
Hoy empezamos la Cuaresma con la celebración del Miércoles de Ceniza, y, durante la misa, en el momento de que se nos marca la frente con la cruz de ceniza, el ministro nos dice: «Conviértete, y cree en el Evangelio». Es una frase que resume bastante bien el espíritu de este tiempo cuaresmal.
Sin embargo, me gustaría pensarla al revés. Decimos «Conviértete», como si eso fuese lo primero. Y entonces hay que empezar tomando consciencia de nuestros pecados, de todo lo que hacemos mal, de todo aquello de lo que nos sentimos culpables… y después, cuando ya hemos limpiado la casa interior y la tenemos a punto, reluciente como una patena, entonces nos fijamos en que hay un Evangelio en el que Jesús nos propone creer. Tal vez sería mejor pensar el proceso al revés: «Cree en el Evangelio y (en consecuencia) conviértete». Es decir, lo primero es que quedemos deslumbrados, encantados, fascinados, felices porque hemos oído una buena noticia, porque Jesús nos regaló el Evangelio de un Dios que nos ama, que camina a nuestro lado, que ha puesto su espíritu en nosotros y que no nos pasará cuentas, porque es el padre misericordioso del hijo pródigo. Primero, pues, cree en el Evangelio. Y después, como consecuencia, conviértete.
La conversión, entonces, ya no es un ejercicio sombrío y penoso, un fustigarnos a nosotros mismos con saña, abrumados por la culpa, que nos obliga a pasar lista de todo lo que hacemos mal y a revivir nuestros pecados del pasado… es otra cosa. Reconozco que no soy perfecto o perfecta, claro que sí, pero creo en el Evangelio: creo que la vida es hermosa y merece ser vivida, creo que Dios no se olvida de los más pobres, creo que es mejor estar del lado de los que sufren que del de los que hacen sufrir, creo que hay un Dios que nos ama locamente… y porque creo todo esto, y que todo esto dará sentido y plenitud a mi vida, entonces corrijo aquellas actitudes y opciones de fondo que contradicen el Evangelio y que me impiden vivirlo plenamente. Creer en el Evangelio nos indica cuál tiene que ser nuestra conversión. Ojalá vivamos así este inicio de la Cuaresma.










