Dolores Puértolas

UN VERANO LLENO DE VISITANTES EN SABANA YEGUA (REPÚBLICA DOMINICANA)

Dolores Puértolas nos comparte estas buenas noticias desde Sabana Yegua.


 

 

Este verano que ha terminado ha sido aún más vibrante, si cabe, que los anteriores en Sabana Yegua. Es un tiempo de visitas y voluntariados muy fructífero tanto para la comunidad local como para las personas que nos visitan de distintos países. Estos son los distintos grupos que nos han visita del extranjero en estos últimos meses.

Seminaristas de la Archidiócesis de Milwaukee. En lo que ya se ha configurado como una experiencia de misión y una inmersión lingüística, seis jóvenes en preparación para el sacerdocio pasaron dos meses con nosotros. El primer mes realizaron un curso de español en Santiago de los Caballeros, en el norte del país, a través de la Pontificia Universidad Madre y Maestra. El otro mes colaboraron en las distintas actividades de la Parroquia La Sagrada Familia. La experiencia cultural y religiosa, la vivencia de la diversidad y la universalidad de la Iglesia es lo que más valoran los seminaristas en su paso por estas tierras.

Asociación Sonríe y Crece. Se trata de un grupo de voluntarios de España que llevan ya 15 años visitando la República Dominicana durante varias semanas del verano. Una vez aquí realizan un programa de refuerzo escolar por las mañanas y juegos para niños en las tardes, a través de los cuales transmiten valores y educan a los más pequeños. También han ofrecido charlas sobre cómo construir viviendas de forma segura para enfrentar la temporada ciclónica caribeña y actividades de promoción de la salud y la fisioterapia. Cada año, jóvenes españoles de distintas profesiones se vuelcan durante dos meses para compartir sus conocimientos y amistad con los niños y jóvenes de Sabana Yegua. Lo que más destacan es la hermosa experiencia de cenar con las distintas familias de los niños, las excursiones para subir a la loma que hay cerca del pueblo con los pequeños, así como el poder conocer la cálida cultura del país.

Pasantes de ESADE SUD. Llevamos cuatro años de colaboración con esta escuela de negocios de España: durante tres meses, dos pasantes de final de carrera colaboran en el Eco-hotel y casa de retiros Altos de la Caobita de la Comunidad de San Pablo en Barrera, ubicada dentro del territorio parroquial de La Sagrada Familia. Ayudan a mejorar la organización interna, a crear nuevos productos y a promocionar el proyecto. En este año se inició también la colaboración con el programa de reciclaje de plástico “Reciclaplus” y se crearon paquetes ecológicos para conocer la iniciativa de reciclaje y también el eco-hotel.

Profesores de la Universidad Politécnica de Catalunya. Por primera vez nos visitaron dos profesores de la escuela de agronomía de la UPC para colaborar con el eco-hotel y desarrollar un plan de cultivos variados y que sean replicables en las comunidades, optimizando el uso del agua, un bien tan escaso aquí en el sur de la República Dominicana. Fueron dos semanas intensas de mucho aprendizaje y ahora nos toca ponernos manos a la obra con el plan que hemos trazado.

Agradecemos estas múltiples colaboraciones, que nos dejan un hondo sentimiento de amistad y que son muestra de la solidaridad que tanta gente está deseosa por ofrecer y compartir.

 

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TENDER PUENTES DE UNIÓN EN CUARESMA

 

En la Iglesia Católica es tradición animar a las personas a realizar algún sacrificio especial durante el tiempo de Cuaresma, este tiempo que iniciamos esta semana con la celebración del Miércoles de Ceniza. Hay quien decide que mientras dure la Cuaresma no comerá cosas dulces, o no fumará, o no tomar alcohol… A mí me recuerda a los sacrificios que hacía mi madre cuando era pequeña: se ponía piedras en los zapatos y se ataba una cuerda apretada en la cintura. No sé cuánto tiempo duraría, seguro que no mucho, y que eran cosas de chiquilla, pero yo, cuando me lo contaba, no entendía muy bien la noción de sacrificio que estas prácticas entrañaban. Yo, como adolescente creyente, decidía que eso no iba conmigo, que Dios no me pedía esos sacrificios.
 
El sacrificio es un ritual, y como tal tiene su contenido y su espiritualidad, y aunque en mi rebeldía adolescente no lo viera, los rituales son parte de la vida, más útiles y valiosos para unos que para otros; pero como decía un amigo, hacer un esfuerzo cuaresmal de autodisciplina, aunque sea en el comer o beber, no es malo, sino que demuestra que puedes ejercitar tu voluntad sobre tu cuerpo.
 
Otro amigo compartía la reflexión de que los ciclos litúrgicos de la Iglesia no siempre se viven en el año, sino que nuestras vidas tienen etapas de cada ciclo: etapas de sacrificio, de reflexión, de contención, como la Cuaresma, etapas de tristeza y duelo, como el Viernes Santo, y etapas de nueva vida y alegría como el Domingo de Resurrección. Cierto también que, con la pandemia, estamos viviendo una larga etapa de moderación en muchos sentidos, de contención, de tristeza y de dolor. Así que hay sacrificio, ¡queramos o no!
 
Este año, en los días previos a la Cuaresma, me planteaba llevar a cabo un doble propósito, mi “sacrificio” personal, y se lo comparto.
 
Por un lado me he propuesto que cuando inicie un diálogo sobre política, o religión, o economía, estar desde el principio dispuesta a aprender lo que otra persona me pueda enseñar; estar dispuesta a que pueda modificar levemente mi opinión, o pueda incluso cambiarla. Eso sería un diálogo verdadero. Porque si llego al diálogo con todas mis ideas firmes e inamovibles, ¿qué diálogo será ese? Recientemente el obispo de Madison (en los EE. UU.), Donald J. Hying, ha enviado una carta a todos los sacerdotes de su diócesis alertando de la desunión y polarización que existe hoy en la Iglesia Católica de su país debido al momento político convulso que allá se está viviendo. Parecería que hay “Católicos de Trump” y “Católicos de Biden”, dice Hying. En su carta constata que cualquier opinión moderada y cualquier intento de llegar a una posición intermedia es visto como traición a la verdad. “La dolorosa experiencia de estos últimos meses me muestra que las personas, pecadoras al fin, podemos ser muy tribales, y crear así mucha división en nuestro entorno. Nos asociamos instintivamente con aquellos que piensan, actúan y viven como yo vivo.” En esa línea, repito el primer propósito: iniciar cualquier diálogo con una actitud sincera de apertura al otro, estando dispuesta a cambiar de opinión, a comprender, a empatizar con otros puntos de vista.
 
Por otro lado, tengo un propósito parecido, pero más en la línea del juicio de las personas que de las opiniones. En las interacciones diarias con los otros encontramos mil motivos para juzgar negativamente no solo una idea o una postura política, sino una actuación, un sentimiento, una emoción. Mi propuesta para esta Cuaresma es generar empatía buscando una virtud, algo positivo, en todos aquellos con quienes interactúe. Cada vez que me asalte un juicio negativo sobre alguien, buscar (y rebuscar si hace falta) hasta encontrar una virtud, un don, una cualidad, una habilidad que esa persona tenga y sea digna de alabanza o incluso de imitación. Así, mis juicios (aunque sé que, de hecho, no debería juzgar) serán más equilibrados y empáticos con la otra persona.
 
En conclusión, mi propósito doble para esta Cuaresma consiste en tender puentes de unión con los demás: puentes entre mis opiniones y las del otro, y puentes de empatía con los sentimientos y las actuaciones del otro, equilibrando así los posibles juicios negativos con los positivos. ¡Casi nada! ¡Buena Cuaresma!

 

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DEFENDER LA ALEGRÍA

 
La casualidad me ha llevado a leer, en el mismo día, dos escritos que hablaban de “defender la alegría”, y me han removido algo que llevaba tiempo barruntando.
 
Defender la alegría es el título de un precioso poema de Mario Benedetti que les invito a releer. Un texto sin desperdicio, pero déjenme mencionar dos frases. La primera dice: “defender la alegría de las endemias y las academias”. Aquí, casi podría haber dicho de las pandemias y estaría dando en diana, y nos invitaría (de hecho, nos invita) a seguir defendiendo la alegría a pesar de todo lo que estamos viviendo mundialmente. A pesar de todos los pronósticos de científicos y estudiosos (las academias) que nos alertan de que los tiempos difíciles seguirán. Es defender la alegría como una convicción profunda de que la humanidad entera lucha y sale adelante a pesar de todo el dolor y muerte que nos rodea. Es defender la alegría como algo con lo que uno nace y que cultiva a lo largo de su vida y le ayuda a sobrellevar los peores vendavales. Es defender la alegría de la pasividad, de la queja enquistada, de la acritud, de la pose pesimista en la vida que solo ve problemas y desgracias alrededor y no ve todo lo que uno mismo causa o no evita.
 
El primer texto que ahora he leído es un artículo de María de la Válgoma en la revistra Vida Nueva titulado así también, “Defender la alegría”[1] Cita a San Isidoro de Sevilla, quien dice que la alegría dilata el corazón. En el primer diccionario de la lengua castellana alegría es apertura de ánimo para dejar entrar al objeto amado. O sea, que la alegría es expansiva, ¡qué alivio! ¡Ojalá la tristeza no lo sea!
 
Y el mismo artículo cita a Rosa Montero, quien en una entrevista en televisión decía que la alegría es un hábito. Pero ahí yo digo: ¡cuidado! Recuerdo a una amiga que tenía una consigna familiar: ¡hay que estar alegres! Como que no estar alegre era maleducado. Como que, sí o sí, siempre había que encontrarle los aspectos positivos a todo. Tanto, tanto… que era superficial. Aquí es cuando me resuena el otro verso de Mario Benedetti: “defender la alegría de la obligación de estar alegres”. Si, como dice Rosa Montero, la alegría es un hábito, esto es una buena noticia. Qué duda cabe que tener una mirada esperanzada de la vida, una mirada agradecida, una mirada de optimismo no necesariamente ingenuo, unida quizás a una paz y una serenidad interior, nos puede llevar a una alegría verdadera, profunda. Ahora bien, si no tenemos todos esos elementos, quizás podemos “crear” el hábito, imponernos hablar antes de las virtudes de nuestros amigos que de sus defectos, valorar primero los acontecimientos que se dieron gracias a decisiones acertadas que las tragedias producidas por decisiones erradas. Eso, al contrario de hacer callo para protegernos de todo lo malo a nuestro alrededor, dilata nuestro corazón, lo abre, y lo que es mejor, expande esa maravillosa virtud.
 
El segundo escrito que menciona “Defender la alegría” es un poema de José María R. Olaizola llamado “Danza vital”[2]: “que dancen las manos, y defiendan la alegría, convertida en saludo y movimiento.” La alegría se muestra en el saludo, en el movimiento de las manos, en la sonrisa. Todo el ser rebosa de ella y se expande, es movimiento, es acción. Ojalá, aun en tiempos de tapabocas que cubren nuestras hermosas sonrisas y de distancias que coartan nuestra comunicación, sigamos cultivando este hábito con autenticidad, esta virtud profunda y expansiva que es la alegría.
 

[1] María de la Válgoma, Vida Nueva no. 3.195, año 2020.
[2] José M. R. Olaizola, Danza Vital (Redes sociales)

 

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NAVIDAD, NIÑO DIOS, REYES MAGOS Y LA MAGIA QUE LOS ACOMPAÑA

 

Cuando llegan los tiempos de Navidad, quizás porque me pongo reflexiva o sentimental, me gusta escribir. Hace unos días colgué en mi muro de Facebook (¡y algunos se atrevieron a leerlo, aunque no tuviera foto!), un escrito llamado “Navidad, dinero y sentimientos”, en el que básicamente me recordaba a mí misma, y a aquellos que me leyeran, que lejos de “estresarnos” en el frenético consumismo de los regalos y los gastos, sería mejor valorar lo que queda, que a menudo son los sentimientos del encuentro familiar, de una vivencia especial, de los pequeños gestos.
 
En esta misma línea, una de las cosas más maravillosas del tiempo navideño tiene que ver con los regalos, pero no son los objetos en sí, sino toda la magia que los acompaña. Los niños lo saben bien: en las distintas culturas cristianas se celebra, con la llegada del niño Dios, el “caga tió” (curiosísima tradición catalana), los Reyes Magos, y cómo no, Santa Claus o Papá Noel (que proviene de San Nicolás). Es una época en la que se diría que alguien tira unos polvos mágicos para que estas tradiciones nos emocionen y nos saquen una sonrisa.
 
También los adultos necesitamos de esa magia, de esa capacidad de sorprender y de dejarnos sorprender. ¡Qué padre o madre no ha disfrutado dejando agua para los camellos de Melchor, Gaspar o Baltasar o los renos de Papá Noel! Hace mucho tiempo un amigo me dijo: “Yo ya no me sorprendo de nada”. No recuerdo de qué estábamos hablando, pero no se me ha quitado la frase de la cabeza; no se lo dije, pero pensé: “¡Qué mal! Ojalá siempre seamos capaces de sorprendernos”. La magia, la imaginación, la creatividad y el juego son una parte sabrosa de la vida, como la sazón de las comidas. Es cierto que, en nuestras vidas ajetreadas y llenas de obligaciones, responsabilidades, asuntos importantes y urgentes, nos cuesta hacer un hueco a todos estos ingredientes. El tiempo navideño es una hermosa época para ese hueco, para esa pausa, para no tener prisa, para relajarnos, comer, beber, reír, cantar, bailar, jugar, sorprender y dejarnos sorprender. Quizás es volver a ser niños, quizás es rescatar un poco de inocencia, la de no saberlo todo, la de esperar aún en las situaciones más difíciles, la de poner una sonrisa allí donde solo queda ese recurso. Dios nos sorprendió con el nacimiento de Jesús, que ni sabios ni humildes podían haberlo imaginado. Que con la ayuda del Niño en el pesebre nos dejemos sorprender por el Amor y la Magia de la Navidad… y de la Vida.

 

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LA AMISTAD CON LOS POBRES NOS HACE AMIGOS DE DIOS

 
Escucho esta canción: "La amistad con los pobres nos hace amigos de Dios, la amistad con los rotos, con los solos…con Dios". De los últimos años de mi intensa vida de misión en República Dominicana, con muchos proyectos y actividades interesantes, con muchos logros y muchos aprendizajes, recuerdo hoy en especial a Tomás.
 
Tomás falleció hace unos meses. Tenía entre 60 y 70 años, ni él mismo lo sabía. Un hombre solo, a quien el azar de la vida llevó a Sabana Yegua. Sus hermanos y familiares se afincaron en otros pueblos y lo visitaban cuando sus ocupaciones se lo permitían. Tomás era un miembro activo de la Parroquia, acudía a las misas dominicales y también a las asambleas parroquiales. Es curioso cómo conocemos a mucha gente, pero hasta que no tenemos una relación más personal no conectamos con su chispa. Y eso me sucedió a mí. Él era uno más, un hombre mayor que salía adelante en la vida a pesar de una importante limitación intelectual que no le dejaba trabajar.
 
Nuestra amistad, o al menos el cariño mutuo, empezó cuando se le presentó una psoriasis tremenda en todo el cuerpo. Sin tapujos ni vergüenzas levantaba la camiseta y me mostraba el torso, como lo mostraba a otras personas, y nos explicaba el dolor que le producía y los múltiples ungüentos que se había aplicado. Muchos preguntaban si lo que tenía era contagioso pues hacía de mal mirar. Me negué a darle una ayuda económica para ir a una curandera supuestamente milagrosa de la capital y eso me comprometía con él. Conseguimos una dermatóloga especializada y fuimos juntos a Santo Domingo, ¡qué viaje! Ese hombretón de 1,90 tuvo que apoyarse en mí al subir por primera vez las escaleras mecánicas del metro. ¡Reímos mucho!
 
Al cabo de unos meses ya no quedaba rastro de la psoriasis, y me lo mostraba orgulloso levantándose la camiseta ¡cada vez que me veía! Pero ni Tomás ni yo somos los protagonistas de esta historia. ¿Quién le ayudó a no olvidar ponerse las cremas por la mañana, al mediodía, por la noche? ¿Quién le mantuvo la pobre casita limpia? ¿Quién le hacía la colada? Las vecinas. ¿Quién le daba de comer y le regalaba ropa? Las vecinas.
 
En estos últimos meses Tomás enfermó de nuevo, era diabético y se le iban acumulando otros dolores. Tuvimos que correr al hospital con él totalmente alterado y descompensado por el azúcar. Finalmente murió. ¿Quién limpió su cuerpo y lo vistió para que quedara digno? ¿Quién barrió y adecentó la casa y sirvió refresco para todos los que se acercaban a dar el pésame? Las vecinas. ¿Quién le acompañó hasta su sepultura en el cementerio? Las vecinas. Las valerosas y cariñosas vecinas lo hicieron siempre, desde que lo conocieron, con una naturalidad deslumbrante: atender al vecino que no puede valerse era para ellas algo normal. Quizás ellas intuyen desde el fondo de su corazón esta bonita frase de la canción: La amistad con los pobres nos hace amigos de Dios.

 

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DERECHO A SER VULNERABLES, NO A QUE SE VULNEREN NUESTROS DERECHOS

La palabra vulnerable viene del latín vulnerabilis, formada de vulnus (herida) y el sufijo -abilis (able, que indica posibilidad) y significa “que puede ser herido o herida”. Aunque en nuestro título se repiten las palabras vulnerable y derecho, los conceptos expresados en las dos frases que encabezan este artículo son claramente distintos: reflexionemos un poco sobre ellos.

Derecho a ser vulnerables
 

¡Qué bello es aceptar la realidad de nuestra propia vulnerabilidad! Cuánta gente se pone una coraza y esconde su dolor, su duda, su tristeza, sus limitaciones, su incapacidad, su miedo… Cuánta gente va por la vida intentando proyectar una imagen de fortaleza, de “superman” o “superwoman”. Más si cabe en estos últimos años en que las redes sociales se esfuerzan sin pudor (o sea, nosotros nos esforzamos) en mostrar nuestra mejor cara, la sonriente y triunfante, sin casi mostrar la otra, la tan real cara de personas vulnerables que somos.
¡Qué bueno es ser vulnerable! Sabernos vulnerables es sabernos humanos y humildes. Reconocernos vulnerables antes los demás nos da la capacidad de conectar con otros seres vulnerables (¡resulta que todos lo somos!), y nos da la capacidad de que se desarrollen sinergias y simpatías de los unos con los otros; en lenguaje de moda, buenas vibras. ¡Ojalá nos sepamos mostrar vulnerables antes las personas que nos importan y nos necesitan!

Derechos vulnerados

Ahora bien, frente al reconocimiento de esta cualidad, no es de cajón que se vulneren nuestros derechos inalienables. Obviamente una cosa es exponer nuestra naturaleza vulnerable en un momento dado y otra cosa es que el estado, las instituciones, los colectivos o las personas vulneren (a veces sistemáticamente) nuestros derechos: Los de todos, pero especialmente los derechos de grupos históricamente más pisoteados. Por listar algunos: los derechos de las mujeres, de las personas con discapacidad, de los niños, de los ancianos, de los millones de personas que malviven en países en vías de desarrollo (o muchas veces al revés, países en vías “aceleradas” de subdesarrollo).  Los derechos a la alimentación, salud, educación y vivienda entre otros muchos. Esos derechos siguen estando tremendamente ultrajados en el siglo XXI al mismo tiempo que la riqueza de unos pocos, y la indiferencia de unos muchos, siguen trazando su camino con apisonadora llevándose lo que encuentren por delante.

Ojalá nos atrevamos a mostrar nuestra cualidad de personas vulnerables con nuestra familia y amigos, como cualidad de personas con un corazón de carne, sensible, palpitante y doliente. Ojalá al mismo tiempo seamos personas fuertes para luchar por tantos y tantos derechos humanos humillantemente vulnerados, y así mostrar una vez más este corazón de carne, sensible, palpitante y doliente.

 

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LA ILUSIÓN DE TODOS LOS DÍAS

Recuerdo que hace ya algunos años se hizo famosa una canción de un anuncio de lotería, decía así: “Es la ilusión de todos los días, es compartir el cupón de la ONCE”. La ONCE, Organización Nacional de Ciegos de España, es una entidad muy conocida por sus cupones de lotería, y de su recaudación se ven favorecidas múltiples actividades en favor de este colectivo. Me vino a la memoria esta canción pensando en nuestra realidad de República Dominicana. Por todo el país, un país en el que el 6% de la población vive en una pobreza extrema y el 29% en pobreza moderada,[1] llama la atención la cantidad desproporcionada de bancas de lotería, que podemos encontrar en cualquier rincón, incluso en los pueblos más aislados y desfavorecidos. Se calcula que hay 154 bancas de lotería por cada escuela pública en la República Dominicana[2].
 
Es tan difícil alcanzar los grandes sueños con el trabajo y el esfuerzo del día a día que muchas personas optan por disfrutar del presente, y lo hacen instalando en su casa una antena parabólica para poder ver telenovelas, o entregándose al alcohol durante el fin de semana, o celebrando fiestas en momentos especiales, tirando la casa por la ventana. Un recurso más es la lotería: con un poquito de dinero se puede soñar en alcanzar un enorme premio. Lo lamentable, por supuesto, es que este poco dinero, si se va gastando todos los días, termina representando un gasto muy importante (y convirtiéndose a menudo una adicción).
 
Uno podría desesperarse intentando comprender cómo se despilfarra en un juego de azar el poco dinero que se obtiene del trabajo, en lugar de emplearlo mejor, cubriendo las necesidades básicas de la familia. Sin embargo, siempre hay que ponerse en la situación de los demás para intentar comprender. Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo, en su libro «Poor economics»[3], observan que precisamente las cosas que hacen la vida menos aburrida son una prioridad para los más pobres, quienes muchas veces toleran su destino en lugar de enfurecerse contra él. Así, en vez de reducir caprichos y concentrase en necesidades, a menudo actúan al revés. Son indulgentes con ellos mismos porque quizás son escépticos sobre sus oportunidades reales y sobre la posibilidad de un cambio radical en sus vidas (¡y es obvio tienen motivos sobrados para este escepticismo!). Se preguntan si vale la pena sacrificarse por un improbable cambio que, además, puede tardar demasiado en llegar.
 
En todo caso, a propósito de las loterías, la realidad es que en República Dominicana su gran proliferación perjudica de forma muy especial a los estratos socioeconómicos más bajos. El Obispo de San Juan de la Maguana, Monseñor José Grullón, promueve desde el púlpito el ahorro y la organización económica familiar como manera de luchar contra la pobreza. En sus homilías ha subrayado muchas veces que el único que se hace rico con las bancas de lotería es su dueño. ¡Cuánta razón tiene!
 
Ojalá que la verdadera “ilusión de todos los días” no sea la de un premio más que improbable, que mientras no llega daña las economías familiares, sino la ilusión de capacitarse, de que los hijos estudien, de conseguir un trabajo e ir construyendo un cambio real para un futuro mejor.

[1] Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples (ENHOGAR 2016)
[2] https://www.eldinero.com.do/42177/hay-154-bancas-de-loteria-por-cada-escuela-publica
[3] Poor Economics, Abhijit V. Banerjee and Esther Duflo, Public Affairs, New York, 2011, p. 37-38

 

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¿DÓNDE ESTÁ HOY LA CUEVA DE BELÉN? ¿QUÉ REGALOS LLEVAREMOS?

Leía el siguiente verso en el poema de Benjamín González Buelta titulado “Futuro tan presente”: Ya no te preguntaré cuándo seremos numerosos, sino dónde está hoy la cueva de Belén.
 
Me gustó la idea de centrarnos en dónde está hoy esa cueva para nosotros; no dónde está el éxito, ni siquiera de un mundo evangelizado, ni de una iglesia llena, ni incluso de un mundo mejor y feliz, sino de dónde hay un núcleo de amor a nuestro alrededor. Esa cueva puede estar en nuestra familia, con nuestra pareja, con nuestros mejores amigos: ese lugar íntimo, agradable, protegido, lleno de cariño, ternura y honestidad.
 
Y una vez hayamos logrado reconocer dónde está hoy la cueva de Belén para nosotros, pensemos qué regalos llevaremos a esa cueva. Se acercan las fechas de la fiebre de los regalos. A la cueva de Belén llegaron los presentes sencillos que los pastores podían ofrecer, y también los necesarios para ese momento.
 
Un regalo puede ser, sin duda, unos días dedicados a los nuestros, quizá otro sea alguna dosis de cariño, unos kilos de diálogo, o unos galones de “pasarlo bien”. Incluso nuestro propio regalo —¿por qué no autorregalarnos algo, como parte que somos de esa cueva?— puede consistir en un tiempo para no hacer nada, para estar, para meditar, para respirar, para rezar; un regalo vacío, un regalo lleno de nada para desprendernos de todo aquello que importa poco y ocupa mucho espacio y tiempo… ¡Qué regalos mejores que estos para nuestra cueva de Belén en esta Navidad!

 

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LA IGLESIA, CASA DE TODOS

En medio de un episodio de violencia racista, una capilla se convierte temporalmente en refugio para una familia haitiana

 

 

Hace tres semanas un nacional haitiano mató a un parcelero de Sabana Yegua (Azua, República Dominicana) para robarle. Un hecho atroz; el culpable fue capturado inmediatamente y se encuentra en manos de la justicia. Se desató entonces una reacción desproporcionada e irracional contra todos los haitianos que viven en el pueblo, sede de la Parroquia La Sagrada Familia. Esa misma noche un grupo de personas (algunas con antecedentes criminales) tomaron las calles del pueblo y apalearon y atacaron con machetes a varios haitianos. Incendiaron tres casas, robaron y saquearon propiedades de haitianos, todo con la excusa de vengar la muerte del parcelero.
 
Desde ese momento, los haitianos del pueblo temieron por sus vidas; muchos regresaron a Haití y otros se escondieron fuera de la población, por los sembradíos. Nosotros, como iglesia, apelamos a las autoridades locales y movilizamos las diferentes organizaciones para frenar la barbarie que se estaba produciendo, haciendo un llamado al cumplimiento de la ley, al civismo y la paz.
 
La intolerancia y xenofobia contras los haitianos está presente desde hace mucho tiempo en República Dominicana, y tiene profundas raíces históricas, económicas y sociales. Se producen cíclicamente altercados y episodios de intolerancia. Cuando esto sucede, nunca falta el periodista que lanza la ridícula acusación de que el país vecino realiza una “invasión pacífica”; mezclando así episodios históricos del pasado con una situación actual de inmigración, totalmente distinta. Por otra parte, los haitianos son una pieza clave de la economía dominicana, en tanto que mano de obra para la agricultura, y a nadie le cabe duda de que las exportaciones de República Dominicana a Haití son muy importantes para el comercio de la nación.
 
Joselito, un hombre de 45 años que llegó al país para buscar una vida mejor cuando tenía 12, huérfano de padre y madre, me confesó que estaba muy atemorizado y que necesitaba protección. Él y su esposa, Milady, tienen diez hijos. Como familia numerosa tienen dificultades para poder dar a sus hijos todo lo que necesitan, pero nunca han cometido ningún delito, son residentes en el país, sus hijos han nacido aquí y los mayores ya están terminando la secundaria.
 
Decidimos trasladar a Joselito y familia a la nueva capilla de Tábara. Inaugurada el mes de diciembre, esta pequeña iglesia tuvo el honor de acoger al extranjero y al necesitado de refugio. La familia se instaló allí durante una semana, de una manera simple, sin camas ni mobiliario. Algunos vecinos recelaron, pero se impuso el sentido común: un vecino nos decía que muchísimos dominicanos tienen familia en EE. UU., en España, en Italia, en Suiza, y que a ninguno de los que se fueron a trabajar a otro lugar para ganarse la vida les gustaría que los juzgaran a ellos por el delito de otra persona.
 
Los que desataron la furia quisieron continuar y hablaban de echar a todos los haitianos del pueblo, pero no fueron secundados y las aguas volvieron a su cauce. Sin embargo, no hay que bajar la guardia: los hechos fueron muy graves, es obvio que la justicia tiene que actuar contra todo aquel que cometa delito, sea cual sea su nacionalidad, y hay que seguir promoviendo la convivencia, el respeto y la dignidad de todas las personas.  En todo caso, la Iglesia-comunidad (todos nosotros) y la iglesia-templo (los edificios) deben ser siempre una casa acogedora, la casa de todos: en esta ocasión, nuestra capilla de Tábara lo fue de una forma bien concreta y tangible.

 

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NO SOLO EL TATUAJE ES PARA SIEMPRE

Reflexión en torno a la Fiesta de la Candelaria

Mis padres, que llevan 59 años casados, iban cada año, el 2 de febrero, a la celebración de La Candelaria al colegio Marista de Badalona, como miembros de la asociación de padres de alumnos. Ese día se conmemoraba la presentación de Jesús en el templo, un día especial porque los esposos renovaban sus promesas matrimoniales.
 
Es una bonita fiesta, que me llevó a escribir esta reflexión. La renovación de las promesas del matrimonio, por supuesto, se puede realizar en cualquier momento del año. Eso sí, el 2 de febrero se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

La presentación de Jesús en el templo por sus padres obedece al mandato de la Ley de Moisés, por el que a los 40 días de nacido un niño tenía que ser presentado en el templo. El 2 de febrero se cumplen los 40 días, contando desde el 25 de diciembre. La Ley de Moisés mandaba que el hijo primogénito de cada hogar le pertenecía a Nuestro Señor, y que los padres tenían que rescatarlo pagando por él una limosna en el templo.
 
La presentación de los esposos en el templo para renovar las promesas matrimoniales −la unión en el Señor−, es muy adecuada para este día. También lo es la celebración y la renovación de las promesas de los que han entregado la vida a Dios. Al igual que el primogénito de cada familia judía, le pertenecen a Nuestro Señor. Esta pertenencia, que es de hecho de todos los creyentes, se traduce también en fidelidad.
 
Pero se nos antoja que la fidelidad, la opción de algo “para siempre” −a excepción del tatuaje−, no está de moda. En un siglo de sobreabundancia de ofertas, ante tan gran abanico de oportunidades y tantas puertas abiertas durante el trayecto de una vida, se hace difícil optar definitivamente por un camino. El P. Isaac Riera, MSC, escribía hace un tiempo sobre “la voluntad debilitada”[1] y apuntaba que “el hombre postmoderno es un hombre atiborrado de estímulos, de sensaciones, de deseos, pero carece de fuerza de voluntad.” Quizás sea esta una de las causas de la poca perseverancia de algunos matrimonios o núcleos familiares, o incluso del descenso en vocaciones a la vida consagrada.
 
Aunque actualmente se hace una lectura negativa de la fidelidad, como si fuera un valor de tiempos pasados, relacionado con la resignación y con una ética de prohibiciones, se trata de un ejercicio libre, hermoso y creativo. La fidelidad es una elección, un compromiso, una opción fundamental, −sea con la pareja, los hijos, los principios, la profesión−, que implica coherencia con uno mismo, pero que encuentra un buen número de obstáculos y requiere perseverancia.
 
Para alcanzar esta perseverancia, Monseñor Grullón, Obispo de San Juan de la Maguana, en la República Dominicana, ponía esta simpática cuestión a los feligreses acerca del matrimonio: “¿Qué es mejor, conquistar o conservar?” A la respuesta de muchos que conservar era mejor, les explicaba que eso era dejar algo congelado, tal como estaba, con el peligro de que fuera deteriorándose. Por el contrario, conquistar era una labor del día a día. Así mismo lo expresa poéticamente el cantautor Víctor Manuel: “Día a día me creces dentro, día a día, porque te quiero, siempre estoy atizando el fuego.”
 
Aprovechemos hoy, día de la Candelaria para recordar nuestra opción fundamental y nuestra fidelidad, una fidelidad creativa y renovada. Una fidelidad en la que seguimos, día a día, atizando el fuego para reavivar la llama. Solo así nuestras elecciones, nuestras opciones fundamentales −y no solo el tatuaje−, pueden ser para siempre.

 

 


[1] https://clubjaimeprimero.wordpress.com/2017/03/13/la-voluntad-debilitada/
 

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