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Miércoles 28 Julio 2021
 

Los retos que tenemos que enfrentar frente a esta pandemia, lo sabemos bien, son muchos y complejos, y varían mucho entre países y clases sociales. Las comunidades cristianas, familias, parroquias o asociaciones, también lo sabemos, estamos llamados a llevar a cabo acciones proféticas, que denuncien las injusticias de nuestras sociedades, a la vez que anuncien los caminos de la solidaridad y de la generosidad.

En la comunidad parroquial del Rosario, en la Ciudad de México, antes de empezar la pandemia, ya habíamos iniciado un proyecto de banco de medicinas, con la finalidad de ofrecer medicinas a personas en situación de vulnerabilidad, promoviendo donaciones por parte de la comunidad, y también para canalizar medicinas caducadas a una institución que las destruye bajo control medioambiental y así retirarlas de los hogares, evitando accidentes y que pudieran acabar en la basura, con el consecuente riesgo y contaminación.

La pandemia agravó la carestía de medicamentos entre la población: el desempleo formal masivo hizo que familias enteras perdieran su afiliación al Seguro Social, lo que aquí significa perder el acceso gratuito a los productos farmacéuticos. Millones de enfermos crónicos que dependen de medicamentos para mantener su estado de salud de pronto se vieron ante la necesidad de comprar los mismos, a precios muchas veces inaccesibles. Junto con ellos, las personas sin empleo formal afiliadas a las clínicas de gratuidad vieron cómo fueron desapareciendo las ayudas con medicamento a consecuencia de una grave crisis de desabasto de medicamentos propiciada por el contexto político.

En la oficina parroquial hemos sido testigos del número creciente de personas que se han acercado en estos meses con sus recetas buscando todo tipo de medicinas, especialmente para tratar condiciones crónicas, que muchas veces significan la cruel e imposible disyuntiva de invertir los escasos recursos económicos disponibles en medicinas, o bien en alimentos, pago de renta de vivienda, u otras necesidades básicas. Así hemos visto a pacientes diabéticos que llevan semanas sin insulina, epilépticos con crisis repetidas desde que dejaron de medicarse, y un largo etcétera de situaciones complejas.

Pero a medida que aumentó la demanda, también pudimos ampliar la red de personas y parroquias que se comprometieron a promover las donaciones de medicinas por parte de aquellos que ya no las utilizan. Y así, de forma discreta y anónima, bolsa tras bolsa, el banco de medicinas se ha ido nutriendo para poder en estos momentos surtir un promedio de 400 recetas mensuales, ¡5,000 desde que inició la pandemia!

Las iniciativas solidarias tienen éxito cuando son respaldadas por la generosidad de las personas, que responden frente a necesidades reales de la comunidad. Nuestro pequeño banco de medicinas es testigo de que, caja tras caja, hasta las medicinas se pueden multiplicar en plena pandemia.

 

Martes 29 Junio 2021

Uno de los mayores mitos modernos es el del hombre que se hace a sí mismo. Desde el día en que nacemos, se nos dice que podemos hacer cualquier cosa y convertirnos en quien queramos por nuestro propio esfuerzo. Si vas a una librería (o en línea) hay toda una sección de libros dedicada a la superación personal. Títulos como “Siete Hábitos de Personas Exitosas” o “Domina tu Mente” están en todas partes hoy en día. Sin embargo, aunque quizás tengan buenas intenciones, estos conceptos son engañosos, ya que nadie puede crecer por sí mismo. La madurez y el desarrollo personal se consiguen mediante nuestra interacción con los demás, aunque sea de forma pasiva. La influencia de otras personas en nuestras vidas siempre es un factor que determina quiénes somos ahora y quiénes seremos en el futuro. Esto no socava el poder de la determinación y la autonomía que podemos tener para tomar nuestras propias decisiones, pero es arrogante pensar que nos "hacemos" nosotros mismos sólo por nuestras propias elecciones y que la interacción con los demás no cuenta.
 
Esto me hizo pensar en Pedro y Pablo, cuya fiesta celebramos hoy. Si alguna vez has estado en Roma en la Basílica de San Pedro, o si has visto una imagen de la fachada, verás las estatuas de Pedro y Pablo justo en la entrada. Son imágenes muy majestuosas, que aíslan a estos personajes de una rica historia de conversión que involucró a otras personas. Por mucho que Pedro y Pablo sean los pilares de nuestra Iglesia, ellos también pasaron por un proceso de cambio en el que otras personas influyeron directamente en su vocación. Dos claros ejemplos son Cornelio y Ananías. Su influencia sobre Pedro y Pablo nos recuerda que incluso para aquellos que se convierten en el fundamento de la Iglesia, se necesitaba la ayuda de otros.
 
Ambas historias, sobre la conversión de Pedro y Pablo, se encuentran en los capítulos nueve y diez de Hechos, y son notablemente paralelas. En el capítulo nueve encontramos la historia de la conversión de Pablo, con la que la mayoría de nosotros estamos familiarizados. Pablo, todavía llamado Saulo, se dirige a Damasco cuando tiene su encuentro con Jesús. Después de esto, pierde la vista y durante tres días espera en Damasco en la casa de un hombre llamado Judas. Mientras tanto, Ananías, a quien llaman discípulo, tiene una visión en la que el Señor le pide que vaya a buscar a Saulo. Ananías se muestra reacio porque sabe quién es Saulo. Pero el Señor insiste diciendo que Saulo ha sido destinado a convertirse en un instrumento para llevar el nombre de Jesús a los gentiles (Hechos 9, 10-16). Ananías va, impone las manos en Saulo y éste recupera la vista. Después, Pablo predicará que Jesús es el hijo de Dios.
 
Al final del capítulo nueve, que está dedicado principalmente a la conversión de Pablo, hay una introducción a Pedro, que lo ubica en Jafa en la casa de un hombre llamado Simón que es curtidor. (Hechos 9, 43). Este es un lugar curioso para que Pedro se quede, ya que un curtidor debería haber sido visto como una persona impura con respecto a las leyes de pureza judías. Un curtidor manipulaba constantemente cadáveres y pieles de animales muertos. Pero Lucas, el autor de Hechos, quiere que nos preparemos para lo que viene, poniendo a Pedro en relación con alguien que comparte su nombre judío pero que es visto como impuro. El siguiente capítulo nos presenta a Cornelio como un centurión romano devoto y que temía a Dios con toda su casa y que vivía en Cesarea. Un día, a las tres de la tarde, Cornelio tiene una visión en la que el Señor reafirma la devoción de Cornelio y le pide que busque a Simón Pedro que se aloja en la casa de Simón. Esto suena muy parecido a lo que le sucedió a Ananías en el capítulo nueve.
 
A continuación, Pedro tiene una visión en el techo de la casa donde se aloja. En la visión, Pedro ve los cielos abiertos y una gran sábana bajando al suelo por sus cuatro esquinas (Hechos 10, 11). La sábana contenía todo tipo de criaturas cuadrúpedas, reptiles y pájaros. Pedro ve tres veces bajar la sábana y una voz que le dice: "Levántate, Pedro, mata y come". Pero tres veces Pedro niega la oferta porque no debe comer nada impuro; pero la voz también responde tres veces: "Lo que Dios declara limpio, no lo llames profano". Pedro no sabe qué hacer con su visión, hasta el día siguiente, cuando llega a la casa de Cornelio y se da cuenta de que aunque era ilegal que judíos y gentiles se asociaran, no debería llamar profano o impuro a nadie. Después de esto, Pedro predica en la casa de Cornelio que Dios no muestra preferencia entre personas. Mientras hace esto, el Espíritu Santo desciende sobre todos los que están allí, en lo que parece un segundo Pentecostés, ya que los gentiles también comienzan a hablar en lenguas tal como lo hicieron los discípulos al comienzo del libro de los Hechos (uno puede commparar Hechos 2, 1- 4 y 10, 44-46ª, y ver las semejanzas).
 
Podemos ver elementos similares y sorprendentes en estas historias. Tanto Pedro como Pablo tienen visiones y se quedan como invitados en la casa de una persona cuyo nombre / profesión es importante para su experiencia de conversión. Además, para ambos hombres la misión a los gentiles está ligada a su experiencia de conversión. Pero el paralelo más interesante es la intervención de Cornelio y Ananías. Cuando Dios llama a Cornelio y Ananías, se les llama por su propio nombre y tienen una instrucción específica. Ambos son cruciales para ayudar a Pedro y Pablo a comprender que Dios no muestra parcialidad. Podemos considerar a Pedro y Pablo como los discípulos que están en la base de nuestra Iglesia, pero tenemos que reconocer que no llegaron a ese punto por sí mismos. Cornelio y Ananías, a través de la intervención de Dios, fueron fundamentales para que tanto Pedro como Pablo pudieran entender la misión que Dios les dio.
 
La experiencia de la conversión y crecimiento personal no es un asunto meramente personal; todos necesitamos personas como Cornelio y Ananías que nos ayuden a ver y crecer. Estos dos hombres son enviados por Dios para ayudar a cumplir la misión que desde el principio les fue encomendada a los apóstoles de anunciar el Evangelio a todos. Incluso Pedro y Pablo, los dos pilares de la Iglesia que celebramos hoy, requirieron la ayuda de otros para convertirse en mejores discípulos.


 

Martes 8 Junio 2021
 


Uno de los grandes signos proféticos del papa san Juan XXIII durante su pontificado, fue su visita a los presos de la cárcel Regina Coeli en Roma. Con la humildad que lo caracterizó, Juan XIII se presentó ante los presos como “Juan, vuestro hermano. Como vosotros no podéis ir a verme, he decidido venir a veros.” La visita del “Papa Bueno” no solo llenó de esperanza a los presos de la cárcel Regina Coeli, sino a todos los presos del mundo, quien empezaron a llamar al Santo Padre “nuestro hermano Juan”.
 
Creo que la pastoral penitenciaria es uno de los secretos mejor guardados de la labor pastoral y social que realiza la Iglesia. Tal vez porque a veces es difícil dar a conocer todo el consuelo y ánimo y apoyo que se da a los presos en medio de situaciones muy tristes y difíciles.
 
Hace poco cumplí diez años de ordenación sacerdotal, y, por la gracia de Dios, en los últimos cinco años he tenido la bendición de poder visitar a los presos. Durante cuatro años estuve yendo cada miércoles a la prisión federal de Sturtevant, Wisconsin, en los EE. UU. Y desde hace un año he estado visitando cada quince días la prisión del Km. 15 de Azua, aquí en República Dominicana.
 
Un buen amigo me preguntó: ¿Y qué hace un sacerdote durante las visitas a las cárceles? Le respondí: “Dar esperanza a los presos.” Creo que esa es nuestra labor, dar esperanza a una población desesperada, ya sea por las culpas que llevan encima, por las dificultades del lugar, por la soledad, por la falta de atención médica, por el hambre que pueden llegar a pasar o por el abandono de sus familiares y amigos.
 
Durante mis años de formación nunca pensé que terminaría haciendo pastoral penitenciaria, y mucho menos que esta sería una bendición en mi ministerio. Rezo para que nunca nos olvidemos de todas aquellas personas que se encuentran privadas de libertad, y que, en la medida de lo posible, sepamos darles esperanza. No es tarea fácil, pero Dios siempre nos da la gracia, los recursos, y las personas que se necesitan para llevar esperanza a los presos.
 
“No se preocupen, la esperanza es para todos. También para ustedes” dijo Juan XXIII a los presos de la cárcel Regina Coeli.


 

Miércoles 2 Junio 2021
 

El pasado 1 de mayo, el equipo y todos los niños y adolescentes de Casa San José festejamos el aniversario número 17 de nuestra casa. Estamos muy orgullosos de estos diecisiete años que llevamos sirviendo a la población más vulnerable, buscando todos los días que los niños y adolescentes acogidos en nuestra casa recuperen el derecho a vivir en familia.
 
En todos estos años hemos contactado con más de 5.500 niños en las calles de Cochabamba y hemos atendido en la casa a más de 2.200 muchachos. De todos estos más de 1.100 regresaron a sus hogares y un número importante fueron transferidos a otras instituciones. El Gobierno de Bolivia, en este año 2021, nos ha entregado un reconocimiento que reza así: “Por su destacada labor en favor y velando por el desarrollo integral de niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad, brindando apoyo, cobijo, alimento, atención y sobre todo respeto a los derechos y dignidad de las personas, por su vocación de servicio y aporte al desarrollo humano en el departamento de Cochabamba, Bolivia, con un valor invaluable.” Este reconocimiento nos honra, pero mucho más el recuerdo de cada uno de los niños, hijos queridos de Dios a quienes hemos conocido. Nos llena de alegría y orgullo haber compartido y haber aportado un cambio a muchas de sus vidas, ayudando a que hayan retornado a sus familias o se hayan incorporado a otras instituciones educativas. ¡El trabajo con todos ellos ha valido la pena, y seguimos adelante!


 

Domingo 23 Mayo 2021
 

Que la metáfora de la venida del Espíritu Santo sea un ruido y viento por toda la casa y luego unas lenguas de fuego descendiendo sobre cada uno de los reunidos resuelve una peligrosa dicotomía, a saber, si el Espíritu Santo es una realidad comunitaria y global o si acaso es una experiencia personal y en cierto modo intransferible.

Qué duda cabe que la experiencia del Espíritu Santo es un llamado a la motivación interior, a la búsqueda incansable de entusiasmo y a estar siempre con una mentalidad en salida, a encontrarnos con aquellos que son distintos, que hablan diferentes “lenguas” que la nuestra. En este sentido hay que remarcar que las lenguas de fuego se posaron en cada uno de los presentes en la sala. El Espíritu Santo tiene que tocarnos el corazón.

Pero declararse de forma individual como poseedor del Espíritu, en contraposición a todos aquellos que no lo tienen, no deja de ser un reclamo peligroso que lleva fácilmente a la intolerancia y la arrogancia. El requisito indispensable para la llegada del Espíritu es estar reunidos. Es en toda la casa que el Espíritu aparece, y solo luego desciende a cada uno de los discípulos.

El Espíritu Santo es una experiencia colectiva de toda la iglesia, e incluso fuera de ella. Pentecostés es una fiesta comunal. Un compromiso personal, sí, pero que nos lleva a ser una Iglesia abierta. Abierta a los que no son como nosotros. El Espíritu transforma la iglesia para que se haga entender, y no pretende que los demás hagan el esfuerzo para adaptarse a su lenguaje, sino que es ella la que habla en las lenguas del mundo.

El Espíritu Santo irrumpe en la Ilesia, y la llena toda, y nos inspira a cada uno de nosotros para hacernos cercanos a los demás, para hacernos prójimos y así podamos ser testimonios del amor de Jesús.


 

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