general

ANDRÉS NOS CUENTA UNA HISTORIA

 

Desde Casa San José, en Cochabamba, nos llega una historia de algunos de los muchachos en situación de calle que están acogidos allí.
 
«Me llamo Andrés, tengo 13 años y vivo en la ciudad de Cochabamba. Hoy he pensado que sería un buen día para contarles algo que me pasó:
 
En una de mis múltiples escapadas del colegio conocí a dos niños como yo, que eran hermanos: Lionel de 11 años y Daniel de 6. Me los encontré allá por las calles del olvido y la nostalgia, unas calles concurridas y ruidosas. Pedían dinero a los transeúntes y a los vehículos, sin importar el peligro que corrían, aunque creo que para ellos era divertido y nada peligroso. Yo traía un poco de comida, así que me detuve a descansar y a comer mi escasa merienda. En ese momento intercambiamos unas palabras y entablamos una amistad. Nos contamos muchas cosas, entre ellas que su mamá los abandonó y su papá no los cuidaba; tenían siempre hambre y el cariño siempre faltaba. Esto me lo contaron con mucha nostalgia y pesadumbre. Así que habían decidido salir a las calles para hacer malabares y pedir dinero para poder comprar comida para ellos y sus hermanas más pequeñas.
 
Ese primer encuentro fue seguido de otros más, con lo que tuve bastantes oportunidades de compartir un poco de merienda con ellos y hablar de nuestras cosas. Pero un día, ya no los encontré más. Era como si hubieran desaparecido.

No obstante, mi suerte también cambió. Una tarde después de estar rondando por la calle sin rumbo, la policía me atrapó y me llevó a un hogar llamado Casa San José. Yo no quería entrar a vivir en esa casa, pues me gustaba la vida en la calle y ese lugar era extraño y desconocido para mí. Mi gran sorpresa al entrar fue ver en el patio a varios niños jugando, pero lo que me llamó la atención fueron dos en concreto que no eran desconocidos para mí. ¡Allí estaban Lionel y su hermano Daniel! Me imagino que tuvieron la misma suerte que yo y la policía los encontró solos en la calle. Después de bañarme y ponerme ropas limpias corrí a darles un fuerte abrazo. Y nos pasamos la tarde hablando y contándonos nuestras aventuras.
 
Lionel me contó que sus hermanas estaban viviendo en otro centro, aunque la más pequeña, de cinco años, se puso muy enferma y murió de leucemia.
 
Después de unos meses viviendo en Casa San José con varios niños, divirtiéndome y estando contento y feliz, Lionel me contó que su papá iba a venir con sus hermanas para irse todos juntos a vivir a su casa, los cuatro. Me puse triste, pero me alegré por ellos cuando vi cómo el papá abrazaba a sus hijos. Un abrazo esperado por Lionel y Daniel. Aquel día salieron muchas emociones después de meses separados así que acabaron todos llorando.
 
A mí me entró mucha nostalgia por mi familia, los extrañaba también mucho. Espero que pronto haya un reencuentro con ellos, así como el de Lionel y Daniel. Ustedes me preguntarán por qué me escapé si quiero a mi familia, pero esto ya es parte de otra historia, la mía, que tal vez algún día les contaré».

 

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“PRIMERA LÍNEA” EN LA RESURRECCIÓN: CONFLICTO Y MEDIACIÓN

 

 
Hace unas semanas los miembros de la Comunidad de San Pablo que vivimos y trabajamos en Bogotá nos vimos involucrados en una situación complicada que, afortunadamente, se resolvió de forma satisfactoria, y nos dejó varias enseñanzas.
 
Un jueves al mediodía, aparecieron en el barrio La Resurrección un centenar de jóvenes pertenecientes al movimiento de protesta antigubernamental Primera Línea, que desde hace varios meses están en las calles de Bogotá y de otras ciudades del país liderando las marchas en contra de varias medidas del gobierno, y exigiendo cambios profundos en el modelo político colombiano.
 
Un vecino del barrio les había ofrecido un solar de su propiedad (ubicado a una manzana de la parroquia) para que pudieran acampar allá, puesto que estaban siendo desalojados de todos los sitios donde pretendían quedarse, en otras partes de la ciudad. Los muchachos llegaron con varios heridos (causados en sus choques con la policía), alguno de cierta gravedad. Enseguida ocurrió lo previsible: los vecinos de la calle donde los recién llegados pretendían quedarse se opusieron con firmeza a la idea, y empezaron las tensiones, los insultos, los conatos de violencia. Los medios de comunicación han venido narrando el vandalismo que en algunas ocasiones ha acompañado a las protestas, y esto puso al vecindario en contra de la idea de albergar en su barrio a los manifestantes.   
 
Nosotros, al saber lo que estaba ocurriendo, fuimos hasta el lugar y ofrecimos un salón de la parroquia para atender a los heridos. Luego acordamos establecer una mesa de diálogo entre vecinos y manifestantes para apaciguar los ánimos y evitar toda violencia. Pusimos las instalaciones de la parroquia a disposición de dicha mesa, en la que nosotros, como personas neutrales, ejerceríamos de moderadores y de garantes del diálogo. Estuvimos sentados desde las tres de la tarde hasta pasadas las ocho de la noche: los muchachos de Primera Línea, varios miembros de la Junta de Acción Comunal local, personal de la alcaldía, agentes de la policía, representantes de organizaciones de Derechos Humanos…
 
Fue un ejercicio de paciencia y de escucha, dirigido a alcanzar un acuerdo satisfactorio para todos. Cuando subía la tensión proponíamos hacer un descanso y servíamos un tentempié, y los mismos jóvenes de Primera Línea dijeron que era la primera vez que se tomaban una taza de café (para lo que fue obligatorio que todo el mundo se quitara las capuchas y los tapabocas, mostrando sus caras) con la policía. Hacia las siete de la noche la situación parecía haberse estancado. Llegó la alcaldesa de la localidad Rafael Uribe Uribe (la sección de Bogotá a la que pertenece el barrio La Resurrección), e informó de que no había nada a dialogar: los chicos de la protesta se tenían que ir sin más dilación. De lo contrario, serían desalojados a la fuerza por la policía. Ellos pedían quedarse acampados por una noche en el espacio verde que hay al lado de la parroquia, para descansar y permanecer cerca de sus heridos, y prometían irse al día siguiente. La alcaldesa se oponía: tenía órdenes estrictas de no ofrecerles ningún predio público (y el terreno donde querían pernoctar es espacio público). Ellos, inflexibles: no se pensaban marchar por nada del mundo. Y los policías decían que ellos no eran partidarios de ejercer la violencia, pero que, si recibían órdenes de desalojar la zona, lo harían usando los medios que fuesen necesarios. Mientras el diálogo se enrocaba, de la calle nos iban llegando informes de que allí la situación se estaba tensionando y amenazaba con desbordarse. Alguien estaba recorriendo el barrio con un megáfono, haciendo una llamada a los vecinos a salir de sus casas y organizarse para expulsar a los intrusos. Y empezamos a recibir también informaciones de que corrían por el barrio y por las redes sociales noticias falsas, que nos comprometían: que si habíamos ofrecido el templo parroquial para que los de la protesta pasaran allí la noche, que si estábamos negociando que se quedasen seis meses en el barrio… De repente, la alcaldesa dijo que acaba de recibir en su teléfono una comunicación según la cual el descampado al lado de la iglesia no era espacio público, sino que pertenecía a la Junta de Acción Comunal. A la luz de este nuevo dato, la vicepresidenta de la Junta de Acción Comunal dijo que ellos permitirían a los jóvenes quedarse allí por una noche. Se había llegado a una solución. Nos pidieron que nosotros, como representantes de la Iglesia, saliéramos a la calle para informar a los vecinos y a los jóvenes del acuerdo alcanzado. Inmediatamente instalamos un sistema de sonido en la plazoleta que hay frente a la parroquia, salimos, y bajo la lluvia de la noche, explicamos el acuerdo alcanzado, y los vecinos se fueron dispersando…
 
La noche fue tranquila, sin altercados. A la mañana siguiente los manifestantes cumplieron su palabra y se marcharon, después de dormir en sus improvisadas tiendas de campaña bajo una lluvia persistente que no paró de caer hasta el amanecer. Dejaron el mirador completamente recogido, sin un solo resto de basura.
 
Fue una experiencia que, a pesar de su carácter inesperado y a ratos angustiante, nos permitió experimentar de primera mano el papel de mediación que la Iglesia puede ejercer en situaciones de conflicto social, trabajando para que partes enfrentadas se escuchen, dialoguen, traten de comprender la posición contraria y, dejando de lado las emociones y los prejuicios, se logre lo más importante: evitar la violencia.

 

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NUEVO PROYECTO EN ETIOPIA PARA EMPODERAR A 600 MUJERES VULNERABLES DE LA ZONA URBANA DE MEKI

 
A raíz de la crisis socioeconómica derivada de la pandemia de COVID-19 en Etiopía, y de haber realizado distribución de ayudas de emergencia a familias que vivían en situación de extrema pobreza en la ciudad de Meki, constatamos que las condiciones precarias en las que ya se encontraban muchas mujeres de la zona se agravaron considerablemente debido a la falta de trabajo, la escasez de alimentos y el aumento de los precios de los productos básicos.
 
Con la pandemia los problemas económicos y sanitarios de la zona han empeorado, y es por eso por lo que la Comunidad de San Pablo inició en el mes de marzo un nuevo proyecto de empoderamiento de mujeres vulnerables del área urbana de Meki para evitar el retroceso en el proceso de desarrollo de estas mujeres.
 
El proyecto quiere mejorar las condiciones de vida de 600 mujeres mediante su participación en grupos de ahorro comunitario, capacitaciones profesionales y el acceso a créditos que recibirán para mejorar sus ingresos familiares y poner en marcha pequeños negocios. También recibirán ayudas para mejorar su salud y la de su entorno y podrán desarrollar un espíritu crítico respecto a la violencia de género y las prácticas tradicionales nocivas de su entorno.
 
Celebramos la participación e involucración de estas mujeres en el proyecto y esperamos que con su constancia, esfuerzo e iniciativas emprendedoras puedan ser generadoras de ingresos para el bien de toda su familia y comunidad.

 

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CELEBRACIÓN DE FIN DE CURSO Y GRADUACIÓN EN EL CENTRO COMUNITARIO DE DESARROLLO INFANTIL SAN JOSÉ 2020-2021, DURANTE LA PANDEMIA DEL COVID-19 (CIUDAD DE MÉXICO)

 
La educación es fundamental para avanzar hacia sociedades más justas y luchar contra la pobreza, especialmente en los países en vías de desarrollo. Sin embargo, cuando se interrumpe la educación, los niños y niñas que dependen de programas escolares para acceder además a algunos servicios básicos, como los de alimentación y nutrición, están expuestos a una mayor vulnerabilidad porque, durante el tiempo que no van a la escuela, dejan de recibir esos servicios.
 
El Centro Comunitario de Desarrollo Infantil San José se comprometió desde el principio de la pandemia a garantizar que los programas educativos y de alimentación no se vieran afectados por la contingencia, y, a pesar de las dificultades, el pasado 9 de julio el centro pudo celebrar la graduación de 32 niños y niñas de preescolar tres, que empezarán una nueva etapa en la escuela primaria el próximo ciclo escolar, después del verano.
 
Desde el inicio de la pandemia, a mediados de marzo 2020, todas las escuelas en México han estado cerradas, y la educación se está impartiendo a distancia. Todos los niños y niñas y adolescentes realizan sus tareas y actividades escolares desde casa. El principal reto son las enormes desigualdades sociales-educativas, con muchas familias en un estado de vulnerabilidad tal que no han podido acceder a las nuevas formas de impartir la educación a las familias.
 
Durante el curso escolar 2020-2021 estuvimos trabajando juntos desde el Centro San José con los padres de familia para garantizar el buen desarrollo de los niños y niñas atendidos en el centro: se mantuvieron actividades educativas y servicio de comedor comunitario de manera presencial escalonado, a un cupo del 30% de la capacidad del centro, y observando las medidas sanitarias de protección.
 
Este curso que ahora ha culminado estuvo marcado por muchos cambios, pues estuvimos trabajado con menos niños al día y complementando con actividades escolares a distancia. A dos meses antes de finalizar el curso, el semáforo epidemiológico de la pandemia de Covid-19 nos permitió poder trabajar con todos los niños de preescolar 3 y apoyarlos en sus áreas débiles para prepararlos para su nueva etapa de formación.
 
Celebramos este logro con una Eucaristía de acción de gracias y una pequeña ceremonia de graduación de los 32 niños y niñas de Preescolar 3, acompañados por algún familiar y el equipo del centro. Un aspecto positivo en esta situación ha sido la colaboración de los padres, que han sido más colaboradores que en otras circunstancias. Entendieron la gravedad del momento y que su cooperación era esencial para el beneficio de los niños.
 
A un mes de que comience el próximo ciclo escolar 2021-2022, el país continúa registrando nuevos contagios, así como un alza en el repunte por la tercera ola del Covid-19. Las autoridades educativas finalmente han anunciado la vuelta a las clases presenciales, lo que ha creado opiniones divididas entre los padres de familia.
 
El desafío del Centro San José para el próximo ciclo escolar será también poder mantener la buena salud mental de los pequeños, que necesitan interactuar entre ellos, y seguir garantizando la continuidad de sus aprendizajes en este contexto de pandemia.

 

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MI EXPERIENCIA EN LA REPÚBLICA DOMINICANA

Este verano un grupo de seminaristas de la Arquidiócesis de Milwaukee en los EE. UU. visitó La Sagrada Familia, la parroquia hermana de Milwaukee, que está al cuidado de miembros de la Comunidad de San Pablo. Al regresar a los EE. UU., después de los meses en la República Dominicana, uno de ellos escribió la siguiente reflexión, que compartimos aquí.

 

Durante los dos últimos meses, mi nombre no fue Craig ni Jeffrey, mi nombre y segundo nombre. Mi nombre fue Gregorio, un nombre mucho más común y más fácil de pronunciar para un hablante nativo de español. El cambio de nombre es un recuerdo divertido y alegre de los dos meses pasados ​​en La Sagrada Familia en República Dominicana. También es un recordatorio de que Dios usó la experiencia para cambiarme para mejor. Aunque podría escribir páginas sobre cómo me ha impactado mi tiempo allí, hay tres que quiero destacar especialmente: un mayor celo por predicar el Evangelio, una comprensión más profunda del gozo del sacerdocio y una mayor confianza en el Señor.
 
A menudo siento la necesidad de tener todo planeado, especialmente cuando se trata de asuntos de fe. Sin todas las respuestas, me preocupa perder la oportunidad de dar un testimonio convincente del Evangelio. Este verano, Dios me ha asegurado que no importa a dónde vaya o cuán preparado me sienta, Él está presente y trabajando. Una mañana, por ejemplo, me acerqué a ver un entrenamiento de béisbol juvenil en la ciudad. Me senté allí durante casi una hora, hablé un rato con el entrenador y algunos de los jugadores y luego me fui a casa. Mientras caminaba por la calle de regreso a casa, uno de los jugadores jóvenes comenzó a caminar a mi lado. Le pregunté si sabía el Padre Nuestro y, durante los siguientes cinco minutos, caminamos con las manos cruzadas sobre el pecho rezando el Padre Nuestro mientras la gente en la calle nos miraba y escuchaba pasar. Un entrenamiento de béisbol se convirtió en una oportunidad para guiar a otros en la oración, una oportunidad que no habría surgido si me hubiera quedado quieto hasta que me sintiera totalmente preparado para comunicar la Buena Nueva. Dios no solo me dio la oportunidad de difundir el Evangelio, sino también las palabras y acciones para hacerlo.
 
Aunque he conocido a sacerdotes y he pasado tiempo en parroquias, nunca había pasado tanto tiempo con sacerdotes fuera del seminario en un entorno parroquial como este verano. Estuvimos cada día con el P. Javier, el párroco actual de La Sagrada Familia, y el P. Bob (un sacerdote de la Arquidiócesis que estuvo ayudando durante tres meses), celebrando los sacramentos, comiendo juntos, viajando y compartiendo conversaciones. Además del P. Javier y el P. Bob, pasamos tiempo con sacerdotes y obispos de la diócesis local, sacerdotes de Antigo, WI, Virginia, el rector del seminario menor, el P. Luke Strand, quien vino a visitarnos desde Milwaukee, un sacerdote cubano que sirve en la catedral de Santo Domingo y seminaristas de la diócesis local. Los sacerdotes con los que tuve la oportunidad de charlar y pasar un rato tenían diferentes personalidades, antecedentes y años de sacerdocio, pero el amor y la alegría que compartían con mis compañeros de clase y conmigo por el sacerdocio y la misión de la Iglesia era innegable. Fue algo que me hizo ver que mi vida como sacerdote estará llena de alegría y fraternidad.
 
Por último, estoy más convencido de que el Señor dará fruto de las semillas que me pide sembrar en la vida de los demás (Mateo 13). En cuarenta años, la parroquia ha crecido de unas pocas capillas a más de quince, y algunas de las comunidades han crecido hasta el punto de convertirse en parroquias. La parroquia ha establecido centros de salud y de nutrición donde la gente puede recibir atención médica básica y traer a sus hijos para la educación y la comida. Escuché a los feligreses hablar sobre el impacto que los sacerdotes anteriores han tenido en sus vidas, y es obvio que estas comunidades han ido creciendo en madurez cristiana. Como todos, estoy llamado a sembrar semillas en la vida de los demás y confiar en que Dios traerá el crecimiento (Mt 13). Mi tiempo en la República Dominicana, viendo el crecimiento que Dios ha producido durante cuarenta años en esa región, es un testimonio convincente de que Dios traerá el crecimiento que desea de las semillas que me pide que siembre.
 
Soy Craig, soy Gregorio, y mi vida ha cambiado gracias a los dos meses que pasé en la República Dominicana. Alabado sea Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo por las gracias de la confianza para salir y difundir el Evangelio, la convicción de que mi llamada vocacional está llena de vida y alegría, y una confianza renovada en el poder de Dios, para hacer crecer las semillas que me pide sembrar.

 

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MULTIPLICAR MEDICINAS EN PLENA PANDEMIA

 
Los retos que tenemos que enfrentar frente a esta pandemia, lo sabemos bien, son muchos y complejos, y varían mucho entre países y clases sociales. Las comunidades cristianas, familias, parroquias o asociaciones, también lo sabemos, estamos llamados a llevar a cabo acciones proféticas, que denuncien las injusticias de nuestras sociedades, a la vez que anuncien los caminos de la solidaridad y de la generosidad.

En la comunidad parroquial del Rosario, en la Ciudad de México, antes de empezar la pandemia, ya habíamos iniciado un proyecto de banco de medicinas, con la finalidad de ofrecer medicinas a personas en situación de vulnerabilidad, promoviendo donaciones por parte de la comunidad, y también para canalizar medicinas caducadas a una institución que las destruye bajo control medioambiental y así retirarlas de los hogares, evitando accidentes y que pudieran acabar en la basura, con el consecuente riesgo y contaminación.

La pandemia agravó la carestía de medicamentos entre la población: el desempleo formal masivo hizo que familias enteras perdieran su afiliación al Seguro Social, lo que aquí significa perder el acceso gratuito a los productos farmacéuticos. Millones de enfermos crónicos que dependen de medicamentos para mantener su estado de salud de pronto se vieron ante la necesidad de comprar los mismos, a precios muchas veces inaccesibles. Junto con ellos, las personas sin empleo formal afiliadas a las clínicas de gratuidad vieron cómo fueron desapareciendo las ayudas con medicamento a consecuencia de una grave crisis de desabasto de medicamentos propiciada por el contexto político.

En la oficina parroquial hemos sido testigos del número creciente de personas que se han acercado en estos meses con sus recetas buscando todo tipo de medicinas, especialmente para tratar condiciones crónicas, que muchas veces significan la cruel e imposible disyuntiva de invertir los escasos recursos económicos disponibles en medicinas, o bien en alimentos, pago de renta de vivienda, u otras necesidades básicas. Así hemos visto a pacientes diabéticos que llevan semanas sin insulina, epilépticos con crisis repetidas desde que dejaron de medicarse, y un largo etcétera de situaciones complejas.

Pero a medida que aumentó la demanda, también pudimos ampliar la red de personas y parroquias que se comprometieron a promover las donaciones de medicinas por parte de aquellos que ya no las utilizan. Y así, de forma discreta y anónima, bolsa tras bolsa, el banco de medicinas se ha ido nutriendo para poder en estos momentos surtir un promedio de 400 recetas mensuales, ¡5,000 desde que inició la pandemia!

Las iniciativas solidarias tienen éxito cuando son respaldadas por la generosidad de las personas, que responden frente a necesidades reales de la comunidad. Nuestro pequeño banco de medicinas es testigo de que, caja tras caja, hasta las medicinas se pueden multiplicar en plena pandemia.

 

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“ESTUVE EN LA CÁRCEL Y FUISTE A VERME” (MT 25,36B)

 

Uno de los grandes signos proféticos del papa san Juan XXIII durante su pontificado, fue su visita a los presos de la cárcel Regina Coeli en Roma. Con la humildad que lo caracterizó, Juan XIII se presentó ante los presos como “Juan, vuestro hermano. Como vosotros no podéis ir a verme, he decidido venir a veros.” La visita del “Papa Bueno” no solo llenó de esperanza a los presos de la cárcel Regina Coeli, sino a todos los presos del mundo, quien empezaron a llamar al Santo Padre “nuestro hermano Juan”.
 
Creo que la pastoral penitenciaria es uno de los secretos mejor guardados de la labor pastoral y social que realiza la Iglesia. Tal vez porque a veces es difícil dar a conocer todo el consuelo y ánimo y apoyo que se da a los presos en medio de situaciones muy tristes y difíciles.
 
Hace poco cumplí diez años de ordenación sacerdotal, y, por la gracia de Dios, en los últimos cinco años he tenido la bendición de poder visitar a los presos. Durante cuatro años estuve yendo cada miércoles a la prisión federal de Sturtevant, Wisconsin, en los EE. UU. Y desde hace un año he estado visitando cada quince días la prisión del Km. 15 de Azua, aquí en República Dominicana.
 
Un buen amigo me preguntó: ¿Y qué hace un sacerdote durante las visitas a las cárceles? Le respondí: “Dar esperanza a los presos.” Creo que esa es nuestra labor, dar esperanza a una población desesperada, ya sea por las culpas que llevan encima, por las dificultades del lugar, por la soledad, por la falta de atención médica, por el hambre que pueden llegar a pasar o por el abandono de sus familiares y amigos.
 
Durante mis años de formación nunca pensé que terminaría haciendo pastoral penitenciaria, y mucho menos que esta sería una bendición en mi ministerio. Rezo para que nunca nos olvidemos de todas aquellas personas que se encuentran privadas de libertad, y que, en la medida de lo posible, sepamos darles esperanza. No es tarea fácil, pero Dios siempre nos da la gracia, los recursos, y las personas que se necesitan para llevar esperanza a los presos.
 
“No se preocupen, la esperanza es para todos. También para ustedes” dijo Juan XXIII a los presos de la cárcel Regina Coeli.

 

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17º ANIVERSARIO DE CASA SAN JOSÉ EN COCHABAMBA

 
El pasado 1 de mayo, el equipo y todos los niños y adolescentes de Casa San José festejamos el aniversario número 17 de nuestra casa. Estamos muy orgullosos de estos diecisiete años que llevamos sirviendo a la población más vulnerable, buscando todos los días que los niños y adolescentes acogidos en nuestra casa recuperen el derecho a vivir en familia.
 
En todos estos años hemos contactado con más de 5.500 niños en las calles de Cochabamba y hemos atendido en la casa a más de 2.200 muchachos. De todos estos más de 1.100 regresaron a sus hogares y un número importante fueron transferidos a otras instituciones. El Gobierno de Bolivia, en este año 2021, nos ha entregado un reconocimiento que reza así: “Por su destacada labor en favor y velando por el desarrollo integral de niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad, brindando apoyo, cobijo, alimento, atención y sobre todo respeto a los derechos y dignidad de las personas, por su vocación de servicio y aporte al desarrollo humano en el departamento de Cochabamba, Bolivia, con un valor invaluable.” Este reconocimiento nos honra, pero mucho más el recuerdo de cada uno de los niños, hijos queridos de Dios a quienes hemos conocido. Nos llena de alegría y orgullo haber compartido y haber aportado un cambio a muchas de sus vidas, ayudando a que hayan retornado a sus familias o se hayan incorporado a otras instituciones educativas. ¡El trabajo con todos ellos ha valido la pena, y seguimos adelante!

 

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LOS POBRES SE EMPOBRECEN EN BOGOTÁ

 
Actualmente vivo y trabajo con el P. Martí Colom (compañero de la CSP) en la Parroquia La Resurrección de Bogotá, Colombia. La parroquia atiende tres barrios de clase trabajadora, en el sur de la ciudad. De los seis estratos socioeconómicos en los que se divide Bogotá, nuestra área es el Estado 2, "Bajo".
 
Cuando llegué a la parroquia en octubre del año pasado, Martí me dijo que muchos de los feligreses habían sufrido muchísimo, económicamente hablando, por la pandemia y que era duro ver venir a tantas personas a pedir comida, que antes jamás lo habían hecho.
 
La observación de Martí fue confirmada recientemente por datos publicados por el gobierno colombiano. El Departamento Administrativo Nacional de Estadística (“DANE”) publicó un informe llamativo y preocupante sobre el crecimiento de la pobreza en el país durante 2020.[1] Se centra en lo que denomina “Pobreza Monetaria”, basándose en los ingresos de un hogar. Aunque esto solo representa una métrica, los datos del informe sirven para mostrar cómo la situación de la pobreza en Bogotá empeoró mucho durante el primer año de la pandemia de la COVID-19, especialmente con respecto a aquellos que pasaron de ser “pobres” a “extremadamente pobres”.
 
La medida básica que establece las líneas de pobreza y pobreza extrema se calcula con valores monetarios utilizando el ingreso del hogar, per cápita y el costo de una “canasta básica de alimentos”.[2] La definición de la línea de pobreza extrema se centra en la estimación del costo de mantener del consumo diario de 2.100 calorías por persona. Y el valor establecido para la línea de pobreza incluye la estimación de algunas otras necesidades y servicios básicos. Ambos valores están ajustados por el costo de vida en las diferentes áreas del país.
 
Para el país en su totalidad, el informe del DANE calculó la línea de pobreza en alrededor de $ 90 USD, por persona, por mes.[3]  Es importante recordar que esto es per cápita, lo que significa que es la suma del ingreso total de un hogar, dividido por el número de personas que viven en él. Por ejemplo, en un hogar de cinco, donde ambos adultos trabajan y cada uno gana $200 por mes, por un total de $400, el ingreso per cápita del hogar es de $80 y, por lo tanto, ese hogar cae por debajo de la línea de pobreza. Debido al mayor costo de vida en la ciudad capital, la línea de pobreza se fijó en Bogotá en $123 USD por persona, que es un poco más de $492 USD para una familia de cuatro, por mes.[4]    
 
El informe define la pobreza extrema para los que viven en Bogotá como los que viven por mes con $48 USD por persona, o $192 USD para una familia de cuatro.[5] Para tener contexto, el salario mínimo legal establecido por el gobierno en 2020 fue de $ 237 por mes.[6] Eso significa que, en un hogar de dos personas, en Bogotá, si una de ellas trabaja y gana un salario mínimo, esa familia ya está por debajo de la línea de pobreza. Y en el caso de un hogar de cinco, con una persona que gana el salario mínimo, se les considera extremadamente pobres.
 
Habiendo visto cómo las líneas de pobreza son definidas por el DANE, veamos ahora cuántas personas fueron identificadas como pobres o extremadamente pobres por el gobierno en 2020, en comparación con 2019.
 
Comparando 2020 con 2019, según el DANE, hubo un aumento de 6.8% más de la población por debajo de la línea de pobreza (desde 35.7% hasta 42.5%). En cuanto a la pobreza extrema, un 5,5% más de la población se encontraba por debajo de la línea establecida (del 9,6% al 15,1%). Eso significa que, a nivel nacional, comparando 2020 con 2019, hubo 3.5 millones más de personas que cayeron por debajo de la línea de pobreza y 2.8 millones más que ingresaron en la pobreza extrema. Según estos números, en 2020 se consideraba más de 21 millones de personas en Colombia como pobres, y de estos, más de 7,5 millones eran extremadamente pobres, que significa que tienen apenas para comer.
 
Del aumento en el número de pobres del país en 2020, casi un tercio fue en Bogotá (31,3%). Según el DANE había 2.246.851 personas viviendo por debajo de la línea de pobreza en Bogotá en 2019, y en 2020 hubo un aumento de 1.110.734 más. ¡Eso representa un aumento del 49,4% en solo un año! El crecimiento de la población en la ciudad no puede explicar un aumento tan grande.
 
Los datos son más dramáticos cuando miramos a la población que cae por debajo de la línea de pobreza extrema. Según el DANE, en 2019 había 344,591 personas en Bogotá viviendo en extrema pobreza. En 2020, hubo 1.108.836. ¡Es decir, un aumento de 764,245 personas más, o 222%! Utilizando la población estimada en 2020 de la ciudad de 10,978,000, esto significa que más del 10% de las personas que viven en Bogotá se definen como extremadamente pobres.[7]
 
Gran parte del aumento de los identificados como extremadamente pobres son seguramente (pero no necesariamente) aquellos que han pasado de pobres a extremadamente pobres. El informe del DANE identifica evidencia anecdótica de muchos hogares que pasaron de tener ingresos limitados a ningún ingreso en su totalidad. Esto es representativo de muchas de las familias de la Parroquia La Resurrección. Antes eran "pobres", pero ahora están luchando por tener suficiente para comer.
 
De hecho, si comparamos el aumento de los considerados extremadamente pobres en Bogotá con el total del país, vemos que los bogotanos se han visto particularmente afectados por la pandemia. Bogotá representa el 27,5% del aumento de los considerados extremadamente pobres en el país. Pero lo que es particularmente revelador es ver cómo el aumento en Bogotá se compara con el aumento en el país. A nivel nacional, el número total de personas consideradas extremadamente pobres aumentó en un 59,3%, un dato que es en sí sobrecogedor y doloroso. Sin embargo, cuando se compara con el aumento del 222% de los considerados extremadamente pobres en Bogotá, muestra que las familias de menores ingresos de la ciudad capital se han visto especialmente afectadas por las consecuencias económicas de la pandemia.
 
Este aumento de la pobreza ha provocado un aumento de la desigualdad dentro de Colombia. Una de las medidas de desigualdad dentro de una población también considera los ingresos. El estándar internacional utilizado para esto es un índice denominado el coeficiente de Gini. Un coeficiente de Gini del 0% representa la igualdad perfecta de ingresos, hipotética, dentro de una población. Todo lo que esté por encima de 0% representa qué tan lejos está una población de esta igualdad de ingresos. El DANE informa que el coeficiente de Gini para Colombia fue del 54,4% en 2020, un salto significativo de solo un año desde el 52,6% en 2019.[8] Esto posiblemente sitúe Colombia en el nivel más alto de América Latina de la desigualdad de ingreso, y sin duda es uno de los más altos del mundo.[9]  Para darnos un poco de contexto, podemos compararlo con las estimaciones del Banco Mundial para EE. UU. En 2018 con un coeficiente del 41,4%, República Dominicana en 2019 con un coeficiente del 41,9% o España con un 34,7% en 2018.
 
En resumen, los datos oficiales del gobierno colombiano confirman lo que hemos visto y escuchado de nuestros feligreses con respecto a sus estrecheces económicas como resultado de la pandemia. También sirve para entender la situación actual del país, que ahora lleva más de dos semanas con protestas, en las que se exige al gobierno una gama de reformas fundamentales. Algunos de los números el reporte del DANE son hombres, mujeres y niños que conocemos por su nombre aquí en La Resurrección. Son familias que acuden a nuestra puerta a pedir comida, y que ofrecen intenciones en nuestras misas por un empleo digno. A través de la parroquia y los programas de CSP, hacemos lo que podemos para ayudarles y brindarles esperanza en estos tiempos difíciles. Y nos unimos a nuestros feligreses en sus oraciones por el empleo y más oportunidades que les permitan romper los ciclos de la pobreza. Colombia tiene por delante un largo camino para lograr la recuperación de su economía. Que sea, también, el camino hacia un futuro más justo y pacífico.

 

[1] DANE. 29 abril de 2021. Pobreza Monetaria en Colombia: Resultados 2020.  https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/condiciones_vida/pobreza/2020/Presentacion-pobreza-monetaria_2020.pdf. https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/condiciones_vida/pobreza/2020/Comunicado-pobreza-monetaria_2020.pdf. Last accessed 11 May 2021.
[2] El concepto de “canasta básica” de alimentos para sostener a una familia es una media común para calcular la línea de pobreza. El DANE utiliza la definición de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de la ONU.
[3] $331,688 pesos Colombianos (COP) per capita. Para nuestro propósito acá, utilizo un promedio del cambio del 2020 de 3,700 COP a 1 USD.
[4] $455,030 COP, por persona, por mes.
[5] $178,607 COP, por persona.
[6]$877,803 COP. No incluyo acá la cantidad extra para el transporte, porque hasta si aplicara en un supuesto caso, se supone que sería gastado en el trasporte del empleado, y no contar como entrada en el hogar. Del Decreto No. 2360 del 2019.
[7] Hay hasta un 20% de la ciudad que se considera “pobre”, con un total de casi 31% de su población que se encuentra debajo de la línea de pobreza.  
[8] Según el Banco Mundial, en términos del coeficiente de Gini, Colombia llegó a su punto más desigual con un 58.7% in 2000 y menos desigual en 2017 con un 49.7%.  El Banco Mundial calculó Colombia con un 51.3% en el 2019, lo cual significaría un salto aún más drástico en el 2020. 
[9] Utilizo los datos más reciente del Banco Mundial, que 
todavía no muestra en el efecto de la pandemia. https://data.worldbank.org/indicator/SI.POV.GINI.

 

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“KITS” DE MUJER EN ETIOPÍA

 
Todos sabemos que vivimos en un mundo definido por el modelo económico capitalista, donde casi toda nuestra actividad se centra en el trabajo, en la forma de obtener dinero para poder vivir. La capacidad adquisitiva marca nuestro estilo de vida, nuestras costumbres y hábitos, nuestras relaciones y hasta el desarrollo de nuestras capacidades. Y en este mundo, organizado así, las mujeres tenemos un reto añadido.

Nosotras sabemos qué nos pasa cuando tenemos la menstruación: cansancio, dolor, malhumor, susceptibilidad y, lo que es peor, el sangrado. A pesar de ello, con una pastilla para el dolor, quizá otra para controlar el estado de ánimo, y una buena compresa, tampón u otro dispositivo, podemos seguir adelante y estar a la altura de las exigencias. No me voy a centrar en el gasto extra que esto supone. No nacemos con estas pastillas en las manos, ni tampoco con las compresas. Tenemos que comprarlo, y para según qué producto, ¡hasta pagamos el IVA! De modo que ser mujer conlleva un gasto adicional.

Lo que acabo de describir es nuestra suerte en España o en cualquier país desarrollado. Pero, ¿qué pasa en los países en vías de desarrollo? ¿Qué pasa en Etiopía? ¿Qué les pasa a las estudiantes adolescentes en las escuelas rurales de Meki, donde trabajamos?

Les pasa exactamente igual que a nosotras, pero con la diferencia de que no tienen recursos ni para las “pastillas mágicas” ni para comprar compresas. Es frecuente ver a niñas que se duermen en clase, o que parece que estén en otro sitio, que no juegan en la hora del recreo y se muestran poco participativas y reservadas. Son primerizas en la menstruación, que para ellas es un tema tabú; de repente ya no son niñas, sino mujeres porque ya pueden procrear. Ahora la sociedad las mira diferente, y ellas necesitan tiempo para asumir los cambios.

Además de lo anterior, lo más frecuente es constatar la “falta” en las listas de asistencia a clase. Es decir, la mayoría de las chicas adolescentes tienen una ausencia escolar de un promedio de tres días al mes debido a la menstruación. ¿Por qué? Algunos motivos son culturales: vergüenza, tabú, impureza, etc. Otros serían los mismos que tendría cualquier mujer en países más desarrollados si no dispusieran de un “kit de mujer”: no se encuentran bien y/o no tienen medios para controlar el sangrado. Quizás los días que faltan a clase son precisamente los días de los exámenes finales… O se han perdido la clase del tema que sale en los exámenes, o simplemente han perdido el hilo de la historia de su país y ahora les cuesta más seguir la explicación del profesor.

En el proyecto “Aulas para la Igualdad”, que llevamos a cabo en tres escuelas rurales de la zona de Meki, les hablamos a los alumnos y a las alumnas sobre el respeto a los derechos humanos, sobre aquellas situaciones cotidianas y de la vida que se dan en detrimento de estos derechos y en las que las mujeres, por desgracia, solemos ser la parte más directamente perjudicada.

Además de estas sesiones educativas, queremos cortar de raíz el problema de la ausencia escolar debido a la menstruación. No es justo que una chica no pase los exámenes porque no ha podido hacerlos, o porque su asistencia a clase ha sido irregular y tiene lagunas en los conocimientos aprendidos. Y esto tiene una solución inmediata.
Los “Girl’s Clubs”, que en español lo podemos traducir por “equipos de chicas adolescentes”, son grupos que se organizan en el ámbito escolar. Es una iniciativa que se lleva a cabo en varios países africanos y que tiene muy buena respuesta. Se trata de formar grupos de chicas adolescentes, con una maestra como líder o responsable, que se reúnen quincenalmente y en los que se tratan temas sobre la salud de la mujer, la adolescencia, los cambios corporales como la menstruación, sus tabúes, y creencias, sus derechos como mujeres e igualdad con respecto a los hombres, además de otras dudas e inquietudes. También preparan cortas representaciones teatrales en las que se escenifican situaciones de desigualdad que se dan en su vida diaria y que exhiben, con mucho éxito, durante el festival de la escuela, el día de fin del curso.

Nosotras hemos querido apoyarlas con otras actividades complementarias como, por ejemplo, dinámicas de grupo para reforzar su autoestima, o con la elaboración de compresas para la menstruación.

En las zonas rurales un paquete de compresas, que no siempre se encuentran a la venta, es muy costoso y las chicas no pueden permitirse este gasto de forma mensual y durante la mayor parte de su vida.  Normalmente las mujeres usan trapitos y evitan salir de sus casas. Lo que les proponemos hacer a las chicas del grupo de adolescentes es un taller en el que aprenden a confeccionar compresas lavables y reutilizables. Confeccionar una compresa de este tipo puede costar lo mismo que un paquete de compresas convencional con la diferencia de que el gasto se realiza una o dos veces al año, dependiendo del uso y el cuidado. Además, las obsequiamos con unas braguitas y una pastilla de jabón para lavarlas. En el taller utilizamos una compresa ya elaborada como modelo y van siguiendo los pasos hasta completarlas. Obviamente no todas tienen la misma destreza en la costura, pero con la práctica van mejorando. Les enseñamos cómo se utilizan y cómo mantener una buena higiene femenina. Además, y con coordinación con el programa de educación en salud y primeros auxilios que también realizamos en las escuelas, les proporcionamos, cuando lo necesitan, medicamentos para calmar el dolor y puedan atender clases con mejor disposición.

Y de esta manera ya tienen el “kit de mujer”, listas para la escuela, listas para el trabajo, y listas para seguir superando obstáculos en la carrera por una vida digna en la que haya igualdad de oportunidades para todas y todos.

 

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