pablo cirujeda

VIVIR, EN CAMINO

 

La vida en el mundo contemporáneo, sin duda, es una vida marcada por eventos y experiencias que se suceden en una secuencia imparable desde el inicio y hasta el final de la misma. Como si se tratara de una carrera de obstáculos, o de un carrusel, vamos saltando de una etapa a la siguiente, viviendo intensamente cada una de ellas: el anuncio de una nueva vida en camino, su nacimiento, su desarrollo inicial, la consecución de sus logros personales o académicos, la participación en eventos sociales significativos, etc. Lo inmediato de nuestros medios de comunicación convierten además la vida en una colección de momentos que podemos compartir en directo frente a nuestro círculo social, construyendo así un itinerario de vida jalonado de sucesos que queremos recordar.

Sin embargo, estas etapas, o sucesos vitales, esconden los valles o vacíos que se encuentran entre un evento y el siguiente, y en los que aparentemente no sucede gran cosa: los días que se parecen al día anterior o siguiente, los encuentros y las conversaciones previsibles y ordinarios, el empeño diario en sacar adelante un compromiso o un proyecto personal, familiar o comunitario. La enorme mayoría de nuestros días, esa es la realidad, no están señalados por un suceso, sino por formar parte de un proceso. Poco o nada hay de destacable en un día cualquiera dentro de un proceso de maduración personal, de sanación, de aprendizaje, o de superación. Forman parte de un camino, de un itinerario que tiene como meta un destino más o menos lejano, y al que una persona se podrá ir acercando solamente a través de múltiples jornadas muy parecidas entre sí.

Los peregrinos de antaño se sabían en camino, viviendo los innumerables pasos de su itinerario sin la prisa ni la ansiedad de quien necesita poder anunciar que ya ha logrado conquistar un nuevo logro en su vida. Como si se tratara de una peregrinación, las etapas de un proceso de desarrollo humano solamente son significativas en su conjunto, pero vistas una a una no alcanzan a transmitir la satisfacción inmediata a la que aspira la vida moderna, ávida de sucesos que pretenden colmar los sueños y las necesidades vitales. Aprender a vivir en camino implica entender la vida como un lento proceso, con paciencia, y renunciar a los resultados y las experiencias inmediatas.

La gran pérdida de ser humano moderno es, seguramente, este sentido del tiempo y de los ritmos de los que la misma naturaleza lo impregna a diario en un entorno natural. Los pueblos originarios que todavía viven sujetos a la naturaleza conocen bien la paciencia del labrador o del pastor, cuyos días son prácticamente iguales entre sí, pero que poco a poco van alcanzando frutos y resultados. Jesús de Nazareth, un hombre que creció y se formó en el mundo rural, mencionó en muchas ocasiones esa sabiduría de quien sabe que la vida es camino, más que una secuencia de eventos: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en su huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”. Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar”. (Mateo 13, 31-33)

En contraste con esta sabiduría milenaria del mundo rural, nuestra época se caracteriza por lo inmediato de los sucesos, de la información, y de las comunicaciones. Pero la vida no es una cadena de sucesos, sino un proceso, lento y tranquilo, en el que el camino es muchas veces más significativo que el destino. Para poder hacer este camino de vida en paz, es necesario vivir cada etapa con su sabor propio, sin querer acelerar o adelantar los acontecimientos.

Una vida que está abierta a los frutos que maduran a su tiempo, y a la levadura que va fermentando poco a poco la masa de forma invisible, será una vida que no ansía resultados inmediatos, sino que confía en el itinerario elegido, y saborea cada una de sus etapas.

 

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"HECHURA DE SUS MANOS"

 

Nos alegramos de la publicación reciente del libro "Hechura de sus manos", en la Editorial San Pablo, de Madrid. Se trata de una obra de Pablo Cirujeda, miembro de la Comunidad de San Pablo y colaborador habitual de este blog. El libro, de exquisita presentación, desarrolla una serie de reflexiones en las que hace dialogar los relatos del libro del Génesis con nuestra ciencia moderna. En la contraportada leemos lo siguiente:

"Partiendo del Génesis, Pablo Cirujeda, sacerdote y médico, apunta unas breves reflexiones, serenas y conciliadoras, en las que busca, y encuentra, eso que une a los seres humanos entre sí; y a Dios. Con sus palabras demuestra que el tiempo, la capacidad creadora y, cómo no, el amor, entre otros hilos, tejerán esa materia indisoluble que, puntada a puntada, logra conformar el todo".

Un libro ameno y necesario. ¡Felicidades, Pablo!

 

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VIVIR ES CAMBIAR

 

El tiempo de Pascua es el más largo de todos los tiempos de la Iglesia, cincuenta días dedicados a contemplar y a meditar acerca de la experiencia que vivieron los discípulos de Jesús, hombres y mujeres que lo siguieron y que creyeron en su predicación, al descubrir al mismo Jesús resucitado después de su muerte en la cruz. Durante este tiempo lo fueron conociendo y reconociendo en diferentes formas, siempre con la duda inicial acerca de su identidad, pues se trataba del mismo Jesús con el que habían caminado y comido, a la vez que de un Jesús nuevo y diferente.

Los cristianos profesamos que Jesús venció a la muerte, y alcanzó la vida definitiva de Dios en la que permanece eternamente. Vivo, se manifestó a sus discípulos, y vivo lo fueron experimentando en los distintos encuentros que nos relatan los Evangelios. Vivo, pero diferente… pues la vida cambia, siempre, y cambia todavía más en aquel que ha experimentado la muerte. La naturaleza nos muestra con claridad que todos los seres vivos estamos sujetos a un cambio permanente a lo largo de nuestro ciclo vital, y que podemos observar y reconocer en la transformación que se produce en el mundo natural en nuestro entorno, que tantas veces mencionó el mismo Jesús en sus parábolas, como las del sembrador, de la viña, o de la higuera y sus frutos.

También San Pablo habla de la transformación que supone el tránsito entre la vida y la muerte usando una imagen de la naturaleza: “Lo que tú siembras no tendrá vida si antes no muere. Y lo que siembras no es la planta tal como va a ser, sino un simple grano de trigo, por ejemplo, o de alguna otra semilla.” (1 Corintios, 15 36,37). La vida, por lo tanto, se caracteriza por el cambio; es lo que no cambia y permanece igual lo que está muerto. En la vida diaria, cotidiana, los cambios quizás son menos llamativos, pero siempre están presentes, pues en las relaciones humanas, por ejemplo, como son las amistades, aprendemos que todo cambia con el paso del tiempo: unas relaciones se fortalecen y desarrollan, mientras que otras disminuyen o desaparecen.

El amor, que es la vida en su máxima expresión, viene a confirmar esta dinámica de la transformación: el amor que está vivo está en permanente cambio. Dice muy bien el Papa Francisco en su carta sobre la alegría del amor: “El amor que no crece comienza a correr riesgos” (Amoris Laetitia, 134). El amor crece, o disminuye, pero como toda realidad viva, está sujeto al cambio constante, no permanece igual por sí mismo, y necesita ser alimentado para poderse seguir desarrollando.

La resurrección, por lo tanto, es la manifestación de una vida que va a seguir creciendo sin límites, y que irá adoptando múltiples formas, pues en su desarrollo jamás dejará de cambiar. El encuentro con Jesús resucitado reviste tantas formas como personas que lo hayan experimentado, y siempre será nuevo y diferente, pues Él está vivo. Para los seguidores de Jesús, asumir su resurrección es vivir abrazando el cambio permanente en nuestras propias vidas, desechando lo antiguo, abiertos a la permanente novedad de Dios. “Revístanse, pues, del hombre nuevo” (Efesios 4, 24), exhorta varias veces San Pablo a sus seguidores.

Una comunidad cristiana resucitada, y un o una creyente resucitados, tienen que distinguirse por estar vivos, es decir, estarse renovando y cambiando constantemente, respondiendo así a las necesidades de la vida propia y de la del mundo que los rodea. Decía con gran acierto el ya santo John Henry Newman: “En un mundo superior puede ser de otra manera; pero aquí abajo, vivir es cambiar, y ser perfecto equivale a haber cambiado muchas veces.” Vivir es cambiar…y cambiando, manifestamos la vida que late dentro de cada uno de nosotros. El miedo y la resistencia al cambio que manifiestan con tanta vehemencia personas, instituciones y sociedades es, en definitiva, un miedo a la vida misma, a estar vivos. Jesús venció ese miedo para siempre, y con su resurrección enseñó a sus discípulos, y nos enseña a nosotros, a vivir cambiando, muchas veces.

 

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LA PASIÓN DE JESÚS, RETO DE FE: VIERNES SANTO

 

En el día de hoy la Iglesia se centra en el relato impactante y poderoso de la Pasión según San Juan. Escuchando la narración de los sucesos que llevaron a la muerte en cruz de Jesús, es inevitable que en este día nuestra mirada se centre en el sufrimiento humano, al que él mismo se sometió.

El sufrimiento y el dolor son parte intrínseca de la experiencia humana, aunque todos quisiéramos que nuestros seres queridos y nosotros mismos estuviéramos exentos de ellos. La enfermedad, la injusticia, la envidia o las rivalidades tarde o temprano acaban engendrando padecimientos en nuestra persona o en quienes nos rodean, y frente a ellos, una y otra vez, se pone a prueba nuestra confianza en Dios.

Es por eso por lo que el relato de la pasión de Jesús que leemos hoy nos alcanza de manera muy personal, porque lo contiene todo: encontramos escenas de bondad, ternura, amistad, solidaridad, a la vez que otras marcadas por la traición, mentira, violencia y muerte. Todo el abanico de la experiencia humana está representado en el relato de la Pasión, desde lo más positivo hasta lo más oscuro: podemos afirmar que Jesús transitó por la condición humana al completo.

A su vez, Jesús es capaz de integrar esa gran variedad de experiencias y vivencias en un solo proyecto, y de ofrecérselo todo al Padre, tanto lo agradable como lo indeseable. No acumula rencores, y acepta las disyuntivas y contradicciones de su vida con confianza en la voluntad del Padre. Hace suyas las palabras del salmo 30, que conocía de memoria: “A ti, Señor, me acojo, que no quede yo nunca defraudado. En tus manos encomiendo mi espíritu y tú, mi Dios leal, me librarás. (…) Yo, Señor, en ti confío. Tú eres mi Dios, y en tus manos está mi destino.”

Las preguntas que persiguen a Jesús, en la víspera de su pasión, y a cada uno de nosotros, ante situaciones similares, son las mismas: ¿quién tendrá la última palabra frente al sufrimiento, la injusticia, la enfermedad, y la muerte? ¿El amor de Dios realmente es capaz de vencer al mal, al dolor, la humillación? Hoy vemos que la respuesta de Jesús es la respuesta de la fe, es decir, de la confianza inquebrantable en Dios más allá de la comprensión de lo que está sucediendo. “Yo, Señor, en ti confío…” Cuando me quedo solo, en ti confío. Cuando soy víctima de la injusticia, en ti confío. Cuando mi cuerpo llegó a su límite, en ti confío…

El abandono, el silencio, y la confianza con la que Jesús se entrega hoy a su Padre hoy nos hacen vibrar, porque nuestra propia condición humana se identifica necesariamente con alguna de las vivencias que experimentó Jesús en su pasión. Hoy somos llamados a renovar con él nuestra fe, que se define con estas sencillas palabras: Yo, Señor, en ti confío.

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ACERCA DE LOS EGOS DE HERODES Y DE SAN JOSÉ

En estos días de Navidad son muchos los personajes que aparecen en los relatos alrededor del nacimiento de Jesús en Belén. Los más tradicionales están representados entre las figuras con las que acompañamos al niño Jesús en nuestros Belenes domésticos y públicos: sus padres, los pastores, los magos de Oriente, etc.

El evangelista Mateo nos presenta a dos de ellos en el pasaje que acompaña la fiesta de los Santos Inocentes, insertada en la octava de Navidad. De forma contrapuesta, nos describe en primer lugar la reacción de Herodes, el rey de Judea, ante la noticia del nacimiento de un futuro rey en Belén. Su obsesión por eliminar a cualquier rival potencial, aun de sus descendientes, lo aboca a un acto de violencia feroz, ordenando la muerte de todos los niños menores de dos años en la zona de Belén.

Herodes representa a un individuo cuyo proyecto de vida es él mismo. Le aterra la idea de que, un día, él dejará de ejercer dominio sobre su pequeño reino. Como tantos líderes, antiguos y modernos, en cualquier ámbito social, empresarial o político, está empecinado en lograrse perpetuar a través de sí mismo, o de sus descendientes. Y no duda en recurrir a la violencia destructiva para garantizar su proyecto personal.

Cuanto mayor el Ego, mayor es la violencia que ejerce sobre los demás, y mayor es la frustración y la ansiedad en las que vive encadenada una persona que se dedica obsesivamente a eliminar posibles amenazas presentes o futuras a su alrededor, aun tan absurdas como lo pueda ser un recién nacido de padres humildes, frágil y en todo vulnerable.

El personaje opuesto a Herodes en este relato es el padre de Jesús, José. Dócil ante las indicaciones que recibe en sueños (señalando su abandono confiado en Dios), no tiene un proyecto personal que defender ante nadie, pues su centro son la madre y el hijo que le han sido confiados. Lejos de cualquier sentido de competición, se deja guiar para ir generando un entorno propicio en el que se pueda desarrollar el niño, quien trae dentro de sí la promesa de un futuro mejor.

Desanclado de sí mismo, José transmite paz y alegría en el desempeño de su misión, no exenta de riesgos ni de dificultades, que contrastan vivamente con la angustia y enojo de los que hace gala Herodes, quien aparentemente disfruta de una vida en la que lo tiene todo a su favor. Mientras Herodes vive totalmente centrado en sí mismo, José ha descubierto que el proyecto de su vida son el niño Jesús y su madre.

De forma similar, las personas que han puesto en el centro de sus vidas a los más vulnerables y necesitados, a aquellos que buscan refugio, a los rechazados y amenazados de nuestro mundo, se liberan a su vez de sus miedos y fatigas, pues descubren la paz en medio de su camino y de sus luchas.

 

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LOS JORNALEROS DE LA VIÑA

 

Compartimos esta reflexión de Pablo Cirujeda sobre el evangelio del pasado domingo (Mateo 20, 1-16).

Esta sorprendente parábola de Jesús presenta una escena a todas luces inesperada, por no decir absurda: el propietario de una viña decide pagar con el mismo jornal a aquellos trabajadores que apenas se incorporaron al trabajo en la última hora, como a los que trabajaron media jornada, y a los que se emplearon a fondo de sol a sol. La indignación es previsible y lógica, pues el actuar del propietario de la viña es manifiestamente injusto.

Esta parábola, como pocas, manifiesta la naturaleza amorosa y misericordiosa de Dios, que solamente nos ha sido revelada en toda su radicalidad por el mismo Jesús, por sus enseñanzas, y por su obrar. ¡Dios no es justo! Sino misericordioso…es decir, ante su presencia, no hay méritos ni logros que valgan, y nadie puede exigir ni arrogarse derechos adquiridos frente al Dios que es Amor.

Lo único que valora Dios de sus hijos e hijas es que, tarde o temprano, con prontitud o a deshora, hayan querido sumarse a la obra de su Reinado, y se hayan incorporado al trabajo de la viña, es decir, al cuidado de su creación, en especial de los seres humanos, que son sus criaturas preferidas.

Como menciona Isaías en la primera lectura, los pensamientos de Dios no son los nuestros. Con frecuencia, nuestra tendencia es acomodar a Dios a nuestra medida, en vez de configurar nuestra vida a la medida de Dios. Pero Jesús presenta el pensamiento de Dios nítidamente: los últimos serán los primeros.

¿Está mi vida dedicada al cuidado de la obra divina? ¿Siento que ya es tarde, o que yo no merezco formar parte de este proyecto? ¿He pensado que podría no ser bien recibido entre aquellos que reconoce como hijos suyos?

Para Dios, nunca es tarde, y nada es poco. Dios nos espera, hasta el último suspiro. A cada uno de nosotros.

 

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DAR DE COMER AL HAMBRIENTO

En cada uno de los países en los que estamos presentes, de distintas maneras, estamos siendo testigos de las consecuencias económicas y sociales de la pandemia por el nuevo coronavirus, como el hambre, el desempleo, o el incremento de los conflictos familiares y domésticos. En la Ciudad de México, en la que estamos trabajando tanto con el proyecto comunitario del centro de desarrollo infantil “San José” como en la parroquia Nuestra Señora del Rosario, de la que Pablo Cirujeda es el rector, hemos impulsado y coordinado diferentes iniciativas para paliar los efectos de esta crisis, mediante el reparto de despensas a familias vulnerables, y el apoyo con ropa, enseres, libros, medicamentos, etc., a numerosas personas que se están quedando sin recursos para cubrir sus necesidades básicas.

Entre todas estas iniciativas, en la mencionada parroquia, unos laicos señalaron una necesidad concreta que habían identificado alrededor del Metro Observatorio: en la terminal de autobuses cercana se suelen congregar jornaleros de la construcción, ya que sirve como punto de contratación para el empleo temporal. Debido al parón económico, decenas de personas malviven ahora en la terminal, esperando un trabajo que no llega, mientras no tienen ingresos para cubrir siquiera su comida diaria, ni mucho menos una vivienda, pues se trata de trabajadores foráneos que acuden a la Ciudad de México de otros estados en búsqueda de un sustento para sus familias.

A principios de junio empezamos a preparar comida para esta población, y ofrecerla al mediodía en la terminal de autobuses: cien comidas guisadas, acompañadas de agua y tortillas, eran entregadas en apenas veinte minutos y consumidas por personas hambrientas y agradecidas por la oportunidad de llenar su estómago en medio de la crisis. Desde entonces hemos repetido la iniciativa dos veces por semana, los martes y los jueves, y hemos aumentado a 130 comidas, habiendo alcanzado ya las 1.500. Varias parroquias de la zona se han sumado a esta iniciativa, colaborando con comida o voluntarios para darle continuidad a este proyecto. Tampoco han faltado las donaciones de alimentos por parte de personas e instituciones que han querido apoyar al equipo parroquial que sigue preparando, con ilusión y cariño, cada martes y jueves la comida para los jornaleros desempleados de la Central Camionera Poniente de Observatorio en la Ciudad de México.

Mientras siga la necesidad, el equipo se ha comprometido a continuar con este proyecto y ofrecerle de comer al hambriento, mientras experimentamos la enorme satisfacción del agradecimiento de aquellos que se han quedado completamente desamparados en el contexto de la crisis que estamos viviendo.

 

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LAS BIENAVENTURANZAS: HOJA DE RUTA PARA LA RESURRECCIÓN

 

 
En un artículo publicado en abril de Vida Nueva (una revista católica de España), el Papa Francisco escribió sobre la necesidad y la urgencia de crear un “Plan para la Resurrección”. Haciendo referencia a María Magdalena y a la otra María que encuentran la tumba vacía, con la gran piedra apartada a un lado, el Papa dice que nos encontramos en una situación en la que nos podemos hacer la misma pregunta que las mujeres se hicieron cuando estaban en camino a la tumba: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3).  Francisco comenta que "es la pesantez de la piedra del sepulcro lo que se impone ante le futuro y que amenaza, con su realismo, sepultar toda esperanza”. Pero las mujeres “frente a las dudas, el sufrimiento, la perplejidad antes la situación, e incluso el miedo… fueron capaces de ponerse en movimiento y no dejarse paralizar por lo que estaba aconteciendo”.
 
Así llegan al sepulcro, “en medio se sus ocupaciones y preocupaciones”, y no se dan cuenta que “la piedra ya había sido apartada”, y “solo una noticia desbordante era capaz de romper el círculo que les impedía ver que la piedra ya había sido corrida”. No está aquí. Ha resucitado.
 
El Papa Francisco propone que la crisis internacional presentada por el nuevo coronavirus es un “momento favorable” para imaginar con creatividad las posibilidades de renovar nuestras estructuras y organizaciones sociales. Iluminados por el evangelio e inspirados por el Espíritu Santo, podemos ver en este momento histórico la importancia de “unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral” (citando su Laudato Sí, n. 13). Algo que hemos aprendido en esta pandemia es que “nadie se salva solo”. Si bien esto se refleja en las Escrituras y en las enseñanzas de la Iglesia, hoy lo estamos viviendo de manera directa, con la necesidad de esfuerzos al nivel global para frenar la propagación de la COVID-19.
 
Es precisamente en este momento de organizar una “nueva normalidad” que Francisco ve la oportunidad para que seamos intencionales con respecto a cómo nos relacionamos unos con otros y cómo construir una economía y sociedad mundial que supere lo que él considera la “globalización de la indiferencia”. Es decir, podemos ser intencionales acerca de lo que es la “nueva normalidad” y, en lugar de simplemente volver a lo que era, preferir tener una red socioeconómica basada en valores sociales y religiosos que protejan la dignidad de la persona humana, en lugar de ver a una persona como “algo” que puede ser explotado como trabajador, o hasta como consumidor.
 
Jesús nos da una guía clara de cómo construir tal sociedad en los valores presentados en las Bienaventuranzas. En mayo, Pablo Cirujeda, sacerdote del CSP que trabaja en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario en la Ciudad de México, reflexionó en este mismo blog sobre las bienaventuranzas como “una hoja de ruta en tiempos de la pandemia”. Decía Pablo que “las bienaventuranzas no contienen una promesa vacía de un consuelo futuro, ni una invitación a la resignación ante el sufrimiento presente. Antes bien, son una invitación activa a trabajar por remediar las causas del sufrimiento humano, ahora y aquí”.
 
Las noticias internacionales han explicado cómo la pandemia está afectando con mucha fuerza a México, especialmente su capital. Los miembros del CSP presentes allí (Pablo, Sarah y Àngels) han estado ocupados ayudando a las familias en la parroquia y en nuestro Centro de San José.
 
Un complemento edificante y hermoso a estos esfuerzos ha sido el mural basado en las bienaventuranzas que la parroquia ha pintado en una de sus paredes. “En realidad había estado planeando el proyecto mural desde septiembre”, dijo Pablo, “pero el artista con el que estaba trabajando no pudo continuar entonces. Ahora pude encontrar a alguien más para el proyecto, y creo que fue el momento perfecto para hacerlo, justo en medio de la crisis”.
 
Tenemos una oportunidad única, quizás la única en muchísimo tiempo, para reconstruir, resucitar como sociedad, resucitando como un mundo más fuerte y más justo después de la pandemia. La hoja de ruta son, como siempre lo han sido, los valores de esperanza y justicia presentados en las bienaventuranzas. “Espero”, dijo el Papa Francisco sobre nuestro momento actual, “que descubramos que tenemos en nosotros los anticuerpos necesarios de justicia, caridad y solidaridad”.
 
Aquí puedes ver un vídeo de la pintura del mural en México: https://youtu.be/-aarTHImiLM. Si quieres apoyar los esfuerzos de la CSP en sus esfuerzos relacionados con el COVID-19, ver nuestra página http://www.csp-covid19.com.

 

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LAS BIENAVENTURANZAS, HOJA DE RUTA EN TIEMPOS DE PANDEMIA

 
“Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, pues serán consolados.
Bienaventurados los humildes, pues heredarán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, pues recibirán misericordia.
Bienaventurados los de limpio corazón, pues verán a Dios.
Bienaventurados los que procuran la paz, pues serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos.” (Mateo 5, 3-10)
 
Estas palabras de Jesús, grabadas tan vivamente en la memoria de sus discípulos de la primera hora, y transmitidas hasta nuestros tiempos, han sido consideradas por muchos como el texto esencial del mensaje cristiano, su síntesis más acertada, capaz de interpelar la vida de cualquier persona y de cobrar relevancia frente a cualquier reto o situación histórica.
 
Sin duda, las bienaventuranzas adquieren hoy de nuevo su sentido pleno frente a la situación de pandemia que estamos viviendo, y que todavía se está desarrollando frente a nuestros ojos de forma incierta, sin que podamos conocer el futuro que se está gestando, la famosa “nueva normalidad” hacia la que nos dirigimos a nivel global y también a nivel local y personal. En cada una de nuestras realidades estamos siendo testigos de tantas situaciones desgarradoras de pobreza, llanto y desesperación… junto con innumerables testimonios de misericordia y de compromiso con los más vulnerables.
 
Si releemos las palabras de Jesús con detenimiento observaremos que están claramente agrupadas: las primeras cuatro bienaventuranzas hablan del sufrimiento pasivo (el de los pobres, los que lloran, los que sufren…) al que hoy están sometidas tantas personas, atrapadas por la contingencia sanitaria, social y económica, mientras que las cuatro siguientes mencionan también a aquellos que trabajan por remediar ese mismo sufrimiento (los misericordiosos, los de corazón limpio, los que trabajan por la paz y la justicia…). Vemos, pues, que Jesús se dirige tanto a los que se ven abrumados e impotentes ante el sufrimiento presente, como a los que tienen la posibilidad de enfrentarlo y comprometerse con un futuro más justo y equitativo.
 
Las bienaventuranzas no contienen una promesa vacía de un consuelo futuro, ni una invitación a la resignación ante el sufrimiento presente. Antes bien, son una invitación activa a trabajar por remediar las causas del sufrimiento humano, ahora y aquí, y en toda circunstancia histórica, definiendo así el verdadero itinerario de vida cristiana, porque el reino de los cielos que anuncian ya está presente entre nosotros, y puede y debe ser construido con el compromiso por la paz y la justicia, desde la misericordia y la limpieza de corazón de quienes saben conmoverse frente al hermano que llora de impotencia y de rabia frente a la pérdida de un ser querido, y está pasando hambre por haberse quedado sin trabajo y sin medios para mantener a su familia y pagar el alquiler de su vivienda.

 

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MES DE MISIONES EN CIUDAD DE MÉXICO

 

Con motivo del mes extraordinario de misiones convocado por el Papa Francisco para octubre de 2019 la Arquidiócesis Primada de México propuso que todas las parroquias se sumaran a esta iniciativa mediante una “megamisión” para salir al encuentro de las personas más necesitadas de alegría y de esperanza en el propio entorno de esta gran ciudad.
 
En la Rectoría de Nuestra Señora del Rosario, que dirige Pablo Cirujeda, de la Comunidad de San Pablo, todos los grupos parroquiales participamos con un fin de semana dedicado a los enfermos y adultos mayores confinados a sus hogares por sus padecimientos crónicos. Tantos los cerca de setenta niños y niñas del programa de catequesis infantil, sus catequistas y papás, como otros agentes pastorales miembros de los grupos de liturgia, pastoral familiar y pastoral popular nos pusimos a caminar por las calles de las colonias que forman parte del territorio parroquial, visitando a unas cuarenta personas que recibieron con sorpresa que la comunidad parroquial se acercara a su situación particular para poderlos escuchar, acompañar, y en algunos casos asistir en sus necesidades, como limpiarles la casa o conseguirles ropa de abrigo.
 
Como fruto de esta iniciativa vamos a asumir el compromiso de seguir visitando a aquellas personas que así lo han solicitado, para ofrecerles compañía, llevarles la comunión, y darles la oportunidad de seguir formando parte de la parroquia a pesar de las limitaciones impuestas por sus enfermedades.
 
Todos disfrutamos de este fin de semana de misión parroquial, pero en especial los más jóvenes junto a los más mayores, al descubrir un modo de convivir a pesar de sus diferencias y la distancia que hay entre generaciones.

 

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