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SACA LO MEJOR DE TI

Esta pintada inspiradora y la niña que la mira con curiosidad me hacen pensar en los fotógrafos que captaron la imagen: los jóvenes de “Sonríe y Crece”, que forman parte de una asociación de voluntarios de Barcelona que dedican los veranos (¡ya llevan nueve!) compartiendo con los niños más desfavorecidos de Sabana Yegua en la República Dominicana.
 
Colgaron esta foto en las redes sociales y decía así: “Reflexión por las calles de Sabana Yegua: No se trata simplemente de dar lo que podemos dar, sino de hacer sentir, ver y transmitir la ilusión de luchar para que cada uno consiga sus sueños y metas”.
 
“Saca lo mejor de ti” es un buen lema. Por una parte, nos invita a no envidiar lo que tienen los demás, sino a buscar en nosotros. Por otro lado, tampoco nos invita al éxito, un valor cacareado hasta la saciedad que busca ser el único faro de muchos jóvenes. “Saca lo mejor de ti” es un lema hermoso: incluye todo nuestro potencial intelectual, nuestra fuerza de trabajo, nuestra energía, pero también incluye otros valores como la bondad y la generosidad.
 
Los jóvenes de “Sonríe y Crece” lo saben bien. No creo que me equivoque si digo que la vida les ha bendecido con su lugar de origen y sus familias; posiblemente estén buscando sacar lo mejor de sí mismos a nivel profesional, terminando carreras y haciendo másters, luchando por su futuro. Pero además, sacan lo mejor durante el año programando actividades para el verano de voluntariado, recaudando fondos y finalmente llegando a Sabana Yegua con toda la ilusión por delante. Esta es la misma ilusión que transmiten a niños y adultos. Saben que muchos no han tenido su suerte, pero les ayudan, alientan y apoyan para que luchen por una vida mejor, empezando por los estudios.
 
“Saca lo mejor de ti” nos invita a sacar toda la generosidad que llevamos dentro, a no ser tacaños en repartir afecto, amor, tiempo y energías. Últimamente he leído algunas reflexiones sobre la generosidad. Me gusta el potente lema de San Alberto Hurtado, jesuita que realizó una gran labor social en Chile, y que decía: “¡Hay que dar hasta que duela!”. Por otro lado, algunos estudios demuestran el efecto positivo de la generosidad en el estado de ánimo[1] (comprobado a nivel de respuesta cerebral) y en consecuencia nos invitan a ser generosos para sentirnos bien (“give ´till it feels good”). Aunque lo pareciera, quizás los dos enfoques no son totalmente excluyentes. Dar hasta que duela es exigente, nos invita a desprendernos no de lo que nos sobra sino también de lo que necesitamos. Pero está claro que un cierto sacrificio a nivel personal en pro de otra persona también nos produce un efecto positivo y un sentimiento placentero. Además, el realizar libremente una acción generosa no solo nos deja un sentimiento, sino que nos ayuda a desprendernos un poco de nuestro ego y da un mayor sentido trascendental a nuestras vidas.
 
“Saca lo mejor de ti” es también un buen lema, no solo para los jóvenes voluntarios de Barcelona, sino también para todos los niños y jóvenes de República Dominicana a quienes ellos ayudan. Así, volviendo a su reflexión “…hacer sentir, ver y transmitir la ilusión de luchar para que cada uno consiga sus sueños y metas” añado yo algo más, segura de que ellos estarán de acuerdo conmigo. Queremos compartir con estos niños y jóvenes el valor de la generosidad para que esta no quede excluida ni relegada de sus sueños y metas, y sea uno más de sus objetivos. Así les podemos seguir animando con toda la fuerza de este lema, inspirador para todos: ¡Saca lo mejor de ti!

 


[1] El resultado más sorprendente es que los centros de placer a nivel cerebral no responden solo a lo que es bueno para uno mismo sino que también muestran respuesta cuando se trata de algo bueno para otros. Este artículo de New York Times menciona el estudio del Profesor Ulrich Mayr y su equipo en la Universidad de Oregon http://www.nytimes.com/2007/06/19/science/19tier.html?mcubz=1

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FRANCISCO EN COLOMBIA: DESACTIVEMOS LOS ODIOS


 
Tal y como informaron los medios de comunicación del mundo entero, del día 6 al 10 de este mes de septiembre el papa realizó su esperada visita apostólica a Colombia. Fueron cinco días muy intensos. Intensos y agotadores, en primer lugar, sin duda, para el propio Francisco, que estuvo en Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena celebrando eucaristías multitudinarias (en cada una de estas ciudades los asistentes a los actos superaron todas las previsiones de los organizadores) así como un sinfín de encuentros: con representantes del gobierno colombiano, con los jóvenes, con víctimas del conflicto armado, con religiosos, con obispos, con la gente que abarrotaba las calles por las que él pasaba y con los que se concentraban, espontáneamente, alrededor de la nunciatura apostólica de Bogotá, donde se hospedaba. Ha sido también una visita intensa para todos los que la hemos seguido de cerca: días muy ricos en gestos, en momentos conmovedores, en mensajes que han interpelado hondamente al país, en cercanía…
 
Francisco había dicho que iría a Colombia cuando el gobierno y la guerrilla hubiesen firmado el acuerdo de paz que pone fin a más de 50 años de conflicto armado. Ha cumplido su palabra, haciendo de su viaje una invitación a la reconciliación de todos aquellos a los que la guerra y la violencia han enfrentado durante tanto tiempo.
 
Tratando de hacer un poco de balance de esta visita del papa, uno se da cuenta de que nos ha dejado un mensaje universal: es decir, un mensaje que va más allá de la situación colombiana, que la trasciende, y que nos podemos aplicar todos los que, en Colombia o fuera de ella, vivimos preocupados por los conflictos y la violencia, y que buscamos sendas de paz y reconciliación. Francisco, con su lenguaje claro y transparente, nos ha invitado a no ser espectadores en la edificación de la paz: «Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz. Es necesario que algunos se animen a dar el primer paso en tal dirección» (Homilía en Villavicencio, día 8 de septiembre). Una y otra vez, el papa ha insistido en que no nos resistamos a la reconciliación, que no tengamos miedo «a pedir y ofrecer perdón»: «Es la hora de desactivar los odios» (Encuentro de oración por la reconciliación nacional, Villavicencio, 8 de septiembre).
 
En un mundo donde tantos se apuntan, y tan rápido, al resentimiento y a la venganza, donde los conflictos, reales o imaginados, tienden a enquistarse, esta recomendación («es hora de desactivar los odios») nos parece esencial. Esencial, a pesar de su exigencia. Francisco sabe hacer que suene como realizable (¡porque en verdad lo es!) lo que, en boca de otro, parecería una quimera o una llamada vacía. Desactivemos el odio. Perdonémonos. ¿Acaso no es posible? La simpatía que emana del papa, con su sencillez y sonrisa pródiga, lo capacita para comunicar, sin ofender a nadie, un mensaje que en boca de otro parecería severo y sería, con toda certeza, rechazado.
 
Expresaba eso mismo, con franqueza y un cierto asombro, un taxista de Bogotá la tarde del mismo domingo en que el papa había terminado su visita y acababa de embarcarse en su vuelo para regresar a Roma. «Si otro me dijera las cosas que él dice, no me gustaría oírle. Pero ese señor tiene una forma de corregirte que hace que le pongas atención. Cuando vi por el televisor que se metía en el avión, me eché a llorar». No se puede resumir mejor la visita de Francisco a Colombia.

 

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LOS PELIGROS DE SER POBRE Y BONITA

La República Dominicana se ha visto sacudida recientemente por las noticias de varios asesinatos de chicas jóvenes. El caso de Emely, de 16 años, ha resonado por todo el país: esta chica, de familia muy humilde, habría quedado embarazada de su novio, un muchacho de clase pudiente que entonces la asesinó: parece ser que primero la indujo a un brutal aborto. El joven, de 20 años, y su madre están arrestados, pendientes de juicio.
 
Sin querer entrar en los espantosos detalles de tan abominable asesinato, que ha recibido la repulsa de toda la nación, quiero destacar un preocupante ángulo de la situación: desde sus doce años, la joven Emely, una joven bonita de familia pobre, “tenía amores”, como se dice aquí popularmente, con el muchacho.
 
Sin ánimo de juzgar desde ningún pedestal moral a quienes así se comportan, es importante reconocer que un secreto a voces, en este país, es que muchas niñas y jóvenes entablan relaciones con hombres mayores (a veces escandalosamente mayores) para sacar beneficios materiales. La pobreza extrema de las familias lleva a las chicas a dejarse deslumbrar por pequeños regalos: un teléfono celular moderno, ropa, dinero… Las que aspiran a más quizás quieren ir montadas en una “pasola” (moto) o una “yipeta” (un vehículo 4×4) o incluso tener una buena casa y una situación económica desahogada. Aunque algunas de estas relaciones funcionen bien y de ahí surjan familias estables y duraderas, no es el caso de la mayoría.
 
Un sinnúmero de mujeres jóvenes quedan embarazadas muy temprano, abandonan los estudios y algunas veces son abandonadas –no mucho más tarde− por el padre de la criatura. El brillo inicial de la relación puede dar paso a una absoluta oscuridad. La ilusión de tener aquellas pequeñas cosas que muchas otras jóvenes poseen puede ser, para muchas, un peligro fatal. Los padres y madres de estas jóvenes a veces tienen conocimiento de un noviazgo muy temprano, con una persona adulta y en esa relación  vislumbran un futuro para la hija y posiblemente una boca menos que alimentar, así que sucede con frecuencia que alientan esta relación desigual. Esta solución, esta mejora social provisional, se puede volver en contra de la mujer tarde o temprano, pues fomenta su dependencia de un hombre con recursos económicos, no la promueve a continuar estudios y hace basar todo su valor personal en su presencia física, que como sabemos, con los años cambia.
 
Como en muchas otras problemáticas sociales, hay dos importantes vías para trabajar contra esta situación, la vía jurídica, aumentando la edad mínima para contraer matrimonio (o vivir en pareja) y la vía educativa. En relación con la primera, expusimos hace unos meses en el artículo «Niñas esposadas», en este blog, el interés de varias instituciones nacionales e internacionales por cambiar la legislación para así proteger a las niñas –o mujeres menores de 18 años− aumentando su edad de contraer matrimonio de los 15 a los 18.  De la vía educativa queremos destacar que aparte de todos los esfuerzos directos del sistema educativo con niños, niñas y jóvenes, es esencial incidir en la educación y toma de consciencia de los padres y madres. Con frecuencia se dice que la primera y más importante educación es la de los progenitores hacia sus hijos.  Los padres a menudo han vivido en carne propia situaciones similares. Por eso mismo, en lugar de considerar estas relaciones como normales, deberían estar preparados para educar a sus hijos e hijas en valores, criterios, responsabilidades y límites; en una sana proyección de cada individuo hacia el futuro de manera autónoma, no dependiente y en igualdad de condiciones. ¡Cuesta esfuerzo, pero vale la pena!, ese sería un buen lema.

 

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EL DOGMA DE LA ESCASEZ Y EL DIOS DE LA ABUNDANCIA

Hace poco he leído El dios falsificado, de Thomas Ruster, un libro que se publicó originalmente en alemán el año 2001 (Herder). En 2011, Ediciones Sígueme nos ofreció su traducción española, que lleva por sugerente subtítulo Una nueva teología desde la ruptura entre cristianismo y religión[1]. A pesar de que hayan transcurrido ya más de quince años desde su aparición, me parece que la obra conserva una enorme vigencia.
 
El estudio del profesor Ruster, a ratos denso, tiene muchos méritos. Aquí solo quisiera hacerme eco de uno de sus argumentos, uno que sin lugar a dudas tiene implicaciones para la vida cotidiana: me refiero a la descripción que Ruster hace del capitalismo como religión; y como religión que, en esencia, se opone a la doctrina bíblica.
 
De hecho, más allá de la denominación misma del capitalismo como religión (con la que unos estarían de acuerdo y otros tal vez no), que probablemente no sea lo más importante del razonamiento de Ruster, lo que más me ha cautivado es su disección de la mentalidad que subyace en el capitalismo[2]: este nace de la preocupación por un futuro incierto. El anhelo por acumular riqueza para el mañana se fundamenta en el convencimiento de que los bienes disponibles son limitados (eso es lo que Ruster llama “el dogma de la escasez”), y que por lo tanto, el deber natural de cualquier persona sensata es asegurarse hoy, lo mejor que pueda, el siempre incierto sustento futuro. Nada puede realizar esta función tan bien como el dinero, y ningún mecanismo asegura mejor la existencia de futuras rentas como el de los intereses. En palabras de John Maynard Keynes, que Ruster cita, «la importancia del dinero proviene fundamentalmente de que representa un eslabón entre el presente y el futuro»[3]. Y remacha Ruster: «La preferencia por la liquidez tiene motivos psicológicos, y nace de la inquietud por el propio futuro»[4]. Dicho con otras palabras: el dinero está al servicio de la previsión, y el capitalismo «es religioso al velar por el futuro mediante el dinero»[5]. La mentalidad típicamente capitalista, en definitiva, nacería de una fuerte conciencia de escasez; su resultado sería el mandamiento de ser previsores mediante la acumulación de unos bienes que hoy no nos hacen falta, pero que podremos necesitar más adelante.
 
Pues bien: esta mentalidad choca frontalmente con la doctrina bíblica. La instrucción de Jesús, en el sermón de la montaña, será tajante: «No amontonéis tesoros en la tierra» (Mt 6,19); «no andéis preocupados por la vida pensando qué vais a comer o a beber» (Mt 6,25); «estas son las cosas por las que se preocupan los paganos» (Mt 6,32). Y lo fundamental: los creyentes deben pedir solamente «el pan de cada día» (Mt 6,11). Ya en el Antiguo Testamento el pueblo de Israel aprendió la lección del maná: lo que se recoge para más de un día se pudre (Ex 16).
 
No es que la fe bíblica sea un canto a la irresponsabilidad o una llamada a vivir despreocupadamente. Es, eso sí, una invitación a vivir confiando en Dios, y no en el dinero. Y es que hay algo más profundo en juego, a lo que queríamos llegar con esta breve reflexión: comprender que, como el mismo Keynes observó, hay una conexión entre la conducta supuestamente previsora (que nace de la fe capitalista en la escasez) y la injusticia. Una conexión directa: la conducta previsora es causa de la injusticia. En este sentido, la renuncia a la previsión, lejos de ser irresponsable, nace, como afirma Ruster, «de la fe en la plenitud de la bendición divina, y está al servicio del reino de Dios y su justicia»[6]. La conocida prohibición bíblica del cobro de intereses (Ex 22,24; Lv 25,35-37; Dt 23,20-21) debe ser entendida como una advertencia a favor de la justicia social: no debe buscarse el enriquecimiento en el futuro a costa de la indigencia de los pobres en el presente. Porque en resumidas cuentas «hay suficiente para todos si no hay algunos que aseguran su porvenir a costa de otros»[7].
 
Se hace difícil leer la obra de Ruster, observar a continuación las sociedades en las que vivimos y no ver la formidable relevancia de su argumento: porque la desigualdad entre naciones y dentro de las naciones es, hoy, uno de los problemas más acuciantes de la humanidad. Lo afirma Jared Diamond en la conclusión de su reciente librito Sociedades Comparadas[8], y lo puede ver cualquiera que abra un periódico o salga a la calle. Los espeluznantes datos son, por desgracia, bien conocidos: 62 personas poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad (tres mil setecientos millones de personas). El 1% más rico del planeta ya tiene tanto como el otro 99%. Te asomas a la realidad de cualquier ciudad latinoamericana (o, para el caso, europea, estadounidense o de donde sea) y las desigualdades abismales saltan a la vista: las diferencias de vivienda, sueldos, educación o servicios de salud entre sus habitantes más pudientes y los más pobres (que son la mayoría) son escandalosas.
 
¿Cómo no ver que tamaña desigualdad hace inviable la convivencia? ¿Cómo no advertir, sea cual sea la fe religiosa que nos mueve, y también si no tenemos ninguna, que hay en esta desigualdad una profunda inmoralidad? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
 
¿Cómo? A base de adherirnos al credo capitalista, al pernicioso dogma de la escasez. Y a base de desoír la doctrina bíblica, que nos invitaba a pedir solo el pan de cada día.
 
Los temas aquí planteados son complejos, y no los quisiéramos reducir a una caricatura. Sin embargo, resulta bastante evidente que una mayor fidelidad histórica a la doctrina bíblica de la abundancia de Dios y a la invitación de buscar solo el pan de cada día nos habría impedido llegar a la aberrante situación de desigualdad en la que hoy nos encontramos. Parecería que Keynes llevaba razón cuando exigía una política estatal activa que limitase la codicia personal del individuo. Dicha política estaría en plena sintonía con el evangelio de Jesús.

 


[1] T. Ruster, El dios falsificado (Ediciones Sígueme, Salamanca, 2011).
[2] Para dicha “disección” el teólogo alemán se apoya en pensadores como Walter Benjamin y, sobre todo, John Maynard Keynes.
[3] T. Ruster, op. cit., 168.
[4] Ibid., 169.
[5] Ibid., 174.
[6] Ibid., 176.
[7] Ibid., 177.
[8] J. Diamond, Sociedades comparadas (P. Random House, Barcelona, 2016).

 

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​UN MENSAJE EN LA PARED

Hace unos días reparé, por casualidad, en una minúscula pintada, hecha con lápiz, en un ladrillo del muro exterior de una escuela en el barrio El Pesebre de Bogotá: la frase estaba escrita con letra menuda, claramente infantil, pero se leía sin dificultad: «Mi vida a nadie le importa». Y debajo de las letras, ocupando toda la altura del ladrillo, más o menos debajo de la palabra nadie, el dibujo sencillo de unos ojos vertiendo lágrimas por encima de una boca triste, en forma de U invertida. Saqué una foto del pequeño grafiti.
 
Jamás sabré quien fue el autor o autora de la pintada, que con el paso del tiempo, o después de las primeras lluvias que caigan sobre la ciudad, quedará borrada. Pero no es difícil imaginar la escena: el niño o la niña, pongámosle ocho o nueve años, sale con ojos afligidos de su clase, al terminar el día escolar. Los compañeros se marchan, cada uno a su casa. Ella (imaginemos que es niña) queda sola en la calle; la pena la domina, quién sabe qué tristezas y zozobras empañan su alegría. Y entonces, antes de seguir con paso lento y ensimismado hacia su hogar (donde tal vez viven las razones de su congoja), se detiene. Ha tenido una ocurrencia. Mira arriba y abajo: nadie. Saca con decisión un lápiz de su mochila escolar y escribe su lacónico mensaje en la pared: mi vida a nadie le importa. Completa la frase con el garabato de una cara que llora. Quizá al terminar contempla durante unos segundos su obra –su grito, luego guarda el lápiz y se marcha. Tal vez un poco aliviada.

Me impresionan el gesto y el mensaje.
 
En primer lugar, el gesto: dejar escrita la rabia en un muro obedece sin duda a que a la autora del grafiti sintió, por lo menos en aquel momento, que la pared era su única interlocutora: es decir, que no tenía a nadie de carne y hueso con quien compartir sus penas. A la vez, dejar constancia de su frustración en una pared del barrio era una forma de hacer oír su voz: alguien me leerá, debió pensar la niña. Que la pintada no lleve firma y que nadie sepa que fui yo quien la escribió es lo de menos: alguien me leerá y sabrá que aquí hay alguien cuya vida a nadie importa.
 
Y me impresiona el mensaje, que resume en seis palabras un drama que es, por supuesto, el drama de mucha gente: el peso de la propia irrelevancia; sentir que no importas a nadie. Ni a los padres (¿ausentes?), ni a otros familiares, ni a los amigos, ni a los maestros…
 
¿Es cierto que la vida de esta niña no importa a nadie? No lo sé. Sí sé que así lo siente ella. Y sí es cierto que su pintada, que es lamento, grito y queja a la vez, condensa a la perfección la expresión de un anhelo humano fundamental, que haríamos muy bien de no olvidar ni perder nunca de vista: el anhelo legítimo de relevancia, de importar a alguien, de no ser tratados por los demás como un cero a la izquierda.
 
La protesta anónima de esta niña ayuda a comprender que pocas cosas son tan significativas, en nuestra relación con los demás, como comunicar a los otros lo mucho que nos importan. No se trata de ofrecer, artificialmente, declaraciones forzadas de amor; pero entre esto y no decirnos nunca que nos queremos, mejor pecar por exceso que por defecto. Reconozcamos, con humildad, nuestra necesidad de ser queridos. No seamos avaros en nuestras manifestaciones de cariño. No cuestan nada, y sin embargo, pueden transformar vidas.

 

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PENTECOSTÉS: A LOS CINCUENTA DÍAS, EL ESPÍRITU

Como es bien sabido, la palabra “pentecostés” viene del griego y significa día quincuagésimo. El número 50 es, para los judíos, un símbolo de plenitud: una semana de semanas (siete por siete, más uno). Esta fiesta, que en sus orígenes tenía carácter agrícola, se celebra cincuenta días después de la Pascua judía, ya que se considera que unos cincuenta días después del éxodo fuera de Egipto el pueblo de Israel selló la alianza con Yahvé en el monte Sinaí bajo la guía de Moisés.
 
Los cristianos celebramos hoy, siete semanas después de la Pascua de Resurrección de Jesús, la efusión del Espíritu a la comunidad apostólica, no como fiesta independiente, sino como culminación de la Pascua: “¡Recibid el Espíritu Santo!”
 
En medio del bullicio de gentes de distintas lenguas que llegaban a Jerusalén para celebrar el pentecostés judío, el Espíritu Santo dio la fuerza a los apóstoles para transmitir el mensaje de amor de Jesús a todos. Tras la partida del Señor podrían haber triunfado la confusión y la dispersión, pero se impusieron el acierto y la unión, para que el testimonio del Resucitado llegara hasta los confines de la tierra.
 
Ante una sociedad tan polarizada y fragmentada como es, en muchas aspectos, la nuestra, necesitamos vivir  celebrando Pentecostés. Pedimos la presencia del Espíritu Santo, y podemos decir:
 
Ven Espíritu Santo, enséñanos a dialogar como hermanos.
 
Ven Espíritu Santo, y ayúdanos a entender el lenguaje del adversario.
 
Ven Espíritu Santo y enséñanos a descubrir  que todos somos hermanos.
 
Ven Espíritu Santo y libéranos de la amenaza de convertir nuestros países en una nueva Babel, incapaces de construir un futuro de fraternidad.
 
Ven Espíritu Santo y libéranos de la intolerancia, de la intransigencia, que nos aleja cada vez más de toda colaboración eficaz.
 
Ojalá repitamos entre nosotros aquellas palabras de Pablo a las primeras comunidades cristianas: «¡No apaguéis el Espíritu!» (1Tes 5,19). No apaguemos nuestra fe en el Padre de todos, no apaguemos nuestra esperanza en una sociedad más fraterna.

 

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ABRAZADOS A LA CRUZ DESCUBRIMOS LA FIESTA DE LA RESURRECCIÓN

Si al inicio de la Cuaresma reflexionábamos sobre la contingencia de la existencia, sobre aquel “eres polvo y al polvo volverás” y sobre los beneficios de tomar consciencia de nuestra finitud, hoy, en la gran fiesta de la Pascua, buscamos el camino de la Resurrección.
 
La Resurrección es vida nueva, creación nueva, renacimiento, transformación; es alegría, gozo, paz interior, felicidad profunda.
 
Quizá no buscamos estas metas a través de un camino derecho, lineal, sino de forma cíclica, transportados por el oleaje de la vida. Avanzamos paso a paso, no sin traspiés y retrocesos, quizás dando unos cuantos rodeos, como siguiendo una lenta espiral, pero lo hacemos abrazados a la cruz. Esa cruz personal, esas limitaciones de las que somos conscientes, esos egoísmos encubiertos, esas envidias y perezas que traicionan nuestros elevados fines; hay que cargar esas cruces, no hay remedio, como dice el evangelio; tomar la cruz y no mirar atrás, pero una clave de las cruces es la aceptación, el abrazo, la acogida de todo aquello que se nos hace difícil de esas cargas pesadas. Aceptar lo ridículos que podemos llegar a ser, aceptar los engaños en los que nos enredamos como araña en su tela, aceptar la enfermedad que nos revela más humanos y frágiles, aceptar la dependencia de los demás para tantas y tantas cosas… y aceptar y acoger la imperfección del mundo, de la humanidad libre que Dios creó, con todas sus miserias y sus vanidades, capaz de las cosas más bellas y de las mayores atrocidades.
 
Una vez aceptado todo esto, una vez abrazadas todas las cruces, con la fuerza de Dios, con su gracia, le echamos una mano al Padre en su trabajo, como sus hijos que somos queridos, como sus manos, sus pies y sus ojos. Allá donde podemos hacernos más cercanos a su hijo Jesús en nuestras actitudes, en nuestra ternura, en nuestra aceptación indiscriminada de los demás… allá donde podemos hacernos más cercanos a Jesús en su lucha contra la injusticia, contra los mercaderes del templo, contra la hipocresía de los fariseos, contra la indiferencia del levita y el sacerdote hacia el caído… allá donde podemos hacernos más cercanos a Jesús que ora en el huerto, pidiendo la voluntad de Dios y no la nuestra…
 
Es ahí donde descubrimos el gozo de la Resurrección, donde reemprendemos el vuelo, donde nace la esperanza, donde reina la solidaridad; es ahí donde crece la alegría profunda, donde se acaba el miedo y renace el amor ¡Es ahí donde vivimos la fiesta de la Resurrección!

 

 

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VIERNES SANTO: EL SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS

Una tradición popular, muy viva sobre todo en América Latina, ha agrupado en la fiesta del Viernes Santo las siete palabras que en los diferentes Evangelios aparecen pronunciadas por Jesús en la cruz. Es lo que llamamos “el sermón de las siete palabras”.
 
A nivel teológico, la cruz es un evento liberador y salvífico, pero a nivel histórico y humano, personal y psicológico, la cruz fue para Jesús una experiencia desgarradora de pérdida. Es, en cierta forma, la imagen de la pérdida total. En la cruz Jesús no sólo perdió su vida sino también sus discípulos, su plan, su identidad, su buen nombre, su reputación. En la cruz Jesús lo pierde todo.
 
Y es desde esta experiencia que las siete palabras pueden ser para nosotros una buena herramienta para enfrentar nuestras propias experiencias de pérdida. En una sociedad donde predomina el valor del éxito, y a partir del mismo se establece el valor de una persona, quién vale y quién no, lo que quizás tendríamos que aprender y enseñar no es tanto saber ganar sino saber perder. No saber asumir nuestras pérdidas es, en el fondo, la causa subyacente a la violencia o a la intolerancia, por ejemplo. Ambos son síntomas de que existe, en aquellos que las practican, poca preparación para la pérdida. Desde temprana edad nuestras vidas están llenas de pérdidas: uno puede perder un ser querido, puede perder una pelea, una discusión, un privilegio, o un trabajo, y depende de lo bien preparados que estemos para ello que podamos seguir adelante después de experimentar estas pérdidas. Hay que aprender a manejar las pérdidas, y Jesús, en sus palabras en la cruz, nos puede dar una pista de cómo sobrellevar nuestras propias experiencias de cruz, nuestros Viernes Santos, y así prepararnos para la “resurrección”.

1.     «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» (Mateo, 27,46 y Marcos 15,34). El grito es desgarrador, estremecedor y hasta escandaloso, viniendo del mismo Jesús. Pero, es también extremadamente humano. El grito de la frustración, ¡ya no puedo más! Es un grito catártico con el que de una forma u otra nos vaciamos. En nuestras cruces es necesario saber expresarnos, no reprimirnos. Saber decir sin miedo ni remordimientos lo que estamos sufriendo, aunque a veces solo sea decírnoslo a nosotros mismos.

2.     «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34). Toda experiencia de pérdida suele ir acompañada por la asignación de culpabilidad, ya sea a otros o a uno mismo; es por ello que, para poder asumirla, tiene que ir acompañada por una experiencia de perdón. La ausencia de rencor es fundamental para poder cicatrizar heridas.

3.     «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23,43). Quizá en caliente las experiencias de pérdida son un sinsentido. Quizá deberíamos intentar descubrir, aunque sea de forma contra-intuitiva, los elementos positivos que tal experiencia puede desencadenar.

4.     «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23,46). En momentos de pérdida tenemos que reconocer que no siempre podremos estar en control ni de las situaciones ni de las demás personas. Dejarnos llevar, saber que los acontecimientos van más allá de nosotros, es una forma de enfrentarnos a las pérdidas de forma saludable. Hay que saber soltar. 

5.     «Tengo sed»  (Juan 19,28). Pedir ayuda es siempre una forma de hacer que las cruces nos sean más llevaderas. Reconocer nuestra vulnerabilidad y, por ella, nuestra evidente necesidad de los demás. No somos héroes.

6.     «Mujer, aquí tienes a tu hijo…, aquí tienes a tu madre» (Juan 19,26-27). Una de las dimensiones más difíciles de una pérdida es aceptar que nuestro entorno no tiene por qué estar en nuestra misma situación, y aunque muestren empatía hacia nosotros, no debemos arrastrar a los demás hacia nuestras propias cruces o pozos de dolor.  

7.     «Todo se ha cumplido» (Juan 19,30). En momentos de pérdida o de duelo, a veces a modo de consuelo encontramos expresiones poco acertadas como “todo sucede por una razón” o “si ha pasado por algo será” o aún peor “Dios tiene su plan y sabe más que nosotros”. Aun siendo desafortunadas, estas expresiones esconden la idea de que a menudo las cruces, los sufrimientos que nos invaden en un momento determinado, son puertas hacia nuevos caminos que sin ellas nunca hubiéramos explorado. Puede haber sentido en el sufrimiento.
 
Examinemos, pues, estas palabras de Jesus en la cruz, y dejemos que contra todo pronóstico nuestras experiencias de pérdida puedan, quizá con el tiempo, ser positivas, para que el Viernes Santo no tenga la última palabra y podamos llegar a la Resurrección. 

 

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JUEVES SANTO: LA COMUNIDAD QUE SIRVE

«Las fuentes de comida humeante sobre la mesa: ya todo está listo para la cena, que empezará de un momento a otro. Me gustaría que esta noche supiéramos ser, más que nunca, una familia de verdad, un grupo de compañeros leales, comprometidos los unos con los otros, llenos de confianza en el sentido y la belleza de nuestro mensaje. Es cierto que a menudo no sabemos llevar a la práctica lo que soñamos; entre nosotros hay tensiones. No siempre nos entendemos, ni entendemos a Jesús. Hay días en que lo peor de nosotros mismos (las envidias, la competitividad, los deseos de brillar, las antiguas ideologías que todavía palpitan en nuestros corazones y nos separan, los miedos…) se adueña de nuestras mentes y espíritus, y entonces discutimos, y nos herimos, y parece que se vaya a desmoronar todo lo que hemos venido construyendo con tanta ilusión desde hace ya varios años. Hoy no debería ser así: celebremos la Pascua, nuestra amistad y nuestra fe; celebremos nuestra esperanza, con aquella alegría que tantas veces experimentamos al lado de Jesús».
 
El maestro y sus amigos más cercanos se han reunido para la cena de Pascua. Están en Jerusalén. Flota en el ambiente de la sala en la que ahora van entrando un soplo de incertidumbre, de expectación, mezclado con el aire festivo de estos días señalados: muchos intuyen que algo inusual está por ocurrir, pero no saben qué será. El conflicto con los dirigentes del pueblo, que viene gestándose desde hace tiempo, se ha exacerbado en las últimas semanas y días, sobre todo desde que Jesús echó a los vendedores y cambistas del templo… y ello contribuye a que un aire de amenaza planee sobre el grupo. Sin embargo, hoy celebran.
 
«Comemos y bebemos, conversamos animadamente. Reímos. ¡Estamos bien! Durante un buen rato parece que hayamos podido ahuyentar todos los malos presagios. Después de dos o tres copas y de llenar el estómago con queso, aceitunas, dátiles y este delicioso cordero, incluso el choque, quizá inevitable, con los sumos sacerdotes, no nos parece tan terrible, ni definitivo, ni difícil de enfrentar. Siempre hemos salido adelante, esta vez no será distinta. Judas sí está bastante raro, muy callado (aunque él es taciturno por naturaleza) y con la mirada un poco perdida. Él sabrá. Lo indudable es que el momento, el compartir, es hermoso: la fraternidad que vivimos no tiene precio».
 
Llevan años juntos, caminando de la mano de Jesús, a quien conocieron en su Galilea natal. Han sido años intensos, sin tiempo para aburrirse. Viajes, encuentros con todo tipo de gente, conversaciones sin fin, discusiones, momentos dulces y momentos amargos, y el desafío que el maestro les plantea a diario; el reto de revisar todas sus preconcepciones, de aprender a mirar la vida con ojos nuevos, de ver lo escondido en los demás: las virtudes que no sabían advertir en aquellos que de natural hubiesen despreciado (por extraños, por descreídos, por enemigos), y los egoísmos que no querían ver en los que, en teoría, les eran más afines. Jesús ha transformado sus miradas.
 
«Qué rato más agradable. Todos los momentos duros y nuestros desvelos y angustias valen la pena si al final podemos experimentar espacios como este, de fraternidad real, de compañerismo, de dicha. Ah. Jesús se levanta, parece que nos quiere decir algo… pero, ¿qué hace? ¿Por qué deja su manto y se ciñe este paño en la cintura? ¡Se arrodilla!… ¿acaso nos quiere lavar los pies?»
 
Un silencio reverencial ha substituido la algarabía que llenaba el comedor hace tan solo un instante. Únicamente se escucha el goteo del agua tibia, cayendo de la jarra hasta los pies de los comensales y de allá a la jofaina que Jesús va colocando frente a cada uno de ellos. No tiene prisa, lava los pies de sus amigos con lentitud, dejando que ellos absorban el momento, conscientes de la intimidad que provoca su gesto delicado y profundo, y a la vez embargados por la extrañeza desconcertante y un poco molesta que viene del hecho de que sea él, su guía, quien realice este acto propio de esclavos.
 
«Se acerca a Pedro y Pedro, por supuesto —siempre él, incapaz de reservarse un pensamiento, aunque esta vez no le reprocho nada, pues creo que todos estamos rumiando lo mismo— protesta, pone objeciones a lo que está ocurriendo. Hablan, casi discuten. Jesús insiste. Finalmente le lava también los pies a Simón. Y a todos. Y ahora regresa a su lugar, se sienta, y nos explica el porqué de esta extraña ceremonia».
 
Solamente el paso del tiempo y la perspectiva que les darían los acontecimientos dramáticos que se iban a desencadenar pocas horas después de aquella cena, permitirían a los amigos de Jesús ir comprendiendo la fuerza de aquel último gesto. Un día, al fin, aceptarían que siempre será falsa la dicha de una fraternidad que no sabe servir. Y que un amor auténtico siempre se traduce en servicio.
 
«El lavatorio de pies nos ha dejado a todos un poco estupefactos. Luego Jesús y Judas han tenido un altercado, y el Iscariote se ha ido de la casa dando un sonoro portazo. Ahora caminamos por las estrechas callejas de la ciudad santa, bajo las estrellas, camino del huerto de Getsemaní, donde pasaremos la noche. Tengo que seguir cavilando sobre lo que nos ha querido mostrar Jesús arrodillándose con su jarra, su toalla y su jofaina, ante nosotros. Salimos de la ciudad. Hace frío, el aire huele a ciprés, a romero y a jazmín. Todo está bien. Todo saldrá bien».   

 

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DOMINGO DE RAMOS: DEL MIEDO A LA LIBERTAD

Hoy, con la celebración de Domingo de Ramos, damos inicio a la Semana Mayor en un tono festivo que seguirá el jueves, se tornará sobrio y angustiante el viernes con la muerte en cruz de Jesús para finalmente regresar al gozo con la Resurrección el sábado por la noche. Una de las cosas que llama la atención en la liturgia del Domingo de Ramos es que en un intervalo de pocos minutos leemos el pasaje de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y el de la Pasión; así, en esos pocos minutos experimentamos sentimientos bien distintos, pasando del júbilo a la máxima tristeza.
 
Lo primero que salta a la vista es el contraste que existe entre los partidarios y seguidores de Jesús, que cuando él entra en Jerusalén cantan hosannas al hijo de David, y la multitud de acusadores que a los pocos días vociferan «¡Crucifícalo!» ante Pilato. Es difícil comprender cómo los mismos que gritan exultantes ante la entrada del libertador, pocos días más tarde quieran deshacerse de él (a cambio de liberar a un delincuente). Por lo tanto, podríamos concluir que las dos multitudes deben ser dos grupos diferentes −ambos tocados, a su manera, por el miedo; pero diferentes al fin–: el grupo que entra triunfante con Jesús a la ciudad santa lo vitorea porque están hartos de la invasión romana, y ven en Jesús al Mesías, al “hijo de David” liberador que, piensan, pondrá fin a la situación de opresión política que vive el pueblo. Este grupo supera momentáneamente el miedo a levantar la voz empujado por la esperanza de ser liberado y se llena de euforia, aunque solo sea por un instante, durante la entrada triunfal. Sin embargo, el viernes, en pleno juicio de aquel que aclamaron, el miedo los vuelve a paralizar, no los deja actuar y no se atreven a oponerse a la ejecución del que pensaron que iba a ser su liberador. Se quedan callados ante los gritos de la otra multitud, la que pide la crucifixión del Nazareno. Este segundo grupo aparece como una multitud manipulada por las autoridades, que pide la muerte de Jesús y la liberación de Barrabás. A estos los domina el miedo a que haya represalias por parte de los romanos ante la escandalosa entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y lo que ella pueda significar y desencadenar.
 
Las masas son manipuladas con facilidad, y la mejor arma para lograr su manipulación es el miedo. En 2016 se dieron varios acontecimientos sociopolíticos de gran importancia: el triunfo del “Brexit” en el Reino Unido; el triunfo del “No” en el referéndum por la paz en Colombia; y el triunfo electoral de Donald Trump en los Estados Unidos. Sin entrar a profundizar en cada uno de ellos, sí parece cierto que en todos estos acontecimientos el miedo jugó un papel importante en muchos de los que votaron. Algunos tomaron decisiones con la esperanza de protegerse, asustados ante la perspectiva (real o imaginaria) de que sus intereses estaban o están gravemente amenazados, y otros callaron.
 
En esta Semana Santa que empezamos hoy, una buena práctica sería la de ahuyentar todos nuestros miedos, de manera que no seamos masa que se deja manipular para el bien de unos pocos, sino que seamos individuos capaces de actuar con plena libertad. Esa libertad que ejerció Jesús, humildemente, entregando su vida en la cruz por amor, liberándonos de la necesidad de tener miedo. Es la libertad que debería distinguir a sus seguidores, a los que creemos en él. Ojalá que en nuestras vidas no nos guie el miedo, que siempre divide y que a menudo acaba llevando a inocentes a la muerte, sino el amor, que une y que nos da vida.

 

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