ABRAZADOS A LA CRUZ DESCUBRIMOS LA FIESTA DE LA RESURRECCIÓN

Si al inicio de la Cuaresma reflexionábamos sobre la contingencia de la existencia, sobre aquel “eres polvo y al polvo volverás” y sobre los beneficios de tomar consciencia de nuestra finitud, hoy, en la gran fiesta de la Pascua, buscamos el camino de la Resurrección.
 
La Resurrección es vida nueva, creación nueva, renacimiento, transformación; es alegría, gozo, paz interior, felicidad profunda.
 
Quizá no buscamos estas metas a través de un camino derecho, lineal, sino de forma cíclica, transportados por el oleaje de la vida. Avanzamos paso a paso, no sin traspiés y retrocesos, quizás dando unos cuantos rodeos, como siguiendo una lenta espiral, pero lo hacemos abrazados a la cruz. Esa cruz personal, esas limitaciones de las que somos conscientes, esos egoísmos encubiertos, esas envidias y perezas que traicionan nuestros elevados fines; hay que cargar esas cruces, no hay remedio, como dice el evangelio; tomar la cruz y no mirar atrás, pero una clave de las cruces es la aceptación, el abrazo, la acogida de todo aquello que se nos hace difícil de esas cargas pesadas. Aceptar lo ridículos que podemos llegar a ser, aceptar los engaños en los que nos enredamos como araña en su tela, aceptar la enfermedad que nos revela más humanos y frágiles, aceptar la dependencia de los demás para tantas y tantas cosas… y aceptar y acoger la imperfección del mundo, de la humanidad libre que Dios creó, con todas sus miserias y sus vanidades, capaz de las cosas más bellas y de las mayores atrocidades.
 
Una vez aceptado todo esto, una vez abrazadas todas las cruces, con la fuerza de Dios, con su gracia, le echamos una mano al Padre en su trabajo, como sus hijos que somos queridos, como sus manos, sus pies y sus ojos. Allá donde podemos hacernos más cercanos a su hijo Jesús en nuestras actitudes, en nuestra ternura, en nuestra aceptación indiscriminada de los demás… allá donde podemos hacernos más cercanos a Jesús en su lucha contra la injusticia, contra los mercaderes del templo, contra la hipocresía de los fariseos, contra la indiferencia del levita y el sacerdote hacia el caído… allá donde podemos hacernos más cercanos a Jesús que ora en el huerto, pidiendo la voluntad de Dios y no la nuestra…
 
Es ahí donde descubrimos el gozo de la Resurrección, donde reemprendemos el vuelo, donde nace la esperanza, donde reina la solidaridad; es ahí donde crece la alegría profunda, donde se acaba el miedo y renace el amor ¡Es ahí donde vivimos la fiesta de la Resurrección!

 

 

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VIERNES SANTO: EL SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS

Una tradición popular, muy viva sobre todo en América Latina, ha agrupado en la fiesta del Viernes Santo las siete palabras que en los diferentes Evangelios aparecen pronunciadas por Jesús en la cruz. Es lo que llamamos “el sermón de las siete palabras”.
 
A nivel teológico, la cruz es un evento liberador y salvífico, pero a nivel histórico y humano, personal y psicológico, la cruz fue para Jesús una experiencia desgarradora de pérdida. Es, en cierta forma, la imagen de la pérdida total. En la cruz Jesús no sólo perdió su vida sino también sus discípulos, su plan, su identidad, su buen nombre, su reputación. En la cruz Jesús lo pierde todo.
 
Y es desde esta experiencia que las siete palabras pueden ser para nosotros una buena herramienta para enfrentar nuestras propias experiencias de pérdida. En una sociedad donde predomina el valor del éxito, y a partir del mismo se establece el valor de una persona, quién vale y quién no, lo que quizás tendríamos que aprender y enseñar no es tanto saber ganar sino saber perder. No saber asumir nuestras pérdidas es, en el fondo, la causa subyacente a la violencia o a la intolerancia, por ejemplo. Ambos son síntomas de que existe, en aquellos que las practican, poca preparación para la pérdida. Desde temprana edad nuestras vidas están llenas de pérdidas: uno puede perder un ser querido, puede perder una pelea, una discusión, un privilegio, o un trabajo, y depende de lo bien preparados que estemos para ello que podamos seguir adelante después de experimentar estas pérdidas. Hay que aprender a manejar las pérdidas, y Jesús, en sus palabras en la cruz, nos puede dar una pista de cómo sobrellevar nuestras propias experiencias de cruz, nuestros Viernes Santos, y así prepararnos para la “resurrección”.

1.     «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» (Mateo, 27,46 y Marcos 15,34). El grito es desgarrador, estremecedor y hasta escandaloso, viniendo del mismo Jesús. Pero, es también extremadamente humano. El grito de la frustración, ¡ya no puedo más! Es un grito catártico con el que de una forma u otra nos vaciamos. En nuestras cruces es necesario saber expresarnos, no reprimirnos. Saber decir sin miedo ni remordimientos lo que estamos sufriendo, aunque a veces solo sea decírnoslo a nosotros mismos.

2.     «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34). Toda experiencia de pérdida suele ir acompañada por la asignación de culpabilidad, ya sea a otros o a uno mismo; es por ello que, para poder asumirla, tiene que ir acompañada por una experiencia de perdón. La ausencia de rencor es fundamental para poder cicatrizar heridas.

3.     «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23,43). Quizá en caliente las experiencias de pérdida son un sinsentido. Quizá deberíamos intentar descubrir, aunque sea de forma contra-intuitiva, los elementos positivos que tal experiencia puede desencadenar.

4.     «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23,46). En momentos de pérdida tenemos que reconocer que no siempre podremos estar en control ni de las situaciones ni de las demás personas. Dejarnos llevar, saber que los acontecimientos van más allá de nosotros, es una forma de enfrentarnos a las pérdidas de forma saludable. Hay que saber soltar. 

5.     «Tengo sed»  (Juan 19,28). Pedir ayuda es siempre una forma de hacer que las cruces nos sean más llevaderas. Reconocer nuestra vulnerabilidad y, por ella, nuestra evidente necesidad de los demás. No somos héroes.

6.     «Mujer, aquí tienes a tu hijo…, aquí tienes a tu madre» (Juan 19,26-27). Una de las dimensiones más difíciles de una pérdida es aceptar que nuestro entorno no tiene por qué estar en nuestra misma situación, y aunque muestren empatía hacia nosotros, no debemos arrastrar a los demás hacia nuestras propias cruces o pozos de dolor.  

7.     «Todo se ha cumplido» (Juan 19,30). En momentos de pérdida o de duelo, a veces a modo de consuelo encontramos expresiones poco acertadas como “todo sucede por una razón” o “si ha pasado por algo será” o aún peor “Dios tiene su plan y sabe más que nosotros”. Aun siendo desafortunadas, estas expresiones esconden la idea de que a menudo las cruces, los sufrimientos que nos invaden en un momento determinado, son puertas hacia nuevos caminos que sin ellas nunca hubiéramos explorado. Puede haber sentido en el sufrimiento.
 
Examinemos, pues, estas palabras de Jesus en la cruz, y dejemos que contra todo pronóstico nuestras experiencias de pérdida puedan, quizá con el tiempo, ser positivas, para que el Viernes Santo no tenga la última palabra y podamos llegar a la Resurrección. 

 

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JUEVES SANTO: LA COMUNIDAD QUE SIRVE

«Las fuentes de comida humeante sobre la mesa: ya todo está listo para la cena, que empezará de un momento a otro. Me gustaría que esta noche supiéramos ser, más que nunca, una familia de verdad, un grupo de compañeros leales, comprometidos los unos con los otros, llenos de confianza en el sentido y la belleza de nuestro mensaje. Es cierto que a menudo no sabemos llevar a la práctica lo que soñamos; entre nosotros hay tensiones. No siempre nos entendemos, ni entendemos a Jesús. Hay días en que lo peor de nosotros mismos (las envidias, la competitividad, los deseos de brillar, las antiguas ideologías que todavía palpitan en nuestros corazones y nos separan, los miedos…) se adueña de nuestras mentes y espíritus, y entonces discutimos, y nos herimos, y parece que se vaya a desmoronar todo lo que hemos venido construyendo con tanta ilusión desde hace ya varios años. Hoy no debería ser así: celebremos la Pascua, nuestra amistad y nuestra fe; celebremos nuestra esperanza, con aquella alegría que tantas veces experimentamos al lado de Jesús».
 
El maestro y sus amigos más cercanos se han reunido para la cena de Pascua. Están en Jerusalén. Flota en el ambiente de la sala en la que ahora van entrando un soplo de incertidumbre, de expectación, mezclado con el aire festivo de estos días señalados: muchos intuyen que algo inusual está por ocurrir, pero no saben qué será. El conflicto con los dirigentes del pueblo, que viene gestándose desde hace tiempo, se ha exacerbado en las últimas semanas y días, sobre todo desde que Jesús echó a los vendedores y cambistas del templo… y ello contribuye a que un aire de amenaza planee sobre el grupo. Sin embargo, hoy celebran.
 
«Comemos y bebemos, conversamos animadamente. Reímos. ¡Estamos bien! Durante un buen rato parece que hayamos podido ahuyentar todos los malos presagios. Después de dos o tres copas y de llenar el estómago con queso, aceitunas, dátiles y este delicioso cordero, incluso el choque, quizá inevitable, con los sumos sacerdotes, no nos parece tan terrible, ni definitivo, ni difícil de enfrentar. Siempre hemos salido adelante, esta vez no será distinta. Judas sí está bastante raro, muy callado (aunque él es taciturno por naturaleza) y con la mirada un poco perdida. Él sabrá. Lo indudable es que el momento, el compartir, es hermoso: la fraternidad que vivimos no tiene precio».
 
Llevan años juntos, caminando de la mano de Jesús, a quien conocieron en su Galilea natal. Han sido años intensos, sin tiempo para aburrirse. Viajes, encuentros con todo tipo de gente, conversaciones sin fin, discusiones, momentos dulces y momentos amargos, y el desafío que el maestro les plantea a diario; el reto de revisar todas sus preconcepciones, de aprender a mirar la vida con ojos nuevos, de ver lo escondido en los demás: las virtudes que no sabían advertir en aquellos que de natural hubiesen despreciado (por extraños, por descreídos, por enemigos), y los egoísmos que no querían ver en los que, en teoría, les eran más afines. Jesús ha transformado sus miradas.
 
«Qué rato más agradable. Todos los momentos duros y nuestros desvelos y angustias valen la pena si al final podemos experimentar espacios como este, de fraternidad real, de compañerismo, de dicha. Ah. Jesús se levanta, parece que nos quiere decir algo… pero, ¿qué hace? ¿Por qué deja su manto y se ciñe este paño en la cintura? ¡Se arrodilla!… ¿acaso nos quiere lavar los pies?»
 
Un silencio reverencial ha substituido la algarabía que llenaba el comedor hace tan solo un instante. Únicamente se escucha el goteo del agua tibia, cayendo de la jarra hasta los pies de los comensales y de allá a la jofaina que Jesús va colocando frente a cada uno de ellos. No tiene prisa, lava los pies de sus amigos con lentitud, dejando que ellos absorban el momento, conscientes de la intimidad que provoca su gesto delicado y profundo, y a la vez embargados por la extrañeza desconcertante y un poco molesta que viene del hecho de que sea él, su guía, quien realice este acto propio de esclavos.
 
«Se acerca a Pedro y Pedro, por supuesto —siempre él, incapaz de reservarse un pensamiento, aunque esta vez no le reprocho nada, pues creo que todos estamos rumiando lo mismo— protesta, pone objeciones a lo que está ocurriendo. Hablan, casi discuten. Jesús insiste. Finalmente le lava también los pies a Simón. Y a todos. Y ahora regresa a su lugar, se sienta, y nos explica el porqué de esta extraña ceremonia».
 
Solamente el paso del tiempo y la perspectiva que les darían los acontecimientos dramáticos que se iban a desencadenar pocas horas después de aquella cena, permitirían a los amigos de Jesús ir comprendiendo la fuerza de aquel último gesto. Un día, al fin, aceptarían que siempre será falsa la dicha de una fraternidad que no sabe servir. Y que un amor auténtico siempre se traduce en servicio.
 
«El lavatorio de pies nos ha dejado a todos un poco estupefactos. Luego Jesús y Judas han tenido un altercado, y el Iscariote se ha ido de la casa dando un sonoro portazo. Ahora caminamos por las estrechas callejas de la ciudad santa, bajo las estrellas, camino del huerto de Getsemaní, donde pasaremos la noche. Tengo que seguir cavilando sobre lo que nos ha querido mostrar Jesús arrodillándose con su jarra, su toalla y su jofaina, ante nosotros. Salimos de la ciudad. Hace frío, el aire huele a ciprés, a romero y a jazmín. Todo está bien. Todo saldrá bien».   

 

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DOMINGO DE RAMOS: DEL MIEDO A LA LIBERTAD

Hoy, con la celebración de Domingo de Ramos, damos inicio a la Semana Mayor en un tono festivo que seguirá el jueves, se tornará sobrio y angustiante el viernes con la muerte en cruz de Jesús para finalmente regresar al gozo con la Resurrección el sábado por la noche. Una de las cosas que llama la atención en la liturgia del Domingo de Ramos es que en un intervalo de pocos minutos leemos el pasaje de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y el de la Pasión; así, en esos pocos minutos experimentamos sentimientos bien distintos, pasando del júbilo a la máxima tristeza.
 
Lo primero que salta a la vista es el contraste que existe entre los partidarios y seguidores de Jesús, que cuando él entra en Jerusalén cantan hosannas al hijo de David, y la multitud de acusadores que a los pocos días vociferan «¡Crucifícalo!» ante Pilato. Es difícil comprender cómo los mismos que gritan exultantes ante la entrada del libertador, pocos días más tarde quieran deshacerse de él (a cambio de liberar a un delincuente). Por lo tanto, podríamos concluir que las dos multitudes deben ser dos grupos diferentes −ambos tocados, a su manera, por el miedo; pero diferentes al fin–: el grupo que entra triunfante con Jesús a la ciudad santa lo vitorea porque están hartos de la invasión romana, y ven en Jesús al Mesías, al “hijo de David” liberador que, piensan, pondrá fin a la situación de opresión política que vive el pueblo. Este grupo supera momentáneamente el miedo a levantar la voz empujado por la esperanza de ser liberado y se llena de euforia, aunque solo sea por un instante, durante la entrada triunfal. Sin embargo, el viernes, en pleno juicio de aquel que aclamaron, el miedo los vuelve a paralizar, no los deja actuar y no se atreven a oponerse a la ejecución del que pensaron que iba a ser su liberador. Se quedan callados ante los gritos de la otra multitud, la que pide la crucifixión del Nazareno. Este segundo grupo aparece como una multitud manipulada por las autoridades, que pide la muerte de Jesús y la liberación de Barrabás. A estos los domina el miedo a que haya represalias por parte de los romanos ante la escandalosa entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y lo que ella pueda significar y desencadenar.
 
Las masas son manipuladas con facilidad, y la mejor arma para lograr su manipulación es el miedo. En 2016 se dieron varios acontecimientos sociopolíticos de gran importancia: el triunfo del “Brexit” en el Reino Unido; el triunfo del “No” en el referéndum por la paz en Colombia; y el triunfo electoral de Donald Trump en los Estados Unidos. Sin entrar a profundizar en cada uno de ellos, sí parece cierto que en todos estos acontecimientos el miedo jugó un papel importante en muchos de los que votaron. Algunos tomaron decisiones con la esperanza de protegerse, asustados ante la perspectiva (real o imaginaria) de que sus intereses estaban o están gravemente amenazados, y otros callaron.
 
En esta Semana Santa que empezamos hoy, una buena práctica sería la de ahuyentar todos nuestros miedos, de manera que no seamos masa que se deja manipular para el bien de unos pocos, sino que seamos individuos capaces de actuar con plena libertad. Esa libertad que ejerció Jesús, humildemente, entregando su vida en la cruz por amor, liberándonos de la necesidad de tener miedo. Es la libertad que debería distinguir a sus seguidores, a los que creemos en él. Ojalá que en nuestras vidas no nos guie el miedo, que siempre divide y que a menudo acaba llevando a inocentes a la muerte, sino el amor, que une y que nos da vida.

 

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MONSEÑOR TITO SOLARI, RECONOCIDO COMO “PADRE DE COCHABAMBA”

El arzobispo emérito de Cochabamba, con una vida de servicio a la iglesia, recibe un merecido reconocimiento
 

Con motivo del Día del Padre, Monseñor Tito Solari, arzobispo emérito de Cochabamba, fue reconocido por los cochabambinos por su trabajo realizado durante más de cuarenta años a favor de Bolivia, de su población más vulnerable y, sobre todo, de los niños.

En la celebración de dicho reconocimiento el alcalde de Cochabamba, el Señor José María Leyes, describió a Mons. Solari como el “padre espiritual de los cochabambinos”: «Monseñor Tito ha sido un padre porque ha sabido enseñar a su rebaño (…) pero también ha sido un padre en momentos duros de la historia de Cochabamba», dijo.

En el evento conmemorativo, el arzobispo emérito, natural de Italia, afirmó: «En la vida es algo que me ha costado asumir; pero, cuando me tocó dejar mi parroquia, sentía que el corazón se me rompía: ahí comprendí que era un sentimiento paterno».

Monseñor promovió múltiples obras durante sus años como pastor al frente de la Arquidiócesis de Cochabamba; entre ellas cabe destacar los hogares para niños y adolescentes en situación de calle, como la Casa San José, fundada en 2004, que inició la Comunidad de San Pablo a petición del arzobispo. Los niños de la calle siempre han sido una de las mayores preocupaciones de Monseñor Tito.

 

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PASEO FIN DE CURSO CON 87 ESTUDIANTES

El centro de capacitación laboral de Meki (Etiopía) celebra el fin de semestre con una excursión

 

 

¡Qué mejor forma de celebrar el final del semestre con nuestras estudiantes de cocina, costura y peluquería, que yendo de paseo de fin de curso!
 
La ciudad de Meki está situada en la zona del Rift Valley. Los lagos Koka, Zway, Abiyata, Shala y Langano son compañeros de ruta a lo largo de los 215 kilómetros de carretera que va desde Addis Abeba hacia el sur de Etiopía.
 
Así que nos fuimos precisamente a visitar flamencos, marabúes y garzas del lago Abiyata, y a las aguas termales cercanas al lago Shala. A pesar de estar a sólo 85 kilómetros de Meki, nuestras estudiantes ni sabían de la existencia de una reserva natural de animales y aguas termales en esa zona, ni mucho menos la habían visitado.
 
Nos embarcamos en dos autobuses, con la comida preparada el día de antes en nuestro centro, nuestras estudiantes vestidas con tanta elegancia que parecía que fuéramos a cualquier sitio menos de paseo por montes y lagos, y un sinfín de teléfonos preparados para fotografiar cada momento del paseo.
 
A la hora de andar por caminos o piedras, ellas sin problemas se sacaban los zapatos elegantes que se habían puesto e iban descalzas. No pudo faltar el autobús que se quedó enterrado en medio de uno de los senderos de arena, y nos hizo esperar un buen rato hasta que el conductor con ayuda de la gente local pudo reemprender el camino. Eso sí, durante la espera, el otro autobús se convirtió en pista de baile para las que preferían bailar a esperar bajo un árbol. Y después de pasear, ver camellos, jabalís, avestruces, infinidad de flamencos y marabús, comimos juntas y lavamos los platos con tierra y agua caliente de un riachuelo cercano que se había formado con las aguas termales.
 
La sorpresa mayor del paseo fue ver los géiseres naturales que se forman al lado mismo del lago. En los días festivos la zona se llena de gente que sale de excursión y meten en los géiseres bolsas con patatas y huevos y se los comen cuando los tienen hervidos. ¡Creo que en nuestro próximo paseo haremos lo mismo!
 
Disfrutamos del día y tuvimos un ambiente muy agradable. Nos reímos y nuestras estudiantes pudieron conocer las maravillas naturales que tienen, tan cerca de Meki, su ciudad. El paseo fue muy positivo, pero, eso sí, ¡al día siguiente muchas faltaron a clase porque decían que estaban agotadas de lo mucho que caminamos y lo mucho que bailaron el día anterior!”.

 

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FAMILIA Y ESCUELA, SIN TENER QUE ELEGIR

En la Casa San José de Cochabamba, la Comunidad de San Pablo combina la reinserción familiar con la escolarización de los niños

 

 

En la Casa San José, que tiene por objetivo la reinserción familiar de niños alejados de sus hogares, que se encuentran viviendo en las calles de Cochabamba, se está viviendo un conflicto de prioridades, al que recientemente hemos tratado de buscar solución.
 
Cuando los niños llegan al centro comienza un periodo de trabajo intensivo en el que los educadores, la psicóloga y la trabajadora social se ocupan de los aspectos psicológico-emocionales del niño, así como de sus hábitos y disciplina, a través de diversos talleres; todo ello con el objetivo de preparar a los niños para su reinserción familiar. Por este motivo, durante dicho periodo los niños no están escolarizados, y es por ello también que se intenta que solo estén el tiempo indispensable en el centro. De hecho, incluso a nivel legal, se reconoce la importancia y la prioridad de este periodo de reinserción, y la justicia no autoriza la escolarización formal de los infantes en ese periodo.
 
El problema empieza cuando los niños ya están preparados para reincorporarse a sus familias, se ha evaluado la idoneidad del núcleo familiar, los progenitores han asistido a la escuela de padres en el mismo centro, y por demoras burocráticas el proceso judicial toma varios meses —durante los cuales no pueden retornar a sus familias ni escolarizarse desde sus núcleos familiares. Así que se cumple el dicho “justicia retardada, justicia denegada”.
 
Esta situación nos preocupa, porque aunque lo más importante es recomponer el hogar, y ese es el fin de Casa San José, es una pena no poder integrar antes a nuestros niños en el sistema educativo. Tras pensar mucho sobre el tema y reunirnos con los padres, encontramos una solución. Las familias estuvieron de acuerdo en inscribir a sus hijos en las escuelas respectivas de su barrio y en recoger a los niños a diario en Casa San José, llevarlos al centro educativo y devolverlos en la tarde a la casa. Aunque es un gran esfuerzo por su parte, entendieron que no valía la pena que los niños perdieran un año escolar, así que hemos podido conciliar familia y escuela.

 

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QUIERO SER POLICÍA

El Centro infantil San José de Ajusco, México, visita el Parque del Pedregal y conoce la labor de la policía

 

 
Una de las últimas salidas de los niños del Centro Infantil San José fue al parque Pedregal de México. Allí pudieron jugar y gozar de la naturaleza y las recreaciones.
 
Lo más curioso de la salida fue que tuvieron la compañía y protección de tres policías de la zona. Los policías jugaban y cantaban con los niños. Los pequeños no salían de su asombro; su temor a los uniformados era grande. No es de extrañar, porque los padres suelen reprender a los niños con el típico “si te portas mal, llamaré a la policia y vendrá a buscarte para llevarte a un cuarto oscuro”. Así pues, costó un poco que rompieran esa barrera y se dieran cuenta de que los policías son personas buenas y amables que cumplen un papel social muy importante y que se pueden dirigir a ellos si necesitan algún tipo de ayuda.
 
Según algunas estadísticas, la Ciudad de México es una de las 50 ciudades más violentas del mundo y los niños, que son el grupo de población más vulnerable, deben aprender a no temer a los agentes del orden público y a crecer como ciudadanos que respeten las normas de convivencia.
 
Después de esta experiencia distinta de lo común, si preguntamos a los niños del Centro San José qué quieren ser de mayores, algunos ahora responden: “Quiero ser policía, como los del parque del Pedregal”.

 

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GRADUACIÓN DEL PRIMER CURSO DE COCINA, COSTURA Y PINTURA EN MEKI, ETIOPÍA

Celebración de la primera promoción de mujeres capacitadas
 

La Comunidad de San Pablo inició hace un año cursos de capacitación laboral para mujeres y jóvenes en el Vicariato de Meki, en Etiopía. Ahora, desde allí, María José Morales (encargada de este proyecto), nos dice lo siguiente:

«El sábado 18 de febrero fue un gran día para nuestro centro de capacitación: un auténtico acontecimiento. No hay cámaras, ni videos, ni gestos, ni palabras que puedan llegar a expresar lo que representó la graduación de nuestros primeros cuarenta estudiantes.

La semana anterior se crearon los comités encargados de preparar la celebración: una profesora y tres alumnas de cada curso. El resto ayudamos en todo lo que pudimos para decorar el centro, preparar cantos, conseguir los uniformes de graduación (que no podían faltar), montar una gran tienda de campaña en la que acoger a los invitados y preparar galletas, café y comida para las 200 personas que participamos en la celebración.

Y llegó el día, y empezó bien pronto. Las primeras en llegar fueron las responsables de los comités organizativos para asegurarse que no faltara nada. Y después las estudiantes vestidas con sus uniformes de gala y acompañadas de sus familiares.

Para ellas, poder graduarse tras haber estudiado un año entero en nuestro centro, tener una profesión, invitar a sus familiares, fotografiarse antes y después de recibir su certificado de manos del obispo del Vicariato de Meki y de la directora del centro representa muchísimo más de lo que nos podemos llegar a imaginar.  Son jóvenes que no habían acabado estudios y con escasas oportunidades laborales, que ahora se graduaban como cocineras, modistas y pintoras; algunas ya están trabajando gracias a tener la formación recibida. Todas estaban radiantes de alegría y entusiasmo, ellas también se iban a graduar y podían demostrar a los suyos, y a ellas mismas, lo mucho de lo que han sido capaces.

Así nos lo expresaron en los discursos espontáneos de agradecimiento que nos dirigieron tras la entrega de su certificado de graduación. Emabet agradeció la oportunidad que les brindamos en nuestro centro para formarse profesionalmente a muchas que, como ella misma, habían regresado de los países árabes. Volvieron y se encontraron con el rechazo de sus familias, sin posibilidades de trabajo y con mucho desánimo por no haber logrado el futuro mejor que habían esperado hallar en su intento de emigrar. Emabet es ahora profesora de cocina en nuestro centro, y otras estudiantes de cocina están ya trabajando en hoteles de la zona. Las estudiantes de costura hicieron su primera entrega de uniformes en una guardería cercana y se han constituido en cooperativa para poder hacer los uniformes escolares que son de uso obligado en todo el país. De momento tenemos ya un pedido de 500 uniformes escolares y 30 uniformes para profesores.

Difícil también expresar la alegría de las familias que acompañaron a sus hijas en este día tan especial, y la alegría de todos los que hemos trabajado duro y con mucho entusiasmo a lo largo de este año para que este momento fuera posible. Todos nos hemos graduado un poco con nuestras estudiantes y les deseamos lo mejor en esta nueva etapa que ahora inician como profesionales.» 
 

 

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LA CONTINGENCIA, FUENTE DE LIBERTAD

Iniciamos hoy el camino de la Cuaresma: cuarenta días enfocados en la tarea de prepararnos para la fiesta anual de la Pascua cristiana. En el día de hoy, conocido como “miércoles de ceniza”, recibimos además un símbolo sobre nuestra frente: un poco de ceniza que nos recuerda, según el antiquísimo relato del Génesis, que “eres polvo y al polvo volverás” (Génesis 3, 19).

Esta frase puede sonar algo triste o derrotista, e incluso anticuada. Recuerda el castigo bíblico al que fueron condenados Adán y Eva tras atreverse a comer del fruto del árbol del Bien y del Mal. Reconozcámoslo: a nadie nos gusta que nos recuerden que, tarde o temprano, regresaremos a la tierra de la que nacimos, y que ese es un destino inevitable para todo ser humano.

Sin embargo, la ceremonia de hoy contiene también un mensaje positivo. Al reconocer que no somos eternos, que no podemos evitar el destino final de nuestras vidas, reconocemos nuestra contingencia ante Dios, el único absoluto. A pesar de nuestros logros, conocimientos o ambiciones, tomamos conciencia de nuestra finitud. Y eso nos hace libres, pues no estamos sujetos a un tiempo infinito, sino llamados a afrontar la vida como una oportunidad irrepetible en la que establecer vínculos positivos y comunicar lo mejor que hay en nosotros.

Todo ser humano tiende a “absolutizar” algo o a alguien: a veces nos absolutizamos a nosotros mismos, otras veces a otras personas, absolutizamos nuestro rol social, nuestras actividades…hoy recordamos que somos criaturas finitas, creadas por un Dios infinito. La ceniza sobre nuestras cabezas nos ayuda a evitar caer en el pensamiento narcisista de que nada ni nadie me puede limitar, que voy a ser eterno.

“Eres polvo, y al polvo volverás”: Dios le recuerda a Adán y Eva que ellos – nosotros – somos criaturas finitas, que no somos Dioses. No es una mala noticia, pues el reconocimiento de nuestra finitud nos libera para vivir con alegría el presente, el ahora, en vez de hipotecarnos en un futuro tantas veces imaginario, para el cual a veces estamos dispuestos a sacrificar el presente, en vez de valorar el hoy y aquí como un regalo irrepetible que merece ser vivido intensamente, con plena alegría y libertad.
 

 

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