Martí Colom

NATANAEL Y EL RETO DE DESENMASCARAR PREJUICIOS

Nazaret, hoy en día
El lunes de esta semana, 24 de agosto, en la Iglesia celebramos la fiesta de San Bartolomé, apóstol, también llamado Natanael. El evangelio que leíamos ese día, que narra el modo en que Natanael conoció a Jesús (Jn 1, 43-51), nos deja alguna lección interesante.
 
Felipe, que ya ha tratado con Jesús y ha quedado fascinado por lo que ha visto en él, se acerca a Natanael y le asegura que ha encontrado al Mesías. «Es Jesús, hijo de José, de Nazaret», afirma. La reacción de Natanael rebosa desconfianza: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?»
 
Dicen los historiadores que en el siglo I Nazaret era una aldea de pastores y campesinos que tal vez no superaba los doscientos habitantes, un anodino villorrio galileo donde, además, nunca había pasado nada relevante: no es mencionado ni una sola vez en todo el Antiguo Testamento. Natanael, muy consciente de la insignificancia de Nazaret, reacciona ante el anuncio de Felipe mostrando su prejuicio en toda su desnudez: es imposible que el Mesías venga de semejante lugar, vine a decir.
 
Felipe no se da por vencido, e invita a su amigo: «Ven a verlo». Y entonces ocurre lo que queríamos subrayar: Natanael, a pesar de su prejuicio, se levanta y va con Felipe a conocer a Jesús. Tal vez camina lleno de escepticismo, tal vez va pensando que está perdiendo el tiempo, sí… pero va. En él, la fuerza del prejuicio no ha sido lo bastante dominante como para disuadirlo de ir a ver, por sí mismo, lo que Felipe le comunica. Natanael, que demuestra tener prejuicios, también demuestra que es capaz de cuestionarlos. Del hecho que vaya con Felipe a conocer a aquel nazareno se desprende que está dispuesto a dejarse sorprender por la realidad. Para él, el prejuicio no es una verdad absoluta.
 
Seguramente es casi imposible deshacernos por completo de nuestros prejuicios. Y es casi imposible, en primer lugar, porque los prejuicios suelen ser inconscientes. Los absorbemos desde niños, los respiramos en casa, en la escuela, en el barrio. Lo explica muy bien Mario Levrero en un momento de su obra póstuma, la original y sugerente Novela luminosa: «Es difícil descubrir los propios prejuicios», escribe el novelista uruguayo: «Se instalan en la mente como absurdos dictadores, y uno los acepta como verdades reveladas. Muy de tanto en tanto y por algún accidente o azar uno se siente obligado a revisar un prejuicio, discutirlo consigo mismo. En esos casos es posible desarraigarlo. Pero quedan en pie todos los demás, disimulados, llevándonos desatinadamente por caminos erróneos»[1]. Todo esto no significa, por supuesto, que no debamos luchar para extirpar los prejuicios de nuestras mentes y corazones. Simplemente significa que se trata de una empresa peliaguda. Natanael, en este pasaje evangélico del primer capítulo de Juan, nos muestra un modo de llevarla a cabo, cuando se atrevió a ir a verificar sobre el terreno si su prejuicio era cierto. Mientras avanzaba hacia Jesús seguía pensando, sin duda, aquello de que «de Nazaret no puede salir nada bueno». Y, no obstante, fue a comprobarlo. Y, yendo, estaba admitiendo la posibilidad de que su opinión sobre aquella aldea fuera uno de estos absurdos dictadores descritos por Levrero, empeñados en construir para nosotros una realidad plagada de mentiras.
 
Es lo único que hace falta: tener la valentía de levantarnos, salir del pequeño mundo donde reinan nuestros prejuicios y atrevernos a confrontarlos con la realidad. Si lo hiciéramos más a menudo desenmascararíamos, seguramente, un buen número de cegueras que, sin saberlo, llevamos con nosotros a todas partes.

[1] Mario Levrero, La novela luminosa (Bogotá, Penguin Random House, 2016), p. 74

 

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LA AUSTERIDAD COMPARTIDA DE IGNACIO ELLACURÍA: ADVERTENCIA Y BUENA NOTICIA

 

Ignacio Ellacuría, asesinado en El Salvador en 1989
En estos días, en medio de la avalancha de informaciones sobre el desarrollo de la pandemia de la Covid19, varios medios, tanto seculares como eclesiales, se han hecho eco de otra noticia de actualidad: el inicio, en España, del juicio al excoronel del ejército salvadoreño Inocente Orlando Montano, acusado del asesinato de los jesuitas de la Universidad Centroamericana en El Salvador (la UCA). Como es bien sabido, el 16 de noviembre de 1989, durante la guerra civil que entonces padecía aquel país, un pelotón de las fuerzas armadas gubernamentales entró en la residencia de la universidad y asesinó a sangre fría a los padres jesuitas Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López, junto con Elba Julia Ramos, la persona que estaba al servicio de la residencia, y su hija Celina, de 15 años. Los jesuitas se habían destacado por sus posiciones intelectuales cercanas a la teología de la liberación, lo que a ojos de los sectores más conservadores del país los hacía sospechosos de ser simpatizantes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), la guerrilla de izquierdas que combatía al gobierno. El objetivo principal de los asesinos fue Ellacuría, que entonces era rector de la UCA. El coronel René Emilio Ponce, comandante del batallón que perpetró el crimen, había declarado, tajante y siniestro: “Ellacuría debe ser eliminado, y no quiero testigos”.
 
Este juicio nos brinda la oportunidad de recordar una de las frases más conocidas de Ellacuría, que tal vez se repita tanto porque, con el paso de los años, ha ido cobrando vigencia. Hablamos de su dictamen según el cual, en vistas de las desigualdades que existen en el mundo, el único camino que le queda a la humanidad es lo que él llamó el camino de la austeridad compartida.
 
Treinta años después del asesinato de Ellacuría y sus compañeros, las desigualdades entre ricos y pobres en el mundo no han hecho sino crecer [1], y la crisis ambiental se ha convertido en la principal amenaza para el futuro de la humanidad. Hoy sería sencillamente inviable que todos viviéramos con el mismo tren de vida con el que los más pudientes desarrollan su existencia: los recursos disponibles en nuestro maltrecho planeta no lo permitirían. Es decir, que la miseria que padecen los desheredados del mundo es la factura exacta que paga la humanidad por el lujo del que otros disfrutan, o disfrutamos. Si cada ser humano (nos acercamos a los 8.000 millones) quisiera disponer del mismo espacio habitacional y de los mismos recursos energéticos de los que goza un ciudadano norteamericano medio, por ejemplo, necesitaríamos cinco planetas Tierra. ¿Problema? Que solo tenemos uno. Si todos queremos sobrevivir, solo nos queda un camino: la civilización de la pobreza, o de la austeridad compartida, propuesta por Ellacuría.
 
Nada de esto es nuevo. Aquí solo quisiéramos apuntar algo, muy simple, sobre la dimensión espiritual del asunto, y es lo siguiente: que la aceptación de una mayor sobriedad por parte de quienes hoy viven y vivimos consumiendo más recursos de los que nos corresponden no sería solo una buena noticia para quienes, así, podrían salir de la miseria. También sería una gran noticia para nosotros, los que hoy deberíamos aprender a vivir con menos. Porque el aprendizaje de la sobriedad es, tal vez, lo único que podrá liberarnos de la esclavitud a la que nos somete la civilización del gasto enloquecido.
 
¿Esclavitud? ¿No será una palabra demasiado fuerte? En absoluto.
 
Es esclavitud vivir pendiente a todas horas del último modelo de teléfono inteligente que ha aparecido en el mercado. Es esclavitud que uno se obligue a vestir exclusivamente con ropa de ciertas marcas populares (y costosas). Es esclavitud la urgencia por disfrutar de la última tecnología que las tiendas han colgado en sus escaparates. Es esclavitud tener que cambiar de vehículo cada pocos años, cuando el que tenía aún me llevaba adonde quería ir sin mayores problemas. Es esclavitud vivir mirando de reojo al vecino, con temor a que su éxito económico empequeñezca el mío. Es esclavitud la obsesión por medrar. Es esclavitud la pesadilla de haber convertido la vida en una competición permanente. Es esclavitud haber hecho del dinero nuestro Dios.
 
Más de uno leerá el párrafo precedente y dirá, con cierta suficiencia y una sonrisa desdeñosa en los labios: «Uf, vaya retrato más tópico, gastado y simplista del “consumista”; en realidad nadie vive así». Cierto, tal vez nadie sea así todos los días. Tal vez nadie seamos la imagen exacta de esta caricatura algo tosca del “homo consumericus” o del “homo despilfarrassensis” (si se nos permite la broma lingüística). Sin embargo, muchos tenemos algún rasgo suyo, o varios… y eso basta para que debamos plantearnos qué hacemos con la advertencia de Ellacuría. ¿La ignoramos, en un acto de irresponsabilidad insolidario que, además de perjudicar a los más pobres, nos esclavizará? ¿O empezamos a pensar que eso de la austeridad compartida es algo muy serio que sí, también va con nosotros?

 

[1] Nos lo recordó Noah Yuval Harari en su ya famoso 21 lecciones para el siglo XXI (de 2018), cuando nos advertía de que nos acercamos a la sociedad más desigual que jamás haya existido.

 

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“ESPERANZA”

 
La Editorial San Pablo de Madrid ha publicado recientemente el ensayo “Esperanza”, de Martí Colom, miembro de nuestra Comunidad de San Pablo y colaborador habitual de este blog. El libro aparece en la colección “Adentro”, y es una meditación sobre las raíces y naturaleza de la esperanza, sobre lo que ella puede aportar a nuestro caminar personal y colectivo, y sobre el papel que ha jugado en la historia. El texto también se plantea cuál es la esperanza propia de los cristianos, y en concreto qué esperanza movía a Jesús: qué esperanza palpita en los evangelios. Finalmente, el autor expone la íntima relación entre la esperanza y la solidaridad, concluyendo que allí donde no hay la primera es muy difícil que crezca la segunda: la esperanza es el mejor fermento posible de la solidaridad, de esta solidaridad que hoy el mundo necesita con absoluta urgencia para salir adelante y superar las diferencias abismales entre ricos y pobres que lo hieren.
 
¡Enhorabuena, Martí, por la publicación de este libro!

https://www.youtube.com/watch?v=eY8xiamoQ6Q&feature=share&fbclid=IwAR1Y5BqEO0rRRUoBGhFCd969OEAz8aET3a-H7Hd__G9mPJ4VuVfiNdfw5cY

 

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EL ESPÍRITU SANTO, EL GRAN TRADUCTOR

 
Este pasado domingo hemos celebrado la gran fiesta de Pentecostés. En el pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles que nos narra la bajada del Espíritu Santo sobre la comunidad reunida (Hch 2,1-11) queda claro, por supuesto, que el espíritu viene a transformar la realidad, y que, si antes de que se derrame sobre los discípulos estos son un grupo atemorizado y encerrado, después de recibirlo son una comunidad valiente que se proyecta hacia fuera de sí misma.
 
Si, más allá de esta constatación fundamental, nos fijamos en lo que produce su predicación, vemos que el fruto de que el Espíritu se haya derramado sobre la comunidad es que el evangelio («las maravillas de Dios») son proclamadas de un modo que todo el mundo puede entenderlas.
 
La tarea de la iglesia, desde el día de Pentecostés en adelante, es la de traducir el mensaje cristiano de modo que gente de toda época y cultura lo entienda: de la misma manera que el pasaje de Hechos nos deja muy claro que personas de orígenes muy diversos («partos, medos, elamitas, de Mesopotamia, de Judea, de Capadocia»…) oyeron la predicación «cada uno en su propia lengua», también hoy nuestro esfuerzo tiene que ser el esfuerzo de hacer comprensible el evangelio cristiano para todos.
 
No estaremos llevando a cabo nuestra misión si hablamos un idioma opaco y alejado del lenguaje de la calle, por muy erudito que sea y por muy bien elaborados que estén —según nosotros— nuestros argumentos. En este caso, habremos perdido de vista que la misión era, y siempre será, traducir: traducir el sentido de la vida y las palabras de Jesús para cada nueva generación, para cada nueva cultura, para cada persona.

Hoy, en medio de una sociedad que cambia con rapidez, donde categorías culturales que usábamos anteayer ya no se entienden, tal vez sea más urgente que nunca saber traducir nuestro mensaje; desde la certeza de que el idioma, los términos y las imágenes que a nosotros nos sirvieron para acercarnos a Jesús tal vez ya no funcionen para quienes hoy se preguntan por él. 
 
Pidámosle al Espíritu Santo, este Gran Traductor, que nos inspire modos nuevos, absolutamente necesarios, de expresar nuestras convicciones más profundas.

 

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LA DESCONFIANZA DESORIENTADA DE TOMÁS


 
En este segundo domingo de Pascua leemos la conocida historia de Tomás, el discípulo que no estaba presente en la aparición de Jesús y luego puso en duda el testimonio que le dieron los demás (Jn 20,19-31).
 
Seguramente, el principal problema de Tomás es el individualismo. En un momento de dificultad y de persecución, de angustia, cuando todos los amigos de Jesús están juntos, encerrados por miedo (imposible no pensar en nuestra situación actual de confinamiento), Tomás no está con ellos. Va a la suya. No sabemos en qué andaba: no importa. El hecho es que no acompañaba a los demás, ni buscando el apoyo del grupo ni confortando a los más temerosos. Y, cuando regresa, pone en duda el testimonio de la comunidad.
 
La verdad es que, de entrada, no hay nada de malo en que Tomás quiera cerciorarse de que no lo están engañando. Si somos sinceros, tal vez en vez de juzgarlo con dureza precipitada por desconfiado y por incrédulo, muchos empatizaremos con él: también nosotros queremos asegurarnos de que nos tomen el pelo. Y es que nos han engañado tantas veces, nos han dado tantas falsas esperanzas, nos quieren vender paraísos a bajo coste tan a menudo… que, en realidad, no parece fuera de lugar que, como Tomás, seamos precavidos ante las buenas noticias que nos dan.
 
Hasta cierto punto (y sea dicho con todos los respetos por el mundo de la publicidad), debemos reconocer que el consumismo desbocado de nuestro tiempo está fundamentado en algo así como un engaño permanente: nos quieren engatusar a diario con mil ofertas que, luego nos dejan decepcionados. Aquella lavadora no era tan potente como se nos dijo, ese jabón maravilloso no quita las manchas con tanta facilidad como se nos prometió, este plan de internet para la casa no funciona ni de lejos como nos aseguraron, este pantalón o estos zapatos no son tan resistentes como nos informaron en la tienda… en este sentido, que Tomás dude de lo que le dicen no es un disparate.
 
¿Cuál es su error? Que pone en duda la palabra de aquellos en quienes debería haber confiado. Llevado por su desconfianza, tal vez razonable, y fundamentada en experiencias pasadas, Tomás termina por desconfiar de todo el mundo, incluyendo aquellos que no lo estaban engañando. Tomás encarna una desconfianza desorientada.
 
Su historia, por lo tanto, nos invita a hacer un ejercicio de discernimiento, y a preguntarnos: ¿De quién debo fiarme? ¿De quién no? ¿Como descubrirlo? La vida nos demuestra demasiado bien que no podemos ir por ahí fiándonos indiscriminadamente de todo el mundo. Si lo hiciéramos seríamos unos ingenuos, y víctimas de mil y un timos. Pero si, por otro lado, terminamos sin fiarnos de nadie … ¡ay!, pobres de nosotros, también. Porque crecer, como personas y como cristianos, es aprender del testimonio de los demás, dejarnos iluminar por experiencias ajenas, que terminamos haciendo nuestras. De hecho, por mucho que nos guste dar un cierto aire de escepticismo a nuestra mirada, a lo largo del día nos fiamos mil veces (sin siquiera planteárnoslo) de lo que otros nos dicen: me fío de que el conductor del autobús en el que me subí se detendrá en mi parada, de que mi profesor no está inventando lo que enseña en clase, de que el hombre del tiempo que aparece en las noticias ha estudiado meteorología y sabe de lo que habla, de que mi esposo en verdad va a esa reunión de trabajo, o mi hijo a hacer tareas en casa de aquel amigo de su clase…
 
Pues bien, para nosotros, gente de fe, hay un sujeto, uno en especial, de cuyo testimonio no deberíamos dudar nunca (y es precisamente aquel del que dudó Tomás, y ese fue su error): la comunidad de los creyentes, reunida y llena del Espíritu Santo. La Iglesia. Ojo: no decimos los curas, los obispos, ni siquiera el papa, en tanto que individuos: sino la comunidad de fe, reunida, experimentando junta la presencia del Resucitado, compartiendo la esperanza, dialogando sobre lo vivido… esta comunidad, llena del Espíritu que Jesús le ha dado, no nos miente. Su testimonio es fidedigno. En este tiempo pascual se nos invita a que todos seamos parte de dicha comunidad, que con su vida y reflexión da un testimonio cierto, humilde pero firme, de la bondad en Dios.

 

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LOS ROSTROS DE JESÚS Y LA PANDEMIA

Hoy, quinto domingo de Cuaresma, leeremos el conocido relato de la resurrección de Lázaro. Es un pasaje en el que ocurre algo curioso: en él aparecen dos rostros, dos dimensiones, de Jesús. Me parece que ambos nos pueden ayudar a vivir con fe y esperanza la situación presente de pandemia.
 
Por un lado, vemos al Jesús que confía plenamente en su Padre, que no se inmuta, que no se derrumba ante la adversidad, ante la pérdida del amigo querido: es el Jesús que dice a sus discípulos: «Esta enfermedad servirá para la Gloria de Dios», y el que más tarde dice a Marta: «Si crees, verás la Gloria de Dios». Este Jesús nos asegura que las situaciones de máximo dolor, de muerte, pueden ser también ocasiones para que en ellas se manifieste la ternura de Dios.
 
Por otro lado, vemos a Jesús conmovido, llorando por la muerte del amigo, una imagen a la que no estamos nada acostumbrados. Una imagen más impactante aún, si cabe, por hallarse en el evangelio de Juan, el que suele presentarnos un Jesús más impasible, más en control de todo, más divino (y, a veces, menos humano) que el que nos retratan los evangelios sinópticos.
 
El primer rostro de Jesús es hoy muy necesario, tal vez más necesario que nunca: nos asegura que toda situación dolorosa, también la actual pandemia, es ocasión para que se manifieste la ternura de Dios. Es una dimensión de Jesús que nos invita a preguntarnos: ¿y cómo puedo yo ayudar a que esta crisis global que estamos viviendo sea también ocasión para que se manifieste la ternura de Dios? Lo sabemos: practicando un “extra” de solidaridad, mostrando nuestra cercanía a los que peor lo están pasando, con llamadas, con mensajes, orando por ellos y por los que los cuidan, colaborando desde casa en todo lo que se pueda (tejiendo mascarillas, donando para que no falte material sanitario, ni alimento, a los sectores y países más vulnerables).
 
¿Y el segundo “rostro” de Jesús? Este Jesús que llora, humanísimo, por la muerte del amigo, es una imagen que hoy nos puede resultar -paradójicamente- consoladora: nos muestra que tenemos un Dios que comparte con nosotros el dolor, que no nos da la espalda, que entiende lo que es llorar por la pérdida de un ser querido, que ha experimentado exactamente lo mismo que hoy están experimentando miles de personas en todo el mundo. Es, por supuesto, una invitación a unirnos -ni que sea en la oración- con todos aquellos que sufren, como Marta y María, la pérdida de personas amadas.
 
Esta también es, por supuesto, la historia de una muerte y una resurrección. Me parece que ahí hay otro mensaje para nosotros, en la situación actual. Más allá de la muerte física de personas por causa del Covid19, que es, claro está, el mayor drama de esta crisis, en estas semanas muchas personas están experimentando otro tipo de “muertes”: han muerto nuestras rutinas, nuestras costumbres, nuestros hábitos, nuestros ritmos normales. Todo ha sido radicalmente cambiado por la pandemia. ¿Cómo queremos resucitar? Incluso ahora, cuando en muchos países todavía no se vislumbra el fin de la crisis, cuando en muchos otros está apenas empezando, es bueno que ya comencemos a pensar en cómo queremos salir de ella. ¿Cómo queremos “salir del sepulcro” en el que ahora, por decirlo así, estamos enterrados? Qué cosas queremos que se queden allí, y cómo queremos -sí- que la pandemia nos haga mejores.
 
¿Tal vez deberíamos pensar en “resucitar”, al final de esta crisis, más pendientes de las personas y menos de las cosas? ¿O más centrados en Dios y en los demás, menos en nosotros mismos? ¿O más preocupados por lo esencial de la vida (la amistad, la salud, el cariño), y menos preocupados por infinidad de asuntos que ahora, de pronto, hemos visto que no eran tan fundamentales ni importantes cómo creíamos hace apenas unas semanas?

 

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EL CORONAVIRUS, DESDE LA FE

La pandemia del Covid-19 ya es el principal motivo de preocupación del mundo entero. En el momento de escribir estas líneas se ha extendido ya por 162 países, en muchos de los cuales la cadena de contagios apenas está empezando. Es difícil aventurar, por lo tanto, cuándo remitirá y perderá fuerza, pero todo parece indicar que va a ser un proceso largo, de meses. Hoy no podemos calibrar, todavía, la dimensión de las secuelas que dejará, que serán de orden económico, social y político, aparte, por supuesto, de las secuelas emocionales que imprimirá en todos nosotros y en especial en aquellos que ya han perdido o perderán personas queridas.
 
Lo que sí es importante empezar a hacer, incluso ahora, cuando todavía hay tantos interrogantes en el aire, es tratar de leer esta situación desde la fe, en clave cristiana. La fe debería iluminar todo tipo de circunstancia, las más alegres y las más tristes, las de siempre y las inesperadas, las que nos confortan y las que nos angustian.
 
Y, en clave de fe, podemos, seguramente, apuntar por lo menos a dos lecturas de la crisis actual (habría, sin duda, muchas más, que ya habrá tiempo de ir desmenuzando).
 
Primera: la pandemia nos recuerda, con toda crudeza, que la condición humana es frágil, esté donde esté, hable el idioma que hable y tenga el color de piel que tenga. Eso no es banal. En una época marcada por la polarización entre extremos ideológicos, por el resurgir de un cierto espíritu tribal en el mundo, por propuestas políticas que nos invitan a levantar muros y resucitar el fantasma de la xenofobia, la pandemia actual nos llama a vernos, a todos, como la gran familia que somos: unidos, podríamos decir, en la fragilidad. El coronavirus no ve razas, ni estratos sociales, ni posiciones ideológicas: solo ve personas. Tal vez una consecuencia positiva de todo lo que estamos viviendo podría ser que aprendiéramos a relativizar nuestras pequeñas guerras ideológicas para recuperar un sentido más realista de quien somos, como gran colectivo humano, como la gran familia de las hijas e hijos de Dios.
 
Este pasado fin de semana, celebrando el tercer domingo de Cuaresma, leíamos la historia del encuentro entre Jesús y la mujer samaritana. Es el relato del encuentro entre dos necesitados, pues ambos tienen sed: Jesús, sed de agua; ella, de agua y de un sentido para su vida; y al compartir sin reparos su condición frágil, necesitada, Jesús y la samaritana son capaces de pasar por encima de las divisiones que la cultura y los conflictos políticos y religiosos de su tiempo habían creado para ellos, y terminan ignorándolas. No importa que él sea un judío y ella una samaritana. Lo esencial es que son dos personas necesitadas que pueden hacerse un bien mutuo. En este sentido, una pandemia que no respeta fronteras ni sabe de banderas puede servirnos a todos de sana advertencia: lo que tenemos es hermoso y muy frágil. No lo malogremos inventándonos divisiones artificiales entre nosotros.
 
La segunda lectura es que el coronavirus nos empuja a ser solidarios con los más vulnerables, los ancianos y los enfermos, al estilo de Jesús. Hay, indudablemente, una suerte de dimensión moral en esta pandemia: si soy un joven sano de veinte años, el Covid-19 no me amenaza mucho más que una gripe ordinaria. ¿Significa eso que puedo prescindir de toda prudencia y seguir con mi vida normal? No: porque si me contagio, yo podré a continuación contagiar a alguien (un adulto mayor o un enfermo), para quien el contagio sí será letal.
 
Con la respuesta decidida que la gran mayoría de países están dando, afortunadamente, a la crisis presente, estamos diciendo algo importantísimo: que no aceptamos la famosa cultura del descarte que tanto ha denunciado el papa Francisco. El hecho que las más afectadas sean personas “no productivas”, ancianos y enfermos, no ha llevado a nadie a minimizar el problema. He ahí un motivo para el orgullo y la esperanza: tal vez la fibra moral de la humanidad no estaba tan minada como podíamos haber pensado. Nos preocupan nuestros ancianos y nuestros enfermos, y por esto estamos, todos, tomando medidas inéditas en medio de esta situación sin precedentes.
 
Tal vez saldremos de esta tormenta un poco mejores: un poco más fraternos y un poco más solidarios. Desde la fe, eso sería, sin duda, una buena noticia.

 

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ADVIENTO: EL DESIERTO Y LA CIUDAD

 

Estamos empezando el tiempo de Adviento, esas semanas de preparación para la Navidad que, todos los años, constituyen una invitación a que allanemos el camino al Señor. Es decir, a que nos preguntemos qué hacemos y qué actitudes adoptamos para facilitar que el evangelio de Jesús sea una realidad viva y central en nuestras vidas. Tal fue el mensaje de Juan el Bautista, uno de los dos personajes principales (junto con María) del Adviento: la voz que, en el desierto, dijo a los que iban a escucharle (citando a Isaías): «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale» (Lucas 3, 4-5).
 
Hay algo singular en el hecho de que Juan predicase en el desierto. Si tenía un mensaje importante a comunicar, si lo que buscaba era que el mayor número posible de gente lo oyera, ¿por qué se fue al desierto? ¿No hubiese sido más lógico ir a la ciudad y plantarse en la explanada del templo de Jerusalén o en una de sus plazas más bulliciosas? Podríamos bromear e interrogarnos si acaso Juan no tuvo un buen asesor de imagen ni un buen director de campaña: quiso llegar a la gente… ¡y se fue al desierto, donde no había nadie!
 
Por supuesto que hay en todo eso algo más serio que la falta de una buena estrategia de publicidad: en el lenguaje densamente simbólico de los evangelistas, el desierto en el que Juan predica es más que un lugar geográfico. Es un símbolo, y un símbolo que hay que entender a partir de otro símbolo: la ciudad.
 
La ciudad representa la sociedad, con sus virtudes, pero también con sus flagrantes injusticias: la ciudad es, en efecto, (entonces, como hoy) el lugar donde las desigualdades sociales se hacen más patentes, donde los muy ricos viven a tocar de los muy pobres. En el campo, todo el mundo vive más o menos con lo mismo. Es en la ciudad donde algunos habitan en palacios y disfrutan de los lujos más sofisticados mientras que otros mendigan un mendrugo en la misma puerta de las mansiones de los ricos (recordemos a Lázaro, agonizando en el umbral de la casa de aquel potentado que cada día banqueteaba espléndidamente).
 
El desierto donde Juan predica simboliza, precisamente, el rechazo a la ciudad. Y, así, el lugar de la predicación se convierte en parte esencial del mensaje del Bautista: para convertirse, para preparar de verdad los caminos del Señor, lo primero que hay que hacer es abandonar la ciudad, alejarse de las dinámicas que hacen posible la desigualdad, distanciarse de la mentalidad que impera en ella. Yéndose al desierto, Juan escenifica el contenido de la conversión que propone.
 
Cuando llega el Adviento y contemplamos la figura de Juan el Bautista, a menudo pensamos que ir con él al desierto significa aminorar el ritmo de nuestra actividad, evitar distracciones y buscar momentos de silencio para meditar; y que, haciendo todo eso, prepararemos los caminos del Señor. Así es, sin duda. Pero no deberíamos ignorar el sentido complementario que también tiene el hecho de salir al desierto: es rechazar la injusticia, es alejarnos de toda mentalidad que la fomenta y es buscar, en la intemperie, un espacio que no esté intoxicado por los esquemas egoístas que crean desigualdad.
 
Instalados en medio de la ciudad y de sus comodidades será muy difícil que preparemos los caminos del Señor: no solo porque la ciudad está llena de distracciones. También, sobre todo, porque vivir acríticamente en medio de la ciudad, sin reparar en las injusticias que la sustentan, nos impedirá tener la sensibilidad que debería caracterizar a los que queremos seguir a Jesús.

 

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LA VIUDA TENAZ

 

Este domingo escucharemos la parábola de la viuda que no desfalleció hasta lograr que un juez indolente le hiciera justicia (Lc 18,1-8). En ella, Jesús alaba la fe de esta mujer tenaz que no se resigna a soportar la injusticia, que no se desanima, ni se detiene, ni cesa de clamar, hasta lograr lo que buscaba.
 
Ciertamente, la lucha por la justicia exige perseverancia. Siempre ha sido así: hicieron falta siglos para que se eliminaran los privilegios de la nobleza, para que se aboliera la esclavitud, está costando siglos conseguir que las mujeres gocen de la misma dignidad que los hombres, y mucho, muchísimo nos falta para conseguir que la riqueza del mundo empiece a repartirse mejor y disminuyan las abismales distancias que hoy existen entre ricos riquísimos y pobres pobrísimos.
 
Seguramente lo más importante de esta lectura está al principio y al final. Lucas comienza diciendo que Jesús contó la parábola “para enseñar a los discípulos que es necesario orar siempre, sin desfallecer”, y al terminar Jesús se pregunta si, a pesar de que Dios quiere que en el mundo se haga justicia, sin tardar, “va a encontrar en el mundo la fe de la viuda”.
 
Es decir, aquí lo que está en duda no es que Dios quiera que se haga justicia. Lo que está en duda es si nosotros somos como la viuda: si las injusticias nos duelen, si tenemos el tesón y la perseverancia que ella tuvo, para lograr que el mundo en el que vivimos sea un lugar más justo.
 
Y no es fácil. La injusticia parece tan arraigada, tan constitutiva del sistema político y económico en que vivimos, tan crónica, tan imposible de extirpar, que a veces levantar la voz en su contra se nos puede antojar como un esfuerzo inútil. En ciertas latitudes nadie ignora que el dinero criminal del narcotráfico quita y pone a presidentes, compra jueces y decide el destino de países enteros. La corrupción de la clase política ha devenido algo tan común que uno llega a pensar que si un político no tiene casos pendientes con la justicia solo es porque todavía no lo han descubierto. Y, mientras tanto, la distancia entre los que viven en un lujo inimaginable y los que padecen la pobreza más angustiosa aumenta, en vez de disminuir…
 
Ante este panorama, cuesta mucho ser como la viuda. Jesús, sin embargo, nos dice con su parábola que nada sería peor que acostumbrarnos a la injusticia, que la llegáramos a normalizar. Que fuéramos como el enfermo que se ha acostumbrado a su dolor y deja de ir al médico, porque se ha convencido de que padecer “es lo normal”. “Es normal que un hombre pegue a su mujer”; “es normal que los políticos roben”; “es normal que los trabajadores sean mal pagados”; “es normal que la sanidad sea un desastre”; “es normal que ningún rico vaya nunca a la cárcel”. Y nos quedamos con ese “es normal”, y nos encogemos de hombros, porque a lo normal no hay que quererlo cambiar.
 
Para combatir esta normalización de la injusticia, valdría la pena que de vez en cuando hiciéramos un ejercicio de imaginación, y nos preguntáramos: Cuando Dios sueña, ¿cómo ve las cosas? ¿Cómo sueña Dios el mundo?
 
Con toda certeza, Dios nos mira y anhela una humanidad sin violencia, sin abusos, con los recursos de la tierra distribuidos más equitativamente, sin privilegiados ni excluidos.
 
Lo que hoy tenemos no es normal. Entenderlo es el primer paso para que en nosotros despierte el espíritu valiente de la viuda tenaz.

 

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LÁZARO Y EL PESO DE LOS NOMBRES

 
 
Este fin de semana, en que celebramos el Vigesimosexto Domingo del Tiempo Ordinario, siguiendo el ciclo C de las lecturas, en la misa oiremos la conocida parábola del pobre Lázaro y del rico que lo ignoró (Lc 16,19-31), una narración hermosa e inquietante que, como otras parábolas memorables de Jesús (la del buen samaritano, la del hijo pródigo, la del administrador astuto, y otras) solo encontramos en el evangelio de Lucas.

Hay un detalle en el que vale la pena que nos detengamos: Jesús, al narrar la historia, da nombre al pobre (“un mendigo llamado Lázaro”), pero no al rico. La tradición ha querido corregir esta supuesta deficiencia del texto, llamando Epulón al potentado, pero se trata de una práctica tardía (parece que se origina con Pedro Crisólogo en el siglo V), ajena a la Escritura.
 
Varias cosas llaman aquí la atención: en primer lugar, no es nada común que el protagonista de una parábola tenga nombre. De hecho, Lázaro es ni más ni menos que el único personaje de una historia contada por Jesús que lo tiene. ¿Cómo se llamaban el padre del hijo pródigo y sus dos hijos, o la mujer que perdió la moneda, o el hombre que cayó en manos de unos bandidos camino a Jericó, o el samaritano que lo socorrió, o el sacerdote que pasó de largo, o…? No se nos dice, nunca se nos dice: al contar sus historias, Jesús presenta a sus protagonistas como prototipos representativos, ejemplos de actitudes y de formas de ser que no deberían convertirse en personajes demasiado concretos: sus héroes y villanos son “un hombre”, “una mujer”, “un padre”, “un hijo”, “un rico”, “el dueño de una viña”… de entre todos ellos, solo Lázaro tiene nombre.
 
En segundo lugar, sorprende el hecho de que, en la misma parábola, uno de los dos protagonistas tenga nombre y el otro no. Y, en todo caso, tal vez más de uno hubiese esperado que, si así iban a ser las cosas en esta ocasión, Jesús diese nombre al rico, a la persona importante, exitosa y conocida, y no al miserable mendigo. «A las puertas de la mansión del rico Epulón había un mendigo», hubiese podido empezar Jesús, y a todos nos hubiese parecido muy bien. Pero hace justo lo contrario: «Había un rico que banqueteaba a diario, y a las puertas de su casa solía pedir limosna un mendigo que se llamaba Lázaro».
 
Nada de eso es casual (como nada es casual en los evangelios), ni mucho menos una deficiencia del texto. Todo lo contrario: se trata, sin duda, de un recurso narrativo muy pensado, con su propio significado y función.
 
Dando nombre al pobre, Jesús realza su humanidad: y así, en vez de cosificarlo, en vez de convertirlo en una cosa (“un mendigo”), hace que los que escuchamos la historia lo veamos como a una persona, como a alguien que una vez tuvo una familia, unos padres que, cuando él nació, le dieron ese nombre. Lázaro tiene una historia, como todo el mundo.
 
Y, al dar nombre a Lázaro y así humanizarlo, Jesús está señalando que el problema del rico era precisamente este: que no sabía ver al mendigo que agonizaba a la puerta de su casa como al ser humano que era. Ciertamente, no lo veía como a su igual. Ni en vida (pues de haberlo hecho lo hubiese atendido, conmovido ante la abyecta pobreza del indigente), ni tampoco lo vio como a su igual después de muertos los dos, cuando lo trató, en todo caso, como a su inferior, alguien a quien no quiso dirigir la palabra ni una sola vez, y en quien descubrió, de hecho, a un esclavo: «Padre Abrahán», dirá el rico, «manda a Lázaro a que me traiga agua, envíalo a mi casa a advertir a mis hermanos»…
 
La parábola, así, revela en toda su crudeza una de las peores consecuencias a la que puede llevarnos la idolatría del dinero: a pensar que solo quien lo tiene (y lo tiene en abundancia) es persona; que quien no tiene nada, o tiene poco, queda privado, por sus carencias, de la humanidad.
 
Pero hay más: si el texto subraya la humanidad del pobre al darle un nombre, ¿qué consigue dejando sin nombre al rico? También ahí hay un mensaje. Un mensaje doble, de hecho. Por un lado, Jesús nos invita, como siempre que los personajes de sus parábolas son anónimos, a que nos identifiquemos con ellos y nos preguntemos, en este caso: ¿Seré yo el rico? ¿Seré yo de los que desprecian, ignoran y se olvidan de todo aquel que no tiene dinero?
 

Pero en esta ocasión, además, al dejar sin nombre al rico, en marcado contraste con el pobre Lázaro, Jesús nos quiere hacer ver que, mediante su desprecio del mendigo, ese rico se estaba negando la humanidad a sí mismo. Su falta de empatía y de solidaridad lo convertían en aquello que despreciaba. Porque ser humanos es ser misericordiosos y solidarios: «Fulano es muy humano», decimos, para indicar que alguien muestra mucha compasión con quienes sufren, y se solidariza con ellos. La honda indiferencia que mostraba el rico dañó a Lázaro, sin duda, a quien hubiese podido ayudar; pero también dañó profundamente al mismo rico: ignorando a Lázaro, el potentado se negó la oportunidad de ejercer de ser humano. Se deshumanizó.
 
La lección del juego narrativo de Jesús, en definitiva, nos invita a no negarle el nombre a nadie. Reconocer que todo el mundo tiene uno, y que nadie debería ser cosificado es el primer paso, básico y fundamental, para empezar a ver a todos los que se cruzan por nuestra vida (sea cual sea su condición) como a las persona que son. Es decir, para verlos tal y como Dios los ve. Y es el primer paso, también, para no perder nosotros la humanidad que nos dignifica y nos hace ser quien somos.
 

LÁZARO Y EL PESO DE LOS NOMBRES Leer más »

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