habla del deber de sus seguidores, de aquello que ellos y ellas están obligados a llevar a cabo para ser considerados personas rectas. Y mucho menos prohíbe nada (en la línea de los diez mandamientos del Antiguo Testamento). El uso de órdenes y prohibiciones hubiese convertido las Bienaventuranzas en tu texto legalista y frío, en un nuevo decálogo: tal vez útil y sabio, pero no necesariamente atractivo ni ilusionante. En vez de optar por el lenguaje de la ley, Jesús describe su estilo de vida subrayando lo que, en el fondo, es: un camino hacia la felicidad. Dichosos los que hagan todo esto que les digo, afirma. Dichosos. Y, al expresarse en clave de felicidad, toca una fibra íntima en todo aquel que le escucha. Porque, ¿quién no quiere ser feliz? Asegurando que lo que propone es un itinerario hacia la dicha, Jesús hace que su mensaje llegue a cualquier ser humano, de cualquier época y cultura, apelando a uno de los deseos más universales que existen.
 
Lo que entonces ocurre, por supuesto, es que cuando empezamos a leer nos encontramos con que este camino de Jesús hacia la felicidad es muy paradójico. Enseguida nos damos cuenta de que se trata de un camino sorprendente, audaz, alejado de las fórmulas convencionales en las que nosotros pensaríamos instintivamente si se nos preguntara cómo lograr la dicha. La propuesta de Jesús constituye un camino alternativo, incluso opuesto, al camino que solemos imaginar, desde nuestras categorías y con nuestras luces, cuando meditamos sobre lo que requiere la obtención de la felicidad. Este carácter paradójico de la propuesta de Jesús se pone de manifiesto ya desde la primera bienaventuranza.

 

«Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos»

 

He aquí una afirmación que, mal entendida, se presta a una peligrosa demagogia: alguien sin demasiados escrúpulos podría ampararse en esta primera bienaventuranza para elogiar la pobreza material, y podría terminar diciendo que la miseria santifica y que pasar hambre hace feliz a la persona, algo que cualquier hambriento desmentiría con los ojos cerrados. No: Jesús (que, en la línea de todos los profetas del Antiguo Testamento, denunció la desigualdad económica y el abuso de ricos y poderosos sobre el pueblo explotado) no está alabando la miseria (porque no hay nada elogiable en ella).
 
Lo que Jesús dice, cuando afirma que serán dichosos los pobres en el espíritu, es, en primer lugar, que será feliz aquella persona que en su interior, en lo más hondo de sí misma, se sienta pobre, es decir, necesitada de los demás, y de Dios. Esta primera bienaventuranza es fundamentalmente un aviso muy serio en contra de la autosuficiencia. La arrogancia de quien se cree rico, en el sentido de no precisar nada de nadie, es un camino seguro hacia la amargura, por el sencillo hecho de que es mentira: todos necesitamos a los demás, y cuanto antes lo reconozcamos, mejor.
 
«Porque de ellos es el reino de los cielos». Claro: solamente personas conscientes de su fragilidad, de su vulnerabilidad, de necesitar el apoyo, el calor, la ternura, el consuelo, la compañía y la amistad de los demás podrán vivir en el reino de Dios, el “lugar” donde reinan los valores del evangelio. Los prepotentes y pagados de sí mismos, los narcisistas incapaces de reconocer que otras personas pueden enseñarles algo útil, los que ven a la otra gente como una carga y no como una riqueza, no sabrán (no podrán) vivir en un reino fundado en la fraternidad.
 
Y sí, esta bienaventuranza también tiene una dimensión económica. Porque es lógico pensar que los pobres en el espíritu también son quienes han hecho una opción por un estilo de vida sobrio. Han entendido que, en la vida, la verdadera riqueza son los demás, las amistades que podamos forjar con ellos… y, entonces, han relativizado la importancia de todo lo material. Han comprendido que se puede vivir con menos, han captado el peligro de idolatrar al dinero, y en consecuencia practican una sana austeridad, la austeridad responsable de quien entiende que los recursos del mundo son limitados, y que, en nuestra aldea global, el lujo de unos cuantos se paga con la miseria de la mayoría.

 

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