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LA CONTINGENCIA, FUENTE DE LIBERTAD

Iniciamos hoy el camino de la Cuaresma: cuarenta días enfocados en la tarea de prepararnos para la fiesta anual de la Pascua cristiana. En el día de hoy, conocido como “miércoles de ceniza”, recibimos además un símbolo sobre nuestra frente: un poco de ceniza que nos recuerda, según el antiquísimo relato del Génesis, que “eres polvo y al polvo volverás” (Génesis 3, 19).

Esta frase puede sonar algo triste o derrotista, e incluso anticuada. Recuerda el castigo bíblico al que fueron condenados Adán y Eva tras atreverse a comer del fruto del árbol del Bien y del Mal. Reconozcámoslo: a nadie nos gusta que nos recuerden que, tarde o temprano, regresaremos a la tierra de la que nacimos, y que ese es un destino inevitable para todo ser humano.

Sin embargo, la ceremonia de hoy contiene también un mensaje positivo. Al reconocer que no somos eternos, que no podemos evitar el destino final de nuestras vidas, reconocemos nuestra contingencia ante Dios, el único absoluto. A pesar de nuestros logros, conocimientos o ambiciones, tomamos conciencia de nuestra finitud. Y eso nos hace libres, pues no estamos sujetos a un tiempo infinito, sino llamados a afrontar la vida como una oportunidad irrepetible en la que establecer vínculos positivos y comunicar lo mejor que hay en nosotros.

Todo ser humano tiende a “absolutizar” algo o a alguien: a veces nos absolutizamos a nosotros mismos, otras veces a otras personas, absolutizamos nuestro rol social, nuestras actividades…hoy recordamos que somos criaturas finitas, creadas por un Dios infinito. La ceniza sobre nuestras cabezas nos ayuda a evitar caer en el pensamiento narcisista de que nada ni nadie me puede limitar, que voy a ser eterno.

“Eres polvo, y al polvo volverás”: Dios le recuerda a Adán y Eva que ellos – nosotros – somos criaturas finitas, que no somos Dioses. No es una mala noticia, pues el reconocimiento de nuestra finitud nos libera para vivir con alegría el presente, el ahora, en vez de hipotecarnos en un futuro tantas veces imaginario, para el cual a veces estamos dispuestos a sacrificar el presente, en vez de valorar el hoy y aquí como un regalo irrepetible que merece ser vivido intensamente, con plena alegría y libertad.
 

 

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MIS DESEOS PARA 2017: UN AÑO DE BENDICIONES Y DE LOGROS, MÁS QUE DE ÉXITOS

Dolors Puértolas
 
Mientras ascendía por una frondosa cordillera de la República Dominicana, hace pocos días, me planteaba mis deseos para 2017. Luego, por la noche, curiosamente, en una cena con amigos hablamos de las doce uvas y doce deseos. ¡Ay caray! Yo nunca he pedido doce deseos. Una amiga dice que ella los deja apuntados al lado de la uva. Me quedé pensando que yo no deseo ni de largo tantas cosas… o quizás sí, quizás un sinfín de cosas más (pues ya sabemos que las necesidades son limitadas pero los deseos humanos no tienen fin), ¡quién sabe!
 
Quisiera compartir dos deseos para todos. La primera, bendiciones para este año que llega. Aquí en la República Dominicana muchas personas saludan con un “¡Bendiciones!”…qué bonito es desear la bendición de Dios para los demás. “¡Que Dios te bendiga!” dicen también. Y es que las bendiciones están ahí y solo tenemos que saber verlas. Por eso deseo un año de bendiciones para todos. ¡Bendiciones de Dios! y para los no creyentes, deseo que se alegren por todo lo que nos viene dado, las bendiciones que nos traen la vida, la naturaleza, la amistad y el amor en nuestro caminar diario.
 
Por otro lado, quizás influenciada por lo “cuesta arriba” que se iba poniendo la subidita pedregosa, el calor, el cansancio y las ansias de llegar a la cima en mi ascenso de la montaña,  recordé lo importante que es conseguir logros. También una amiga me decía que no estaba tan claro eso de hacerse propósitos, porque a menudo nos frustramos al no cumplirlos, pero qué duda cabe que nos ponemos logros de todo tipo; desde pequeñas cosas de la casa, la familia, de nuestro carácter y hasta retos mayores en el ámbito de los estudios, el trabajo, los negocios o la vida espiritual.
 
Aunque el diccionario no muestra gran diferencia entre los términos “logro” y “éxito”, quizás a nivel coloquial usamos el concepto de logros cuando cumplimos objetivos pequeños o por etapas, mientras que el éxito parece que vaya a llegar para quedarse.
 
Nuestro mundo actual da mucho valor al éxito, hasta lo sobrevalora. Hablamos de historias de éxito y personas de éxito como un gran triunfo, como modelos a seguir. Pero ¡qué frágil que es un matrimonio de éxito o un negocio de éxito! Cualquier grieta lo puede acabar resquebrajando. Ya decía con gran finura el filósofo Martin Buber que “éxito no es uno de los nombres de Dios”.
 
Por el contrario, cuando una persona, familia o comunidad va alcanzando logros paso a paso es cuando se empodera, goza de las etapas y se esfuerza por llegar a las siguientes. Y lo que es mejor, ¡no se le sube el éxito a la cabeza! A mi modo de ver la palabra logros nos remite a la humildad y a la sencillez de saberse en camino, no porque la vida nos ha sonreído sino porque hemos usado nuestros talentos y nuestro esfuerzo.
 
Así pues, esos son mis dos deseos para 2017: bendiciones y logros.

 

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NAVIDAD PARA TODOS

En estos días de celebraciones navideñas nos llega desde la República Dominicana esta reflexión del P. Esteban Redolad… que, si a ratos nos hace sonreír, también, indudablemente, nos invita a reflexionar.
 
 
La fiesta de la Navidad es una de las fiestas más conocidas e universales del planeta. No es de extrañar que sea, de una manera u otra, una fiesta para todos.  Una fiesta para…
 
Los que están al tanto de que no es casualidad que la Navidad sea el solsticio de invierno (o sea, que ya era fiesta antes de que fuera Navidad).
Los que van a la misa del gallo apenados por que la Navidad ya ha perdido definitivamente su sentido religioso.
Los que intentan, y logran, sin pena, vivir la Navidad en su sentido religioso y también celebran y también van a la misa del gallo.
Los que no saben que la Navidad tiene un sentido religioso, pero disfrutan de ella religiosamente (esos no van a la misa del gallo, aunque algunos quizás sí).
Los que saben qué es la Navidad y por eso no la celebran, y los que no lo saben, pero la celebran.
 
Los que quieren celebrar la Navidad y no pueden.
Los que están con los que no pueden celebrarla, para que sí puedan.
Los que creen que el espíritu navideño es el más humano de los espíritus, y también el más divino.
 
Los que sospechan que la Navidad es la mejor estrategia de marketing desde… ¿el siglo XIX? 
Los que calculan el gasto (de compra y consumo) de las bombillas navideñas del vecino, más que nada por envidia. Estos suelen ser los del punto anterior.
Los que también sospechan lo del marketing y por eso se acuerdan de los que están fuera de esa estrategia.
 
Los que creen que la Navidad es pura demagogia: “tal y como está el mundo no estamos por cursiladas…”
Los que piensan que tal y como está el mundo, la Navidad es una ventana imprescindible a la solidaridad, a la esperanza y generosidad.
 
Los que no pueden ya más con los villancicos, pero caen rendidos ante el champán.
Aquellos para quienes la Navidad significa un reencuentro familiar, y les encanta. Y los que no les encanta tanto.  
Los que recuerdan a alguien amado que se fue, y duele, y sin embargo celebran.
 
Los que experimentan la Navidad como unas memorias difusas en la resaca del día de San Esteban.
Los que no saben que el 26 de diciembre es el día de San Esteban.
Los que en la Navidad hacen su agosto.
Los que celebran la Navidad en pleno verano, sin frío, sin nieve y con arbolitos de plástico (en el sur).
Los que no saben que es el solsticio de invierno (en el norte).
 
Y finalmente los que sabemos que la Navidad es un poco todo esto, porque, al fin y al cabo, la Navidad es para todos.

 

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LA IDEA ES DARLE POSADA

Martí Colom
 
Hoy, día de Navidad, los creyentes no sólo recordamos el hecho histórico del nacimiento de Jesús, hace 2016 años. También celebramos que Dios, que con aquel nacimiento quiso llegar a nuestro encuentro de una forma nueva, sigue presente entre nosotros. Celebramos hoy la fiesta de la cercanía de Dios: Dios quiere, como quiso en Belén, estar a nuestro lado, acompañarnos, ser uno de nosotros, alentarnos, consolarnos, ayudarnos, darnos una vida de plenitud…
 
Y sin embargo, en la hermosa lectura de Lucas que escuchamos en la misa de medianoche (Lc 2,1-14) hay una frase inquietante, que casi podría parecer un detalle sin importancia —pero no lo es, y sí la tiene: «Le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada». No hubo lugar para ellos en la posada.
 
Jesús no nació en un establo porque a José y a María les encantaran los bueyes y los burros; ni para que siglos después nosotros pudiéramos montar un bonito pesebre en nuestras casas cada diciembre, con sus casitas, un río de papel de plata, un poco de musgo representado un prado y el establo en medio de todo; Jesús nació en un establo porque no hubo nadie que quisiera abrir las puertas de su casa a sus padres.
 
En medio de la alegría de este día, es bueno prestar atención a este detalle… y ya que no estamos recordando sólo un hecho histórico de hace veinte siglos, sino celebrando la relación viva, hoy, de Dios con nosotros, debemos preguntarnos muy seriamente si también nosotros, a veces, no le cerramos nuestras puertas.
 
Lo hacemos cada vez que se las cerramos a un necesitado. Y cada vez que excluimos a Dios de nuestros pensamientos y de nuestra toma de decisiones. Y cuando hacemos oídos sordos a una frase exigente de su evangelio. Y cuando se nos acerca alguien con problemas y nosotros miramos hacia el otro lado. Y cada vez que desalojamos a Dios de nuestro corazón…
 
Celebrar de verdad la Navidad es decir que sí a la venida del Señor, y decir que queremos, de verdad, acoger la presencia de Jesús en nuestras vidas. Celebrar de verdad la Navidad, por supuesto, también significa que estamos a gusto con un Dios que se hace humilde, frágil y pequeño… que renunciamos a toda arrogancia, a sueños de grandeza… y que estamos a gusto con un Dios que es príncipe de la paz, y que renunciamos de una vez por todas a cualquier forma de violencia.
 
Celebremos, ¡por supuesto!, el nacimiento de Jesús… entendiendo que, hoy, la idea es darle posada.

 

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UN HOMBRE TENÍA DOS HIJOS (LUCAS 15,11-32)

Esteve Redolad
 
El hijo menor, o a los jóvenes. Joven, intenso, quiere vivir el ahora y aquí. Insensato, padre, dame la parte de los bienes que me corresponde. No quiere esperar a que fallezca su padre. Es idealista, dispuesto a la aventura, ver mundo, se fue lejos a una provincia apartada sin darse cuenta de los riesgos. Quiere resultados inmediatos, una vida feliz, sin responsabilidades. Muy animado y animoso, optimista, como si nada pudiera torcerse en la vida y desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Solo después, cuando las cosas no van como pensaba, es capaz de reflexionar, volver en sí, y de forma humilde pero aun desde el egoísmo piensa en los jornaleros en casa de mi padre que tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre. Con su padre lo tendría todo. Se traga el orgullo, y reconoce sus límites, y se hace mayor, no le tiembla la voz porque sí padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero resulta que sí, digno sí lo es.
 
El hijo mayor o a los adultos y los de mediana edad. Personas maduras, que con el tiempo les toca ser responsables y comprometidos, y eso no es fácil. Los que supuestamente han sentado cabeza. Muchos han luchado por conseguir lo que tienen, más que los jóvenes. La vida, en muchas ocasiones les ha dado buenas lecciones. Pero son los que aún se ofenden porque después de tantos años que te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Para ellos la verdadera prueba de fuego es ver a otros arriesgar o pasarla bien mientras ellos se desviven trabajando. Entonces para qué tanto esfuerzo si al fin y al cabo ese ha consumido tus bienes con prostitutas, y tú has hecho matar para él el becerro gordo. Para pasar el trago se emborrachan de vanidad por todo lo que han vivido y lo mucho que les ha tocado luchar y sacrificar en la vida. Y sienten, secretamente, el aguijón del rencor, y la irritación celosa y melancólica por el atrevimiento y la alocada inconciencia de los que son como su hermano menor.
 
El padre o a los mayores, abuelos, jubilosos. Maduro, gente curtida por la experiencia. Pocas sorpresas por esperar. Ya saben que no todo es una lucha por el poder, por eso les repartió los bienes. Interesados, pero no necesariamente envidioso de aventuras ajenas. Saben sus propias historias y a través de ellas han ganado perspectiva en la vida. No queda sitio para juzgar. No necesitan de explicaciones ni de disculpas, por eso que cuando aún estaba lejos, corrió, y se echó sobre el cuello de su hijo, y le besó. Ya han aprendido que un abrazo y un beso, son más importantes que ganar una discusión. Son comprensivos, compasivos, no se sienten superiores a nadie, saben que todas mis cosas son tuyas. El mérito, para ellos, hace años que ha pasado de ser virtud a puro espejismo. Por eso perdonar tiene que ser lo lógico, para que haya sitio para todos, para el menor y para el mayor y por eso salió su padre, y le rogaba que entrase. Son ellos los que mejor saben lo único y especial que es cada momento y lo importante del reencuentro. Por eso hay que sacar el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta, porque hijo era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Entra y revive tú también.

 

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¿PREPARADOS?

Martí Colom

Ya estamos en Adviento: hoy, en efecto, celebramos el primer domingo de los cuatro que nos llevarán a las puertas de Navidad. Y empezamos con una lectura del evangelio de Mateo que constituye todo un programa para estas próximas semanas (y en verdad también para el resto del año): «Manteneos despiertos, pues no sabéis qué día va a llegar vuestro Señor», nos dice Jesús. E insiste: «Estad preparados, que cuando menos lo penséis llegará el Hijo del hombre» (Mt 24,42 y 44).
 
Es un consejo pertinente: sorprende, si nos paramos a pensar en ello, la cantidad de veces que no estamos despiertos sino dormidos, perdidos en nuestros mundos interiores, a ratos preocupados por pequeñeces, a ratos distraídos con asuntos intrascendentes. Y asombra caer en la cuenta de las muchas ocasiones en que no estamos preparados para descubrir la presencia de Dios entre nosotros. No estamos preparados, por ejemplo, para ver el rostro amable de Jesús en personas que nos desagradan; no estamos preparados para oír su voz en la voz de nuestros adversarios; no estamos preparados para captar su mirada en la mirada de un enfermo que necesita nuestra compañía; no estamos preparados para escucharle en las quejas de los más vulnerables de nuestro entorno; no estamos preparados para tocar sus heridas en las heridas de tanta gente a la que la injusticia social o el desprecio de los más fuertes arrincona; no estamos preparados para presentir su sombra en la fragilidad de aquellos que sólo piden la oportunidad de crecer sin violencia; no estamos preparados para atender su llamada a actuar, a defender la paz, a defender la ternura, a defender la necesidad de dialogar, que nos llega a diario a través de los acontecimientos —tantas veces preocupantes— que sacuden el mundo. No estamos preparados para entender que cada conflicto es una oportunidad para dar testimonio de nuestra esperanza, de nuestra fe en los demás y en el evangelio. No siempre estamos preparados para comprender que cuanto más resurjan en nuestras sociedades los demonios del racismo, de la exclusión a los que opinan de otra manera, o piensan de otra manera, o aman de otra manera, o rezan de otra manera, más crece la necesidad de una palabra evangélica valiente, incluyente, comprensiva, audaz en su ternura. No, con demasiada frecuencia no estamos preparados, y es por eso que necesitamos oír con toda su fuerza el anuncio de hoy: «Manteneos despiertos; estad preparados».
 
Adviento es una sacudida, una invitación a levantar los ojos, a permanecer atentos a esta presencia de Dios en el mundo. Presencia que es, a la vez, consuelo y llamada: nos transmite paz y al mismo tiempo nos invita a comprometernos con la realidad que nos rodea, con los problemas de los demás y con la tarea impostergable de preparar un mundo más justo y vivible para todos los niños que siguen naciendo, indefensos y frágiles, en los establos olvidados de la tierra.  

 

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EL BUEN (E INFIEL) SAMARITANO

Esteve Redolad
 
Pasa con algunos pasajes de la Escritura que, a base de proclamarlos una y otra vez, se convierten en moralejas que tienden a simplificar o incluso eclipsar su sentido histórico y, por ende, original.
 
Así sucede con la historia del Buen Samaritano, que se ha convertido para muchos en expresión popular refiriéndose a la persona que desinteresadamente ayuda a un desconocido.
 
Aunque es cierto que la parábola nos habla del valor desinteresado de la solidaridad ante la persona necesitada que encontramos en nuestro camino, la simplificación popular borra el contraste provocador del texto.
 
Recordemos que el contexto de la parábola es la pregunta de cómo obtener la vida eterna. La respuesta es “a través del amor a Dios y al prójimo”. Cuestionado Jesús por quién es el prójimo, nos narra la historia ya conocida.
  
Si intentamos sacudirnos toda una historia de moralización, veremos que al lector de hace 2000 años la parábola debía sonarle así: un hombre es asaltado y dejado medio muerto al lado del camino que va de Jerusalén a Jericó. Por ese mismo camino pasan un sacerdote y un levita, dos personas vinculadas estrechamente al culto en el templo. A ellos se les supone, por esta vinculación, el amor a Dios. Sin embargo, son incapaces de demostrar el amor al prójimo. El Samaritano, en cambio, era la personificación de los que no amaban a Yahveh, ya que no adoraban en el templo de Jerusalén sino en la montaña sagrada de Garizim; aun así, este “infiel” sí es capaz de amar al prójimo.
 
El contraste es fuerte, y la lección también. El amor a Dios no se demuestra sólo con acciones litúrgicas religiosas y cultuales, sino también a través de acciones concretas a favor del prójimo.  Lo primero puede servir como motivador, como acicate, pero si no lleva lo segundo está vacío de contenido y de sentido.
 
El mandato de Jesús al final de la parábola es claro. Habla del samaritano infiel, pero solidario, y dice: ¡ve y haz tú lo mismo!  

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LAS LÁGRIMAS DE LA MUJER AGRADECIDA: IMPLICACIONES DE LUCAS 7,36-50

Martí Colom

El texto y sus dificultades
 
El pasaje del evangelio de Lucas que narra cómo una mujer unge los pies de Jesús bañándolos con sus lágrimas y secándolos con su cabellera (Lc 7,36-50) constituye una escena de una gran riqueza y profundidad, amén de ser muy hermosa, y nos ofrece una reflexión sobre uno de los temas centrales del mensaje cristiano: el perdón.
 
Repasemos el desarrollo del episodio: un fariseo, que pronto sabremos que se llama Simón, invita a Jesús a su casa para compartir una comida. Tan pronto como Jesús se ha recostado en la mesa aparece una mujer, conocida en toda la ciudad como pecadora, que llega con un frasco de perfume y, llorando, baña los pies de Jesús con sus lágrimas para luego secárselos con su pelo. Simón se escandaliza de que Jesús permita estas muestras de afecto por parte de una mujer de pésima reputación. Entonces Jesús propone una parábola: dos hombres debían sumas de dinero (el primero quinientos denarios, el segundo cincuenta) a un tercer personaje, que ante su incapacidad para pagar les perdona ambas deudas. «¿Cuál de ellos le estará más agradecido?», pregunta Jesús. «Supongo que aquel a quien le perdonó más», responde, lógicamente, el fariseo.
 
Seguidamente Jesús dirige la atención de Simón hacia la mujer y compara las atenciones que ella ha tenido con él con la falta de detalles que el propio anfitrión le ha mostrado, para concluir con la frase clave: «Por eso te digo: sus pecados, que eran muchos, se le han perdonado, por eso ama tanto; en cambio, al que poco se le perdona, poco ama» (7,47).
 

Cuando llegamos a este punto central de la historia, la traducción de la primera parte del versículo que acabamos de citar —el 7,47a— parece dividir a los intérpretes de Lucas. En efecto, mientras que algunas traducciones discurren en el sentido que hemos recogido en el párrafo anterior, en no pocas traducciones la secuencia lógica de la narración se rompe de forma bastante sorprendente, pues deciden hacer decir a Jesús lo siguiente: «Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho»[1].
 
En estas traducciones Jesús está diciendo con absoluta claridad que la causa del perdón (de Jesús a la mujer) es el amor que ella mostró. La dificultad está en que tal afirmación confunde el mensaje y rompe la lógica del argumento que Lucas nos presenta. Es una traducción de la primera parte del versículo 47 que no encaja en absoluto no sólo con el resto del pasaje sino con la propia segunda parte del mismo versículo: «Mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama» (47b).

Decir que el mérito de la mujer es haber amado, y que con ese amor se ha ganado el perdón, no reflejaría la parábola de los dos deudores, ninguno de los cuales tenía con qué pagar su deuda (42). En la lógica que proponen las traducciones arriba citadas el amor es causa del perdón. El problema es que Jesús está diciendo exactamente lo contrario, como se desprende del sentido global del pasaje (y la parábola de los dos deudores ilustra este punto con transparencia): a saber, que no es el amor causa del perdón, sino a la inversa, el perdón es causa del amor, o lo mismo dicho de otro modo, el amor es la consecuencia del perdón. La mujer, a semejanza del personaje que debía una gran cantidad, ama mucho porque se le ha perdonado mucho, ama como respuesta al perdón recibido, que es exactamente donde quería llegar Jesús, que concluye con la declaración: «En cambio, a quien poco se le perdona, poco ama». Volveremos más tarde a esta conclusión.
 
Hay por lo menos dos razones que explican el motivo por el cual seguramente muchos traductores se inclinan por la interpretación según la cual en el verso 47a Jesús diría que los pecados le han sido perdonados a la mujer porque amó mucho. La primera, de carácter gramatical, es que la conjunción οτι —que es la palabra sobre la que gira la frase— se suele traducir, en efecto, como un “porque” causal. En este caso, sin embargo, el contexto nos hace ver, como venimos subrayando, que tal traducción no encaja con la enseñanza del pasaje, y que habría que entender οτι en el sentido de que explica por qué podemos saber que el perdón existe, y no por qué se ha producido el perdón.
 
La segunda razón vendría dada por una lectura equivocada (a nuestro parecer) del relato: del hecho que ella llegue a la casa y llore y bañe con sus lágrimas los pies de Jesús antes de que se produzca ninguna conversación entre ellos dos sobre sus pecados, se podría deducir, ciertamente, que es en respuesta al arrepentimiento mostrado en este gesto que Jesús decide perdonarla. No es hasta el controvertido versículo 47 que Jesús afirma que «se le han perdonado los pecados», y hasta el versículo siguiente que se lo dice directamente a ella: «Tus pecados están perdonados» (48). Esta demora en la declaración de que los pecados han sido efectivamente perdonados parecería indicar que ella, tomando la iniciativa de acercarse con lágrimas y gestos de ternura hacia Jesús, ha provocado su perdón, y así quedaría justificada la traducción de 47a que estamos cuestionando.
 
¿Cómo conciliar la enseñanza final de Jesús («a quien poco se perdona, poco ama»), que está en perfecta consonancia con la parábola de los dos deudores, con la sucesión de eventos en casa de Simón, que podría indicar que la mujer ha amado primero? Probablemente haya que buscar la respuesta a esta pregunta en las lágrimas de la mujer. ¿Qué clase de lágrimas son? ¿Por qué llora? ¿Por qué muestra afecto hacia el maestro? La única respuesta que nos permitirá encajar el rompecabezas es, en verdad, obvia: eran lágrimas de agradecimiento, no de arrepentimiento. La mujer llora porque se ya sabe perdonada, y es por gratitud que se acerca tan cariñosamente a Jesús. No llega al encuentro de Jesús a pedir, sino a agradecer el perdón. Habría entre esta mujer y Jesús una sintonía total: ella se le acerca porque, incluso antes de que él se lo confirme, ya se sabe acogida, rescatada de su vergüenza por aquel profeta de la misericordia, distinto del resto de hombres de la ciudad. Por eso llora, agradecida; por eso lo atiende, gozosa. Él la comprende, entiende desde el primer momento lo que está pasando, y cuando al final de la narración le dice «tus pecados están perdonados» simplemente está confirmando algo que ella sabía de antemano. Es más, el texto, con su referencia final a los demás comensales presentes en la escena observándolo todo con atención (49), incluso permite aventurar la idea de que la verbalización final del perdón tiene como propósito dejarles claro a ellos y a Simón que Jesús no rechaza a la mujer, más incluso que la función de decírselo a ella misma, quien, en verdad, ya lo sabría. Únicamente si las lágrimas de la mujer son de agradecimiento encaja de forma coherente todo el pasaje, que podríamos titular, por lo tanto, la escena de la mujer agradecida y el fariseo altivo.
 
Porque si ella representa a las personas conscientes tanto de su pecado como del perdón que Dios ofrece sin reservas, Simón describe aquel que, creyéndose sin culpa, se aleja de Dios porque no cree necesitar nada de Él. La frase lapidaria con que Jesús cierra la enseñanza («al que poco se le perdona, poco ama») es una seria advertencia al fariseo —y a los fariseos de todos los tiempos— que podría leerse así: «Aquel que, creyéndose perfecto, piensa que no necesita perdón, termina aislado en su soberbia». Tendría esta conclusión un alto componente irónico, exactamente el mismo que Jesús usa cuando en otra ocasión dice aquello de «no sienten necesidad de médico los sanos» (Lc 5,31), frase dirigida, como a Simón, a un grupo de fariseos que le reprochaban que comiera y bebiera con descreídos y a los que él, como a Simón, quiere hacer ver lo peligrosa que es su soberbia.    
 
Implicaciones del texto
 
Lo planteado hasta aquí tiene implicaciones importantes para el modo en que gestionamos nuestras relaciones, nuestros conflictos, y las heridas que nos han infligido o que nosotros hemos ocasionado a otros.
 
En el esquema de las traducciones que, violentando la coherencia del pasaje, hacen decir a Jesús que la mujer ha sido perdonada porque amó, la responsabilidad de resolver el conflicto recae en el pecador. Él o ella son los que tienen que convertirse, cambiar, empezar a amar, y sólo entonces, como consecuencia de esta conversión, serán perdonados.
 
En cambio, en el esquema de Jesús, aquel que refleja la traducción que creemos más correcta (y la única que es coherente con el resto del pasaje), donde se dice que ella ama porque mucho se le ha perdonado, la responsabilidad de desbloquear el conflicto no recae en el pecador sino en aquel que tiene capacidad de ofrecer el perdón.
 
Como en tantas otras ocasiones, Jesús hace gala de un gran pragmatismo y de un impecable conocimiento de la naturaleza humana. Porque pretender que el pecador, sin recibir ningún aliento, apoyo o estímulo, un buen día, de golpe, empiece a amar a los demás, es muy poco realista: no sucederá, por lo menos no habitualmente. Es pedir las proverbiales peras al olmo. En cambio, es mucho más plausible sugerir que si alguien se adelanta y le dice al pecador “quedas perdonado”, eso sea precisamente el desencadenante de una transformación en su interior. Jesús, en otras palabras, confiere la responsabilidad en el que puede ejercerla. Los deudores de la parábola, recordémoslo una vez más, «no tenían con qué pagar». Es decir, simplemente, no podían tomar la iniciativa.
 
¿Es realista pensar que, por arte de magia, sin mediación alguna, alguien sumergido en el egoísmo descubra la senda de la generosidad? No. ¿Es plausible pensar que, si recibe la seguridad, la certeza, de que sus mezquindades no le serán tenidas en cuenta, entonces algo profundo cambie en su interior? Quizá: esa es, por ejemplo, la intuición en la que se basa el famoso inicio de Los Miserables, de Víctor Hugo, cuando Jean Valjean es generosamente perdonado (sin hacer absolutamente nada para obtener tal gracia) por el obispo a quien había robado.
 
El esquema que emerge del «sus pecados, que eran muchos, se le han perdonado, por eso ama tanto» explica la relación de Dios con nosotros: el Padre no está encumbrado en su cielo, esperando con impaciencia, altivamente, como un niño ofendido, que vayamos hasta él a pedir disculpas. El Padre se adelanta, viene a nosotros, y nos ofrece gratuitamente su perdón y amor, esperando sin duda entonces que nuestra respuesta sea el amor: «Dios nos amó primero», dirá en este sentido la Primera Carta de Juan (1Jn 4,19).
 
Este mismo esquema es, obviamente, el que Jesús propone que guíe nuestras relaciones interpersonales y ayude a resolver nuestros conflictos. Sin torres de marfil, sin esperar que sea el otro que tome la iniciativa («si cuando vas al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, ve primero a reconciliarte», dice Mt 5,23-24… ¡ni siquiera importa si el hermano tiene razón! La prioridad es que haya reconciliación, y ante esta realidad, la persona de fe —la que va al altar— debe tomar la iniciativa), sin pretender que para que yo, desde mi altivez, conceda mi perdón al hermano éste tenga que arrastrarse primero suplicando mi perdón.
 
Es una muy buena noticia, cuando lo aplicamos a nuestra relación con Dios. Es una exigencia y un reto, cuando lo aplicamos a nuestra relación con los demás.

 


[1] Esa es la traducción que, con ligeras variaciones, nos ofrecen por ejemplo, La Biblia de Jerusalén (en su Nueva Edición, Totalmente Revisada, de 2009): «Por eso te digo que sus numerosos pecados le quedan perdonados, porque ha mostrado mucho amor», o la Nueva Biblia Latinoamericana: «Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le quedan perdonados, por el mucho amor que ha manifestado».

 

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MENOS MARTAS Y MÁS MARÍAS

Esteban Redolad
 
En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada Maria, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.» Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.»
 
La Historia de Marta y María ha sido asociada, a través de la historia, a la dicotomía entre oración y acción, así como a la distinción del mundo religioso entre vida contemplativa y vida activa. Una interpretación distinta sería que Marta es el prototipo de mujer y María el prototipo de discípulo, al menos según los prototipos de hace 2.000 años.
 
Marta se dedicaba a todo aquello que, aún en muchas culturas, es el rol femenino: cocinar, limpiar y atender todo lo referente al hogar. María hizo lo que nadie esperaba de una mujer: sentarse a los pies del maestro, es decir, ser discípula. Y Jesús hizo lo que ningún maestro hacía: tener mujeres discípulas. “Marta, Marta”, exclama Jesús, “María ha elegido la mejor parte”.
 
Marta no ha sido capaz de salir de las ataduras de una sociedad patriarcal en el que su rol era secundario. Se conforma, aunque sea quejándose, con su papel de servidora. Marta se empequeñece por el peso de una cultura machista mientras que María se atreve a asumir una misión.
 
Ojalá que las Martas que todos llevamos dentro, quejosas, empequeñecidas, den paso a Marías valientes, desafiantes, conscientes de su valía, de su potencial y de su misión.
 

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RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN

Dolores Puértolas

Hace unos años era común encontrar en algunos lugares un cartel con las palabras que dan título a esta reflexión. Con el tiempo y la modernización de los nombres (que no de las realidades), existen hoy nuevos apelativos, como “sala VIP” o “priority”, que de alguna manera vienen a significar lo mismo: señalan lugares exclusivos, es decir, que excluyen. Y excluyendo quizá hagan sentir más importante o privilegiado al que puede entrar, ¡quién sabe!

Recuerdo una escena de la película “La vida es bella”, que relata de manera curiosamente amable las desgracias y atrocidades del nazismo. El padre y el hijo protagonistas ven en el escaparate de una tienda el cartel “prohibida la entrada a judíos y perros”, y el padre, para que el hijo no se dé cuenta del racismo creciente (que acabará en uno de los mayores horrores de la historia de la humanidad), le dice, con el humor tragicómico que caracteriza el filme, que él pondrá en su librería un cartel prohibiendo la entrada a algo que les caiga mal a los dos; convienen con el pequeño que pondrá “prohibida la entrada a las arañas y a los visigodos”.

Recientemente estábamos en la misa dominical en la parroquia de Sabana Yegua, aquí en República Dominicana, y todo esto me vino a la mente al asombrarme una vez más de la capacidad de la Iglesia por ser inclusiva, por ser justamente lo contrario de una elitista sala VIP o del racismo de estado: sentados en un mismo banco estaban, uno al lado de otro, “Diosbendiga” —un joven del pueblo con discapacidad, que vaga por las calles vestido con harapos—, un anciano, una joven y una señora que ahora tienen un alto cargo político en el país.

Y es que la Iglesia es un lugar de reunión para el que no hace falta carnet de socio ni puntos acumulados, para el que no son imprescindibles recomendaciones ni amigos influyentes, ni a ella acuden personas con una misma ideología o un mismo nivel profesional. ¡Cuántas personas vulnerables encuentran en nuestras comunidades parroquiales una mano amiga y un abrazo que acoge!

Aun así, no hemos llegado a la meta: seguimos en camino para acercarnos más y más al evangelio de Jesús y para escuchar el soplo del espíritu en este siglo XXI. Arrastramos todavía situaciones en las que se pone a prueba este carácter inclusivo, en que la participación como hijos e hijas de Dios con igual dignidad pasa por trabas, limitaciones y quizás también por anacronismos. Es por eso que como comunidad viva queremos leer constantemente los signos de los tiempos a la luz del evangelio actualizando el mensaje de Jesús de Nazaret. De lo que no nos cabe ninguna duda es de que el carácter inclusivo es intrínseco e irrenunciable en nuestra Iglesia. Ojalá que del cartel de “reservado el derecho de admisión” no quede pronto ni rastro.
 

 

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