Martí Colom

EL DIOS QUE NOS PRUEBA O EL DIOS QUE NOS SOSTIENE

A veces el arte, por muy hermoso que sea, ha fomentado la idea del Dios severo, que nos prueba, olvidándose del Padre Misercordioso de Jesús

Entre muchos creyentes está viva, por lo menos en ciertos ambientes culturales y eclesiales, la idea de que las dificultades que nos salen al paso a lo largo de la vida son pruebas que Dios nos envía. Pruebas, grandes o pequeñas, con las que, supuestamente, el Señor quiere examinar la solidez de nuestra fe. De acuerdo con esa creencia, una enfermedad, un accidente, una relación afectiva truncada, la pérdida de un ser amado y cualquier otra desdicha que nos sobrevenga son exámenes a los que Dios nos somete para calibrar la fortaleza de nuestra fe. Si las tribulaciones nos roban la paz y nos hacen dudar de su amor por nosotros (“Señor, si me quieres, ¿por qué permites que me suceda esto? ¡Tal vez es que no me quieres!”), entonces es señal de que nuestra fe es débil y quebradiza. Si, por el contrario, los contratiempos, las amarguras e incluso las tragedias no logran hacer tambalear nuestra confianza en su amor, entonces podemos respirar tranquilos: aprobamos el examen.
 
Esta convicción, por muy arraigada que esté, no se sostiene teológicamente, no ayuda a que tengamos una vida espiritual saludable y es muy dudoso que jamás haya producido buenos frutos. De hecho, haríamos bien abandonándola.
 
¿Qué imagen de Dios presupone la idea de que los sinsabores de la vida son pruebas que Él nos envía para comprobar la salud de nuestra fe? Pensémoslo por un momento: en primer lugar, la de un Dios ignorante, que no nos conoce, que no sabe lo que hay en nuestros corazones, y tiene que probarnos para descubrirlo. En segundo lugar, la de un Dios inseguro y vanidoso, que necesita asegurarse constantemente de nuestra lealtad hacia Él. Y, en tercer lugar, la de un Dios cruel y retorcido, pues la forma que usa para confirmar una y otra vez que no le hemos dado la espalda es, paradójicamente, haciéndonos sufrir. Ante esta idea de Dios, tal vez lo más grave no sería que las desdichas nos hicieran perder la fe sino conservarla, pues, en caso de mantenerla, se trataría de una fe malsana y servil, fe en este Dios infantil, dubitativo, engreído y sin amor, más parecido a un tirano enloquecido (al Calígula de Camus, pongamos por caso) que al abbá que experimentó Jesús, representado por el padre del hijo pródigo, el buen pastor que salió en busca de la oveja perdida o el padre compasivo que «hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45).
 
El Dios que nos prueba, en resumen, contradice al Padre Misericordioso que anunció Jesús. Por eso, sea cual sea la respuesta que en cada momento de la vida vayamos dando al espinoso problema del mal y del sufrimiento en el mundo, lo seguro es que, con el evangelio en la mano, no podemos atribuírselos a Dios.
 
Hay una perspectiva que encaja mucho más con lo que nos narran los evangelios: la del Dios que nos sostiene y acompaña en medio de las tribulaciones y sufrimientos que la vida misma (esa vida frágil y accidentada, la única posible en este mundo) conlleva. En vez de suponer que Dios es el autor del sufrimiento, asumamos que la condición humana es frágil y está expuesta al dolor y a las decepciones, pero que, en medio de todas las tormentas, absolutamente de todas, Dios camina a nuestro lado, ofreciéndonos su apoyo y amor incondicional.
 
Es posible que, a más de uno, el Dios que surge de esta segunda perspectiva le parezca débil, menos majestuoso y omnipotente que el soberano absoluto que nos ponía a prueba enviándonos males. Y, sin embargo, si nos detenemos a meditar en ello, pronto nos daremos cuenta de que el Dios que escogió mostrar su grandeza mediante su ternura, su dulzura y su amor por nosotros, haciéndose solidario de nuestro dolor y acompañándonos en él hasta el final, es el que nos anunció Jesús de Nazaret. También es el único en el que vale la pena creer.

 

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EL DESCAMPADO FECUNDO

 

Para nadie es un secreto que en los últimos tiempos la polarización se ha ido erigiendo como un rasgo típico de nuestra sociedad, por lo menos en Occidente. Los extremos ideológicos y políticos han ido cobrando fuerza, tanto en Europa como en los EE.UU. y en diversos países latinoamericanos, en detrimento de posiciones más centristas (y, tal vez, más centradas). Seguramente nos encontramos ante un proceso que se alimenta a sí mismo: el surgimiento de movimientos de extrema derecha asusta a la izquierda, que reacciona movilizándose y radicalizándose, y lo mismo ocurre en el sentido inverso. Entramos, así, en una dinámica donde, por expresarlo de un modo conciso, tu radicalidad alimenta la mía. En los EE.UU. Trump alienta el surgimiento de una Alexandria Ocasio-Cortez, y a la vez el discurso de Ocasio-Cortez convence a los partidarios de Trump de que su líder es más necesario que nunca. O en términos españoles: el independentismo catalán da alas a la extrema derecha españolista de VOX, y a su vez la aparición y despegue de VOX ayuda, seguramente, a que crezca el número de independentistas en Catalunya. O en términos colombianos: la presencia de los antiguos guerrilleros de las FARC en el congreso de la República alienta el uribismo más intransigente, y la fuerza del uribismo sirve de argumento para que los miembros del partido FARC se reafirmen en sus posturas. La lista de ejemplos podría seguir. Tu radicalidad alimenta la mía.
 
Aquí no se trata de dirimir si las propuestas de un extremo son mejores que las de su contrario (cada uno de los casos mencionados es distinto, y cada uno tiene su propia complejidad, que no debería simplificarse). Lo que quisiéramos examinar es la polarización en sí, y los problemas que ella comporta. ¿Qué amenazas implica el crecimiento de los extremos en detrimento del centro?
 
En primer lugar, una evidencia: cuando la mayoría de la gente gravita hacia los extremos, adelgazando el centro, se hace más difícil lograr acuerdos, pactos y alianzas, y ello tiende a llevarnos a la parálisis, al estancamiento, a la ausencia de soluciones para los conflictos que nos aquejan.
 
En segundo lugar, nos parece que el atrincheramiento de unos y otros en sus respectivas posturas comporta, muchas veces, un empobrecimiento del paisaje intelectual de la sociedad que experimenta esta polarización: rodeado por los que piensan igual que yo y situado a años luz de la posición opuesta, ya no me tengo que esforzar por razonar ni matizar mis puntos de vista. Secundado por los que comparten mi espacio ideológico, y sin apenas contacto con quienes podrían cuestionarme y exigirme más precisión en mis propuestas, es muy probable que estas vayan siendo cada vez más simplonas y menos resistentes al examen cuidadoso. A la vez, la distancia permite y fomenta que mis adversarios hagan una caricatura de mis ideas, y yo de las suyas. Estamos tan lejos los unos de los otros que ya solo vemos una silueta difusa del contrario: es imposible percibir los detalles y los contornos precisos de sus planteamientos.
 
Usemos una imagen para describir lo que está sucediendo, o lo que podría terminar por suceder si la tendencia actual a la polarización sigue avanzando: la imagen de dos villas amuralladas, dos grandes fortalezas dentro de cuyos muros se ha ido refugiando toda la ciudadanía. Ya nadie vive fuera de estos castillos. Desde las almenas de una fortaleza apenas se divisa, borrosa y lejana, la fortaleza contraria. Entre las dos queda un gran descampado. Vacío. Deshabitado.
 
Esta imagen puede ayudarnos a ponderar la cuestión más importante: ¿Qué impulsos hay detrás de la polarización? Nos atrevemos a identificar uno (hay muchos más, pero este es fundamental): el miedo a la intemperie ideológica. Las personas, por lo general, queremos estar bien seguras de quién somos, y para lograrlo debemos estar bien seguras de lo que creemos y de lo que negamos. La indefinición nos asusta. Necesitamos saber quién son los nuestros. Por eso resultan atractivos los extremos, que son espacios donde ya no hay ambigüedad. El descampado central, en cambio, nos irrita por su ambivalencia.
 
El problema con eso es que, nos guste o no, la realidad es compleja, colmada de matices y de contradicciones. Por lo tanto, posiblemente el extremo no sea el mejor lugar desde donde mirar y comprender el mundo. Ya lo dijimos en un artículo anterior: desde el descampado se ve mejor el cielo que desde la plaza mayor. Si queremos ver las estrellas, tendremos que salir de la ciudad.
 
Lo dicho en estas líneas no pretende juzgar negativamente toda radicalidad, que es legítima (faltaría más), y muchas veces necesaria. La pasión con la que cada uno puede defender su modelo de sociedad, sus valores y sus principios es válida. No estamos abogando por la tibieza ni la indefinición. Creemos, eso sí, que es imprescindible practicar una radicalidad inteligente: adoptar posturas que, por radicales que sean, no se dejen arrastrar hacia el simplismo, no renuncien al esfuerzo por entender la complejidad del siglo, no caricaturicen burdamente al otro y no le tengan miedo a ese territorio, incómodo pero fecundo, que es la intemperie ideológica. El problema no es la radicalidad sino la intolerancia, que, eso sí, a menudo nace y fermenta en los extremos.
 
Si más personas nos atreviéramos a ocupar el espacio deshabitado que estamos dejando entre nuestras ciudades amuralladas descubriríamos que en él, y solo en él, pueden fructificar los acuerdos y el buen debate político e ideológico: el de quienes escuchan y respetan la opinión contraria, el de quienes están dispuestos, por el bien común, a buscar soluciones imaginativas y novedosas para ir consiguiendo una sociedad más justa, más tolerante, más diversa, donde todos quepan. Este debate será imposible si vivimos encerrados en nuestros castillos. Desde sus murallas solo podremos, a lo sumo, gritar algún insulto cuyo eco apenas llegará, si el viento es favorable, a las murallas enemigas. Si lo que queremos es conversar, tendremos que dejar las fortalezas y acercarnos al otro, para podernos oír.

 

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LA SINCERIDAD ARROGANTE

 
 
Si alguien preguntara si creemos que la sinceridad es una virtud, seguramente la gran mayoría de nosotros responderíamos que sí sin dudarlo ni por un momento. ¡Por supuesto! La sinceridad, la ausencia de doblez, decir lo que pensamos y no recurrir a la mentira, es justamente lo que identifica a las personas nobles. ¿La sinceridad, una virtud? Claro que sí, siempre.
 
Y, sin embargo, quizá habría que matizar esta premisa: a veces, la sinceridad, que casi siempre es encomiable, porque casi siempre es condición necesaria para un diálogo fecundo, puede convertirse, paradójicamente, en el mayor obstáculo para la comunicación.
 
Pensemos en la sinceridad de los fanáticos. A menudo, personas sumamente intransigentes e incapaces de escuchar opiniones opuestas a las suyas hacen alarde de su sinceridad.
 
—Tendré otros errores, pero yo nunca miento. Yo no engaño a nadie. En mí, lo que ves es lo que hay. Soy transparente como el agua cristalina, y no te quepa duda de que creo a pies juntillas en lo que digo.
 
Y tienen toda la razón, en ellas no hay hipocresía. Pero esta transparencia no es, como esas personas proclaman a los cuatro vientos, una virtud: porque lo único que prueba es que han logrado convencerse a sí mismas de su verdad, cerrándose por completo a la posibilidad de que estén equivocadas y de que quienes los contradicen puedan tener ni siquiera un atisbo de razón.
 
Su sinceridad, que personas así exhiben como prueba irrefutable de su bondad, solo demuestra su arrogancia.
 
El asunto de fondo es, por supuesto, que no deberíamos confundir sinceridad con acierto, como si «ser sincero» fuera sinónimo de «tener razón», cuando es evidente son dos cosas completamente distintas: por muy sinceramente que yo crea en un error, mi falta de doblez y mi transparencia no harán que mi error deje de serlo. El grado de sinceridad con que hablo no afecta ni positiva ni negativamente la naturaleza (falsa o verdadera) de lo que digo: puedo afirmar con toda sinceridad que la tierra es plana, como un día lo afirmaron sinceramente miles de personas; ello no hará que el planeta deje de ser redondo. Inversamente, puedo ser hipócrita al elogiar (digamos que para quedar bien) los talentos de un adversario en los que, de hecho, no creo: mi falta de sinceridad no hará que desaparezcan los talentos que aquella persona, en efecto, posee.
 
Es indudable que bajo la bandera de la sinceridad se han cometido a lo largo de la historia enormes atrocidades. La inmensa mayoría de los inquisidores creían sin asomo de duda que mandar herejes a la hoguera era lo más correcto, lo mejor que podían hacer; muchos traficantes de esclavos creían sin rebozo que los africanos que encadenaban en las bodegas de sus barcos pertenecían a una raza inferior; en nuestros tiempos, los terroristas que estrellaron los aviones contra las Torres Gemelas creían de todo corazón en su causa. En todos estos casos, su sinceridad fue criminal: no era virtud, sino prueba de una delirante arrogancia.
 
Es muy improbable que algún lector de estas líneas trate habitualmente con inquisidores capaces de enviar a la hoguera a sus enemigos, con despiadados traficantes de esclavos o con yihadistas fanatizados; sin embargo, todos, de vez en cuando, nos topamos con alguien que ha cruzado ese particular Rubicón más allá del cual las personas ya no saben escuchar opiniones diversas a las suyas, ni reconocer sus errores, ni ver sombras o falencias en sus propias creencias. Cuando alguien así nos asegure y prometa que es sincero, para convencernos de la bondad de sus argumentos, haremos bien de levantar el dedo y objetar:
 
―Te creo, pero tu sinceridad no prueba que tengas razón. Y si no aprendes a dialogar, a escuchar a los demás y a sopesar opiniones opuestas a las tuyas, entonces tu sinceridad solo servirá para probar tu arrogancia.
 
Seamos cuidadosos, sobre todo, de no presentar nuestra sinceridad como prueba de que tenemos razón. El convencimiento con el que ofrecemos nuestros argumentos no tiene nada que ver con la verdad o falsedad de lo que defendemos.

 

 

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LA PAZ QUE NO ES NOTICIA

 

Seguramente somos muchos los que más de una vez hemos pensado que deberíamos dejar de leer periódicos y de ver noticieros, abrumados por no encontrar en ellos más que malas noticias. Acercarnos de buena mañana a la prensa diaria requiere valor: la crónica de desgracias y de conflictos que no parecen tener solución supera en mucho el ocasional reportaje reconfortante sobre un nuevo descubrimiento médico o la firma de un acuerdo de paz entre naciones enfrentadas. Terrorismo, crímenes, corrupción, pobreza, injusticia, destrucción del medio ambiente, actos de racismo, de machismo, de xenofobia y otras cien tragedias dominan los espacios informativos, hasta el punto que pueda parecer que esa catarata continua de desdichas sea lo único que ocurre en el mundo: que no haya nada más.
 
Y, sin embargo, hay más: muchísimo más. De hecho, ningún periódico ni plataforma digital, si se lo propusiera, tendría la capacidad para reportar todo lo que en el mundo va bien. En realidad, lo inhumano es noticia porque lo humano es norma.
 
Imaginemos un supuesto periódico de la Edad de Piedra. En aquella época cruenta, el hipotético periodista troglodita en busca de la exclusiva (de lo chocante, de lo inusitado) escribiría en primera plana, con grandes letras de molde, cosas como: «Desde hace tres días no se han registrado hostilidades entre el clan del Valle y el clan del Bosque»; «Se rumorea que en las cuevas del sur vive un cacique que no golpea a sus hembras»; «Testigos aseguran que ayer el jefe de la tribu X y sus hombres se cruzaron con un miembro de la tribu Y y no lo apedrearon». Lo chocante, lo inusitado, lo que hubiese vendido periódicos hace 15.000 años (si hace 15.000 años hubiese habido periódicos) hubiesen sido los reportajes sobre la excepcional concordia entre enemigos o el rarísimo acto de clemencia de quien, pudiendo ejercer la violencia, no lo hizo.
 
Hoy la violencia es noticia porque en la mayor parte del planeta hemos logrado vivir –casi siempre– en paz.
 
La maravilla que ningún periódico se molesta en publicar, porque es una realidad que damos por sentada, y por ende no constituye ninguna novedad, es que siete mil quinientos millones de seres humanos vivamos en este mundo, todos los días, en relativa harmonía. La convivencia pacífica que prevalece en miles de ciudades donde personas de creencias, razas y culturas diversas comparten el espacio, trabajan, estudian, se divierten y sueñan sin pensar en recurrir a la violencia para alcanzar sus objetivos es un logro extraordinario, impensable hace unos milenios, por el que deberíamos felicitarnos. Hoy, la voluntad del ser humano por cooperar con otros seres humanos, tejiendo con ellos espacios de convivencia pacífica, supera, en mucho, el recurso a la guerra, las armas y la confrontación. Es por eso, insistimos, que la violencia es noticia, en vez de serlo la tolerancia, el respeto y la cooperación; por mucho que también sea cierto, por supuesto, que la tolerancia, el respeto y la cooperación que practicamos aún sean imperfectas, frágiles y limitadas.
 
El reto que nuestro tiempo nos plantea es muy claro: seguir trabajando, sin desfallecer, para que la violencia sea cada vez más excepcional. Y hacerlo desde el convencimiento de que podemos erradicarla: ahí están, para sustentar esta convicción, los avances logrados.
 
Cuando los periódicos amenacen con deprimirnos es bueno recordar una vez más que hoy, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, lo inhumano es noticia porque lo humano es norma.

 

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VIVIR LA RESURRECCIÓN

Hoy, Domingo de Pascua, celebramos con toda la Iglesia y con inmensa alegría que el sepulcro no era el último capítulo de la historia. Resulta que el anuncio de Jesús se cumplió: “El Hijo del Hombre tiene que sufrir la muerte y, al tercer día, resucitar”. Y el Padre lo resucitó, porque es Dios de la vida y tiene para nosotros la mejor oferta de todas: una vida definitiva con Él, más allá de la muerte.
 
Hoy celebramos que nosotros, los discípulos de Jesús, también somos gente de vida, y que queremos vivir, aquí en este mundo, preparándonos para la vida definitiva. Pero, ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo vivir la resurrección? ¿Cómo prepararnos día a día para la vida definitiva?
 
Ensayemos algunas respuestas a esta cuestión:
 
En primer lugar, nos vamos preparando para la vida definitiva defendiendo que, aquí, todo el mundo (y no solo unos cuantos) puedan disfrutar de una vida plena. Es decir, de una vida digna, libre de opresión y de violencia; disfrutar de una existencia en la que todos puedan desarrollar su creatividad y buscar libremente la felicidad.
 
Prepararnos para la vida definitiva también implica tomarnos esta vida muy en serio. Vivir no es un juego. Podemos equivocarnos, tomar una senda errada, sin duda a veces lo haremos: pero ¡no pequemos por mediocres! Tomarse la vida en serio es tomar determinaciones, hacer apuestas, intentar llevar a cabo sueños: creer en algo, y creer en ello intensamente.
 
En tercer lugar, prepararnos para la vida definitiva es intentar vivir aquí los valores de allá: vivir en el día a día los valores del reino de Dios, no como un añadido a nuestras vidas, sino como su centro y eje: el valor de la bondad humilde, de la generosidad solidaria, del trabajo constante por la paz y la justicia, de la sensibilidad hacia los que sufren, de la acogida radical a la verdad que anida en los demás.
 
La Resurrección es, en definitiva, una invitación muy seria a que vayamos construyendo, aquí, espacios de reino de Dios: hacer de nuestras familias, de nuestro círculo de amigos, de nuestros corazones, una comarca del reino por el que Jesús vivió.
 
Es la única forma de vivir que vale realmente la pena. Es la vida que nos propuso el profeta de Nazaret, y la vida que su resurrección nos permite anhelar.
 
¡Feliz Pascua de Resurrección para todos!

 

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UN EXCESO DE PIRÓMANOS

Tal vez no sea exagerado afirmar que uno de los principales problemas a los que se enfrentan nuestras sociedades actuales es la presencia, en su esfera pública, de un número inusualmente elevado de pirómanos: es decir, de políticos, líderes sociales, intelectuales, periodistas y figuras conocidas de todo tipo y de ideologías muy variopintas que, sin embargo, tienen en común la tendencia a provocar fuegos, a  incendiar el debate con planteamientos maniqueos que polarizan la sociedad, con exabruptos, con insultos, o apelando a las emociones más que a la razón.

No es ningún secreto que estamos inmersos en una época de cambios muy profundos: se tambalean equilibrios geopolíticos que hace apenas unos años parecían estables, y en verdad no sabemos cómo será el mundo dentro de un lustro o una década. Es legítimo preguntarnos, por ejemplo, si la ola autoritaria y populista que hoy sacude Occidente (y que es en sí misma, sin duda alguna, el resultado de las incertidumbres que países enteros experimentan en cuanto a su futuro, sus economías, su seguridad, la permanencia de sus valores más tradicionales) es una pesadilla pasajera, que la cultura democrática occidental sabrá frenar, o bien la aurora de una nueva era en la que valores democráticos que hoy damos por sentados quedarán en entredicho. La posverdad, ¿es una fiebre transitoria que sabremos sacudirnos, o ha venido para quedarse? La nueva xenofobia de la que hacen gala (sin ningún pudor) políticos destacados a ambas orillas del Atlántico, ¿es efímera o echará raíces en la sensibilidad de las poblaciones del futuro?

No lo sabemos. Sí es evidente que, ante la volatilidad del presente, lo último que necesitamos es el exceso de pirómanos que parecen poblar nuestros gobiernos, medios de comunicación y redes sociales. Un mundo en profunda transformación requiere sosiego, no más incendios.

La piromanía de tantos líderes actuales no hace sino incrementar la sensación de zozobra de mucha gente, provocada por los tiempos inciertos en que vivimos (aunque mucho menos inciertos, seguramente, de lo que asegura el discurso incendiario de estos líderes).

Tampoco es la primera vez que sucede algo similar. La historia enseña que toda época convulsa ha visto surgir su colección particular de pirómanos, oportunistas que, sencillamente, ven en el río revuelto la posibilidad de pescar… fama y poder. Esta búsqueda es, a fin de cuentas, lo que los mueve, y la estrategia para lograr sus objetivos no podría ser más simple: describen un mundo en llamas, contribuyen a que el fuego se propague, y acto seguido se presentan como aquellos que pueden sofocar el incendio: como los únicos que pueden hacerlo. Lo asombroso, por supuesto, es que siendo tan obvia y antigua la estratagema, siga dando resultado.

Insistamos, para concluir, en algo que ya hemos subrayado en este blog en otras ocasiones: aunque las voces incendiarias puedan ser sugerentes, hechiceras y atractivas, lo que necesitamos son voces que en vez de polarizar creen consensos, que en vez de tensar la cuerda apacigüen los ánimos, que en vez de alarmar tranquilicen, que en vez de pintar las cosas de un solo color sepan matizar, que en vez de mentir (asegurándonos que poseen soluciones simples a los retos que nos rodean) tengan la honradez de reconocer la complejidad de la realidad, y la inteligencia para moldearla de modo que beneficie al bien común, y no únicamente a algunos. Solo estas voces (también las hay) nos ayudarán a enfrentar con sensatez el futuro incierto que se avecina.

 

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LA FE: ¿CASTILLO O CAMINO?

A las personas no creyentes que, a pesar de declararse agnósticas o ateas, observan con interés el fenómeno religioso y las vidas y comportamientos de los creyentes, les puede resultar sorprendente, y hasta incomprensible, la diversidad de actitudes que descubren entre los que nos llamamos practicantes. Puede resultarles extraño, para ser más precisos, el hecho de que las mismas creencias produzcan frutos tan dispares: no es raro que vean con cierto asombro cómo hay creyentes con una visión altamente negativa de la sociedad contemporánea (los que subrayan que el reino de Dios “no es de este mundo”), y otros que, al contrario, viven su fe como una llamada al optimismo sobre el presente y futuro de la humanidad (los que enfatizan que “el reino de Dios ya está entre vosotros”); los que a resultas de su religiosidad adoptan posturas intransigentes, y los que como consecuencia de su fe parecen crecer cada día en el ejercicio de la tolerancia; a unos, su confesión los vuelve rígidos, escrupulosos e inquisitoriales, muy pendientes de sus pecados y de los pecados de los demás, mientras que a otros la misma confesión les empuja a ser comprensivos con las miserias propias y ajenas; unos, empapados de su Dios, se sienten llamados a dialogar con todo el mundo; otros, dicen que inspirados por el mismo evangelio, devienen huraños centinelas de la moral y la ortodoxia. Incluso se diría que, a unos, lo que creen les ayuda a saber reír con más soltura mientras que otros se olvidan de sonreír debido a su religión.
 
¿Cómo explicar estas diferencias?
 
Parece bastante obvio que parte de la respuesta habría que buscarla en la psicología de cada cual, en unas disposiciones psíquicas previas a la opción religiosa, que determinan cómo ella será vivida. En la fe de alguien que tienda a la melancolía y a una visión pesimista de la realidad, por ejemplo, es probable que el pecado tenga un peso muy importante. Alguien que, al contrario, tienda “por naturaleza” (es decir, por las disposiciones psíquicas previas a la opción religiosa de las que estamos hablando) al entusiasmo y al optimismo, seguramente se centrará más en la gracia y la misericordia de Dios.
 
Ahora bien, más allá de la influencia de nuestras tendencias psicológicas profundas, que poco o nada podemos hacer para modificar (y de las que no siempre somos conscientes), tal vez habría un aspecto más racional del asunto que nos ocupa, en el que sí podríamos incidir: la comprensión que cada uno tiene de la fe en sí misma. Nos referimos a las expectativas que todos tenemos acerca del papel que ella jugará en nuestra vida. Estas expectativas son independientes del contenido de la fe que profesamos, y las tiene todo creyente (no solo el cristiano, o la persona religiosa, sino cualquiera que se adhiera a un credo determinado). Independientemente del contenido doctrinal de aquello en lo que creemos (para unos será el evangelio de Jesús, para otros las revelaciones de Alá a Mahoma, para otros puede ser la fe en una doctrina política o económica), todos albergamos esperanzas sobre lo que nuestra fe pueda reportarnos: en estas esperanzas está implícito siempre un modelo de qué es (y de para qué sirve) la fe.
 
Pues bien, entre la variedad de modelos que existen nos parece que hay dos que en gran medida pueden explicar los frutos dispares que la fe (cualquier fe) produce en sus fieles: entenderla como castillo o entenderla como camino.
 
Los que siguen el primer modelo entienden sus creencias como una fortaleza cuyo cometido es proporcionarles seguridad. Se sienten protegidos dentro de las paredes de su credo. A estos les importará, por encima de todo, la solidez y estabilidad de los muros (de las verdades) en que se amparan; les interesará subrayar la firmeza e inmutabilidad de los cimientos en los que se sostiene su visión del mundo. Una consecuencia de este modelo será una clara delimitación de quién está dentro y quién queda afuera del círculo creyente. La expectativa fundamental de los creyentes que ven la fe como un castillo es sentirse amparados, a resguardo de las incertidumbres que la vida comporta.
 
Los que entienden su fe como un camino, en cambio, subrayan el carácter evolutivo de su vida espiritual, porque se sienten “en marcha”, siempre de viaje. A estos les importará saber de dónde vienen (reflexionar sobre la historia y el pasado de su confesión) y hacia dónde van (qué horizontes tienen enfrente). Una consecuencia del modelo “fe como camino” será que sus seguidores se abrirán de forma natural al encuentro con nuevos compañeros de viaje, con personas que tal vez vengan de puntos de partida muy distintos a los suyos, pero que, al menos durante un tramo, avanzan codo con codo con ellos. Puede que la expectativa fundamental de estas personas no sea tanto el punto final hacia el que se encaminan como la esperanza de ir encontrando a Dios en el mismo hecho de estar en continuo desplazamiento, en una senda de crecimiento permanente.
 
Obviamente, como se puede deducir de la breve descripción que hemos ofrecido en los dos párrafos anteriores, no pensamos que ambos modelos sean igualmente válidos, por mucho que ambos puedan tener virtudes y defectos. Nos parece que la fe estática, vivida como castillo, suele impedir el crecimiento de sus partidarios. Tiende, además, a producir frutos de intolerancia y división, y por sus mismas dinámicas promueve que se recele del diálogo con el otro, con los que habitan en otros castillos.
 
La fe como camino es, a nuestro modo de ver, más saludable, y también más realista. Fomenta en quienes la practican la toma de conciencia de su identidad narrativa: esos entienden que el viaje los transforma, que los paisajes y las etapas que han recorrido en la vida van cambiando su mirada y su misma identidad. Es un modelo que tiende al respeto hacia los demás, sea cual sea su credo, pues los ve igualmente “en marcha”. Finalmente, este modelo suele ser más propenso a buscar el diálogo con extraños: en la mentalidad de sus seguidores hay implícita la convicción de no poseer todavía la plenitud de la verdad (es precisamente para irla descubriendo que siguen en camino), de modo que acogen con agrado la posibilidad de contrastar sus luces con las de otros, mediante una conversación entre iguales.
 
Sería recomendable, probablemente, que los creyentes meditáramos más a menudo sobre el modelo que subyace en nuestra vivencia de la fe, preguntándonos cómo la vemos: ¿Como un castillo o como un camino?

 

 

 

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EL ADVIENTO QUE NECESITAMOS

Hoy empieza, en el calendario litúrgico de la Iglesia, el Adviento: cuatro semanas que se suelen describir como un tiempo de espera, un tiempo durante el cual aguardamos y nos preparamos para la fiesta del nacimiento de Jesús.
 
Alguien podría preguntar: ¿Y es necesario el Adviento? Si lo importante es lo que viene después, es decir, la Navidad, ¿no nos podríamos ahorrar el preámbulo? En estas líneas quisiéramos subrayar que el Adviento, ese tiempo litúrgico “menor” (que tal vez no tiene la entidad del tiempo navideño que le sigue, de la Cuaresma o de la Pascua), esconde una invitación especialmente pertinente para hoy, que haríamos bien en atender: el Adviento señala la importancia de saber esperar, y no sería un disparate afirmar que actualmente estamos perdiendo la capacidad de hacer tal cosa, de hacerlo bien, y con ello estamos desaprovechando los beneficios que conlleva la espera.
 
No sabemos esperar: lo queremos todo para ahora mismo; vivimos en un mundo que ha hecho de la inmediatez un valor indiscutible, y de la espera, por lo tanto, una molestia a eliminar. Hacemos la compra desde nuestra casa, por internet, para no tener que esperar que nos atiendan en el mostrador de un comercio; vemos películas bajadas de una plataforma digital, en nuestra sala de estar, para no tener que hacer colas en un cine, esperar que todo el mundo esté sentado, que llegue la hora en punto y que terminen los tráileres; leemos las noticias en nuestros teléfonos porque nos irrita esperar que los periódicos lleguen a nuestro quiosco o que sea la hora del noticiero televisivo; para no perder tiempo aguardando a que la comida se guise llamamos a un servicio a domicilio, que en el menor tiempo posible aparece en nuestra puerta con la pizza o un plato preparado, caliente y listo para ser engullido. Las llamadas “salas de espera” (del médico, del abogado, de una oficina gubernamental) son para mucha gente una reliquia del pasado, y cuando no pueden evitarse las soportamos como si fueran auténticas salas de tortura, un suplicio para nuestra fobia a lo que llamamos “los tiempos muertos”: no le hallamos ningún valor al hecho de esperar.
 
Y, sin embargo, hay algo poco natural en nuestra pretensión de acelerar la obtención de los resultados que anhelamos, porque muchas de las cosas esenciales de la vida siguen requiriendo, nos guste o no, que sepamos esperar: la gestación de un bebé en el vientre de su madre dura nueve meses; la maduración de un fruto en la rama del árbol demora semanas; tejer una amistad puede requerir años; igual que estudiar una carrera, que aprender a dominar el arte de tocar un instrumento o que saberse expresar en un nuevo idioma. Saborear un buen libro puede requerir muchas horas de lenta inmersión en sus páginas; hay poetas que han pasado décadas retocando y rehaciendo una misma poesía; Miguel Ángel tardó más de cuatro años en pintar la capilla Sixtina; Tolstoi cinco en escribir Guerra y Paz; la construcción del Taj Mahal duró 22 años; hace 136 que empezó la de la Sagrada Familia, y aún está inacabada.
 
Es muy posible que el culto moderno a la inmediatez nos esté convirtiendo en personas más eficientes (hacemos más cosas en menos tiempo) pero más toscas, porque hacer las cosas bien requiere paciencia, esmero, descubrir los ritmos pausados de la naturaleza… y sí, saber esperar, y aún más, saborear la espera como aquello que nos hará disfrutar y valorar la obtención de lo que con paciencia hayamos esperado. En efecto: el gran peligro de obtenerlo todo (¡o casi todo!) en un segundo, oprimiendo una tecla de nuestro teléfono u ordenador, es que podemos perder la capacidad de distinguir entre el arte y la basura, la verdad y la mentira, lo profundo y lo superficial, un amor auténtico y una amistad pasajera. La basura, la mentira, lo superficial y las amistades pasajeras se pueden producir en un instante, sin esfuerzo; en cambio, el arte, la verdad, lo profundo y el amor auténtico cuestan, necesitan tiempo para irse gestando, como el cuerpo de un niño en la entraña de su madre, como un árbol que tarda décadas en crecer, como una obra maestra, como la confianza, como la sinceridad.
 
El Adviento, en definitiva, nos lanza una advertencia: «No desprecies el arte de esperar». Es una advertencia imprescindible, y por eso necesitamos (¡y mucho!) este tiempo que hoy empezamos.

 

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SEGUNDO CONGRESO BÍBLICO DE LA DIÓCESIS DE SAN JUAN DE LA MAGUANA (REPÚBLICA DOMINICANA)

En preparación para el 525 aniversario (será en 2019) de la primera Eucaristía celebrada en el Nuevo Mundo, la Conferencia del Episcopado Dominicano declaró 2018 como Año de la Eucaristía. En este marco, celebrando el mes de septiembre como mes de la Biblia, tuvo lugar el Segundo Congreso Bíblico Diocesano de San Juan de la Maguana. El congreso se llevó a cabo el pasado sábado 1 de septiembre en la Parroquia Nuestra Señora de los Remedios de Azua.
 
El evento fue organizado por el P. Juan Manuel Camacho, de la Comunidad de San Pablo, que es responsable de la Comisión Bíblica Diocesana, y tuvo como tema “PALABRA Y EUCARISTÍA”. La conferencia del congreso estuvo a cargo del P. Martí Colom, también de nuestra comunidad.
 
Martí compartió con los asistentes algunas reflexiones acerca de varios textos bíblicos relacionados con la Eucaristía, empezando por los relatos de la Última Cena y ampliando luego el foco hacia “las otras eucaristías”, es decir, los otros momentos eucarísticos que nos narran los evangelios. Vimos como estos otros momentos pueden enriquecer nuestra comprensión de la Eucaristía, al subrayar, cada uno de ellos, un “elemento o aspecto eucarístico”: por ejemplo, la alegría que debería presidir todas nuestras celebraciones (en las Bodas de Caná), o la fraternidad libre de toda exclusión, que vemos en las comidas de Jesús en casa de recaudadores de impuestos, o la oferta de libertad plena y responsable que nos regala Jesús, si estamos dispuestos a recibirla, que subyace en el texto de Juan de  la multiplicación de los panes y los peces.
 
Su ponencia fue muy bien acogida por los más de 200 participantes del Congreso, procedentes de distintas parroquias de la región, que regresaron a sus comunidades con el deseo de seguir profundizando en las escrituras y en lo que ellas nos enseñan del sacramento eucarístico.

 

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¿POR QUÉ PERMITIMOS QUE NOS MIENTAN?

La posverdad, Mark Twain y nuestros miedos

 

En teoría vivimos en un mundo que valora positivamente la verdad, y si nos preguntaran qué virtudes esperamos encontrar en nuestros líderes políticos (y también en intelectuales y académicos, en la gente del mundo de la cultura, en los profesionales del periodismo…) seguramente muchos mencionaríamos la integridad y la honradez, sin tenerlo que pensar demasiado. Queremos creer que nuestra sociedad aplaude a aquellos que dicen la verdad y repudia a los que mienten.
 
Ahora bien, ¿es así? ¿Hasta qué punto nos importa realmente que los políticos a quien votamos, los analistas a quien escuchamos y los autores a quien leemos sean veraces?
 
Es pertinente formularnos estas preguntas porque, de hecho, la evidencia sugiere que el debate público actual está infestado de mentiras y mentirosos: líderes políticos de todo signo se plantan a diario ante los micrófonos y sin que les tiemble la voz nos dicen medias verdades, tergiversan los hechos, omiten información, aseguran cosas que no saben… tanto es así, que hasta hemos acuñado un término, el eufemístico “posverdad”, para hablar de esta vitalidad de la mentira.
 
Pero seguramente este no es el principal asunto: siempre han existido personajes que han pensado que el engaño era la vía más rápida hacia el poder. La cuestión que nos interesa explorar es otra: nos queremos preguntar hasta qué punto vivimos en la era de la posverdad porque nosotros (los ciudadanos de a pie) lo permitimos. ¿Por qué permitimos que nos mientan?
 
En esta breve reflexión quisiéramos sugerir, en efecto, que el problema no está tanto en el líder que ofrece un discurso en el que falsea la realidad, sino en la población que lo aplaude a pesar de sus mentiras. Tal vez lo que ocurre es que (en contra de lo que nos decimos a nosotros mismos) no buscamos por encima de todo líderes cuyo compromiso con la verdad sea incuestionable. Quizá lo que buscamos en nuestros líderes son otras cosas, y estamos más que dispuestos a renunciar a la verdad si este es el precio que toca pagar para conseguirlas.
 
La normalización de la mentira
Sin que la siguiente afirmación pretenda ser un dictamen absoluto (no quisiéramos negar la existencia de líderes actuales comprometidos con la verdad), digamos, como punto de partida, que la falsedad no es extraña, ni siquiera excepcional, en la boca de las figuras públicas que a diario se asoman a nuestras pantallas, noticieros y periódicos. Se trata de un fenómeno global: en el norte y en el sur, en países grandes y en naciones pequeñas, en democracias y en dictaduras, hay autoridades que mienten, y que mienten descaradamente. Se trata de un hecho tan común que ya no escandaliza a nadie. No faltan, afortunadamente, medios de comunicación más o menos independientes que se empeñan en poner de relieve la falta de integridad de las figuras públicas: ya va siendo frecuente, por ejemplo, que la prensa analice la veracidad de las afirmaciones de los participantes en un debate electoral, una vez el debate ha concluido. Nos informan: «El candidato 1 tergiversó la realidad en tal afirmación; el candidato 2 no tiene pruebas factuales que apoyen lo que dijo en respuesta al candidato 3; las cifras económicas que ofreció el candidato 3 son cuestionables». Nos informan… y después no pasa nada. Y eso es lo grave.
 
Lo preocupante, insistimos, no es que haya políticos que mientan: lo grave es que los ejercicios de desenmascaramiento a través de los cuales se ponen de manifiesto sus mentiras no afecten negativamente sus carreras; lo grave es que ellos mientan, nosotros lo sepamos y, sin embargo, los sigamos votando. Como si no nos importara mucho que unos personajes que están pidiendo nuestro voto, o que ya dirigen nuestros gobiernos, dejen caer, aquí y allá, inexactitudes, mentirijillas y calumnias. Parece, como apuntábamos, que hayamos aceptado que en el juego político la mentira es inevitable.
 
Que los hechos no estropeen una buena historia
Tal vez haya algo de cierto en la idea de que la mentira no se puede evitar, porque la falsedad en la que caen con tanta facilidad nuestros líderes es, en parte, consecuencia del momento que vivimos: en nuestro mundo digitalizado, acelerado e hiperconectado, donde nadie parece tener tiempo para detenerse a examinar la complejidad de las cosas, solo funcionan bien los mensajes simples. Nuestros líderes han entendido que sus discursos deben ser directos, despojados de matices, y por lo tanto se ven empujados a simplificar realidades muy complejas. Es decir, que muchas veces la mentira no empieza como tal: empieza como un intento de reducir problemáticas complicadas a esquemas fáciles de explicar. Para lograrlo, un día se ignora un elemento del problema («hoy no hay tiempo de entrar en eso»); otro día se magnifica el aspecto del asunto que nos conviene resaltar («todo lo demás es secundario»); otro día se sacan de contexto las declaraciones de un rival; y muy pronto, después de dar varios pasos en este sentido (simplificar, simplificar, simplificar…) lo que se está comunicando ya es una falsedad pura y dura.
 
Daría la impresión, en definitiva, de que nuestros líderes han decidido seguir al pie de la letra aquella irónica máxima que se atribuye a Mark Twain: «No dejes que los hechos estropeen una buena historia». Los hechos son un fastidio para quien busca el aplauso de una sociedad que nunca tiene tiempo para examinar a fondo ninguna cuestión. Eso es lo que han comprendido los líderes de hoy, y se diría que más de uno ha convertido el “consejo” del autor de Tom Sawyer en su divisa más sagrada. Con un tweet es más fácil explicar una buena historia en blanco y negro que describir los tonos grises y las ambigüedades que la vida nos presenta. Eso sí, para lograr que nuestra historia sea buena, a menudo tendremos que obviar hechos incómodos y contradictorios. Muchos políticos, instalados en esta lógica, dejan de ser cuidadosos analistas de la realidad para convertirse en excelentes fabuladores: lo que importa ya no es examinar con rigor la totalidad de los datos disponibles, sus paradojas y sus ambivalencias; lo que interesa es elaborar una narrativa coherente y atractiva que todo el mundo pueda entender, aunque para lograrlo haya que descartar algunos hechos (los que echarían a perder la nitidez del relato).
 
 Mark Twain describió irónicamente los mecanismos de lo que hoy llamamos “posverdad”.

 

Vivimos inmersos en un gigantesco mercado global de información: en este mercado, donde la oferta de mensajes es vastísima, los emisores (aquellos que creen tener algo que decir) compiten entre ellos con uñas y dientes por conseguir la atención de un número significativo de receptores; se desata la lucha para lograr que mi mensaje sea escuchado por más personas que el tuyo, el combate para asegurar que mi opinión no desaparezca en pocos segundos arrollada por la catarata constante de opiniones de otra gente. En esta lucha sin cuartel por conseguir ni que sean unos pocos instantes de relevancia, los mensajes simples (las «buenas historias» que, para serlo, deben ignorar los hechos que las estropearían) tienen muchas más posibilidades de sobrevivir que los mensajes complejos, matizados, necesariamente extensos y farragosos, que exponen la ambigüedad de los asuntos tratados. Dicho crudamente: si quieres que te escuchen, miente.
 
¿Por qué permitimos que nos mientan?
Lo dicho hasta aquí tal vez explique por qué el compromiso de tantas figuras públicas con la verdad es, en el mejor de los casos, tenue. Nuestros líderes buscan la relevancia, les aterra quedar fuera de los focos, y piensan que si simplifican su discurso (y tarde o temprano eso los lleva a mentir) podrán mantenerse en la cresta de la ola y seguirán siendo relevantes. Pero ¿por qué les funciona la táctica? En otras palabras, la pregunta que queda pendiente es la que nos hacíamos al iniciar esta reflexión: ¿Por qué seguimos votando, escuchando y aplaudiendo a gente que falsea la verdad? ¿Por qué no reprobamos al mentiroso? ¿Por qué permitimos que nos mientan?
 
Aunque es probable que no exista una respuesta universal a esta cuestión, sí nos parece interesante apuntar en la siguiente dirección: quizá a menudo toleramos que nos mientan (y a veces hasta lo exigimos) porque deseamos una casa; anhelamos con todo el corazón tener una casa ideológica, una comunidad de pensamiento y sensibilidades que podamos llamar “hogar”, en la cual nos sintamos cómodos y seguros. Queremos mapas bien definidos del territorio moral en el que nos movemos, y queremos estar muy seguros de quién está de nuestra parte. Necesitamos saber con quién sentirnos en familia. Este anhelo tiene un miedo correlativo: el terror a la intemperie, a vivir sin hogar, a no pertenecer a ningún bando, a ser lo que podríamos llamar unos “sintecho ideológicos”. Es este miedo, combinado con aquel anhelo, el que nos lleva a tolerar las tergiversaciones de nuestros líderes: porque en realidad lo que esperamos de ellos no es un discurso verídico y factualmente irreprochable sino un discurso que confirme nuestras posturas, que certifique que estamos en el bando correcto, que ratifique nuestras sensibilidades, que corrobore lo que ya sabíamos. No queremos cuestionar a los líderes, cuando dicen medias verdades o cuando mienten sin rubor, porque cuestionarlos nos empujaría a la periferia del grupo y, de allí, quizá, a la indigencia, a la intemperie, a convertirnos en aquellos sintecho ideológicos que nos aterra llegar a ser.
 
En definitiva, a nuestros líderes les toleramos las falsedades precisamente porque son los nuestros, los que nos ofrecen aquella casa ideológica que anhelamos, los que nos dicen que tenemos la razón.
 
¿Es posible corregir esta lógica y recuperar la centralidad de la verdad, para que ella nos ayude a entender mejor el mundo y a buscar soluciones duraderas a nuestros conflictos y retos? Creemos que sí: para lograrlo, lo principal es perder el miedo a la intemperie, y comprender, por decirlo de alguna manera, que las estrellas se ven mejor desde un descampado que desde el centro de la ciudad. Liberados del miedo a quedarnos sin casa ideológica podremos atrevernos a ser un poco más críticos con nuestros líderes; a reconocer lo que haya de razonable en la postura de nuestros rivales; podremos arriesgarnos a examinar las paradojas, complejidades y contradicciones de cada situación. Y podremos dejar de sacrificar los hechos en aras de lograr una buena historia. Mejor aún: por fin entenderemos que la mejor historia es aquella que no excluye ningún hecho. Mark Twain, en el fondo, lo sabía muy bien.

 

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