Martí Colom

UCRANIA Y EL CAPÍTULO SEXTO DE LUCAS

 

Hay una trágica y amarga ironía en el hecho de que estalle una nueva guerra en el corazón de Europa (algo que a muchos ya nos parecía una imposibilidad) pocos días después de que en todas nuestras iglesias, el pasado domingo, oyéramos la radical propuesta de Jesús para terminar con la violencia.

La lectura del evangelio del séptimo domingo del tiempo ordinario, que celebrábamos hace apenas cuatro días, era el pasaje del capítulo sexto de Lucas en el que, justamente, Jesús nos invita a romper con el ciclo de la violencia (Lc 6, 27-38). Pidiéndonos que amemos al enemigo y pongamos la otra mejilla Jesús no nos está pidiendo que seamos flojos, ni pusilánimes, ni a dejarnos pisotear. No va por ahí la cosa. Lo que Jesús propone, por arduo que sea de llevar a la práctica, es el único camino posible hacia una paz sólida y duradera. Es el camino de la no-violencia que desarma, que desactiva la lógica de la guerra. No es rendición ni debilidad: de hecho, hay que ser muy valiente para poner la otra mejilla. Solo quien ha comprendido que la guerra es el peor de los males, que debe ser detenida como sea, será capaz de hacerlo.

Este espantoso «fracaso de la palabra» que es la guerra (así la definió Mark Twain) se abate hoy sobre Ucrania. La imagen de tanques y aviones cruzando una frontera europea e invadiendo una nación vecina y soberana es sobrecogedora. La tentación sería creer que la humanidad no avanza. Que siempre volvemos atrás. Que cuando parecía que habíamos entendido que la paz era un bien sagrado y que nada justifica la violencia, lo volvemos a olvidar.

Y, de repente, una noticia distinta a pie de página: el mismo día en que el ejército ruso invade la nación vecina, se convocan manifestaciones en contra de la guerra en más de cincuenta ciudades de Rusia. Hay más de 1.500 detenidos entre los que protestan.

Son valientes. Levantan la voz en contra del uso primitivo y espantoso de la fuerza por el que ha optado su gobierno.

Tal vez, a fin de cuentas, las palabras de Jesús no cayeron en saco roto. A la larga, solo ellas, solo la decisión inquebrantable de frenar la violencia amando al enemigo y presentado la otra mejilla, garantizarán la paz.

 

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¿SOMOS, EN NAVIDAD, EMBAJADORES DE ALEGRÍA?

 

Hoy celebramos la gran fiesta del nacimiento de Jesús, la fiesta que, en cierto modo, lo cambia todo: la llegada de aquel niño, y la buena noticia que él anunció, marcaron un antes y un después en la historia de la familia humana. Para las personas creyentes, la fiesta de la encarnación significa una profunda transformación de la idea misma de Dios: el Dios altivo y alejado en el que habíamos creído, a veces indiferente, otras vengativo, siempre juez, se nos presenta ahora en este bebé pobre y tembloroso, custodiado únicamente por sus padres, gente humilde y sencilla, y un buey, y una vaca. Y esa nueva identidad de Dios, hecho uno entre nosotros, es, en verdad, un inmenso motivo de alegría.
 
Uno de los textos navideños más entrañables es el que leíamos, en preparación para la fiesta de hoy, en el cuarto domingo de Adviento: la visitación de María, embarazada de Jesús, a Isabel, embarazada de Juan el Bautista. Y ese texto, Lucas subraya precisamente la alegría que provoca la presencia del niño Jesús (en el vientre de su madre) a su alrededor: tanto Isabel como la propia María se llenan de júbilo, y el niño Juan «salta de alegría» en el vientre de Isabel.
 
¿Saltamos de alegría, nosotros, cuando sentimos cercana la presencia de Dios?
 
Vale la pena preguntárnoslo. Porque es curioso observar que, a menudo, la reacción que provoca en nosotros la cercanía con lo sagrado no es la reacción de Juan el Bautista, no es de alegría… sino de temor. O de culpabilidad. O ambas cosas a la vez. ¿Nos podemos imaginar a Isabel diciéndole a María «Cuando tu saludo llegó a mis oídos, la criatura se puso a temblar de miedo en mi vientre»? ¿O bien «Cuando tu saludo llegó a mis oídos, la criatura se puso a golpearse el pecho, diciendo “por mi culpa, por mi culpa”…?» Pues esa parece ser, a veces, nuestra respuesta, cuando sentimos la proximidad de Dios.
 
Se trata, tal vez, de reacciones comprensibles. Lo divino es inabarcable: confrontados con ello nos sentimos pequeños, y, como desde niños nos han enseñado que Dios es un juez severo, entonces su cercanía nos aterra. Y nos parecen, ante su presencia, más obvias nuestras culpas: es lo que le pasó a Pedro, que cuando comprendió quien era Jesús le espetó aquello de «apártate de mí, que soy un pecador» (Lc 5, 8).
 
Y, sin embargo, son reacciones que obedecen a una idea pre-cristiana de Dios, que no tienen en cuenta el Evangelio. El temor y temblor que nos provoca lo sagrado hunde sus raíces en la experiencia de culturas que asociaban a Dios con los fenómenos terribles de la naturaleza, y que desarrollaron la idea de un Dios al que, en todo caso, había que aplacar con nuestros sacrificios. Y todo eso no tiene nada que ver con Jesús y su mensaje; es más, justamente eso es lo que Jesús vino a desmantelar, con su buena noticia de que Dios es un padre misericordioso, enamorado de nosotros.
 
Comprender a fondo la Navidad es comprender que el Dios en el que creemos los cristianos siempre debería ser, para nosotros, motivo de alegría. Porque la Navidad significa que Dios no es juez, sino hermano, que no viene a condenarnos, sino a caminar con nosotros, que no nos mira con desdén, sino con ternura, que no debemos aplacarlo, sino agradecerle su bondad.
 
La cuestión que deberíamos entonces plantearnos los cristianos es si con nuestra conducta y actitudes ayudamos a comunicar que la cercanía de Dios es consuelo, y razón para la dicha… o no. Porque es indudable que a veces, con nuestra severidad, con nuestras actitudes rigoristas, incluso con nuestra amargura, lo que hacemos es perpetuar la idea (pre-cristiana i antievangélica) de que, ante Dios, lo más lógico es asustarnos. Cuando, en realidad, lo más natural sería reaccionar como Juan el Bautista: saltando de alegría.

 
¡Una feliz y alegre Navidad para todas y todos!

 

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EL MANTO DE BARTIMEO

 

Hace tres fines de semana, en las eucaristías correspondientes al Trigésimo Domingo del tiempo ordinario (ciclo B), leímos el pasaje del Evangelio de Marcos que nos narra la curación del ciego Bartimeo (Mc 10, 46-52). No queremos hacer aquí una interpretación exhaustiva del episodio, sino fijarnos tan solo en un detalle muy concreto: cuando algunos de los que andan con Jesús animan al mendigo ciego a levantarse, porque el Maestro lo está llamando, él, nos dice el texto, «soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús». Todos sabemos lo que ocurre después: Jesús le pregunta qué quiere, Bartimeo responde que desea volver a ver, Jesús le dice «Anda, tu fe te ha curado», y Bartimeo recobra la vista y empieza a seguir a Jesús por el camino (completando así su conversión, pues al iniciar el relato estaba sentado «al borde del camino», o sea, al margen, allá donde, si recordamos la parábola del sembrador, cayó la primera semilla, que no dio fruto).

El detalle en el que nos queremos fijar es la precisión que nos ofrece Marcos que hemos resaltado en cursiva: antes de levantarse para ir al encuentro de Jesús, el ciego soltó el manto. ¿Qué representa este manto?

Lo más probable es que, en la mente del evangelista, el manto simbolice la identidad vieja de Bartimeo (aquella que lo mantenía en la ceguera, por haberlo situado al borde del camino) a la que él debía renunciar para poder seguir a Jesús con toda libertad. O tal vez Marcos quiere que pensemos en aquel manto que Elías echó encima de Eliseo (1 R 19, 19), representando la autoridad del profeta, que traspasaba a su discípulo: el gesto de Bartimeo, de deshacerse del manto, significaría entonces la renuncia a una posición de poder a la que él, hasta entonces, estaría aferrado.

Queremos, sin embargo, probar otra interpretación que nos ha sugerido la lectura del pasaje.

Bartimeo es un mendigo, un indigente, y para ir al encuentro de Jesús se deshace de su única posesión. El manto, en efecto, era todo lo que tenía aquel desdichado para protegerse del frío, de la lluvia, de la intemperie. Visto así, el manto de Bartimeo se nos aparece como el símbolo de aquellas mínimas y precarias posesiones que tienen los pobres. Representa el bienestar rudimentario que nuestra sociedad regala los más pobres… para, así, tenerlos callados.

Nuestro mundo capitalista, tan orientado hacia la acumulación constante de riquezas, permite que los más pobres tengan un espejismo de patrimonio. Si, en nuestras sociedades cada vez más desiguales, vastos números de gente no poseyeran absolutamente nada, y se estuviesen muriendo literalmente de hambre, habría un estallido social y una revolución cada día. Para evitarlo, el sistema económico en que estamos inmersos tolera que los más desafortunados tengan algo: en los hogares más pobres y vulnerables de los barrios más periféricos de una gran urbe latinoamericana como pueden ser Bogotá o México (por poner un ejemplo) hay un televisor, así sea viejo; y la gente tiene un teléfono celular, aunque la pantalla esté rallada, o medio rota, o el aparato se descargue a cada instante porque la pila ya está muy gastada; y hay una nevera, y en la nevera hay comida, así sea de poca calidad, y no muy sana. Este televisor destartalado, este teléfono con la pantalla partida y esta comida enlatada y poco saludable son el manto con el que hoy millones de bartimeos siguen protegiéndose de la intemperie. Migajas que el sistema injusto les permite disfrutar, con tal de que, a cambio, no molesten demasiado.

El gesto del Bartimeo del Evangelio, deshaciéndose de su manto, revela entonces a la persona despierta, aquella que abre los ojos y se da cuenta de la vida infinitamente más plena de la que podría gozar al lado de Jesús, y se da cuenta de las migajas con las que le han querido adormecer la consciencia. Una vez camine al lado Jesús, recobrada ya la vista, habrá adquirido un sentido mucho más hondo de su propia valía. Habrá entendido que la fe exige justicia. Habrá comprendido que, desde los ojos de Dios, todos tenemos derecho a un bienestar real, no solo aparente. Bartimeo, en definitiva, echa el manto a un lado porque ahora es consciente de su propia dignidad.

 

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COMPAÑEROS EN EL CAMINO. UN SÍNODO QUE INVITA A LA ESPERANZA

 
Los próximos días 9 y 10 de octubre, el papa Francisco dará inicio, en Roma, a la etapa preparatoria de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos. Una semana más tarde, el 17 de octubre, todas las diócesis del mundo inaugurarán la fase de consultas y preparación, a nivel local, de este sínodo de la Iglesia, que culminará con el encuentro, en Roma en octubre de 2023, de los participantes directos en la reunión sinodal, que deberán aprobar un documento final. El tema que se propone para este importantísimo evento eclesial es Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. En otras palabras, el asunto sobre el que se nos invita a reflexionar es precisamente la sinodalidad, el modo de ser, de operar y de avanzar de la Iglesia como auténtica comunidad de hermanos y hermanas, donde todas las voces sean escuchadas, donde nadie quede rezagado, donde todos nos sintamos compañeros en el camino, avanzando a la una (que es exactamente lo que significa la etimología de la palabra sínodo, compuesta por el prefijo griego “sin” —reunión, acción conjunta— y el sustantivo “odos” —camino). Practicar la sinodalidad es caminar juntos.
 
Francisco propone que la Iglesia, retomando el impulso del Concilio Vaticano II (que subrayó que la comunidad eclesial es, sobre todo, una familia, el Pueblo de Dios, donde todos cuentan y todos valen y todos deben sentirse protagonistas), asuma su identidad comunitaria, y renueve su compromiso de ser, cada vez más, un cuerpo articulado que avanza sin descartar ni marginar a nadie, un cuerpo en el que todos, desde los obispos hasta el bautizado más reciente, se sienten y son verdaderos compañeros de camino.
 
Este compromiso, y este sínodo, son necesarios. Porque, a pesar de los extraordinarios avances vividos desde el Concilio, cuando dirigimos la mirada hacia nuestras parroquias, comunidades y movimientos eclesiales, nos damos cuenta de que todavía nos queda mucho trabajo por hacer. ¿En cuántas parroquias todo (desde las decisiones más vitales a las más nimias) tiene que pasar por el párroco, que reina sobre sus feligreses con un estilo más propio de un señor feudal que de un pastor? ¿En cuántas congregaciones religiosas y diócesis la autoridad todavía se ejerce sin que exista el más mínimo diálogo entre quienes ordenan y quienes obedecen? ¿En cuántos movimientos e instituciones que se autodenominan cristianos los líderes y fundadores son objeto de un malsano culto a la personalidad, que asfixia cualquier crítica constructiva a su liderazgo antes de que esta pueda formularse? ¿Cuántos colectivos —empezando, cómo no, por las mujeres, que, si no me equivoco, son la mitad de la humanidad— todavía participan de la vida de la Iglesia de forma periférica y marginal, sin acceso a muchos ámbitos, cargos o funciones?
 
Nos llenamos la boca con hermosas frases del Concilio que enfatizan la participación de todos los bautizados en la vida de la Iglesia, pero en la práctica todavía somos una estructura fuertemente jerárquica, a menudo autoritaria, en la que los consensos importan poco y en la que algunas voces tienen un peso desproporcionado, en detrimento de otras.
 
En este sentido, el próximo sínodo es un motivo de esperanza. Recemos, desde ahora mismo, por su éxito. Para que el Espíritu, que, como el viento, «sopla donde quiere» (Jn 3, 8) nos guie por caminos de auténtica conversión en favor de la sinodalidad, esta voluntad tan cercana al corazón del evangelio de no dejar a nadie atrás, de escuchar todas las voces y de contar con todo el mundo, especialmente con aquellos que nuestra sociedad (y en gran medida también la Iglesia) tiende a marginar.

 

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LA IMPOSIBLE PRIVATIZACIÓN DEL EVANGELIO

 

El evangelio podría compararse con una partitura musical. ¿Qué es, una partitura? Una hoja de papel escrita para convertirse en música. Un pentagrama lleno de notas que nadie interpretase nunca, y que jamás, ni una sola vez, se convirtiese en melodía, sería un contrasentido, un absurdo. Asimismo, los evangelios se escribieron para ser vividos. Estamos frente a unos textos que quieren ser vida, y sería un contrasentido y un absurdo que solo nos los mirásemos desde la distancia, que tal vez los estudiásemos, los diseccionáramos con pericia (cosa necesaria, por otro lado), pero no los intentásemos llevar a la práctica. Pues bien, lo que aquí quisiéramos subrayar es que, si cualquier partitura existe para convertirse en música, los evangelios existen para convertirse en vida comunitaria y en acción transformadora de la sociedad. En efecto, este «llevar el evangelio a la práctica» del que hablábamos pasa necesariamente por una experiencia de comunidad, de personas que, ya sea como familia de sangre, o como familia de fe, o como grupo de amigos, o como equipo parroquial, o como instituto de vida consagrada, juntas, tratan de encarnar, en su tiempo y en sus circunstancias, lo que van aprendiendo en los evangelios. Y, juntas, entonces, tratan de mejorar el mundo en el que viven, haciéndolo más vivible para todos.
 
Se trata de una puntualización importante, porque hoy, en muchos contextos culturales, va ganando peso la idea de que la fe debería ser algo privado, que afectase únicamente el ámbito de la consciencia individual de las personas. En este sentido, leía hace poco un artículo algo desafortunado de un periodista (con quien por otro lado suelo estar de acuerdo), en el que el autor afirmaba, precisamente, que «nadie debería reírse de ninguna religión, primero porque, con tal de que se limite a la esfera personal ¿qué problema hay?». Este es el asunto, el quid de la cuestión. Que, si el evangelio de Jesús se limita a la esfera personal, si no se traduce en vida fraterna y en acción de transformación social, si se privatiza, deja de sonar. Si privatizo el evangelio, lo enmudezco.
 
La fe arraiga y crece en nuestras conciencias y en nuestros corazones, eso es cierto. Sin embargo, no se queda allí. El mensaje de Jesús implica necesariamente que quienes se adhieren a él lo quieran encarnar, lo hagan vida comunitaria y compromiso con la justicia, compromiso de transformación del entorno. Privatizar la fe cristiana siempre será un contrasentido, porque la fe cristiana es, por definición, comunitaria y social.
 
¿Y por qué a tanta gente, hoy, le resulta deseable que la fe sea un asunto privado, limitado a la esfera personal? Podríamos sospechar, sin querer ser malpensados, que un evangelio privatizado interesa, sobre todo, a los que no quieren que nada cambie, a los que ya están a gusto con el mundo tal y como es, a los que las desigualdades e injusticias no les afectan, o les convienen. A los privilegiados, a las élites. A todos ellos les asusta, y con razón, un evangelio convertido en vida, convertido en testimonio de fraternidad, convertido en construcción diaria del reino, convertido en denuncia de los atropellos de unos pocos contra el resto. Privatizar la fe es privarla de su potencial transformador y liberador. Es, en una palabra, matarla. Si no queremos que el evangelio quede reducido a letra muerta, tendremos que interpretar, una y otra vez, la música suave y cautivadora que palpita en sus páginas. Para eso se escribieron.

 

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¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Deseamos un muy feliz Pascua de Resurrección a todos los lectores de este blog, amigos y amigas de la Comunidad de San Pablo.

 

Domingo de Pascua: La cicatriz

En la piel del tiempo hay una cicatriz.
El tiempo, gato viejo, se la mira, mas no entiende.
¿Qué ocurrió aquel domingo?
 
La Herida puntual que nunca
llegó tarde a su cita
en la vida de bacilos, cangrejos y lagartijas,
iguanas, tortugas, felinos, dromedarios y camellos
y ese mono que ahora piensa
y sabe amar,
la Herida vencedora de todas las batallas,
 
aquel domingo del sol
fue derrotada.
 
Dejó una cicatriz
en la piel tersa del tiempo.

Y la luz dividió en dos
la danza del universo.

 

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AMAR HASTA EL EXTREMO: UN HORIZONTE (NO TAN LEJANO) QUE NOS ELEVA

Reflexión sobre el Jueves Santo

 

 

La frase inicial de la lectura del evangelio que se lee hoy, Jueves Santo, en la misa vespertina de la cena del Señor, sirve de pórtico para toda la celebración del Triduo Pascual: «Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Esta introducción magistral del evangelista Juan es un modo inmejorable de enmarcar todos los acontecimientos que se desarrollarán a partir de aquí: la última cena, el lavatorio de los pies, la oración y el prendimiento de Jesús en Getsemaní, su juicio, condena y crucifixión, su memorable perdón a sus verdugos, desde la cruz, su muerte y su resurrección. La clave interpretativa que explica la actitud del Señor a través de todos estos momentos es que, habiendo amado a sus amigos, los amó hasta el extremo.
 
Hoy, que entramos con fe y emoción en la celebración de los días centrales del año litúrgico, no estaría de más que examináramos nuestra reacción, tanto emocional como racional, ante esta afirmación conmovedora del evangelista. Cuando escucho que Jesús «amó hasta el extremo», ¿qué siento? ¿Qué pienso?
 
Y es importante hacerse esas preguntas porque seguramente estamos ante una de estas frases del Evangelio que tendemos a mirarnos con un punto de suficiencia, a poner entre comillas, o, en el fondo, a pensar que aplicada a Jesús está muy bien, pero que, hoy, aquí, es impracticable, y hasta indeseable. Porque, ¿qué significa, realmente, amar hasta el extremo? ¿Es posible? ¿Acaso existe, en el mundo real, un amor tan puro? ¿Es saludable, este amor que lo entrega todo? ¿Acaso no es esencial practicar el autocuidado? ¿Y acaso no nos enseñan los psicólogos que en todo amor hacia los demás hay un algo (o un mucho) de interés y de amor propio? Desde nuestra experiencia de la complejidad de la vida podríamos leer el relato evangélico y conferirle, tal vez, la categoría de una fábula. Hermosa, sí… pero fábula al fin y al cabo. Y, entonces, leeremos que Jesús amó a sus amigos hasta el extremo y reduciremos esta frase, como mucho, a un ideal. Bonito, pero poco realista. «En el mundo real, nadie ama así», nos diremos.
 
Algo de razón tendremos si pensamos de este modo: la entrega absoluta es patrimonio de muy pocos, y tiene mucho de ideal. En la mayoría de nosotros, los miedos, los egoísmos y la búsqueda de comodidades reducen nuestra capacidad de entrega. Y, no obstante, es crucial que nos demos cuenta de que estamos ante un horizonte posible. Difícil, sí, pero tal vez menos lejano de lo que pensamos. Hay, a nuestro alrededor, en cada barrio de cada ciudad del mundo, en cada aldea, en cada pueblo, personas que aman a otros con una dedicación y generosidad admirables. Extremas. La madre soltera que se desvive por sus hijos trabajando horarios imposibles en condiciones casi inhumanas, la mujer que todos los días va a visitar a su vecina deprimida y la saca a pasear, el nieto que tiene en su casa a una abuela, enferma de años, y la atiende con una sonrisa invencible, los padres que harían cualquier cosa por su hijo discapacitado, la monja que cuida a unas huérfanas como si fueran sus propias hijas… ¡Ojo! Ninguno de estos ejemplos (ni otros muchos que se me ocurren) es retórico o imaginado: para cada uno de ellos estoy pensando en personas de carne y hueso que lo encarnan y he tenido la dicha de conocer. De repente, el modelo de Jesús, amando con una entrega completa, ya no parece tan remoto ni inalcanzable.
 
La Semana Santa, con la contemplación de la Pasión de Jesús (el hombre que amó hasta el extremo), debería servir para que nosotros, que tal vez durante el año dejamos que se enfríe nuestro compromiso cristiano, recuperemos un poco de la pasión de los santos. Vale la pena: en primer lugar, porque tener este amor radical como meta y horizonte nos elevará, incluso si nos quedamos muy lejos de cumplirlo. Dará hondura y amplitud de miras a nuestro caminar. Y, en segundo lugar, porque si «domesticamos» demasiado el Evangelio y pretendemos vivir la fe sin apasionamiento, a medio gas, tarde o temprano acabaremos pensando que el Evangelio exige mucho a cambio de muy poco. «Quien pierda su vida la encontrará», dijo Jesús. Solo quien se entregue del todo, o quien por lo menos lo intente y vea la entrega como algo posible y deseable, cosechará (a pesar de los obstáculos y de muchos momentos duros que le tocará vivir) los frutos de saber que su tiempo y esfuerzos en este mundo están sirviendo para algo, y la alegría que esta convicción conlleva. La entrega absoluta de Jesús, este Jueves Santo, nos advierte de que, también para nosotros, la radicalidad es el camino. Un camino arduo, sin duda, pero que nos eleva por encima de nuestras miserias, que nos ayuda a salir de nuestros pequeños mundos, y que, por eso, vale la pena. Más que nada en este mundo.

 

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NUESTRAS TENTACIONES, ESTA CUARESMA

¿Cuáles son las tentaciones propias de la Cuaresma que acabamos de iniciar?

 

 

 

Todos los años, en el primer domingo de Cuaresma leemos el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este pasado domingo leímos la versión que nos da Marcos, mucho más sucinta que las más elaboradas de Mateo y Lucas: «Inmediatamente el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Estuvo en el desierto cuarenta días, tentado por Satanás; estaba entre las fieras y los ángeles lo servían» (Mc 1, 12-13).  Se trata, sin duda, de un relato simbólico que nos anticipa toda la vida de Jesús. Lo podríamos comparar a un tráiler cinematográfico, cuando en uno o dos minutos se nos ofrece una visión general de la película entera que pronto se estrenará: en un instante vemos el rostro de los principales personajes y captamos el “sabor” de la historia que luego se nos explicará en detalle. En el “tráiler” del evangelio que nos da Marcos descubrimos que toda la vida de Jesús (los cuarenta días) vivió impulsado por la fuerza del Espíritu que había descendido sobre él el día de su bautismo; que toda su vida fue una travesía por el desierto (el desierto de tanta incomprensión que tuvo que padecer); que estuvo tentado constantemente (¿cuántas veces se planteó Jesús tirar la toalla y abandonar su misión?); y que vivió siempre rodeado por fieras (sus múltiples adversarios, desde los fariseos a los sumos sacerdotes de Jerusalén) y servido por ángeles (aquellos que le ayudaron en su misión, desde sus discípulos, que le ofrecieron su seguimiento hasta los amigos que lo acogieron en sus casas, como Marta, María y Lázaro). 
 
Lo particular de este relato es que Marcos no especifica cuáles fueron las tentaciones. A diferencia de lo que harán Mateo y Lucas, que nos hablarán de convertir piedras en pan, del poder y la gloria, o de poner a prueba a Dios con el gesto de Jesús de tirarse desde el alero del templo, aquí simplemente se nos dice que Jesús “fue tentado”. Y eso nos ayuda a comprender que las tentaciones son muchas y muy variadas, que cada cual tiene las suyas, y que siempre haríamos bien de preguntarnos cuáles son las nuestras.
 
En este sentido, tal vez haya para muchos de nosotros unas tentaciones específicas de esta Cuaresma del año 2021.
 
Hace ahora justamente un año del inicio de la pandemia de la Covid-19, en la que doce meses más tarde todavía estamos inmersos. ¿Acaso no creará, este contexto, las condiciones para unas tentaciones particulares? Nos parece que sí, y que vale la pena examinarlas.
 
En primer lugar, la tentación de rendirnos. Cansados, fatigados por las malas noticias, por tanto dolor vivido y compartido, por tanta ansiedad e incertidumbre, quizá la primera tentación a la que debemos enfrentarnos, hoy más que nunca, es a la del desánimo, la que nos invita a dejar de luchar por el futuro de nuestras familias y dejar de suspirar por un mañana que nos resulte atractivo e ilusionante.
 
La segunda puede ser la tentación de pensar, ante tanto dolor, que los demás existen solamente para servirnos porque, de algún modo, mi sufrimiento es más serio, más grave o profundo que el tuyo. Y, entonces, olvidar que estamos llamados, todos y en cualquier circunstancia, con pandemia y sin pandemia, a ser estos ángeles de los que nos hablaba el evangelio, dispuestos a servir a los demás. Es la tentación de olvidarnos del servicio. De renunciar a ser ángeles.
 
Y, relacionada con esta, estaría entonces la tentación de convertirnos en fieras. Apremiados por el contexto difícil y complicado de la pandemia, podríamos sentirnos justificados para perder la decencia, el respeto, la bondad, y comportarnos de modos que, antes de la pandemia, nos parecerían inaceptables. Como si, en estos tiempos inciertos, todo valiera. De hecho, en muchos lugares ya se está experimentando desde hace meses un augmento de la delincuencia. Es un efecto de la crisis que estamos viviendo, provocado por aquellos que, en medio de tanta necesidad, asumen que es lógico abandonar el respeto hacia el otro, los mínimos de convivencia que antes respetaban, y lanzarse a vivir según la ley de la jungla.
 
La última tentación propia del tiempo presente que mencionaremos (habría más, sin duda) es de que convirtamos el distanciamiento social en distancia emocional y afectiva, y el encierro domiciliario en un encierro mental. Es obvio que debemos seguir practicando los protocolos de bioseguridad y seguirnos cuidando… pero vigilando que este distanciamiento social no nos lleve a distanciarnos emocionalmente de los demás, y que el obligado encierro no nos conduzca a enclaustrarnos en nuestro pequeño mundo de preocupaciones, olvidándonos de que, más allá de nuestros hogares, hay un mundo de gente necesitada.
 
Asumir que estas pueden ser algunas de las tentaciones que nos asechen durante esta Cuaresma que ya hemos iniciado puede ser el mejor modo de vencerlas.

 

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“LA TRISTEZA DEL ZELOTA”

Una nueva novela de Martí Colom

 

Recientemente la Editorial San Pablo de Madrid ha publicado una novela de Martí Colom, miembro de nuestra comunidad. Se titula “La tristeza del zelota”, y se trata de una ficción ambientada en el siglo I. La trama gira alrededor de la carta de Pablo de Tarso a Filemón: como es bien sabido, en esta carta, la más breve de las epístolas paulinas, el apóstol de los gentiles intercede ante Filemón por Onésimo, un esclavo huido a quien Pablo ha conocido en la cárcel. De lo que no tenemos ninguna constancia histórica es de lo que sucedió con la epístola una vez Pablo la dictó y algún escriba la consignó en el papiro. ¿Llegó a manos de Filemón? Si fue así, ¿obedeció éste la recomendación de Pablo, y perdonó a Onésimo? ¿O tal vez ignoró la carta y castigó a Onésimo, como mandaba la ley? ¿Qué papel jugaron en la historia los otros destinatarios de la carta, Apia y Arquipo?
 
Partiendo de estos interrogantes, Martí Colom construye un relato ágil y absorbente en el que plantea cómo, desde el mismo inicio de la iglesia, el evangelio ha sido para algunas personas liberador y fuente de vida, mientras que para otras se convertía en un pretexto para la intransigencia y el fanatismo. Así lo expresa en un momento de la novela Pablo de Tarso: «—Hay personas capaces de convertir las ideas más hermosas en una roca pesada, las verdades más aladas en un fardo insoportable. En sus manos, como si fueran alfareros torpes y ciegos, el barro más suave y puro, destinado a dar la más bella de las jarras, se deforma y acaba produciendo una piltrafa inservible».

https://libreria.sanpablo.es/libro/la-tristeza-del-zelota_206834

 

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SETENTA VECES SIETE: DEL ACTO A LA ACTITUD

Este pasado domingo leímos en las eucaristías el pasaje del evangelio de Mateo en el que Pedro pregunta a Jesús si hay que perdonar siete veces a quien nos ha ofendido (Mt 18, 21-35). Hay estudios sobre la Palestina del siglo I que nos explican que, en aquella época, algunos maestros de la fe judía sugerían que un buen israelita debía perdonar tres veces a quien lo hubiese injuriado. Pedro intuyó que, a Jesús, siempre interesado en la misericordia y la reconciliación, eso de las tres veces le parecería muy poco, insuficiente. De modo que se adelanta, toma la palabra, y sugiere algo que, a su modo de ver, le valdrá el elogio del Señor: doblar las tres veces recomendadas y, por si acaso, añadir una más: siete. A buen seguro que Jesús le responderá: «¡Muy bien, Pedro querido! ¡Claro que sí, siete veces! ¡Tú sí me entiendes!»
 
Todos conocemos la réplica de Jesús, que sin duda dejó patidifuso al bueno de Pedro: «No te digo siete, sino setenta veces siete».
 
¿Cuál es la diferencia entre la mentalidad expresada por Pedro y la de Jesús? Para el primero, el perdón era un acto puntual. Un acto que podía repetirse, pero que, por mucho que se llevase a cabo varias veces, todavía se podía contar (este es el sentido de las siete veces de Pedro). La respuesta de Jesús indica que el perdón debería ser, en nosotros, no un acto, sino una actitud: las setenta veces siete (es decir, siempre). O sea, nuestra forma normal de reaccionar ante la ofensa recibida.
 
Esta diferencia no es menor, porque un acto puntual no nos define. Yo puedo mentir una vez, y eso no me convertirá en un mentiroso. O puedo haber tenido una buena idea un día, y ello no me convertirá en un genio. Una actitud, en cambio, sí define qué clase de persona somos. Alguien que se levanta todos los días con una nueva idea original en la cabeza es un genio, y alguien que miente cada dos por tres es un mentiroso. Lo que Jesús nos propone, en definitiva, es que la capacidad para perdonar a los demás sea aquello que nos defina. Que el perdón sea, por decirlo así, nuestro documento de identidad, la expresión más genuina de nuestro carácter.
 
A nivel espiritual hay, por supuesto, una razón de peso para intentar que, en nosotros, perdonar no sea un acto (puntual) sino una actitud: y es que, quien no sepa hacer un hábito del perdón, no entenderá a Dios. A quien viva instalado en el resentimiento, en el agravio, en el rencor, el Padre Misericordioso de Jesús le parecerá un sinsentido, un Dios in-creíble (en el que, literalmente, no se puede creer), un ser ridículo y debilucho. Inversamente, aprender a perdonar es, con toda certeza, lo que más puede acercarnos a una mejor comprensión del Padre bondadoso que Jesús nos anunció.

 

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